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miércoles, 20 de mayo de 2026

#66. NO TENGO PLANES, ¿Y QUÉ?


Muchas veces, hablando con gente, me doy cuenta que hay una extraña necesidad de llenar los espacios que te da la vida con cualquier actividad, no vaya a ser que alguien te sorprenda diciendo que no tienes nada que hacer.

Por lo visto, socialmente no está del todo bien visto que te tomes un asueto y lo aproveches para no hacer nada, eso nos lleva irremediablemente a que tu existencia tiene más parecido con una ameba que con una persona digna de merecer.

Supongo que como parte de la tiranía en la que nos hemos metido todos voluntariamente, eso que llamamos redes, en la que aireamos alegremente hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas

Podríamos decir que hay una nueva clase de ansiedad moderna que no aparece en los manuales de psicología pero se propaga como epidemia: el pánico a no tener planes. Gente que se enfrenta a un hueco en su calendario con la misma expresión con la que mirarían un diagnóstico médico. “¿Cómo que tengo el sábado libre? ¿Pero libre de qué? ¿Qué se hace con un sábado vacío?”.

Así que corren. Como si fueran a perder el tren de la plenitud existencial. Se apuntan a talleres, rutas, escapadas rurales, clases de cerámica japonesa o cenas con gente que en realidad les da igual, pero que queda bien tener en el radar social. Todo con tal de no quedarse quietos. Porque quedarse quieto, hoy, equivale a algo parecido a estar muerto, es más, hasta te lo preguntan abiertamente, ¿eres de quedarte en casa? Porque yo no, eh? Yo no paro en todo el fin de semana. Que puede estar muy bien, no lo criticaré, allá cada uno con cada cual, pero ¿dónde ha quedado aquello del famoso equilibrio? Sal, diviértete, haz actividades, sí, pero date un rato, unas horas, un día para ti, para estar contigo, para pensar en todo sin profundizar en nada, o simplemente no pensar (cosa para la que los hombres tenemos cierta facilidad), pero eso asusta.

Y es que vivimos en una época donde la peor imagen que uno puede dar es la de estar sin nada que hacer. Parece sospechoso. Indica que no tienes vida, o lo que es peor: que no tienes contenido. Porque ya no se vive para vivir, se vive para subir. Si no hay stories, si no hay check-in, si no hay selfie con fondo bonito y cara de “disfrutando lo simple”, entonces ¿realmente ocurrió?


El ocio, ese viejo derecho del ser humano a desconectar, se ha convertido en una especie de deber con KPI. Ya no vale descansar: hay que hacer cosas interesantes con el descanso. No puedes simplemente quedarte en casa leyendo, no señor. Tienes que leer desde una cafetería con estética industrial, con taza de diseño, ventana grande y café espumado por solo siete euros y medio. Y preferiblemente en otro país.

¿Y por qué esta necesidad de movimiento constante? Fácil: porque todos hemos comprado una mentira muy útil para el sistema: creernos de clase media. Y ojo, lo digo con cariño, porque todos caemos. Aunque el sueldo apenas alcance para pagar el alquiler y la cuenta del supermercado parezca redactada por un guionista de terror, seguimos actuando como si fuésemos personajes de una serie sueca sobre jóvenes profesionales con vidas funcionales y apartamentos con plantas sanas.

Pero seamos sinceros: no somos clase media, nos han dado herramientas para poder parecerlo, nos han dejado pedir dinero para irnos a lugares tan lejanos, que si te pasas de largo ya estás sin querer, dando la vuelta. Somos clase trabajadora con Wi-Fi rápido. Eso sí, con necesidad de aparentar una vida tan plena y equilibrada como la que prometen los anuncios de yogures bio. Y parte de ese teatro es demostrar que tenemos “experiencias”. Que vivimos. Que no paramos. Aunque estemos agotados.

La verdadera raíz del asunto no es solo social, sino existencial. Porque cuando no hacemos nada, cuando se apagan las notificaciones y no hay viaje planeado ni reunión pendiente, ocurre lo temido: nos quedamos a solas con nosotros mismos, o incluso peor, con nuestra pareja, marido, mujer o lo que cada uno tenga. Conozco alguna pareja, por supuesto felizmente casada desde hace no sé cuantos años, como mandan los cánones, que en lugar de hacer cosas juntos, ella no suelta el portátil mientras él llena la casa de invitados para comer, cenar y lo que convenga. Todo por no quedarnos uno frente al otro.

Y es que ese es el momento más incómodo. No por aburrido, sino porque ahí asoman las preguntas difíciles. ¿Estoy feliz con mi vida? ¿Esto es lo que quiero? ¿Qué me hace ilusión de verdad? ¿Por qué siempre vuelvo a las mismas relaciones rotas, a los mismos ciclos, a las mismas excusas? ¿Quién es este? ¿y ahora qué le digo sin que suene a discusión?

Ese tipo de preguntas no caben en una publicación de Instagram, y rara vez tienen una respuesta inmediata. Por eso hay que huir. Y la huida moderna favorita es llenar el tiempo con cosas que parecen importantes pero no lo son: cursos online que no terminamos, escapadas que se olvidan al volver, experiencias que se viven a través del móvil antes que del cuerpo. Eso sí, el lunes me faltan horas para contar a quien trabaja con uno las maravillas de la escapada de fin de semana o de la cena en aquel restaurante bengalí-vegano-de autor-diseño feng-shui y de verduras deconstruidas y espumas de “sablazo” en la cuenta, donde además durante los postres te dan un espectáculo circense con focas y leones incluído. Tenéis que ir….

Propongo algo escandaloso: hagamos nada. En serio. Practiquemos el noble arte de perder el tiempo sin culpa ni provecho. Un fin de semana sin planes, sin desplazamientos, sin productividad, sin redes. Qué idea tan subversiva. Qué contestatario y rebelde me he vuelto, ¡a ver de qué me hablo!. Pero qué lujo.

¿Que da vértigo? Claro. Estar en silencio interno es como ir al dentista emocional: nadie quiere, pero hace falta. ¿Y si en ese silencio descubrimos que no necesitamos hacer tanto? ¿Y si nos basta estar, sentir, descansar, aburrirnos incluso?

El problema no es el viaje ni el plan en sí. El problema es que hemos hecho de ellos una anestesia para no sentir la vida tal cual es. Tal vez no hace falta más ruido, más movimiento, más simulación. Tal vez hace falta un sofá, un domingo, una pausa, sin necesidad de batir el récord de capítulos vistos de series que ni tan solo habías oído hablar. Y cero necesidad de contárselo a nadie.

Aunque claro, igual todo esto que digo lo escribo para no tener que pensar en mis propios demonios. Los tengo, vaya si los tengo, algunos más grandes y peleones que otros, como todo el mundo, intuyo, pero los llevo con correa y bozal, y los saco a pasear esos días que NO quiero quedar con nadie, esos días que me reservo para mi, para observar el mundo que me rodea, la gente como pasea, las parejas como no se hablan durante horas en una terraza de un bar. Pero bueno, al menos no me fui a Katmandú solo para poder poner “último respiro antes de volver a la locura del día a día” como pie de foto en esas redes que ni tan solo tengo.

 




miércoles, 13 de mayo de 2026

#64. ME ENAMORÉ DE MI ROOMBA

 

No hace mucho estuve viendo algunos videos sobre las ferias que se celebran en China y otras ciudades del mundo, sobre el nivel tecnológico que está asumiendo la industria de la robótica. Más allá de la robótica industrial, que más o menos la tenemos todos asumida, lo que quizás llamaba la atención a todos los asistentes y a mí mismo, era la progresión geométrica que están teniendo los robots humanoides enfocados a la asistencia y compañía de humanos.

Me parecieron muy aplaudibles algunas versiones, asistencia a médicos, asistencia al hogar, asistentes para mayores de edad y un largo etcétera que va en aumento cada día que pasa. Pero hay una variante, que como era de esperar, va por delante de todas las demás y no es que te asistan, es que te suplen.

La versión moderna y mecanizada de la clásica muñeca hinchable ya está aquí. Robots humanoides con funciones sexuales, aunque te lo pretendan vender como un artilugio anti-soledad o de compañía sin dar explícitamente los pormenores de todas sus funciones. Pero claro está, que si le pones tetas y una vagina con siliconas quirúrgicas para emular al máximo posible el tacto de la piel humana y te explican que es de fácil limpieza, es porque vas a intentar ensuciarla.

Dentro de todo lo criticable que puede ser esto, e intuyo que ahora mismo, la parte del público que esté leyendo esto y desconocía estas funciones, deben estar antorcha en mano pidiendo cabezas, es cierto que tiene parte de atractivo el hecho que tengas a alguien con quien puedas interactuar, hablar y que llene un espacio en tu casa, y más si te da respuestas más o menos coherentes basadas en todo el conocimiento que pueda haber en la red, hasta ese punto hasta yo me plantearía tener un cacharro de estos, aunque probablemente lo dejaría con un aspecto asexuado. Pero el problema radica, más allá de que intentes “zumbarte” a esa amalgama de cables y chatarra, a la suplantación de la compañía humana por una robotizada.

Soy consciente que, como soltero recalcitrante que soy, que las relaciones interpersonales a veces son complicadas, que nunca acabas de ver venir al otro, que a veces las expectativas o lo que se supone que el otro debería saber sin necesidad de decírselo, complican y mucho el día a día de una pareja y conforme pasan los años y vas acumulando años de soltería, la cosa se va agravando.

Siempre he defendido que una relación de pareja, o sin pareja, simplemente una relación entre dos personas, debe partir desde la aceptación, si asumes que la otra persona se ha criado en circunstancias distintas a las tuyas, y entenderemos lo de criarse como experiencia vital, puedes aceptar mucho antes y mejor las diferencias que pueda haber. Si asumes que la otra persona lleva unas gafas, con las que mira al mundo, de otro color, podrás entender que no haga ni diga las cosas como uno mismo. Pero no, la gente no acepta, la gente espera, crea expectativas y asume que tiene que ser todo perfecto en este mundo de inmediatez e imagen fugaz, y si no es así, que te aguante tu prima. Y así nos pasan los años a la misma velocidad que se nos vacía el bote de la paciencia.

Ahí es cuando de pronto, aparece un artilugio mecánico, al que además le han puesto melena rubia, aunque a veces podrías emplazar algunas versiones en una esquina haciendo girar su bolso, y que además no te discute,  no te contesta, no te dice que este fin de semana tendríamos que colgar una estantería, cuando sabes que te está diciendo coge tú el taladro e infinidad de pretextos más que podríamos encontrar a favor y en contra de lo que, personalmente me resulta una caída en barrena.

Aquí no estamos cuestionando que puedas ser un devoto de los últimos avances tecnológicos y que del mismo modo que corres a comprar el último modelo de cualquier electrodoméstico por el hecho de ser el último, aquí estamos hablando de otra cosa. Aquí hablamos de sustituir la parte que nos puede incomodar de otro ser humano, por alguien que siempre dirá que sí, alguien que jamás tendrá un cansancio ni se mostrará indispuesto para hacer lo que le pidas, es más, jamás te dirá una cosa cuando quiere decir otra, ni tendrá enfados que te cuestan entender ni discusiones sobre tal o cual motivo. Estará siempre ahí, en silencio, esperando a que le digas ven, di o haz.

Pese a que me reconozco como un amante de la tecnología, por sus avances, no porque pretenda acostarme con ella, hay ciertas facetas de mi vida en las que me considero muy analógico y sin duda, una de ellas es en el trato con el resto personas que me rodea. Creo que, en este aspecto, quien sucumbe a los encantos de esos silencios y esa predisposición eterna para servirnos, olvida un importante y gran detalle, es posible que la interacción con estas máquinas no contemple la opción de romperte el corazón, pero sus algoritmos jamás llegaran a él, con lo que eso que podemos llegar a nombrar como relación, será solo una simulación más o menos lograda.

Más allá de esta circunstancia, hay otro factor que supongo que no se ha planteado todavía por parte de quien sea o quiera ser usuario de esos inventos, y es que ¿se ha planteado alguien cuánto vamos a tardar como humanos en acabar hartos de tanto servilismo? Porque en el mundo que vivimos hoy, si en cuanto pasamos tres fines de semana seguidos sin tener un plan maravilloso que rompa con nuestro día a día y nos de un “chute” de dopamina, ya empezamos a plantearnos lo muy destructivas que son las rutinas,  imaginad lo que podemos tardar en detestar a alguien (y ya digo alguien personalizándolo) que si no hablas no responde, alguien que jamás va a tomar una iniciativa y que igual que las supuestas Inteligencias Artificiales que usamos, su ultima respuesta siempre va a ser, si puede ayudarte en algo más.

