Hay una fase en toda historia sentimental que nadie quiere
reconocer:
la locura.
No la psiquiátrica, no la clínica…
la otra.
La que practican los cuerdos.
La que todos hemos vivido en silencio mientras decíamos en voz alta “estoy
bien”.
La Locura empieza siempre igual:
con un pensamiento que se repite demasiado.
Con una frase que no debería importarte pero se te queda pegada.
Con un “no pasa nada” que repites para ver si te lo crees.
Y ya está:
la cosa empieza a oler mal.
Porque la Locura no entra con estruendo.
Entra como el polvo:
sin que te des cuenta,
y de repente está en todas partes.
Un mensaje que tarda.
Una respuesta corta.
Una mirada que no fue como creías.
Y tú, que eras tan fuerte, tan autosuficiente, tan “a mí esto ya no me pasa”…
ahí estás, revisando conversaciones como un arqueólogo emocional.
La Locura es la etapa en la que pierdes el sentido del
ridículo.
Eres capaz de hacer capturas de pantalla,
leer entrelíneas que no existen,
consultar oráculos que antes despreciabas
(“si tarda más de 10 minutos en contestar, no le importo” — ciencia pura).
Y lo peor es que lo sabes.
Sabes que estás exagerando,
que estás proyectando,
que estás poniendo romanticismo en acciones tan neutras como un “ok”.
Pero no puedes parar.
Porque la Locura no es falta de control.
Es exceso de esperanza.
Empiezas a comportarte como si tuvieras dieciséis años y no
la experiencia de medio siglo.
Y lo odias.
Pero lo haces.
Y lo odias aún más.
La Locura es ese momento en que ya no buscas señales:
las fabricas.
Si responde, bien.
Si no responde, también.
Si tarda, te inquieta.
Si responde rápido, sospechas.
Si está online y no te habla, catástrofe.
Si no está online, tragedia.
Y tú, que eres una persona razonable,
una persona adulta,
una persona con responsabilidades,
te encuentras sometido a una emoción que no pediste
y que no domina nadie… excepto tu propia necesidad.
La Locura te hace perder coherencia.
Te hace interpretar el mundo según tu agujero emocional.
Te hace creer que todo gira en torno a ti
cuando el otro —esa persona que te importa tanto—
posiblemente está haciendo su vida sin pensar en nada de lo que tú imaginas.
La Locura no es estar fuera de control.
Es estar demasiado consciente de que estás perdiendo algo que nunca fue
tuyo.
Y ahí, en ese punto exacto donde ya sabes que vas cuesta
abajo,
donde notas que la historia se te escapa entre los dedos,
aparece una pregunta que duele solo de pensarla:
“¿Cuándo se me fue de las manos?”
La respuesta siempre es la misma:
cuando quisiste que importara.
Cuando decidiste creer.
Cuando la Flecha entró más profundo de lo que admitías.
La Locura es la etapa final antes del incendio.
La última curva antes de estrellarte.
Ese instante donde ya sabes que vas a caer…
pero sigues avanzando un poco más,
por si el milagro se produce.
La Rosa te engaña.
Las Alas te levantan.
La Flecha te marca.
Pero la Locura…
La Locura te prepara para arder.
Capítulo 5: El Fuego
(el punto donde ya no queda nada que salvar).

No hay comentarios:
Publicar un comentario