Entre árboles que murmuran y lobos grises que acechan
El futuro no existe. Así lo soltó, sin pestañear, el general
José María Sánchez de Toca en una conferencia allá por 2012. Y no, no lo decía
un poeta atormentado ni un filósofo de café. Lo decía alguien que pasó media
vida en los servicios de Inteligencia Militar, acostumbrado a imaginar
escenarios posibles para que la guerra mundial que todos temían nunca les
pillara por sorpresa.
Su argumento era sencillo y demoledor: el futuro es una obra
colectiva que inventamos a diario, con cada gesto y cada decisión. Todavía no
existe, todavía no está escrito. Pero claro, siempre ha habido gente dispuesta
a asegurar lo contrario, con frases solemnes y ojos puestos en el más allá. Y
así nacen las profecías.
En Centroeuropa, entre la selva de Bohemia y la de Baviera,
florecieron durante siglos decenas de visionarios. No eran obispos solemnes ni
grandes sabios de biblioteca, sino campesinos, monjas y artesanos que, entre
una misa y una jarra de cerveza negra, se atrevían a lanzar vaticinios sobre
guerras, reinos y catástrofes.
Sánchez de Toca recopiló nada menos que 75 de esos
vaticinios. Y lo curioso es que, a pesar de sonar como cuentos de taberna,
algunos acertaron con pasmosa precisión:
- Una monja
checa del XVII describió a un hombre con “una araña negra en el brazo”
que llevaría ejércitos mil millas desde Praga, en “carros de hierro sobre
toneles”. La araña era la esvástica; los carros, los panzers de Hitler.
- Un aldeano
bohemio anunció la llegada del “perro de hierro que aullaría por el
valle”. Cuando el tren atravesó por primera vez aquellas montañas, muchos
recordaron al profeta anónimo.
- Un carbonero
del XVIII vaticinó que la Gran Guerra empezaría cuando “un pez de
plata cruzara los cielos”. El 14 de agosto de 1914, un zepelín plateado
sobrevoló los Alpes.
Con aciertos así, cualquiera se ganaba el título de profeta.
El catálogo de horrores
Los profetas del bosque coincidían en un retrato
oscuro del porvenir:
- Tres
guerras mundiales.
- La
confusión de sexos y costumbres.
- La
corrupción de valores hasta el punto de aplaudir al malvado y ridiculizar
al justo.
- Una
sociedad tan arruinada que, según uno de ellos, “el que encuentre una vaca
le colgará un esquilón de plata”.
No todo se cumplió, claro. Muchos aseguraron que la tercera
guerra mundial arrasaría Europa a mediados del siglo XX, y lo que vino fue el
desplome soviético sin apenas sangre. Pero un tercio de sus vaticinios sí
encajó con los hechos. Y otro tercio, quién sabe, aún podría estar esperando su
turno.
Lo fascinante es que, más allá de su exactitud, esas
profecías retrataban los miedos de su tiempo: el tren era un perro de hierro
que aullaba, los zepelines peces de plata, la modernidad un monstruo que se
colaba en el bosque.
Hildegarda, la Sibila del Rin
De todos los nombres propios en este bosque de visiones,
brilla con luz propia Hildegarda de Bingen (1098-1179). Monja
benedictina alemana, santa, doctora de la Iglesia, compositora, médica y, en
sus ratos libres, visionaria apocalíptica.
Mientras los hombres de su época guerreaban por reliquias en
Tierra Santa, ella veía en sus éxtasis un desfile de símbolos y animales que
representaban el devenir del mundo. Su obra Scivias fue una mezcla de
mística, teología y manual de profecías que siglos después seguiría inspirando
a estudiosos y creyentes.
La llamaban la Sibila del Rin, y no en vano: sus
visiones parecían una fusión de poesía, pesadilla y sermón medieval.
El zoológico de la historia
Para Hildegarda, la historia se dividía en edades, cada una
simbolizada por un animal. El futuro de la humanidad era una procesión
zoológica hacia el desastre:
- El
perro de fuego → su propio siglo XII: guerras internas, lenguas
afiladas, fuego de discordia.
- El
león cobrizo → monarcas tambaleándose, imperios decadentes.
- El
caballo pálido → reinos enfermos, desangrándose en luchas estériles.
- El
cerdo negro → la caída del Sacro Imperio en el XIX, con príncipes
legislando sin referencia a Dios.
- El
lobo gris → nuestra era: codicia sin límites, rapiña global, un mundo
donde el más fuerte se come al débil.
Sí, según Hildegarda, vivimos en la edad del lobo gris.
Y basta un vistazo a los telediarios para darle cierta razón: líderes
hambrientos de poder, economía depredadora, violencia disfrazada de
espectáculo.
El Anticristo como influencer
Entre las visiones más inquietantes de Hildegarda estaba la
llegada del Anticristo. No sería un monstruo deforme, sino un hombre atractivo
y persuasivo, capaz de seducir con su discurso moderno:
Lo que hoy llamaríamos un influencer del hedonismo, con
millones de seguidores. Según Hildegarda, impondría su marca en la frente de
los hombres, la famosa “marca de la Bestia”. Y muchos, encantados, la
aceptarían.
En contrapartida, los profetas bíblicos Enoc y Elías
volverían a enfrentarlo, serían asesinados y resucitarían para derrotarlo. Todo
un guion digno de Netflix, con tintes medievales.
Últimos días, no fin del mundo
Lo más curioso es que Hildegarda nunca hablaba del “Fin del
Mundo”, sino de los Últimos Días. Como si quisiera recordarnos que,
incluso después de la gran tormenta, la vida seguiría. No igual, no como antes,
pero seguiría.
En su visión, lo apocalíptico no era un cierre absoluto,
sino un proceso de purificación. Doloroso, sí. Definitivo, no.
El eco hasta hoy
Y entonces…
En la próxima entrega viajaremos a Rusia, tierra de excesos
y misticismo, para encontrarnos con dos personajes de leyenda: el monje Basilio,
que entre visiones anticipó la televisión e internet, y el inolvidable Rasputín,
mitad santo, mitad libertino, que dejó profecías tan inquietantes como su
propia muerte.
👉 Y aquí te dejo la
pregunta para abrir debate: ¿vivimos de verdad en la era del lobo gris de
Hildegarda, o siempre ha parecido que el presente es el peor de los tiempos?
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“No hay pecado en que la carne busque el calor de la carne. " Eso significa que debe antes restaurarse los mandamientos, cuando hoy el modernismo lo tiene por algo natural. Por tanto creo que antes debe haber una restauración de la fe. Yo diría que estamos en los últimos momentos del caballo pálido o la era de los crápulas, de vida desordenada.
ResponderEliminarHay que poner en el contexto de la época el concepto pecaminoso. No entro a juzgar lo que es y no es, cada uno sabe lo que hace y por qué o al menos debería saberlo
ResponderEliminarSea como sea, gracias por tu comentario!!