A mí personalmente me exaspera solo de pensarlo, así que una de dos, o esperamos que instalen algoritmos que doten de complejidad y cierta contradicción a esos aparatos para que nos olvidemos momentáneamente que les podemos cambiar la cara cada quince días, o pasadas pocas semanas los vamos a dejar desconectados y encerrados en un armario junto a las escobas mientras volvemos a abrirnos un perfil en Tinder.

 



miércoles, 6 de mayo de 2026

#62. ANALFABETOS FUNCIONALES

 

Sabes leer, pero no entiendes lo que ven tus ojos. Sabes escribir, pero no transmites nada. Hablas pero sin orden ni concierto y llenas tus frases de coletillas y palabrejas como “en plan”, “obvio”, “tocho”, “mazo”. Felicidades: eres funcional, no pensante.

¿Qué es un analfabeto funcional o escolarizado? No es un concepto que haya inventado yo, ni mucho menos. El concepto de analfabeto funcional surgió a mediados del siglo XX como una forma de describir a personas que, a pesar de tener cierto nivel de alfabetización (saber leer y escribir), carecen de las habilidades necesarias para desenvolverse eficazmente en la vida cotidiana. Este concepto se diferencia del analfabetismo absoluto, que se refiere a la incapacidad total de leer y escribir. 

Como en la mayoría de cosas que como sociedad y como individuos nos van ocurriendo, esto no se origina por una sola causa, de hecho hay multitud de variables que han propiciado que lleguemos a este punto. Y quede claro que cuando hablo de llegar, no lo digo en sentido que hayamos recorrido un camino hacia delante, más bien al contrario, el camino es y ha sido de vuelta.

Hace unos años, no demasiados, 30 ó 40 años a lo sumo, la sociedad y por ende cada individuo, no aceptaba bajo ningún concepto que alguien hiciera gala de su falta de comprensión lectora, y mucho menos que alguien presumiera de no haber abierto un libro en su vida, inmediatamente era visto como algo negativo, y habría levantado todo tipo de comentarios y desagravios, tanto por no haberlo hecho, como por el irreverente acto de hacer gala de ello. Hoy no te diré que ocurre lo contrario, porque aún campa a sus anchas cierta vergüenza torera que le impide a mucha gente confesar algo así en público, pero si que van apareciendo, y van proliferando, cierto número de personajes que no tienen ningún reparo a la hora de soltar a los cuatro vientos que no sabrían cómo coger un libro ni donde tiene el botón de encendido.

Es cierto que en generaciones anteriores, no muchas, había aún un porcentaje de la población que no había tenido los medios ni la oportunidad de escolarizarse, y muchos de nosotros aún puede contar que tuvo ese familiar o ese otro que no supo nunca leer ni escribir. Los nacidos en los 60 y 70 nos quedamos sin excusas. Tuvimos acceso a una educación suficiente. El sistema, todavía respaldado por la autoridad docente, nos sacaba de la etapa obligatoria con una base sólida. Más allá del interés posterior por abrir un libro, esa estructura funcionaba.



Pero conforme fueron apareciendo nuevas generaciones y fueron cambiando los sistemas educativos, algo que en esta España se convirtió en arma política y por tanto, cada cambio de gobierno significaba un cambio de sistema, esa autoridad que recaía en los profesores fue desapareciendo, el sistema permitió cada vez más que alguien no tuviera una base general aceptable, en favor de una supuesta especialización en materias concretas o simplemente en pro de un resultado grupal, hasta el punto en que desaparecieron las pruebas, las calificaciones y los exámenes, y con ellos, la competencia, el esfuerzo y los motivos para esforzarse.

Sé que si algún docente está leyendo esto, ahora mismo estará maldiciendo mis huesos, y no les quito razón, tampoco es culpa de los profesores, a quienes se les ha arrebatado toda autoridad e incluso el respeto que infundían antaño.

Todo esto ha sido progresivo, no es de un día para otro, y aquí podría lanzar mis teorías más conspiranoides sobre el adoctrinamiento del rebaño y el control social, pero hoy no trata de eso, por muy vinculado que pueda estar. Pero viendo algunos ejemplos que se convierten en noticia, como señores letrados que cuando redactan sus alegaciones no saben diferenciar entre “a ver “ y “haber”, o universitarios que entregan trabajos puntuables sin tener ni tan solo el cuidado de eliminar la recomendación final de chatgpt, uno empieza a hacerse preguntas sobre lo que está pasando.

En general, la lectura, que había llegado a ser un distintivo social y que desde la clase más pudiente a la más humilde había tenido siempre claro que enriquecía y alimentaba el alma, ha pasado a ser un mero trámite, un mal necesario para conseguir sacar una nota o dar una respuesta, pero que en cuanto un texto acumula más de media página ya resulta una barrera infranqueable para muchos en el peor de los casos, y en el mejor, quien se arranca a leerla, no entiende lo que sus ojos van descifrando.

Aún persiste la idea que un título universitario implica cierta sabiduría, aún hay quien delega el conocimiento al resultado de una prueba y quizás sea cierto que en algunas carreras muy técnicas, la universidad sea la fuente de ese conocimiento, pero eso no da una cultura general ni una capacidad para cuestionar el mundo que nos rodea y para mí, esa es la clave de todo.

Sin pensamiento crítico no hay protesta, ni oposición a quien nos rige o ante cualquier brete en el que nos ponga la vida. Si no tenemos un punto de vista formado sobre el mundo que nos rodea y lo que pasa en él, es imposible que nos rebelemos, que protestemos o que simplemente podamos discutir cualquier tema. Echo de menos los debates, por el placer de debatir, de contrastar ideas y de no llegar a convencer a nadie, ya que no era el objetivo, por el contrario hoy, ante una opinión que escape mínimamente del discurso oficial o bien del mayoritario, lo más probable es que se provoque el enojo inmediato de quien escucha esa opinión divergente. Porque al rebaño no le interesa profundizar, no se encuentra necesario porque la sociedad pide, reclama y exige inmediatez en todo y si algo no puede ofrecer un debate o un libro, es esa premura. A nuestro cerebro le gusta nutrirse a fuego lento, ir acumulando palabras, conceptos e ideas poco a poco hasta haber acumulado lo suficiente como para que un concepto se hilvane a otro y se nos haya creado una capacidad de elaborar conceptos propios basados en lo aprendido.

