El pasado 16 de julio, aún no sé
bien por qué, me decidí —trece años después— a volver a escribir. Supongo que
tenía cosas que decir. El mundo se revuelve: política, economía, guerras… todo
da coces como un animal herido, y la previsión es que seguirá haciéndolo.
Estos son temas que todavía no he
tocado, porque sé que romperé muchos esquemas y voy a incomodar a más de uno.
En estos años me ha fascinado y he estudiado la geopolítica y la geoeconomía, y
si algún día me meto en esos charcos, no os preocupéis: os lo contaré como lo
haría a una supuesta tía Enriqueta. Claro, con la condición de que se entienda,
entretenga y, sobre todo, se salga del relato uniforme que nos sirven con
cloroformo todas las mañanas en los “medios oficiales”. La idea es que cada
cual piense por sí mismo, con la mayor libertad posible. Exactamente igual que
hemos hecho estas últimas semanas. Siempre con permiso de Pústula Von der
Leyen, claro, que cada vez estrecha más el cerco a quien opina distinto a
ella y los suyos.
Pero volvamos al tema de hoy. El
16 de julio reabrí el blog: nueva estética, nuevos temas… y nueva edad. Hasta
entonces, presumía de no tener redes sociales, más allá de LinkedIn que, aunque
digan que es más profesional, no deja de ser un Facebook disfrazado con mono de
trabajo.
Pues bien, ahora estamos en X, en
Instagram y también en LinkedIn. Y contra todo pronóstico, las cifras me han
abrumado. Pese a ser un blog de lectura, algo que siempre ofrece una
popularidad limitada, me ha leído mucha más gente de la que podía imaginar.
También comienza una lluvia de
meteoros asociada al cometa Swift-Tuttle, allá por la constelación de Perseo.
Las llaman lágrimas, aunque siempre alegra verlas.
Y como ya era un día de
celebración para mí, resulta que se convierte en doble motivo: veinticinco días
después de reabrir el blog, estamos a las puertas de las mil visitas.
Mil personas —aunque algunas hayan repetido— que han dedicado unos minutos de
su vida a leerme, aplaudirme, criticarme, conocerme o detestarme. Lo importante
no es eso, sino que os haya despertado alguna sensación.
Así que gracias. De corazón. Por
leerme, por estar y por apoyar este proyecto, que tengo la certeza de que
haremos muy, muy grande y que sin todos vosotros no tiene ningún sentido.
Y, por supuesto, gracias también
a esos dos gatos, con gafas de pasta, que me acompañan en silencio (o no tanto)
mientras escribo. Ellos no lo saben, pero son una parte muy importante de todo
esto. Pronto lo descubriréis.
Recibid el más cariñoso de mis
abrazos

.png)