Hoy quiero hablaros sobre un fenómeno que va en aumento.
No pretendo meter los dedos en ninguna llaga, pero como de
costumbre, quien sienta que lo estoy haciendo y adopta el papel de
“ofendidito”, allá él o ella. Sus motivos tendrá para que le toque tan adentro
como para sentirse aludido.
Y es que cada día que pasa, encuentro más y más hombres que
se plantan y dicen basta.
Tras años de empoderamiento femenino desaforado, en que el
“yo lo valgo” se ha impuesto como norma y el convencimiento que el hecho de ser
mujer, otorga una verdad y razonamiento más profundo por defecto, los hombres
(y aquí debo puntualizar que hablaré en general, aun sabiendo que no nos
engloba a todos), hemos sido espectadores de esa transformación femenina.
No hace demasiado, por descuido me vi en la tesitura de
tener que cruzar a pie la Gran Vía barcelonesa, sin percatarme que ese día era
un 8 de marzo.
No puedo decir que sintiera miedo, ni mucho menos, tampoco
se veía a nadie violento en la manifestación que estaba cruzando de un lado a
otro, pero sí me sentí desubicado por completo.
No había ni una sola pancarta ni grito reivindicativo que
estuviera enfocado en pro de ninguna causa. Prácticamente no se pedía nada en
favor del género femenino. Todo eran pancartas y proclamas en contra de “ese
patriarcado”, en contra de todo aquello por lo que se sentían oprimidas y
vilipendiadas. A todo lo que pudiera oler a hombre.
¿Dónde quedan las reivindicaciones laborales? Porque aquello
que crucé en la Gran Vía, era algo más parecido a un desfile del día del
orgullo gay, pero eso sí, teñido de violeta.
Hoy en día, los puestos de trabajo ya están regulados por
esas nefastas cuotas, en las que se incorporan hombres y mujeres por porcentajes
de individuos de cada género, no por sus méritos. Y sí, es cierto que, en la
empresa privada, el mérito continúa teniendo su peso, pero es que faltaría más.
Yo no soy feminista. Me he negado siempre a denominarme así.
Del mismo modo que no me considero “machirulo” ni “macho alfa” ni me cuelgo
ninguna etiqueta de nada.
No lo soy, porque veo a la mujer como una igual a mí. Porque
creo en los méritos y porque mi granito de arena siempre ha sido que hombres y
mujeres a los que he contratado, cobren lo mismo y tengan las mejores
condiciones posibles independientemente de su género.
Y cuando he entrevistado a alguien para ocupar un puesto,
sí, he preguntado si estas casado/a, si tienes hijos y de qué edades, aunque
cualquier técnico de recursos humanos se rasgue las vestiduras al saberlo.
Pero no porque me interese tu situación sentimental ni tu
proyecto de vida, sino porque me interesa saber qué grado de responsabilidades
has tenido que adoptar durante tu existencia, y eso se lo pregunto tanto a
hombres como a mujeres.
Pero para no desviarnos del tema del que os quería hablar
hoy, todo eso, ha ido contribuyendo poco a poco a ese concepto mal entendido
del empoderamiento que, junto a otros factores, como la destrucción del modelo
de familia, o de nuestros valores como sociedad o a la percepción que las cosas
no tienen por qué ser inmediatas, ni tengo que conseguir todo lo que deseo.
Y todo eso se traslada a las relaciones entre ambos sexos.
Hoy hay miedo al compromiso, miedo a expresar sentimientos,
pavor al rechazo, intolerancia a cualquier idea que difiera mínimamente de las
nuestras. Y así nos va.
Las relaciones se convierten en un objetivo y en un
salvavidas por considerar la soltería como un fracaso.
La gente quiere tener pareja (e insisto, hablo en general),
pero la queremos como un traje a medida y para los ratos que convenga, para no
alterar ni un ápice nuestras vidas, y de esa forma, tener con quien gozar de
los buenos momentos sin ninguna de las posibles desventajas o responsabilidades.
Muy maduro todo.
Tiene que ser, así, de esta manera, con estas
características y tal y como la he pensado yo en mis tardes de domingo mientras
miro Netflix.
Y claro, eso después es muy difícil que encaje con ningún
humano real.
Hay que practicar los mismos deportes, las mismas aficiones,
tener gustos similares, ideas banales y trascendentales parecidas y además,
ciertos requisitos indispensables. Una vida ordenada y sin sobresaltos, una
economía saneada y la capacidad de viajar y salir tanto como se quiera, más que
como se pueda, para que el otro, o la otra, no caiga en el aburrimiento.
Porque nos aburrimos, sí.
Pero nos aburrimos porque no hay una base bien creada,
porque lo que te une a ese alguien no es más que lo que nos proporcionan esas
cenas y viajes. Es lo mismo que decir que te gustan mucho los niños cuando solo
tratas con tus sobrinos, pero cuando el niño se ha cagado encima, se lo pasas a
su madre.
