Café con Sal · Reflexiones sin filtro
Hay días en que el café sabe a pregunta,
y otros en que el mundo parece necesitar una colleja con cariño.
Este texto tiene un poco de ambas cosas.
Maslow, un psicólogo humanista norteamericano que por mala suerte —y por edad— le tocó vivir las dos grandes guerras, tuvo la brillante idea de diseñar y pintarnos una enorme pirámide donde fue jerarquizando las necesidades humanas según su relevancia.
Según él, claro.
Más o menos todos hemos visto esa pirámide alguna vez.
No tantos sabíamos que quien estaba detrás era ese tal Maslow, pero sea como sea, todos la hemos consultado en algún momento… y la hemos ignorado muchas más veces.
La miramos como un experimento, un dato curioso, algo casi pintoresco.
Porque, seamos sinceros, todo eso nos queda muy lejos.
¿Quién se preocupa hoy por su respiración o por la posibilidad real de no tener algo que llevarse a la boca?
Supongo que alguien que esté intubado en un hospital… o algún homeless que no siempre encuentra un bocado entre los cartones.
La cuestión es que el más común de los mortales —entre los que me incluyo— pasamos por la vida sin preocuparnos demasiado por lo más básico.
Quizás, conforme escalamos por esa pirámide, el porcentaje de temblores va aumentando… pero claro, cuanto más arriba subimos, más metafísico se vuelve todo.
.
Y aun así, a nivel de sociedad, convivimos con multitud de patologías, trastornos y problemas relacionados con la alimentación.
Y antes de que alguien levante la mano y se sienta ofendido porque aquella hermana o prima sufrió no sé qué, quede claro que estoy generalizando, y que hablo de nosotros como conjunto.
Lo curioso es que cuando ya no falta nada… empieza a faltarlo todo.
Una vez tenemos techo, comida, agua caliente y conexión estable, la pirámide se nos queda pequeña.
Así que subimos más, buscamos algo que no sabemos nombrar.
Le llamamos propósito, plenitud, realización, éxito, paz interior o cualquier otra etiqueta que suene a superación personal, aunque en realidad solo sea una nueva forma de ansiedad.
Hemos domesticado tanto la supervivencia que ahora tenemos que inventar excusas para seguir vivos.
Y así nace la industria del bienestar:
miles de coaches, gurús, dietas emocionales, retiros de silencio y cursos para “reconectar contigo mismo”…
como si hubiéramos estado desconectados de fábrica.
Maslow estaría orgulloso, o tal vez horrorizado, de ver cómo hemos convertido su pirámide en un parque temático del yo.
Una especie de escalada infinita donde, cada vez que creemos llegar arriba, alguien inventa un nuevo peldaño y nos vende la entrada.
Porque supongo que cuando se diseñó la pirámide, no había más intención que la de ordenar y sectorizar algo tan intangible como nuestras necesidades.
Algo etéreo e incontable que hemos sido capaces de materializar y ponerle precio.
Desde hace años, la cultura woke —a la que ya he hecho referencia más de una vez— se ha encargado de denostar tanto como ha podido la religión católica y los valores que la acompañan.
Y os preguntaréis: ¿y eso qué tiene que ver ahora? Pues mucho.
La idolatría hacia lo sajón (entiéndase por culturas norteamericanas y británicas) y el protestantismo que llevan implícito ha sido un caldo de cultivo perfecto para denostar lo que había sido siempre nuestro —el catolicismo— y dejar a nuestras sociedades como un erial apto para plantar la semilla que convenga.
En este caso, las lejanas culturas y creencias orientales que, por exóticas, nos resultaron atractivas, y que hoy representan un nicho de mercado más que considerable.
Y os seguiréis preguntando: ¿y la pirámide?
La pirámide es la que nos marca, en sus escalones superiores, qué nos motiva o qué necesitamos a nivel espiritual: cuánto nos interesa pararnos a mirar hacia dónde se expande el universo o qué nos puede causar un dolor de cabeza por el mero hecho de existir.
Pero esos escalones solo necesitan una cosa: otros inferiores que los sustenten.
Y como he dicho antes, esos ya, por estar más que cubiertos, ni los miramos.
Y entonces, quizá el problema no sea la pirámide, ni Maslow, ni siquiera el capitalismo emocional que hemos levantado encima.
Quizá el problema sea que confundimos la búsqueda con la huida.
Huimos del silencio, de la incertidumbre, de la posibilidad de no saber quiénes somos si dejamos de hablar de nosotros.
Nos llenamos de mantras, de terapias, de afirmaciones diarias, pero lo que realmente nos asusta es quedarnos quietos.
Porque cuando el ruido se apaga, aparece el eco.
Y ese eco, que algunos llaman vacío, no es más que la voz de siempre, pidiendo menos respuestas y más verdad.
Tal vez no hacía falta subir la pirámide.
Tal vez bastaba con sentarse en la base, mirar alrededor y agradecer que seguimos respirando.
Sin coaches, sin gurús, sin etiquetas.
Solo nosotros, el aire… y un café caliente.
No soy quien para entonar aquello que tan sabiamente reza el refranero de “consejos vendo que para mí no tengo”, además de considerarme una persona mínimamente invasiva.
Me gusta que cada uno tome sus iniciativas y decisiones, pero conviene recordar que seguimos siendo mamíferos, por más que nos vistamos de Chanel o de Armani.
Que nos dan de mamar de pequeños, que las feromonas nos vencen frente al sexo opuesto… y que todo eso, tan biológico y tan simple, lo hemos olvidado.
Sí, insisto. ¡Joder!
Que los tiempos que corren quizá estén poniendo en riesgo los escalones más bajos de nuestras pirámides,
y seguimos distraídos mirando Supervivientes o marcando músculo en el espejo del gimnasio,
mientras olvidamos que lo importante es mirarse a los ojos al hablar,
recuperar el contacto físico sin temor
y preocuparnos por lo que podemos aportar al prójimo y al mundo,
en lugar de seguir entonando el “que me lo den todo porque yo lo valgo”.


.png)



