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miércoles, 20 de mayo de 2026

#66. NO TENGO PLANES, ¿Y QUÉ?


Muchas veces, hablando con gente, me doy cuenta que hay una extraña necesidad de llenar los espacios que te da la vida con cualquier actividad, no vaya a ser que alguien te sorprenda diciendo que no tienes nada que hacer.

Por lo visto, socialmente no está del todo bien visto que te tomes un asueto y lo aproveches para no hacer nada, eso nos lleva irremediablemente a que tu existencia tiene más parecido con una ameba que con una persona digna de merecer.

Supongo que como parte de la tiranía en la que nos hemos metido todos voluntariamente, eso que llamamos redes, en la que aireamos alegremente hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas

Podríamos decir que hay una nueva clase de ansiedad moderna que no aparece en los manuales de psicología pero se propaga como epidemia: el pánico a no tener planes. Gente que se enfrenta a un hueco en su calendario con la misma expresión con la que mirarían un diagnóstico médico. “¿Cómo que tengo el sábado libre? ¿Pero libre de qué? ¿Qué se hace con un sábado vacío?”.

Así que corren. Como si fueran a perder el tren de la plenitud existencial. Se apuntan a talleres, rutas, escapadas rurales, clases de cerámica japonesa o cenas con gente que en realidad les da igual, pero que queda bien tener en el radar social. Todo con tal de no quedarse quietos. Porque quedarse quieto, hoy, equivale a algo parecido a estar muerto, es más, hasta te lo preguntan abiertamente, ¿eres de quedarte en casa? Porque yo no, eh? Yo no paro en todo el fin de semana. Que puede estar muy bien, no lo criticaré, allá cada uno con cada cual, pero ¿dónde ha quedado aquello del famoso equilibrio? Sal, diviértete, haz actividades, sí, pero date un rato, unas horas, un día para ti, para estar contigo, para pensar en todo sin profundizar en nada, o simplemente no pensar (cosa para la que los hombres tenemos cierta facilidad), pero eso asusta.

Y es que vivimos en una época donde la peor imagen que uno puede dar es la de estar sin nada que hacer. Parece sospechoso. Indica que no tienes vida, o lo que es peor: que no tienes contenido. Porque ya no se vive para vivir, se vive para subir. Si no hay stories, si no hay check-in, si no hay selfie con fondo bonito y cara de “disfrutando lo simple”, entonces ¿realmente ocurrió?


El ocio, ese viejo derecho del ser humano a desconectar, se ha convertido en una especie de deber con KPI. Ya no vale descansar: hay que hacer cosas interesantes con el descanso. No puedes simplemente quedarte en casa leyendo, no señor. Tienes que leer desde una cafetería con estética industrial, con taza de diseño, ventana grande y café espumado por solo siete euros y medio. Y preferiblemente en otro país.

¿Y por qué esta necesidad de movimiento constante? Fácil: porque todos hemos comprado una mentira muy útil para el sistema: creernos de clase media. Y ojo, lo digo con cariño, porque todos caemos. Aunque el sueldo apenas alcance para pagar el alquiler y la cuenta del supermercado parezca redactada por un guionista de terror, seguimos actuando como si fuésemos personajes de una serie sueca sobre jóvenes profesionales con vidas funcionales y apartamentos con plantas sanas.

Pero seamos sinceros: no somos clase media, nos han dado herramientas para poder parecerlo, nos han dejado pedir dinero para irnos a lugares tan lejanos, que si te pasas de largo ya estás sin querer, dando la vuelta. Somos clase trabajadora con Wi-Fi rápido. Eso sí, con necesidad de aparentar una vida tan plena y equilibrada como la que prometen los anuncios de yogures bio. Y parte de ese teatro es demostrar que tenemos “experiencias”. Que vivimos. Que no paramos. Aunque estemos agotados.

La verdadera raíz del asunto no es solo social, sino existencial. Porque cuando no hacemos nada, cuando se apagan las notificaciones y no hay viaje planeado ni reunión pendiente, ocurre lo temido: nos quedamos a solas con nosotros mismos, o incluso peor, con nuestra pareja, marido, mujer o lo que cada uno tenga. Conozco alguna pareja, por supuesto felizmente casada desde hace no sé cuantos años, como mandan los cánones, que en lugar de hacer cosas juntos, ella no suelta el portátil mientras él llena la casa de invitados para comer, cenar y lo que convenga. Todo por no quedarnos uno frente al otro.

Y es que ese es el momento más incómodo. No por aburrido, sino porque ahí asoman las preguntas difíciles. ¿Estoy feliz con mi vida? ¿Esto es lo que quiero? ¿Qué me hace ilusión de verdad? ¿Por qué siempre vuelvo a las mismas relaciones rotas, a los mismos ciclos, a las mismas excusas? ¿Quién es este? ¿y ahora qué le digo sin que suene a discusión?

Ese tipo de preguntas no caben en una publicación de Instagram, y rara vez tienen una respuesta inmediata. Por eso hay que huir. Y la huida moderna favorita es llenar el tiempo con cosas que parecen importantes pero no lo son: cursos online que no terminamos, escapadas que se olvidan al volver, experiencias que se viven a través del móvil antes que del cuerpo. Eso sí, el lunes me faltan horas para contar a quien trabaja con uno las maravillas de la escapada de fin de semana o de la cena en aquel restaurante bengalí-vegano-de autor-diseño feng-shui y de verduras deconstruidas y espumas de “sablazo” en la cuenta, donde además durante los postres te dan un espectáculo circense con focas y leones incluído. Tenéis que ir….

Propongo algo escandaloso: hagamos nada. En serio. Practiquemos el noble arte de perder el tiempo sin culpa ni provecho. Un fin de semana sin planes, sin desplazamientos, sin productividad, sin redes. Qué idea tan subversiva. Qué contestatario y rebelde me he vuelto, ¡a ver de qué me hablo!. Pero qué lujo.

¿Que da vértigo? Claro. Estar en silencio interno es como ir al dentista emocional: nadie quiere, pero hace falta. ¿Y si en ese silencio descubrimos que no necesitamos hacer tanto? ¿Y si nos basta estar, sentir, descansar, aburrirnos incluso?

El problema no es el viaje ni el plan en sí. El problema es que hemos hecho de ellos una anestesia para no sentir la vida tal cual es. Tal vez no hace falta más ruido, más movimiento, más simulación. Tal vez hace falta un sofá, un domingo, una pausa, sin necesidad de batir el récord de capítulos vistos de series que ni tan solo habías oído hablar. Y cero necesidad de contárselo a nadie.

Aunque claro, igual todo esto que digo lo escribo para no tener que pensar en mis propios demonios. Los tengo, vaya si los tengo, algunos más grandes y peleones que otros, como todo el mundo, intuyo, pero los llevo con correa y bozal, y los saco a pasear esos días que NO quiero quedar con nadie, esos días que me reservo para mi, para observar el mundo que me rodea, la gente como pasea, las parejas como no se hablan durante horas en una terraza de un bar. Pero bueno, al menos no me fui a Katmandú solo para poder poner “último respiro antes de volver a la locura del día a día” como pie de foto en esas redes que ni tan solo tengo.

 




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