Y todo eso es muy fácil de explicar a las amigas o a los
conocidos, y nos hincha el pecho poder llegar a la oficina el lunes y decir he
estado ahí, o he hecho esto. Y mucho más si donde has estado está más lejos que
donde fue la compañera. Pero viajamos y cenamos sin ese compromiso, sin ese
mostrar sentimientos y con todos esos miedos y sabiendo que a la vuelta, quien
nos acompaña se irá a su casa y yo vuelvo con mi gato y mi serie.
Cuando me he encontrado a alguien que me decía, “quiero una
relación estable, y las demás opciones no me valen”, siempre respondía lo
mismo. ¿Con quién?
Porque nos centramos en lo que quiero, no en el cómo lo
quiero. ¿Crees de verdad que sin antes conocer al susodicho/a vas a poder tener
una relación en condiciones? Habrá que empezar la casa por los cimientos, no
por el tejado.
Porque entonces, abrimos el siguiente melón.
Me parece bien que tus preferencias sean que le guste hacer
rutas por la montaña, o que tengas interés por coleccionar sellos, pero en
primer lugar, ¿de qué vais a hablar si lo hacéis todo juntos? No te voy a
contar una anécdota donde tu ya estabas ahí.
Y en segundo lugar, ¿estás segura que lo que deseas es
alguien que se parece a un clon tuyo? ¿Alguien que hace, piensa y prefiere lo
mismo que tú? ¿O lo que estás pretendiendo es que al tener a “un clon”, evitarás
discusiones y discrepancias?
Porque ese es otro de los grandes temores, discutir con
alguien.
Sea como sea, la lista de requisitos y “supuestos valores”
cada día es más extensa y más difícil de cumplir y los hombres, ha llegado un
punto en que hemos empezado a sentirnos bajo una enorme lupa.
Debemos ser atentos, pero no le abras la puerta que es un
micromachismo.
No la dejes andar por el lado más próximo a la pared en una
acera, porque ella está empoderada y no necesita protección ante un posible
golpe o un tirón de bolso.
No le ofrezcas ayuda para montar un mueble, porque ella
prefiere que le quede torcido, pero a sabiendas que es capaz de usar un
destornillador.
Debemos haber superado todas nuestras heridas del pasado y
servirle de apoyo, pero solo cuando ella lo necesite y así lo demande.
Y ante todo eso, y ante tanto requisito, muchos hemos dicho:
Esta bien, pero ¿y ella? ¿Qué me está ofreciendo ella?
Porque cuando es el hombre quien tiene problemas, debemos
tener al cavernícola que llevamos dentro a punto, para aparecer y sacar pecho
ante todo y así mostrar una fortaleza, una estabilidad y capacidad de aguante
como para que ella no se sienta insegura ante nosotros.
Y todo eso nos aparta, nos distancia y nos aleja.
Ya no solo de ellas, sino de nosotros mismos, y acabamos por
renunciar.
Por renunciar a conocer, por prescindir de compartir y a
negarnos a querer y a sentir.
Y tengo claro que estaréis pensando, pues yo no, pues yo si
le pasa algo le ayudo, pues yo es que no pido tanto, yo con que sea un chico
normal me vale.
Lo sé, no os meto a todas en el mismo saco, Dios me libre. Y
es que no estoy hablando concretamente de ti, ni de nadie en concreto.
Hablo de generalidades, de conductas y tendencias
mayoritarias y ésta lo es.
Hablo de que la mitad de la población mundial está cada vez
más de espaldas a la otra mitad.
Cada vez somos más y más los que renunciamos a mantener una
relación sentimental con nadie. Los que no solo hemos tirado la toalla, sino
que la hemos quemado o vendido en Wallapop.
Y nos aseguramos mucho, en el caso que con alguien pueda
haber algo, que está y estará todo claro desde el principio.
Hasta que llegas a renunciar incluso a echar un polvo
esporádico, con perdón. A no ser que tengas muy claro que eso no te va a
complicar la vida, o al contrario, veas que te puedes llegar a “complicar”
mucho con ese alguien.
Y si un hombre no es un cafre, a quien realmente se le pueda
distinguir porque le domina la entrepierna, estamos acostumbrados a que nos
digan que no, y que eso no nos afecte demasiado, por tanto, nos resulta fácil,
al menos a mí, a decirlo.
Y quedarnos tan anchos por renunciar a la posibilidad de un
encuentro, por fugaz que pueda ser, si sabemos que mañana, nos puede costar una
sola lágrima por no cumplir unas expectativas que, en muchos casos, se han
desbordado.
No pretendo con todo esto buscar culpables.
Siempre he creído que saber quién tiene la culpa de algo, no
me soluciona el problema, pero sí dejar sobre la mesa esto que está pasando y
va en aumento. Que muchos hombres han renunciado a lo más básico, y han dicho HASTA
AQUÍ, como una decisión auténtica, nunca como la retirada tras una derrota.