En cambio, hoy es todo mucho más visual, más rápido, más de impacto. Todo se basa en una foto de perfil, una publicación de segundos o una opinión que se hace viral, y el problema al final no es esa inmediatez en sí, sino el haber llegado a no cuestionar nada y tomar como verdad eso que nos llega hecho por el simple hecho de ser compartido muchas veces.

No pretendo decir que deberíamos ser todos expertos en multitud de temas, ni tan solo en los de más rabiosa actualidad, pero podría lanzar una pregunta sobre a quién hemos considerado “los buenos” o “los malos” sobre algún tema actual y pronto veríamos si hemos sido capaces de cuestionar el discurso que nos llega habiéndolo dado por bueno.

Ya no entro en sutilidades más avanzadas, como la interpretación de una frase irónica, de un sarcasmo o de un doble sentido. A veces, manteniendo según qué charlas, ante algún argumento que difiera de ese discurso mayoritario, he recibido alguna respuesta tipo “mejor no quiero saber” o “todo eso es muy complicado”, algo que a cualquier pseudo-tertuliano puede dejar en shock en segundos.

Es respetable, como casi todo, tampoco pretendo liderar ninguna campaña ni deambular por el mundo salvando almas, pero a veces supone un jarro de agua fría ver como el discurso mayoritario, por no decir oficial, arrastra a tanta gente e intentar, ya no ir a contracorriente, sino retirarse un poco hacia la orilla acaba siendo agotador.

No tengo más razón que nadie, no creo tener ni tan solo la verdad, no creo que haya una sola, pero sí puedo decir que me planteo cosas, que la curiosidad me puede y que cuando me llega información, me sugiere preguntas en cuanto trato de saber qué me están contando las palabras que leo, incluso los silencios que hay entre ellas.

 

 


 

miércoles, 29 de abril de 2026

#60. CARTA A MI YO DE 18 AÑOS

Querido yo,

Supongo que estas letras te sorprenderán tanto como a mi, no siempre uno tiene la opción de hablarse a sí mismo y menos cuando uno de los dos viene con parte del viaje aprendido.

Hace muchos años ya, lo que hoy debe ser tu presente, que caes una y otra vez en las mismas trampas. Esas que tú mismo te pones con todo el ímpetu y con tan poco criterio.


No deseo convertir esto en una reprimenda, tan solo en una charla en la que podamos cruzar las miradas y que a continuación siga cada uno con su camino. a fin de cuentas somos obstinados, nos conocemos bien, pero también sé que involucrarme o interceder en tus actos sería prácticamente mi suicidio, tan solo soy el producto de lo que has venido siendo.

Podría hablarte de aquella mujer, de aquella casa, aquel trabajo o de aquel viaje que aún no has hecho, pero ¿de qué serviría? ¿Cómo decirte no vayas por ahí? o ¿no frecuentes tal lugar?, no te imaginas cuánto aprendí de todo eso que has lamentado y de lo que te puede quedar por llorar y reír.

Esta carta es tan solo un ápice de esperanza, un consejo que te dé tranquilidad para saber que al final salimos adelante, que finalmente aprendemos de lo mejor y de lo peor y que seguimos en pie, tras los años y pese a los daños.

Me despido de ti, y por ende, de mí mismo y espero tener la oportunidad de poder escribir a nuestro yo de dentro de veinte años, sí aún anda por ahí....







miércoles, 5 de noviembre de 2025

#9. ÁGORA - SILENCIO ENTRE LAS SÁBANAS

Dicen que la confianza en pareja se mide por los silencios. Mentira. El silencio a veces pesa más que el ruido, y a mí, después de comer, me pesa como un saco de piedras. Ese momento en que te tumbas y la digestión te convierte en oso perezoso. ¿Qué haces? ¿Duermes? ¿Hablas? ¿O finges que todo va bien mientras la otra persona ya está pensando que te aburriste de su vida?

Es cierto que hombres y mujeres gestionamos los silencios de distinta manera. Por más que esa “incultura” woke nos ha metido en la cabeza a muchos, que somos todos iguales, que no hay diferencias genéricas y que los hombres podemos llorar con bambi después de hacer la colada mientras ellas llevan el peso económico de la familia allá, cavando en la mina. ¡Mentira!

A los hombres, y generalizo, nos gusta ese silencio. Ante un problema o una situación incómoda o tensa, nos recogemos hacia dentro, necesitamos ese momento de estar con uno mismo, y es que como sí dice el tópico, tenemos tendencia a hacer las cosas de una en una, y esos momentos nos sirven para focalizarnos en lo que nos angustia.

En cambio, las mujeres — la mayoría de mis lectoras— tenéis como forma natural verbalizar, mucho más que nosotros, lo que os pasa por la cabeza. Estáis más entregadas hacia fuera, por tanto, ese recogimiento masculino a veces os cuesta asimilarlo.


Y ante una situación como esa, en que ella inquiere y pregunta “¿qué pasa?” O “¿en qué piensas?”  es muy probable que ese silencio masculino se sustente en el hecho de no saber aún qué ni cómo responder, que aún esté calibrando todo, o bien la respuesta o bien el beneficio de abrir una guerra dialéctica y la respuesta es, normalmente, la misma estupidez: “en nada”. ¡Mentira!

Es cierto que los hombres disponemos de un artilugio que es muy característico de nuestro género, la “Nothing Box” o la “Caja del Nada”, esa con la que podemos permanecer con la mirada fija hacia ningún sitio y ni tan solo escuchar lo que ocurre a nuestro alrededor, pero no es del todo cierto, aunque sea de forma inconsciente, nuestro cerebro, (y digo nuestro porque soy hombre y tengo una nothing box donde me podría esconder todo yo), sigue ordenando ideas.

Siempre pensamos en algo. En fútbol, en la hipoteca, en si me habré pasado de sal con las lentejas… Nunca en nada. Pero claro, a veces un “nada” es la palabra que nos salva de tener que abrir la caja de Pandora.

Y aquí viene la verdad incómoda: hay silencios en pareja pueden ser sexo sin tocarse o guerra fría sin trincheras. Puede ser ternura o sentencia. ¿Quién decide qué es? Nadie. O sí: la piel. Porque si el silencio va acompañado de una mano en la pierna, un roce, un gesto, se vuelve cómplice. Pero si va acompañado de mirar el móvil, empieza el iceberg.

Y con un solo detalle como ese, puede cambiar sustancialmente ese silencio después de comer, pueden abrirse las puertas del infierno y que se te indigesten de verdad las lentejas o puede ser el inicio de un encontronazo romántico, o apresurado, o pausado, pero más que placentero.

Sea como sea, no es buena idea mantener posiciones orgullosas, las cosas necesitan su tiempo para madurarse y no dejarse llevar por una verborrea improvisada, pero no me fío de un silencio prolongado. Prefiero una discusión a gritos que esa calma chicha que huele a ceniza. Porque gritar (sin faltar) significa que todavía te importa; callar demasiado significa que quizá ya te has ido por dentro.

Así que, queridos y queridas, cuando él o ella diga “en nada”, no le creáis. Metedle el dedo en las costillas, rompedle el bostezo, quitadle la sábana de un tirón. Y a los hombres que lean esto: tomaos vuestro tiempo para responder lo que realmente queréis decir, pero no os escondáis nunca tras un  “nada”. Atreveos a decir que estáis pensando en estirarla sobre la mesa y poseerla, o en que teméis algo, o que os angustia una situación en el trabajo, incluso hablad de vuestra caja del nada existencial. Será incómodo, pero al menos será verdad.

Porque el silencio, ese sí, nunca miente: o es deseo, o es vacío. Y entre esas dos cosas está el universo entero.



sábado, 1 de noviembre de 2025

#8. AGORA - VAMOS MAS ADENTRO


Uno de mis adorados comunicadores, por su actitud, por su mente brillante y por saber formular esa pregunta que daba en la diana y nadie más se atrevió a hacer, de darle seriedad a lo más histriónico o de ridiculizar lo más Sacro, fue Jesús Quintero, quien supo retratar como nadie la sociedad con más verdad y mala leche que cualquier tertuliano o titular de prensa.

Y con él me permito hacer la excepción, y transcribir un par de sus reflexiones, que he enlazado, y con las que nos regalaba motivos para pensar hasta incomodarnos.

He escogido éstas y no otras, porque me parecen simplemente demoledoras: porque retratan las miserias a las que seríamos capaces de llegar, porque muestran la sociedad con más verdad de la que nadie es capaz de dar. Por eso me ha parecido una muy buena forma de cerrar una etapa como la que llevábamos hasta ahora, o al menos dirigir la mirada hacia otro punto, aunque no abandonemos del todo los temas que esbozábamos, para adentrarnos en cuestiones más personales, más de piel, más de latidos y de sonrisas y llantos. Más En carne viva.

1. Si Cristo volviera



*“Si Cristo volviera, lo volverían a crucificar.
Pero esta vez en la televisión.
Durante una temporada lo convertirían en un ‘Superstar’,
en el mayor fenómeno de masas jamás visto.
Y luego lo arrojarían a la basura como un kleenex usado.


A la primera noticia de que un tal Jesús de Nazaret, andaba por ahí resucitando muertos y convirtiendo el agua en vino, los productores de los más populares programas se darían bofetadas por conseguirlo.

Todos los presentadores querrían dar el pelotazo del milenio consiguiendo que multiplicara los panes y los peces en directo, o que en su defecto pronunciase de viva voz el sermón de la montaña.

Los endemoniados, los paralíticos, los leprosos,
irían de programa en programa contando su milagrosa curación… previo pago.

Todos querrían escuchar a Lázaro, el amigo resucitado.
Todos querrían escuchar a su madre,
la mujer de la que se decía que seguía siendo virgen después del parto.

Convertirían su apasionante vida en un culebrón.

Los envidiosos inventarían una leyenda negra:
dirían que cobraba por las entrevistas,
que sus milagros eran un fraude,
que se le había visto comer con publicanos,
que tenía un lío con una prostituta,
que andaba con maleantes y terroristas.

Aparecería un Judas que lo vendería.
Y un Pedro que lo negaría tres veces.
Y un Tomás que metería los dedos en sus llagas después de muerto.
Y un Pilatos que se lavaría las manos.
Y un Barrabás que, sin ningún mérito,
sería preferido a Él por la chusma que somos todos.

Una chusma veleta que volvería a pedir a gritos que lo crucificaran.

Buenas noches y buena suerte, a quien se la merezca.”*


Porque las noches te darán en qué pensar,
y al pensar, abrazado por la oscuridad de la propia alcoba,
al sentir la propia respiración
y los latidos que poco a poco van marcando el ritmo de nuestros pensamientos,
uno puede llegar a esta conclusión:

 

2. Lo más importante de la vida

*“Lo más importante de la vida, es la vida.

Parecerá una perogrullada, pero te aseguro que, si lo piensas, verás que es la más sabia y profunda filosofía.

Todos nuestros problemas comienzan cuando nos olvidamos de esa verdad elemental, tan básica.

Cuando creemos que cualquier cosa es más importante que vivir, eso desgraciadamente ocurre con demasiada frecuencia.

Cualquiera está dispuesto a arruinar su vida por niñerías tan simples como ganar más dinero, tener más poder, llegar a ser el jefe de la empresa, ser famoso, ser admirado… cualquiera está dispuesto a amargarse la vida por conseguir metas que no le van a ayudar a vivir más.

Si nos convenciéramos de que lo más importante de la vida, es la vida, nos dedicaríamos a vivir, ¿no?, a vivir más, más intensamente y tal vez desaparecerían, pues, las guerras, los misiles, la carrera de armamentos.

Si nos convenciéramos de que lo más importante de la vida, es la vida, desaparecería el deseo de acumular riquezas, desaparecerían la prisa, la ambición, el trabajo como condena, la intolerancia, la violencia, los prejuicios, los dogmas, las cadenas.

Si nos convenciéramos de que la vida es más importante que las doctrinas, las ideologías, los credos, las convenciones sociales, los mitos y los tópicos, tal vez empezaríamos a tratarnos como iguales.

A respetarnos y a querernos.
Lo más importante de la vida, es la vida.

Parece una tontería, pero es una gran verdad.
No lo olvides.
Sobre todo, practícala, ya verás…”*

 

Aquí empieza un cambio, y aunque sigamos con temas que considere importantes y de actualidad, abrimos una nueva etapa, a partir de ahora,  más desde dentro, más intimista. Cada miércoles, cafés con más alma, que hablen un poco más de nosotros mismos, aireando nuestras virtudes, pero también nuestras miserias




miércoles, 29 de octubre de 2025

#7. ÁGORA - LAS PROFECÍAS DEL BOSQUE - III

 

El Apocalipsis digital y el espejo del futuro

Hasta ahora hemos paseado entre monjas medievales, profetas de taberna, monjes rusos y papas que quizás escribieron frases crípticas. Todo muy pintoresco, todo muy histórico. Pero las profecías no murieron en la Edad Media ni en la Guerra Fría. Al contrario: encontraron un nuevo hogar en internet.

Mary de la Divina Misericordia

En 2010 apareció en Irlanda una mujer que se presentó como vidente católica: Mary de la Divina Misericordia. No tardó en abrir una página web y empezar a publicar mensajes que, según ella, le dictaba nada menos que Jesucristo. La serie se tituló The Warning (El Aviso) y pronto se tradujo a 14 idiomas. Millones de personas la siguieron, convencidas de que allí se estaba anunciando el próximo gran capítulo del Apocalipsis.



Sus mensajes eran un cóctel perfecto de misticismo y actualidad:

  • El Aviso → cada persona del planeta verá su vida desde los ojos de Dios, como un juicio individual instantáneo.
  • El Milagro → una señal visible en el cielo que confirmará la veracidad de los mensajes.
  • El Castigo → guerras, desastres naturales y persecución contra los cristianos.

Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol apocalíptico. Pero Mary añadía ingredientes contemporáneos que daban escalofríos:

  • El surgimiento de un Nuevo Orden Mundial.
  • El control digital absoluto de las personas.
  • Una “marca de la Bestia” que, curiosamente, muchos relacionaron con microchips, QR codes y pagos electrónicos.

Vamos, lo que en el siglo XII Hildegarda habría descrito como un lobo gris devorando rebaños, Mary lo tradujo al lenguaje de internet y la globalización.

El negocio de las profecías

The Warning se convirtió en un fenómeno viral. Libros, conferencias, grupos de oración… todo un movimiento que creció como la espuma. La Iglesia católica, por su parte, fue clara: las visiones no tienen aprobación oficial y, en muchos casos, rozan la herejía. Pero eso no detuvo a los seguidores, convencidos de que estaban asistiendo a la revelación definitiva.

Lo interesante es que la propia estructura de internet dio alas a esta profecía: mensajes cortos, compartibles, cargados de urgencia, perfectos para redes sociales. Un apocalipsis en versión 2.0.

¿Qué tienen en común todas las profecías?

Si repasamos el camino desde los bosques de Baviera hasta los blogs irlandeses, encontramos un patrón.

  • En la Edad Media, el miedo era el demonio y la herejía.
  • En el siglo XVII, la amenaza eran las guerras de religión.
  • En el siglo XX, los profetas señalaban dictadores y bombas nucleares.
  • Hoy, el miedo es el control digital, la pérdida de libertad y un futuro dominado por algoritmos.

Al final, cada profecía no habla tanto del futuro como de las angustias del presente. Son espejos disfrazados de visiones.

El futuro como espejo

Lo dijo el general Sánchez de Toca: el futuro no existe todavía. Lo construimos entre todos, a golpes de decisiones y errores. Las profecías, en cambio, son un recurso poético para darle forma a lo que nos aterra.

Quizá no haya un Anticristo con discurso hedonista, ni un microchip con la marca de la Bestia. Quizá todo eso sean metáforas de lo que más tememos: perder nuestra libertad, nuestra identidad, nuestra humanidad.

Entre el mito y la libertad

Lo cierto es que necesitamos profecías porque nos gusta jugar con lo que no podemos controlar. Nos fascina pensar que alguien, en algún rincón del bosque o de internet, ya tiene la respuesta. Pero si algo queda claro después de recorrer este viaje es que el futuro se ríe de los oráculos. Siempre acaba sorprendiéndonos por donde menos lo esperamos.

Epílogo

Los profetas del bosque ya no susurran entre pinos, ahora gritan en redes sociales. Hildegarda ya no escribe visiones, ahora las series apocalípticas se estrenan cada mes en Netflix. Basilio ya no anuncia demonios en hilos invisibles, ahora se llaman feeds. Y Mary de la Divina Misericordia no necesita pergaminos: tiene millones de clics.

El misterio sigue siendo el mismo: ¿vamos hacia el Apocalipsis, o solo estamos leyendo nuestros propios miedos con voz solemne?

👉 Y aquí te dejo la última pregunta de la saga: ¿crees que las profecías son avisos verdaderos… o espejos que solo reflejan lo que más tememos en cada época?

 

 


miércoles, 22 de octubre de 2025

#4. ÁGORA - LAS PROFECÍAS DEL BOSQUE - II

 


De monjes rusos y papas profetizados

Si Centroeuropa tenía a sus “profetas del bosque”, Rusia decidió ponerle dramatismo. Porque claro, si eres un país de dimensiones descomunales, con inviernos eternos y zares que se creían enviados de Dios, tus profetas no podían ser menos que grandilocuentes. Y lo fueron.

Basilio, el santo loco

En Rusia existía la figura del yurodivi, el “tonto de Dios”: personajes extravagantes, medio mendigos, medio santos, que a fuerza de excentricidad lograban decir verdades que nadie más se atrevía a pronunciar. Entre ellos estaba Basilio, un monje que caminaba desnudo en pleno invierno, gritaba a los zares y lanzaba frases proféticas como quien reparte estampitas.

Basilio aseguraba que el mundo viviría una transformación tecnológica que cambiaría las almas:

  • “El hombre hablará a multitudes desde una caja mágica” → la radio.
  • “El mundo entero verá a un solo hombre” → la televisión.
  • “El demonio se meterá en los hogares a través de hilos invisibles” → internet.

No mencionó Netflix ni TikTok, pero estuvo a un paso.


