Vistas de página en total

SUSCRIBETE A LOS AUDIOCAFES EN YOUTUBE

☕ Suscríbete a nuestros Audiocafés

¿Hoy no te da tiempo a leer? Aquí tienes todos los textos narrados. No te pierdas ninguna publicación. Un solo clic y ya formas parte de nuestra comunidad en YouTube. Y ES GRATIS!!!

🔔 Suscribirme en YouTube

miércoles, 14 de enero de 2026

#29. PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

 


Cada mes de enero repetimos el mismo ritual con una fe casi religiosa:
hacemos listas.
Listas de propósitos, de objetivos, de cambios radicales que —esta vez sí— vamos a cumplir.

Nos miramos al espejo con la solemnidad de quien firma un tratado de paz consigo mismo, y pensamos que basta un calendario nuevo para convertirnos en otra persona.
Porque hay un efecto psicológico en esto: empieza un año nuevo y, mentalmente, aunque no nos guste repasar lo que no hemos hecho del todo bien, el simple hecho de cambiar de año nos da la sensación de empezar una partida nueva, de poner el contador a cero.

¿Os habéis fijado en que es la época del año en que más coleccionables aparecen en televisión? Enero y septiembre —la vuelta de vacaciones— son los meses por excelencia para empezar cosas nuevas.
Parece que todo el planeta se pone de acuerdo para recordarnos que necesitamos reinventarnos.





Pero la verdad es otra, mucho menos épica:
la mayoría de esos propósitos ya han muerto antes del día diez.
Algunos incluso antes del día dos.
Y no pasa nada.

Quizá uno de los mayores autoengaños de estas fechas sea esa absurda obligación de “reinventarnos” de un día para otro, como si la vida fuera un programa de televisión que estrena temporada el 1 de enero.
Y ahí vamos: apuntándonos a gimnasios, comprando agendas imposibles, prometiendo madrugar, jurando amor propio… mientras seguimos siendo exactamente los mismos de siempre, solo que con más sueño.

Yo me di cuenta de esto un fin de año, con mis gatos sentados a mi lado, obligados a comerse las doce uvas y con el sombrerito del cotillón sobre sus cabezas, mirándome con una expresión inequívoca de estar planeando una terrible venganza esa misma noche.
Y pensé: es que a ellos les da exactamente igual todo esto.
Para ellos, mañana será un día más.

Lo curioso es que nunca aprendemos.
Cada año repetimos la escena con el mismo entusiasmo ingenuo con el que un niño abre un regalo ya sabiendo que es ropa.
Y aun así, esperamos un milagro.

Pero mira… yo ya no estoy para milagros.
Estoy para verdades pequeñas.

Y la primera verdad de enero es esta:
los propósitos no fallan porque seamos débiles;
fallan porque están mal diseñados.
Queremos empezar la casa por el tejado cuando ni siquiera hemos preparado el suelo.

Hay propósitos que sobreviven por inercia, sí.
Otros porque realmente nos pican por dentro.
Pero la mayoría…
la mayoría solo son frases bonitas para sentirnos virtuosos y empoderados durante un par de días.

Hay incluso quien le da un toque místico a todo esto y lo escribe en un papel, para después quemarlo o dejarlo en el congelador y así clamar a los entes cósmicos para que intercedan en nuestro propósito.
Pero al final, todo se resume en una ecuación muy simple:
sin hábito, no hay milagro.

Así que este año he decidido cambiar la estrategia:
menos listas y más sentido común.
Menos expectativas y más realidad.
Menos “este año sí” y más “hoy, si puedo”.

Porque, al final, los propósitos que funcionan no son los que escribimos el uno de enero,
sino los que empezamos cualquier martes tonto de marzo sin contárselo a nadie.
Esos en los que el momento no te da más opción que empezarlos.
Cuando ves que todo confabula a tu favor y, de pronto, te cambian el horario dejándote un tiempo libre que antes no tenías…
y ese tiempo te lleva, casi por accidente, a la puerta del gimnasio.

Ahí sí.
Ese es el momento en que debes decir:
"He entrado. Y hasta he sudado."

Y si este año consigo aunque sea uno,
solo uno,
ya me daré por satisfecho.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario