Hace tiempo que no me acerco a nadie susceptible de vestir falda, ni aunque viniera tocando una gaita. Y no es porque no pueda: me considero sociable y de carácter afable, incluso diría que físicamente incomodo poco al mirarme, así que como todo el mundo, supongo, recibo ofertas carnales, lo confieso. Lo mío tampoco es que se pueda llamar rechazo, ni una supuesta aversión, ni temor a nada, ni mucho menos, sigo pensando que por norma general, me encantáis, sin excepción. Y sin ánimo de parecer que voy sobrado de recursos y ofertas, aunque no hagan cola en mi puerta enajenadas por el deseo, cosa que no he visto en la vida, supongo que sí podría mantener cierta actividad de forma más constante. El problema es que, si me paro a pensar detenidamente, no me motiva ninguna.
Y sé que no tiene por qué ser cosa de ellas, esto es algo puramente mío. Conozco a muchas mujeres, de distintas edades y condiciones, y me llevo bien con la inmensa mayoría de ellas. Nos veamos más o nos veamos menos, tengo buen trato en general con todas. Incluso en los casos en que no hay trato, en ningún momento lo considero como que haya sido un problema: simplemente la cosa no daba para más, o simplemente que cada uno hace su vida. Así que aún sin ver a algunas, las tengo en buen recuerdo.
La pregunta maldita
Alguna vez me cruzo con alguna mujer por la calle por la que valdría la pena romperse las cervicales al girarse para mirarla. Sí, está buenísima, y durante tres segundos pienso en lo obvio, formas, andares y cadencias y en cuantas posiciones y situaciones indecorosas sería capaz de ponerla. Pero enseguida mi cerebro me suelta, como un padre cascarrabias: “vale, está muy buena… pero ¿y qué más?” Y ese “¿y qué más?” me corta las alas como un cuchillo, en seco.
No es impotencia, no es abstinencia (voluntaria al menos), no es miedo. Es algo peor: pereza. ¡ Manda cojones ¡. Una especie de cansancio íntimo, de aburrimiento de repetir patrones como si fueran fotocopias, de esas cenas o esos encuentros que empiezan con risas y terminan con platos vacíos y la sensación de que aún tienes hambre, que no ha llenado lo que debería. Y cuando hablo de llenar o de hambrunas, no me refiero necesariamente a cuestiones carnales, es que a veces no hay ni conversaciones que motiven.
Porque si hablamos de otras formas de saciarse, ya sabemos que el sexo, cuando es efímero, tiene un precio: el vacío que deja después. Y ese vacío ya me lo conozco de memoria.
Te llega el aviso, en alguna de esas aplicaciones, que has tenido un match, hablas con alguien, parece que hay cierta conexión y vas destapando temas buscando ese en el que se coincide, hay un encuentro, además hay atracción y para redondear, ves que el directo mejora las charlas previas, y claro está, es casi inevitable pensar en seguir mejorando y juntar las pieles, ¡¡y, ay!!..., ¿ahora qué, seguimos?, ¿todo el mundo ha sido lo suficientemente sincero con esa ilusión inicial? ¿O hemos vuelto a confundir y mezclar lo que hay con lo que querríamos que hubiera?
Tinder, catálogo de fotocopias
Hace tiempo que abandoné los tinders y similares. No hay nada peor que ver a una colección de estupendísimas con morros y tetas de catálogo, con unas vidas sanísimas y altamente envidiables: todas parecen ricas y casi famosas, gimnastas consumadas y les ha dado tiempo a tener un currículum maravilloso y mantener un nivel económico como para lucir los bolsos de Gucci, o eso parecen.
Pero ante todo, la actitud de quien no se ha dado cuenta que la estaban fotografiando. Porque no se puede reconocer que se está ahí buscando a alguien que nos acaricie por dentro. O por fuera, eso ya va a gustos y momentos vitales de cada uno.
Y con eso no quiero decir que haya que ir por la vida mostrando todas tus cartas, eso ya lo hago yo. Y así me va. Pero una cosa es ir desnudo por la calle, expuesto a todo y la otra muy distinta, ocultar lo que realmente se quiere o se piensa.
El problema en estos sitios es que la pantalla nos da cierto anonimato y te diría que hasta cierta inmunidad como para comportarse como un canalla, porque el que opta por tener una actitud sincera, lo hace. Allí o en la calle.
Pero digamos que esos entornos facilitan vender fantasías, mostrar más quien se quiere ser que quien se es, y después pasa lo que pasa. Que nada cuadra, que uno se crea sus expectativas a tenor de lo que te han contado y de pronto te enfrentas a lo que no se ha dicho. Es la receta perfecta para un desastre emocional.
He dicho NO (y libera)
No voy a mentir: podría aprovecharme de esas ofertas que llegan, cada vez menos, también debo confesarlo. Podría entrar, salir, empujar, abrazar y volver a casa como si nada. Pero me pesa. Me pesa la falta de alma, la repetición de un guion que ya sé cómo acaba. Y entonces prefiero no empezar. Y sé que hay una probabilidad de que no sea así, y debería agarrarme a ella como un gato a las cortinas, pero hoy por hoy me pesa más el otro lado de la balanza.
De hecho, ha habido ocasiones, varias, en las que he dicho NO (creedme, chicos, libera y empodera mucho, que esto de empoderarse parece estar de moda), o al menos he dicho un HOY NO. Pero es que cuando sé que la cosa no tiene que prosperar —y eso se siente casi en el primer instante—, ¿para qué empezar? Mañana todo eso me va a costar explicaciones y situaciones que hoy no quiero. Así que al final opto por dejarme los pantalones subidos y evitar según qué escenas, que desgastan más de lo que ayudan, por más que el instinto me empuje al retoce. Que lo hace, el muy mamón y no sabéis con qué ímpetu, a veces.
El deseo me exige más
Estoy a las puertas de cumplir 54 años, y sigo siendo soltero. Y uso el verbo ser, no estar, porque visto lo visto, lo considero una condición más que una situación, y creedme que eso no supone un problema, he llegado a un punto extraño: el deseo me exige más que yo mismo. Ya no me acelero con un culo bien puesto o un escote perfecto, tampoco persigo jovenzuelas. Acepto de buen grado una lorza o una pata de gallo, porque yo también las tengo.
Pero tiene que haber algo más, se necesita chispa, complicidad, piel con historia. Se necesita que detrás de la carne haya alguien con quien perderse un poco, aunque solo sea en una conversación absurda a las tres de la mañana. Y si estoy en esa situación es porque me creo capaz de ofrecer, como mínimo, lo mismo, que esa es otra.
Conozco a mucha gente, más allá de géneros, quien se frustra, espera y desespera por encontrar un ideal que se ha ido formando. Y es que estar en casa los domingos en pijama, mirando cualquier serie y comiendo helado o acariciando al perro tiene su peligro. Se piensa en cómo debería ser el otro, y poco a poco, serie a serie se le van atribuyendo facultades y requisitos, hasta llegar a ese ideal. Y luego pasa lo que pasa, que a base de idealizar, ningún humano encaja en esa perfección.
Y claro, esa exigencia me deja en fuera de juego. Me convierte en un espectador que a veces se muerde los labios mirando por la calle, pero que no mueve un dedo para acercarse. Porque idealizamos, porque nos creemos maravillosos, por lo que no merecemos menos que alguien que también lo sea y nos olvidamos de aceptar. Y sé que al final la pregunta va a ser siempre la misma: ¿qué más?
La verdad sin filtros
Lo digo sin vergüenza: hoy por hoy, todas estas situaciones me dan pereza. No porque no las desee, sino porque no me deseo a mí mismo en ese papel de figurante, repitiendo escenas que ya no me llenan y viviendo momentos por el hecho de vivirlos, cuando deberían ser la gasolina que lo incendiara todo.
Y aunque me ofrezcan un cuerpo en bandeja, lo que echo en falta es lo que no se ofrece: la mente, la risa, la maldita vulnerabilidad que convierte el polvo en un terremoto. Esa seguridad y entereza que, sin idealizar nos lleve al punto de pensar del otro, que aunque no sea perfecta, sus cosas buenas me gustan demasiado como para no aceptar las no tan buenas. Esa franqueza y sentido común que todo el mundo oculta, esa valentía para mostrar lo que se piensa y lo que se siente, sin temor al rechazo o que el otro te diga que no está en el mismo punto que tú.
Porque si no lo está, ¿a quién carajo le importa que no dure? Si no se ha conectado, solo nos queda agarrar la puerta y aprender que a veces es más digno, y por ende, más difícil saber soltar las cosas que saber agarrarlas.
¿Qué más?
Quizá sea una fase. Quizá sea edad, desencanto o simple saturación. Porque ya no resulta atractivo devorar tantos cuerpos como se pueda, porque un café con una buena charla llena de complicidad me resulta más que un inicio, el clímax de una relación sana. O quizá —y esto lo digo con media sonrisa— sea una nueva forma de selección natural: porque nada se activa si no lo hace el alma.
Mientras tanto, sigo aquí, mirando de reojo, pensando “qué buena está…”, y al mismo tiempo, “¿y qué más?

.png)
ResponderEliminarIntentaré ser breve y sintètica, para no alargarme, aunque la verdad, el texto da para mucho. Dejo tres ideas sobre las que reflexionar que sintetizaré con una pregunta para cada una y un epílogo:
1.- ¿Cómo se puede encontrar “algo más” si el filtro inicial es tan exigente que casi nadie llega al segundo paso? Es una pregunta más conceptual que emocional.
2.-¿Es posible querer una conexión excepcional sin estar dispuesto a transitar algunas conexiones imperfectas por el camino? ¿Se puede llegar al final del camino sin pasar por el proceso?
3.- ¿Es possible que la probable idealización del otro no está solo en las aplicaciones, sino también en la manera en que lo imaginamos antes de permitir que sea real?
Epílogo
Si no hay espacio para la imperfección inicial, probablemente tampoco lo habrá para la profundidad final que busca el texto.
Te agradezco la respuesta, y el esfuerzo por la brevedad, jajaja
ResponderEliminar1. Precisamente por eso hay tanta gente sola auto-convenciéndose de lo poco que nos hace falta nadie y lo bien que se está solo.
2. No lo creo, la verdad es que lo que menos importa es el final, y nos fijamos demasiado en él, ¿qué más da, cómo o cuándo acaba algo? pasado un tiempo te acordarás de lo que pasó en ese trayecto, acabe como acabe y dure lo que dure. Pero tenemos la necesidad de tenerlo todo atadito y programado antes de empezar.
3. La idealización empieza en el sofá de tu casa, los domingos por la tarde, no tiene nadad que ver con aplicaciones, es esa misma necesidad de tenerlo todo atadito y esa nefasta frase e loreal del "porque yo lo valgo", que cuando te la crees del todo nos dota de tanta exigencia, pues igual no valemos tanto o no tenemos claro hasta donde valemos.
Es como cuando alguien me ha hablado alguna vez que busca un príncipe, bueno, empieza por tener claro qué y cuánto tienes tu de princesa... para empezar.