Desde los años cincuenta del siglo pasado, nos han acostumbrado, principalmente desde Hollywood, a que los buenos siempre triunfaban, que los malos eran rusos o vietnamitas, aunque últimamente esto cambió un poco, hacia personajes con turbante.
Y que cualquiera de los grandes héroes americanos, podía
plantarse en medio de un arrozal, ametralladora en mano, y fulminar a una
división entera de un ejército con la misma cara con la que lees un periódico
por la mañana.
Hemos visto las pantallas llenas de hackers, villanos y
personajes con alto coeficiente intelectual pero con un acento que arrastraba
las erres para que quedara claro que tenía más tendencia al vodka que al sirope
de arce.
Y durante décadas nos lo hemos creído. Nos lo han servido
tan bien, que acabamos confundiendo el guion con la realidad.
Pero estos días, pese a lo que intente decirnos el discurso
oficial, estamos viendo, aunque algunos ya lo sabíamos, que no es así.
Que los barcos tienen que retirarse por incendios en
lavanderías, o que se entra en un país ajeno para buscar al soldado Ryan,
aunque lo cierto es que a los grandes portaaviones se los están cargando los
drones o las incursiones son para ir a por uranio.
Porque cuando miras fuera del cine, empiezas a ver que nada encaja como te dijeron.
Muchos han creído durante los últimos cuatro años que
estábamos amenazados, que había alguien malvado en el este de Europa con
intención de arrasar y colonizar a todo el continente y nos han repetido hasta
la saciedad que iban a llegar a Lisboa en cuestión de días.
Y no, no ha sido así.
Otra vez lo mismo: una historia bien contada, repetida hasta
que deja de cuestionarse.
El tiempo, que es el más justo e implacable de los jueces,
insiste y persiste en dejarnos claro que todo eso que nos cuentan, no es
cierto.
Que solo es ruido, propaganda de guerra, y esa tendencia que
últimamente se ha impuesto a que tengamos siempre una amenaza encima.
Porque el problema no es la amenaza. El problema es
necesitarla.
Ya sea por un conflicto bélico, por un supuesto virus o
porque nos va a caer un pedrusco encima proveniente de vete tú a saber de qué
galaxia.
Porque no hay mejor forma de tener controlado al rebaño que
mediante el miedo.
El miedo paraliza, el miedo silencia y el miedo te da el
control sobre todo lo que te rodea.
Así criamos a nuestros hijos, o deberíamos hacerlo, con la
amenaza constante de decirles que si sigues haciendo eso, te va a pasar lo
otro. Y funciona.
Y del mismo modo pasa con la población en general.
Si durante años te has encargado de que los núcleos
familiares vayan desapareciendo, en favor de una sociedad formada por
individuos solitarios, sí ya no hay un objetivo vital como es reproducirse y
formar una familia, si todo tu entorno está enfocado en alimentar tu ego de
forma inmediata, es mucho más sencillo poder inculcar ese miedo y controlarte.
Y así, poco a poco, dejamos de cuestionar el decorado y
empezamos a vivir dentro de él.
Hemos permitido que la sociedad se idiotice, que tenga
acceso a la educación sin aprender absolutamente nada, que hombres se enfrenten
a mujeres, y que tanto unos como otros pierdan su identidad en favor de nuevos
“géneros” que en la mayor parte de los casos, no lo son.
Y así no necesitamos pensar, preguntarnos el por qué de las
cosas, simplemente gastamos tiempo de vida, por no decir vivimos, y pasamos
nuestros años buscando endorfina barata, con un like, con una relación
sentimental que no es y que antes llamábamos “rollo”, con la simplificación de
quien somos y reduciéndolo a un mero hecho visual y estético.
Porque al final no se trata de quién eres, sino de lo que
aparentas ser.
Nos hemos creído que necesitamos viajar, y que nuestro sino
en esta vida es la de ir lo más lejos posible, para encerrarnos en un resort
con pulserita de todo incluido. Porque fuera es peligroso, porque te enseñaré
cuatro pirámides pero no saques las manos por la ventana. Y así volvemos a casa
creyendo que hemos visto algo y casi hemos rozado el nirvana.
Pero no hemos visto nada. Solo otra versión empaquetada de
lo mismo.
Porque se trata de ir y de hacer fotos, como prueba
irrefutable de nuestra inquietud viajera, cuando en realidad somos capaces de
pisar un templo de 5.000 años sin apenas saber a qué divinidad iba dedicado.
Porque aceptamos pagar por una bolsa de plástico en el
supermercado cuando cada artículo lleva tanto film transparente y tanto
porexpan como para momificarnos, eso sí, sigo teniendo dieciséis bolsas de
basura para cada cosa, porque reciclar es lo que me han dicho que me hace buen
ciudadano.
Cumplimos el gesto, pero no entendemos el fondo. Y con eso
basta.
Porque todo es fugaz, porque nada es lo que parece, porque
todo es de usar y tirar.
Pero no nos hemos planteado que quizás nosotros también lo
seamos.
Al fin y al cabo, somos un producto para los grandes
magnates que dominan este planeta. Algo a lo que se le puede sacar provecho,
pero que un día puede llegar a ser un individuo molesto y prescindible.
Asi que, aunque nos guste más o menos, somos parte de este
engranaje que hace girar al mundo, una pieza más, algo sustituible y que
permite ser reemplazado.
Todos usamos estas supuestas I.A., que en realidad tienen
más de Artificiales que de Inteligencias. Pero ya no recordamos una dirección
con facilidad, ni un número de teléfono aunque sea de tu familiar más cercanos.
¿Para qué?
Porque pensar cansa, y ya hay quien lo hace por nosotros. Ya
tengo a alguien que me lo dicta.
Pero no recordamos ni tenemos en mente que nuestra cabeza,
necesita memorizar, necesita esforzarse para crecer. Porque vivimos en tiempo
en que lo único que parece ser entrenado y cuidado es un bíceps, y para ello,
publicamos todo tipo de fotos y pruebas en el gimnasio, aunque echemos de menos
una con un libro en las manos.
Ahora que viene Sant Jordi, ese día en que por una vez
durante el año, el libro toma el protagonismo y se adueña de las calles, no
estaría de más pensar en ello.
En que incluso eso, el hecho de comprar un libro, ya no es
porque se quiera fomentar la lectura en tu pareja, familiares o amigos, sino
por el ritual de seguir con esa festividad, porque toca hacerlo y porque aquí,
donde vivo, es por excelencia el día de los enamorados y nadie tiene narices a
saltarse ese ritual, a riesgo de pasar las próximas noches durmiendo en el
sofá, en el mejor de los casos.
Seguimos el ritual. Aunque ya no sepamos por qué.
Porque nada es lo que parece.

No hay comentarios:
Publicar un comentario