Querido
yo,
Supongo
que estas letras te sorprenderán tanto como a mi, no siempre uno tiene la
opción de hablarse a sí mismo y menos cuando uno de los dos viene con parte del
viaje aprendido.
Hace muchos años ya, lo que hoy debe ser tu presente, que caes una y otra vez en las mismas trampas. Esas que tú mismo te pones con todo el ímpetu y con tan poco criterio.
No deseo convertir esto en una reprimenda, tan solo en una charla en la que podamos cruzar las miradas y que a continuación siga cada uno con su camino. a fin de cuentas somos obstinados, nos conocemos bien, pero también sé que involucrarme o interceder en tus actos sería prácticamente mi suicidio, tan solo soy el producto de lo que has venido siendo.
Podría hablarte de aquella mujer, de aquella casa, aquel trabajo o de aquel viaje que aún no has hecho, pero ¿de qué serviría? ¿Cómo decirte no vayas por ahí? o ¿no frecuentes tal lugar?, no te imaginas cuánto aprendí de todo eso que has lamentado y de lo que te puede quedar por llorar y reír.
Esta carta es tan solo un ápice de esperanza, un consejo que te dé tranquilidad para saber que al final salimos adelante, que finalmente aprendemos de lo mejor y de lo peor y que seguimos en pie, tras los años y pese a los daños.
Me despido de ti, y por ende, de mí mismo y espero tener la oportunidad de poder escribir a nuestro yo de dentro de veinte años, sí aún anda por ahí....

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