* Tal y como os adelanté hace no mucho, empezamos una nueva
etapa, y la haremos coincidir con este inicio de año.
Una etapa en la que dejaré atrás categorías, nombres y
clasificaciones.
A partir de ahora, los textos simplemente nacerán cuando
tengan que nacer:
los escribiré, los dejaré respirar… y los compartiré con
todos vosotros
ATRAPADO BAJO EL ALA
Hay momentos en la vida en que uno toma decisiones que,
cuando las toma, no cree trascendentes, pero lo son.
Recuerdo el momento en que, con treinta y muy pocos años, y aún con todo mi
cabello en su sitio, decidí afeitarme la cabeza. En aquel tiempo no éramos
muchos los que lo hacíamos, y a veces notaba que me preguntaban cómo estaba con
cierta preocupación, como si estuviera enfermo.
La barba me costó más; de pequeño me habían inculcado que la gente que la
llevaba era porque se escondía tras ella, y yo no tenía nada que esconder. Pero
hoy no sabría verme sin ella. O con cabello… qué horror.
Pero un día, un invierno como éste, confesé que siempre me
habría gustado poder llevar un buen sombrero.
No una gorra como si tuviera que correr a la tercera base, ni una de lana como
si trabajara en el puerto.
Un sombrero.
Y paseando descubrí una tienda junto al Palau de la Música
de Barcelona. Antigua, llena de historia, de aquellas cuyos marcos de
escaparate tienen sabor a Gaudí y a modernismo.
Y entré.
Ya en su interior, convencido de que sabía exactamente lo
que buscaba:
un sombrero “estilo Indiana Jones”, dije,
pero sin parecer un cowboy despistado en plena Barcelona.
Lo dije con seguridad, como quien cree tener el criterio perfectamente
definido.
Nunca pensé que un sombrero pudiera desarmarme.
El vendedor me miró con una calma antigua, de esas que sólo
tienen los artesanos o los verdugos, y me soltó:
—¿Cuál de los diecisiete modelos que llevaba en la película?
Diecisiete.
Ni uno, ni dos, ni “el típico”.
Diecisiete.
Y ahí, justo ahí, supe que acababa de ser atrapado bajo el
ala de algo más grande que yo:
su conocimiento, su oficio, su contundencia.
Mi arrogancia quedó reducida a un murmullo.
De pronto, allí frente a ese hombre y de pie ante el
mostrador, me pareció ver cómo las pamelas estallaban en carcajadas desde lo
alto de las estanterías, ondulando sus alas como si aplaudieran el chiste.
Los fedoras, más serios y altivos, inclinaban la copa para susurrar la broma a
los sombreros de cowboy, que meneaban la cuerda del ala como quien no entiende
nada pero ríe para no desentonar.
Y yo, en medio de aquella asamblea silenciosa de fieltros
con más personalidad que la mayor parte de los adultos que conozco, me quedé
clavado.
Inmóvil.
Absolutamente derrotado ante la contundencia de una sola pregunta que aún
resonaba en mi cabeza como un martillazo académico.
Asentí.
Asentí como un alumno que se ha presentado al examen equivocado.
Asentí con la obediencia automática del que se sabe completamente superado por
la erudición ajena.
Él iba sacando sombreros con la serenidad de un cirujano que
ya ha decidido cuál será el corazón de repuesto, mientras yo seguía diciendo
que sí a todo lo que me mostraba:
sí a ese ala ligeramente más corta,
sí a esa copa que no sabía que existía,
sí a esa inclinación “que equilibraba mis líneas faciales”,
sí incluso a un color que jamás habría considerado, pero que él defendía con la
autoridad del que conoce el destino de tu cabeza mejor que tú mismo.
Yo asentía porque, en aquel templo del fieltro, mi opinión
tenía exactamente el mismo peso que una pelusa caída del forro interior de un
sombrero de ceremonia.
Y aun así…
aun así, por primera vez en mucho tiempo,
sentí el extraño alivio de dejar que otro eligiera por mí.
Es más: incluso cuando yo sugería algún modelo, indicándole
que me dejara probármelo, aquel maestro del fieltro me miraba con resignación y
me ignoraba, dándome a probar aquel que él creía que podía ser el mío.
Cuando por fin me colocó el que él había decidido —porque
fue él quien decidió, no yo— noté algo extraño:
no era un sombrero sobre mi cabeza.
Era una versión de mí mismo que no sabía que estaba esperando.
Un yo más recto, más presente, más dispuesto a mirar el mundo desde la sombra
elegante de un ala azul marino.
Salí a la calle con él puesto, todavía incrédulo, y descubrí
algo curioso:
no me miraban porque llevara un sombrero.
Me miraban porque lo llevaba bien.
Incluso para aquellos que no entienden que sombrero no significa ser
octogenario.
Para quien no entienda que hay que llevar lo que a uno le apetece, aunque salga
de la norma del rebaño.
Porque no parecía un adorno, sino una declaración.
Atrapado bajo el ala, sí.
Pero quizá, por una vez, atrapado en la mejor versión de mí mismo.
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