“Lo que yo te diga” — o cómo mandar a paseo a un sexólogo
sin despeinarse
Llegados a este punto —capítulo ocho, café en mano, y ya con
medio público excitado o indignado— es momento de reconocer una cosa:
Estoy cansado del señor Kusnetzoff.
Mucho.
No porque sea mal sexólogo —que no lo es—, sino porque su
decálogo parece más un intento de rellenar diez puntos que un análisis serio de
la sexualidad humana.
Y eso, cariño, cansa.
Cansa como una cita en Tinder que promete y luego no hay química ni para un
abrazo.
Así que sí, quedan dos capítulos más en su lista:
“HAY VAGINAS MUY CORTAS” y “LAS MUJERES FUERON CREADAS PARA REPRODUCIR”.
Ya solo los títulos me dan acidez.
En el primero habla de vaginismo, contracciones, espasmos…Todo cierto, todo clínico, todo explicado como si la sexualidad fuese un manual
de fontanería.
En el segundo, que si reproducción, que si hormonas, que si
la progesterona…
Que sí, doctor.
Que ya lo sabemos.
Pero entre tú y yo:
explicar el deseo femenino hablando de estrógenos es como explicar el vino
hablando del corcho.
Así que aquí empieza la parte que sí importa.
La que no viene del decálogo de nadie.
La que no pretende ser científica ni pedagógica.
La parte humana.
La parte gamberra.
La parte honesta.
Aquí empieza lo que yo te diga.
Cansados de gurús, iluminados y sexólogos de plantilla
Vivimos en una época en la que cualquiera escribe sobre
sexo:
sexólogos, psicólogos, influencers, coach espiritual, tarotistas sexuales…
y hasta gente que no ha visto un buen orgasmo ni de lejos.
Y todos repiten lo mismo con palabras distintas.
Todos ponen voz grave.
Todos te hablan de “energía sexual”, de “autoconocimiento”, de “flujo
emocional”.
Y mira, cariño…
a veces lo único que hace falta es un cuerpo, ganas, honestidad y un poco de
humor.
Y eso es todo.
Porque sí, yo también escribo en la red.
Pero no para dar lecciones.
No soy sacerdote de alcoba.
No soy maestro tantra.
Y no voy a decirte que tus problemas sexuales se solucionan respirando como un
búfalo.
Yo escribo lo que escribiría en una terraza con una cerveza.
Lo que diría caminando por el paseo marítimo.
Lo que me permitiría decirte mirándote a los ojos, sin filtres i sense
vergonya.
Cerrar los 40 hablando de sexo: tradición personal
Hace años, cuando escribí el texto original, tenía 40.
Hoy lo reviso con unos cuantos más —y mucha más vida encima— y te diré algo:
hablar de sexo sigue siendo obligatorio.
No por morbo.
No por estadística.
Sino porque es el tema más humano y menos entendido de todos.
El sexo no se acaba nunca.
No caduca.
No pierde interés.
Solo evoluciona.
Pero igual que entonces, también hoy decido que no quiero
arrastrar el tema más allá de este capítulo.
El sexo da para mucho, sí…
pero yo ya he dicho lo que quería decir.
Con gamberrismo, con ironía y con café caliente.
Lo que vendrá después
Me propusieron que hablara de la ablación de clítoris.
Un tema serio, doloroso, terrible…
y que, si algún día lo escribo, será con el respeto y la crudeza que merece.
No es ahora, ni aquí.
No en este tono.
No en esta serie.
Porque esta serie era de otra cosa:
de desmontar mitos, de reírnos, de mirarnos sin culpa y sin miedo.
Era sexo para humanos reales.
No para forenses.
Después de Navidades volveré con otros temas.
Temas de los míos.
De los que me hacen pensar, sudar, dudar o reír.
De los que me apetece escribir, no de los que “toca”.
Temas que te hagan hacer una pausa, alzar una ceja, o sonreir
con aquella cara de “mira a este
cabronazo”.
Y para cerrar la saga…
A todos los que habéis seguido esta serie, os deseo esto:
– una buena salida de año,
– una mejor entrada,
– y que, mientras existan cuerpos, ganas y curiosidad,
que no os falte nunca el deseo.
Porque al final, de todo lo que he dicho en estos ocho
capítulos,
si tuviera que quedarme solo con una frase, sería esta:
El sexo no se aprende.
El sexo se vive.
Y yo volveré.
Després de les festes, claro.
Que hasta los gamberros necesitamos vacaciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario