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miércoles, 13 de mayo de 2026

#64. ME ENAMORÉ DE MI ROOMBA

 

No hace mucho estuve viendo algunos videos sobre las ferias que se celebran en China y otras ciudades del mundo, sobre el nivel tecnológico que está asumiendo la industria de la robótica. Más allá de la robótica industrial, que más o menos la tenemos todos asumida, lo que quizás llamaba la atención a todos los asistentes y a mí mismo, era la progresión geométrica que están teniendo los robots humanoides enfocados a la asistencia y compañía de humanos.

Me parecieron muy aplaudibles algunas versiones, asistencia a médicos, asistencia al hogar, asistentes para mayores de edad y un largo etcétera que va en aumento cada día que pasa. Pero hay una variante, que como era de esperar, va por delante de todas las demás y no es que te asistan, es que te suplen.

La versión moderna y mecanizada de la clásica muñeca hinchable ya está aquí. Robots humanoides con funciones sexuales, aunque te lo pretendan vender como un artilugio anti-soledad o de compañía sin dar explícitamente los pormenores de todas sus funciones. Pero claro está, que si le pones tetas y una vagina con siliconas quirúrgicas para emular al máximo posible el tacto de la piel humana y te explican que es de fácil limpieza, es porque vas a intentar ensuciarla.

Dentro de todo lo criticable que puede ser esto, e intuyo que ahora mismo, la parte del público que esté leyendo esto y desconocía estas funciones, deben estar antorcha en mano pidiendo cabezas, es cierto que tiene parte de atractivo el hecho que tengas a alguien con quien puedas interactuar, hablar y que llene un espacio en tu casa, y más si te da respuestas más o menos coherentes basadas en todo el conocimiento que pueda haber en la red, hasta ese punto hasta yo me plantearía tener un cacharro de estos, aunque probablemente lo dejaría con un aspecto asexuado. Pero el problema radica, más allá de que intentes “zumbarte” a esa amalgama de cables y chatarra, a la suplantación de la compañía humana por una robotizada.

Soy consciente que, como soltero recalcitrante que soy, que las relaciones interpersonales a veces son complicadas, que nunca acabas de ver venir al otro, que a veces las expectativas o lo que se supone que el otro debería saber sin necesidad de decírselo, complican y mucho el día a día de una pareja y conforme pasan los años y vas acumulando años de soltería, la cosa se va agravando.

Siempre he defendido que una relación de pareja, o sin pareja, simplemente una relación entre dos personas, debe partir desde la aceptación, si asumes que la otra persona se ha criado en circunstancias distintas a las tuyas, y entenderemos lo de criarse como experiencia vital, puedes aceptar mucho antes y mejor las diferencias que pueda haber. Si asumes que la otra persona lleva unas gafas, con las que mira al mundo, de otro color, podrás entender que no haga ni diga las cosas como uno mismo. Pero no, la gente no acepta, la gente espera, crea expectativas y asume que tiene que ser todo perfecto en este mundo de inmediatez e imagen fugaz, y si no es así, que te aguante tu prima. Y así nos pasan los años a la misma velocidad que se nos vacía el bote de la paciencia.

Ahí es cuando de pronto, aparece un artilugio mecánico, al que además le han puesto melena rubia, aunque a veces podrías emplazar algunas versiones en una esquina haciendo girar su bolso, y que además no te discute,  no te contesta, no te dice que este fin de semana tendríamos que colgar una estantería, cuando sabes que te está diciendo coge tú el taladro e infinidad de pretextos más que podríamos encontrar a favor y en contra de lo que, personalmente me resulta una caída en barrena.

Aquí no estamos cuestionando que puedas ser un devoto de los últimos avances tecnológicos y que del mismo modo que corres a comprar el último modelo de cualquier electrodoméstico por el hecho de ser el último, aquí estamos hablando de otra cosa. Aquí hablamos de sustituir la parte que nos puede incomodar de otro ser humano, por alguien que siempre dirá que sí, alguien que jamás tendrá un cansancio ni se mostrará indispuesto para hacer lo que le pidas, es más, jamás te dirá una cosa cuando quiere decir otra, ni tendrá enfados que te cuestan entender ni discusiones sobre tal o cual motivo. Estará siempre ahí, en silencio, esperando a que le digas ven, di o haz.

Pese a que me reconozco como un amante de la tecnología, por sus avances, no porque pretenda acostarme con ella, hay ciertas facetas de mi vida en las que me considero muy analógico y sin duda, una de ellas es en el trato con el resto personas que me rodea. Creo que, en este aspecto, quien sucumbe a los encantos de esos silencios y esa predisposición eterna para servirnos, olvida un importante y gran detalle, es posible que la interacción con estas máquinas no contemple la opción de romperte el corazón, pero sus algoritmos jamás llegaran a él, con lo que eso que podemos llegar a nombrar como relación, será solo una simulación más o menos lograda.

Más allá de esta circunstancia, hay otro factor que supongo que no se ha planteado todavía por parte de quien sea o quiera ser usuario de esos inventos, y es que ¿se ha planteado alguien cuánto vamos a tardar como humanos en acabar hartos de tanto servilismo? Porque en el mundo que vivimos hoy, si en cuanto pasamos tres fines de semana seguidos sin tener un plan maravilloso que rompa con nuestro día a día y nos de un “chute” de dopamina, ya empezamos a plantearnos lo muy destructivas que son las rutinas,  imaginad lo que podemos tardar en detestar a alguien (y ya digo alguien personalizándolo) que si no hablas no responde, alguien que jamás va a tomar una iniciativa y que igual que las supuestas Inteligencias Artificiales que usamos, su ultima respuesta siempre va a ser, si puede ayudarte en algo más.

A mí personalmente me exaspera solo de pensarlo, así que una de dos, o esperamos que instalen algoritmos que doten de complejidad y cierta contradicción a esos aparatos para que nos olvidemos momentáneamente que les podemos cambiar la cara cada quince días, o pasadas pocas semanas los vamos a dejar desconectados y encerrados en un armario junto a las escobas mientras volvemos a abrirnos un perfil en Tinder.

 



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