También habló de un tiempo de hierro en Rusia: líderes sin alma, guerras internas y un pueblo fascinado por el poder material. Que levante la mano quien no vea ahí un retrato del siglo XX… y quizá del XXI.

Rasputín, el monje imposible

Pero si hablamos de misticismo ruso, ningún personaje supera a Grigori Rasputín.
Sanador improvisado del hijo hemofílico de los zares, bebedor empedernido, mujeriego confeso, con mirada hipnótica y barba interminable. Un monje convertido en mito, odiado y venerado al mismo tiempo.

Su final fue tan novelesco como sus profecías: lo envenenaron, lo apuñalaron, lo tirotearon y, como seguía respirando, acabaron ahogándolo en un río helado. Ni Hollywood se habría atrevido a tanto.


En medio de esa vida desbordada, Rasputín dejó advertencias que parecen sacadas del telediario:

  • “Cuando los hombres gobiernen Rusia, el país se perderá. Cuando lo haga una mujer, Rusia se salvará.”
  • “El pueblo creerá en nada y en todo: en los falsos profetas de la prensa, en los ídolos del poder.”
  • “La familia se quebrará: los padres no entenderán a los hijos ni los hijos a los padres.”

Su frase más célebre fue la que escribió al zar Nicolás II poco antes de morir:

“Si yo muero asesinado por los boyardos, la familia imperial será destruida por el pueblo ruso.”

Rasputín murió a manos de nobles conspiradores en 1916. Dos años después, los bolcheviques fusilaron a toda la familia Romanov en Ekaterimburgo.

Profecía cumplida o golpe de suerte macabro, ahí lo dejo.

Entre Basilio y Rasputín

Lo fascinante es cómo ambos encarnan dos extremos:

  • Basilio, el loco santo que anticipa inventos y demonios modernos.
  • Rasputín, el monje libertino cuya vida y muerte parecían una profecía en sí mismas.

Los dos muestran la misma tensión: un país oscilando entre la fe y el poder, entre la espiritualidad y la brutalidad histórica.

El salto a Roma

De las estepas rusas pasamos ahora al Vaticano. Allí, en 1976, apareció un libro firmado por Pier Carpi: Las profecías de Juan XXIII. Lo curioso es que el papa Roncalli era conocido como el “Papa bueno”, un hombre cercano, sonriente, más dado a abrir ventanas que a anunciar catástrofes.

Pero según ese libro, también habría dejado escritos mensajes crípticos sobre el futuro.

El “bendito número 16”

Entre las frases más repetidas estaba la mención a un papa del “bendito número 16”. Y cuando en 2005 salió elegido Benedicto XVI, muchos corrieron a proclamar: ¡profecía cumplida!

El retrato cuadraba: un papa de transición, llamado a guiar a la Iglesia en un tiempo convulso. Y vaya si fue convulso: Benedicto XVI acabó renunciando, algo que no ocurría desde hacía siglos.

Frases para jugar al oráculo

El libro recogía otras sentencias igual de misteriosas:

  • “Un viaje que aún no se ha cumplido.”
  • “Tierras donde el sol muere.”
  • “El horizonte del año 2033.”

El 2033 será, nada menos, el bimilenario de la crucifixión de Cristo. Y con esa fecha en el calendario, más de uno ya está montando teorías sobre cataclismos y revelaciones.

Profecía o invento literario

Los más escépticos lo tienen claro: el libro de Carpi fue un caso de profecía retrospectiva. Es decir, escribir sobre hechos ya ocurridos en un lenguaje poético que parezca anticiparlos. Una técnica tan vieja como Nostradamus.

Pero, seamos sinceros, ¿qué sería de nosotros sin un poco de misterio? Lo cierto es que el Vaticano nunca desmintió oficialmente esas profecías, y el silencio siempre es terreno fértil para la imaginación.

Entre Rusia y Roma

Si algo nos enseñan Basilio, Rasputín y Juan XXIII es que las profecías no son tanto ventanas al futuro como espejos del presente. Rusia veía en Basilio y Rasputín sus propias tensiones políticas y espirituales. Italia proyectaba en un papa bonachón el deseo de que hubiera mensajes ocultos, como si la Iglesia guardara secretos reservados a unos pocos.

Y entonces…

En la próxima entrega nos acercaremos a nuestro tiempo con una vidente irlandesa que en 2010 encendió medio internet: Mary de la Divina Misericordia, autora de The Warning. Sus mensajes hablan de un aviso global, de un mundo controlado digitalmente y de una marca de la bestia que suena demasiado a microchip.

👉 Y aquí va mi pregunta: ¿prefieres las profecías místicas y exageradas de los monjes rusos, o los mensajes elegantes y ambiguos que se atribuyen a un papa?

 

 


 

miércoles, 15 de octubre de 2025

#1. ÁGORA - LAS PROFECÍAS DEL BOSQUE - I

 


Entre árboles que murmuran y lobos grises que acechan

El futuro no existe. Así lo soltó, sin pestañear, el general José María Sánchez de Toca en una conferencia allá por 2012. Y no, no lo decía un poeta atormentado ni un filósofo de café. Lo decía alguien que pasó media vida en los servicios de Inteligencia Militar, acostumbrado a imaginar escenarios posibles para que la guerra mundial que todos temían nunca les pillara por sorpresa.

Su argumento era sencillo y demoledor: el futuro es una obra colectiva que inventamos a diario, con cada gesto y cada decisión. Todavía no existe, todavía no está escrito. Pero claro, siempre ha habido gente dispuesta a asegurar lo contrario, con frases solemnes y ojos puestos en el más allá. Y así nacen las profecías.





Voces en los bosques

En Centroeuropa, entre la selva de Bohemia y la de Baviera, florecieron durante siglos decenas de visionarios. No eran obispos solemnes ni grandes sabios de biblioteca, sino campesinos, monjas y artesanos que, entre una misa y una jarra de cerveza negra, se atrevían a lanzar vaticinios sobre guerras, reinos y catástrofes.

