Cada mes de enero repetimos el mismo ritual con una fe casi
religiosa:
hacemos listas.
Listas de propósitos, de objetivos, de cambios radicales que —esta vez sí—
vamos a cumplir.
Nos miramos al espejo con la solemnidad de quien firma un
tratado de paz consigo mismo, y pensamos que basta un calendario nuevo para
convertirnos en otra persona.
Porque hay un efecto psicológico en esto: empieza un año nuevo y, mentalmente,
aunque no nos guste repasar lo que no hemos hecho del todo bien, el simple
hecho de cambiar de año nos da la sensación de empezar una partida nueva, de
poner el contador a cero.
¿Os habéis fijado en que es la época del año en que más
coleccionables aparecen en televisión? Enero y septiembre —la vuelta de
vacaciones— son los meses por excelencia para empezar cosas nuevas.
Parece que todo el planeta se pone de acuerdo para recordarnos que necesitamos
reinventarnos.
Pero la verdad es otra, mucho menos épica:
la mayoría de esos propósitos ya han muerto antes del día diez.
Algunos incluso antes del día dos.
Y no pasa nada.
Quizá uno de los mayores autoengaños de estas fechas sea esa
absurda obligación de “reinventarnos” de un día para otro, como si la vida
fuera un programa de televisión que estrena temporada el 1 de enero.
Y ahí vamos: apuntándonos a gimnasios, comprando agendas imposibles,
prometiendo madrugar, jurando amor propio… mientras seguimos siendo exactamente
los mismos de siempre, solo que con más sueño.
Yo me di cuenta de esto un fin de año, con mis gatos
sentados a mi lado, obligados a comerse las doce uvas y con el sombrerito del
cotillón sobre sus cabezas, mirándome con una expresión inequívoca de estar
planeando una terrible venganza esa misma noche.
Y pensé: es que a ellos les da exactamente igual todo esto.
Para ellos, mañana será un día más.
Lo curioso es que nunca aprendemos.
Cada año repetimos la escena con el mismo entusiasmo ingenuo con el que un niño
abre un regalo ya sabiendo que es ropa.
Y aun así, esperamos un milagro.
Pero mira… yo ya no estoy para milagros.
Estoy para verdades pequeñas.
Y la primera verdad de enero es esta:
los propósitos no fallan porque seamos débiles;
fallan porque están mal diseñados.
Queremos empezar la casa por el tejado cuando ni siquiera hemos preparado el
suelo.
Hay propósitos que sobreviven por inercia, sí.
Otros porque realmente nos pican por dentro.
Pero la mayoría…
la mayoría solo son frases bonitas para sentirnos virtuosos y empoderados
durante un par de días.
Hay incluso quien le da un toque místico a todo esto y lo
escribe en un papel, para después quemarlo o dejarlo en el congelador y así
clamar a los entes cósmicos para que intercedan en nuestro propósito.
Pero al final, todo se resume en una ecuación muy simple:
sin hábito, no hay milagro.
Así que este año he decidido cambiar la estrategia:
menos listas y más sentido común.
Menos expectativas y más realidad.
Menos “este año sí” y más “hoy, si puedo”.
Porque, al final, los propósitos que funcionan no son los
que escribimos el uno de enero,
sino los que empezamos cualquier martes tonto de marzo sin contárselo a nadie.
Esos en los que el momento no te da más opción que empezarlos.
Cuando ves que todo confabula a tu favor y, de pronto, te cambian el horario
dejándote un tiempo libre que antes no tenías…
y ese tiempo te lleva, casi por accidente, a la puerta del gimnasio.
Ahí sí.
Ese es el momento en que debes decir:
"He entrado. Y hasta he sudado."
Y si este año consigo aunque sea uno,
solo uno,
ya me daré por satisfecho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario