☕ No todo es
oro, ni falta que hace
A veces uno se pregunta si vale la pena embarcarse en según
qué historias.
Empieza un día, como una idea o una necesidad,
y sin darte cuenta te ves metido en algo que juraste no repetir.
Pero una vez empiezas, ni siquiera te planteas si es
necesario.
Sigues adelante y te dejas llevar.
¡Cuidado! No estoy diciendo que me sienta arrastrado a hacer
nada.
Simplemente, lo que hago va abriendo y despejando el camino por sí solo.
Sin empujones, sin presiones, sin prisas.
Tan solo te resulta fácil caminar… y caminas.
Sí, hablo de mis escritos en el blog y ahora de mis audios en YouTube.
Hablo de lo que debería preguntarme cuando me doy cuenta de que he pasado horas
editando, grabando, escribiendo y corrigiendo.
Hablo de mirar cada día cuánta gente ha entrado en un sitio y en otro,
de festejar los días buenos y preguntarme por qué, los días que no lo son.
Y de la satisfacción por un texto que me gusta.
Porque sí, porque escribo para mí.
Esperando y deseando que os guste, por supuesto.
Pero creo que me equivocaría el día que pensara en lo que digo solo para querer
gustaros.
No todo lo que escribo brilla.
Ni cada vídeo suena como debería.
Ni siquiera tengo siempre una buena locución cuando lo intento.
Ni cada idea llega cuando la espero.
Pero sigo.
Como intento hacer con todo en mi vida: sigo, sigo y sigo.
Persisto por falta de alternativas, insisto por no conformarme con lo fácil,
vuelvo y golpeo de nuevo por satisfacerme, aunque a veces el golpe pueda
llevármelo yo.
¿Pero qué sería de mí, o de cualquiera de vosotros,
si no persiguiéramos eso que nos resulta reconfortante?
¿Para qué serviría pasar por esta vida andando de puntillas?
Camuflados entre la muchedumbre, intentando no hacer ruido
ni hacernos demasiado visibles por miedo a perder lo poco que tenemos.
¿Qué tenemos?
Nada.
¿Un trabajo en una empresa que mañana puede cerrar o sustituirnos por una IA?
¿Unos amigos que quizá mañana ya no lo sean tanto?
¿Una pareja que quizá prefiera otros brazos y no lo sepamos?
Quizá, todo eso.
Pero lo que sí tenemos todos es a nosotros mismos,
y muchas veces lo olvidamos.
Nosotros estaremos y seguiremos ahí
cuando la IA nos diga “vete a casa”,
cuando el amigo deje de serlo
o cuando tu pareja confiese sus otros brazos.
Somos lo único que nos quedará:
nuestra sonrisa, nuestras ideas y, en definitiva, nosotros.
No hablo de egocentrismo ni de egoísmo —jamás me pongo por
delante de nadie,
ni priorizo lo mío a costa de lo ajeno.
Hablo de darnos importancia, sin confundirlo con esa idolatría del
“porque yo lo valgo”.
Hablo de salir al mundo y decir:
Hola, soy yo. Soy así.
Y estoy tan seguro de mí mismo que puedo adaptarme a ti
sin que eso vulnere mi yo más interno.
Por eso escribo.
Porque escribir, grabar o pensar no es cuestión de inspiración divina,
sino de estar ahí —con los diez dedos, el cansancio y la convicción de que algo
saldrá.
Y que eso que salga —a veces me cuesta un parto y otras llega como una arcada— pueda servir a quien lo lea.
Cervantes —sin ánimo de compararme con él— perdió una mano y, aun así, parió un loco inmortal.
Yo conservo las dos, y algunas noches también la locura.
Así que no, no todo es oro.
A veces es café frío, palabra torpe o silencio.
Pero incluso eso impulsa a buscar otro café que caliente las manos al sostener
la taza, a persistir y a mejorar.
Y cuando además uno cuenta con la sinvergonzonería de
exponerlo al mundo,
esperando que alguien llegue a entenderlo,
entonces, solo entonces,
es cuando puede decir que vale la pena.


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