Sánchez de Toca recopiló nada menos que 75 de esos vaticinios. Y lo curioso es que, a pesar de sonar como cuentos de taberna, algunos acertaron con pasmosa precisión:

  • Una monja checa del XVII describió a un hombre con “una araña negra en el brazo” que llevaría ejércitos mil millas desde Praga, en “carros de hierro sobre toneles”. La araña era la esvástica; los carros, los panzers de Hitler.
  • Un aldeano bohemio anunció la llegada del “perro de hierro que aullaría por el valle”. Cuando el tren atravesó por primera vez aquellas montañas, muchos recordaron al profeta anónimo.
  • Un carbonero del XVIII vaticinó que la Gran Guerra empezaría cuando “un pez de plata cruzara los cielos”. El 14 de agosto de 1914, un zepelín plateado sobrevoló los Alpes.

Con aciertos así, cualquiera se ganaba el título de profeta.

El catálogo de horrores

Los profetas del bosque coincidían en un retrato oscuro del porvenir:

  • Tres guerras mundiales.
  • La confusión de sexos y costumbres.
  • La corrupción de valores hasta el punto de aplaudir al malvado y ridiculizar al justo.
  • Una sociedad tan arruinada que, según uno de ellos, “el que encuentre una vaca le colgará un esquilón de plata”.

No todo se cumplió, claro. Muchos aseguraron que la tercera guerra mundial arrasaría Europa a mediados del siglo XX, y lo que vino fue el desplome soviético sin apenas sangre. Pero un tercio de sus vaticinios sí encajó con los hechos. Y otro tercio, quién sabe, aún podría estar esperando su turno.

Lo fascinante es que, más allá de su exactitud, esas profecías retrataban los miedos de su tiempo: el tren era un perro de hierro que aullaba, los zepelines peces de plata, la modernidad un monstruo que se colaba en el bosque.

Hildegarda, la Sibila del Rin

De todos los nombres propios en este bosque de visiones, brilla con luz propia Hildegarda de Bingen (1098-1179). Monja benedictina alemana, santa, doctora de la Iglesia, compositora, médica y, en sus ratos libres, visionaria apocalíptica.

Mientras los hombres de su época guerreaban por reliquias en Tierra Santa, ella veía en sus éxtasis un desfile de símbolos y animales que representaban el devenir del mundo. Su obra Scivias fue una mezcla de mística, teología y manual de profecías que siglos después seguiría inspirando a estudiosos y creyentes.

La llamaban la Sibila del Rin, y no en vano: sus visiones parecían una fusión de poesía, pesadilla y sermón medieval.

El zoológico de la historia

Para Hildegarda, la historia se dividía en edades, cada una simbolizada por un animal. El futuro de la humanidad era una procesión zoológica hacia el desastre:

  • El perro de fuego → su propio siglo XII: guerras internas, lenguas afiladas, fuego de discordia.
  • El león cobrizo → monarcas tambaleándose, imperios decadentes.
  • El caballo pálido → reinos enfermos, desangrándose en luchas estériles.
  • El cerdo negro → la caída del Sacro Imperio en el XIX, con príncipes legislando sin referencia a Dios.
  • El lobo gris → nuestra era: codicia sin límites, rapiña global, un mundo donde el más fuerte se come al débil.

Sí, según Hildegarda, vivimos en la edad del lobo gris. Y basta un vistazo a los telediarios para darle cierta razón: líderes hambrientos de poder, economía depredadora, violencia disfrazada de espectáculo.

El Anticristo como influencer

Entre las visiones más inquietantes de Hildegarda estaba la llegada del Anticristo. No sería un monstruo deforme, sino un hombre atractivo y persuasivo, capaz de seducir con su discurso moderno:

“No hay pecado en que la carne busque el calor de la carne.
La continencia es antinatural.
La castidad es injusta.”

Lo que hoy llamaríamos un influencer del hedonismo, con millones de seguidores. Según Hildegarda, impondría su marca en la frente de los hombres, la famosa “marca de la Bestia”. Y muchos, encantados, la aceptarían.

En contrapartida, los profetas bíblicos Enoc y Elías volverían a enfrentarlo, serían asesinados y resucitarían para derrotarlo. Todo un guion digno de Netflix, con tintes medievales.

Últimos días, no fin del mundo

Lo más curioso es que Hildegarda nunca hablaba del “Fin del Mundo”, sino de los Últimos Días. Como si quisiera recordarnos que, incluso después de la gran tormenta, la vida seguiría. No igual, no como antes, pero seguiría.

En su visión, lo apocalíptico no era un cierre absoluto, sino un proceso de purificación. Doloroso, sí. Definitivo, no.

El eco hasta hoy

¿Por qué seguimos leyendo a Hildegarda y a los profetas del bosque? Quizá porque, detrás de sus metáforas, late un retrato inquietante: cada época ha visto su propio “lobo gris”, su propia decadencia.
Lo mismo que ayer era el tren como perro de hierro, hoy son las redes sociales como jauría invisible. Lo que ayer era el zepelín plateado, hoy es el dron o el satélite. Cambian los símbolos, no las angustias.

Y entonces…

En la próxima entrega viajaremos a Rusia, tierra de excesos y misticismo, para encontrarnos con dos personajes de leyenda: el monje Basilio, que entre visiones anticipó la televisión e internet, y el inolvidable Rasputín, mitad santo, mitad libertino, que dejó profecías tan inquietantes como su propia muerte.

👉 Y aquí te dejo la pregunta para abrir debate: ¿vivimos de verdad en la era del lobo gris de Hildegarda, o siempre ha parecido que el presente es el peor de los tiempos?

 

 


#0. ☕ EL EXPERIMENTO SIGUE ADELANTE

 



Esto empezó como un experimento sin hipótesis.
Solo tenía café, dos gatos y una necesidad leve de molestar al algoritmo.

El 15 de julio decidí, después de muchos años, volver a abrir un blog.
Supongo que en ese tiempo se me habían acumulado demasiadas cosas por decir.

Tuve que abusar de los textos que aún conservaba de mi blog anterior, para que no se viera vacío.
Hoy ya son un apartado más, parte de la historia.

Recuerdo la compulsividad de Perrijos, o de La tarjeta roja, o de cualquiera de los más de ochenta textos que llevamos compartidos con vosotros.

De lo que sí estoy seguro es de que, sin quienes dedicáis unos minutos a leerme, esto no tendría sentido.
Igual que no lo tenían mis noches de insomnio.

Hoy ya todo tiene una razón de ser.
Y por eso, os doy mis más sinceras GRACIAS.

 

 

El experimento sigue.
Y parece que, contra todo pronóstico, funciona.

(Tres meses de tinta, café y gatos.)