Los hay que suben fotos a las redes de su recién nacido durmiendo. Otros lo hacen de su perro en pijama de ratoncitos, estirado en la cama con una mantita polar y una etiqueta que reza “mi niño”. Estamos en un mundo que se ha vuelto más frágil que la tapa de un yogurt light, y no es de extrañar que mucha gente encuentre refugio emocional en quien te mira con devoción porque le das de comer o quien sufre un ataque de alegría casi enfermiza al verte tras pasar diez horas encerrado en un piso.
Bienvenidos a la era de los perrhijos. Perros con nombre compuesto, vestuario
de Zara y calendario de aniversarios, con video y pastel incluidos. Los ves en
los cafés, peluquerías, en el cochecito de Decathlon. Y no, no exagero, hay
quien compra un cochecito para perros. El mismo que aprovecha cualquier ocasión
para recordarte que tener hijos es inasumible económicamente y comporta
demasiado compromiso.
El perrhijo no discute, no se hace tatuajes, no le da por votar a partidos
equivocados, no le pasa por la cabeza ponerse en situaciones ridículas para
publicarlas en TikTok (ya tienen a sus humanos para eso). Pero ante todo, nunca
te dirá que ese día te equivocaste o que si te hubieras parado a pensar las
cosas con un poco más de calma, otro gallo te cantaría. Es la compañía
perfecta, por no decir pareja, te mira con ojos malvadamente tiernos mientras
le estás abriendo el saco de pienso gourmet para perros de mediano tamaño con
ligero sobrepeso y problemas de articulaciones, y sin gluten. Amor puro… con
microchip.
Pero no nos engañemos. El problema no es querer a los animales – al contrario,
pobrecillos – El problema es que en muchos casos, los perrhijos no son perros
queridos, sino disfraces afectivos para tapar vacíos y carencias que uno
arrastra y acumula a lo largo de su
vida. Son la versión simpática de la solterona clásica rodeada de docenas de
gatos, reciclada en versión moderna con hashtags como #mihijopeludo, #miniñodecuatropatas.
Y cuidado, que ahora empezamos a ver gathijos y hasta conejhijos, y estoy
seguro que en algún rincón de Instagram encontraríamos a alguien haciendo
fiestas y carantoñas a un pez globo o hasta un pangolín para los más osados.
¿Podríamos llamarlo maternidad low-cost?, ¿paternidad sin tutorías ni
caravanas hasta dejarlos en el colegio? No hay una adolescencia rebelde, como
mucho algún mueble o marco de puerta destrozado mientras les duele el cambio de
dentadura, no hay psicólogos escolares. Como mucho algún malvado veterinario a
quien estamos dispuestos a pagarle facturas por cualquier cosa que nos costaría
un disgusto para nosotros mismos.
Y no hablemos cuando uno de ellos nos deja. Cuando muere quiero decir,
porque parece que incluso para tratar ese tema tengamos que hacer una tirada de
tarjetas con un epitafio que esté a su altura. Se incineran en una empresa
especializada que te proporciona el propio veterinario, y pasa por caja. De
inmediato, y en cuanto las lágrimas nos permiten volver a enfocar la pantalla
del móvil, colgamos posts en todas las redes con frases del nivel de “siempre
serás mi niño”. Pero al cabo de un par de meses llega su sustituto, en su
memoria, por lo bueno que fue, y empezamos de nuevo, muebles roidos y ropa hecha
jirones mientras no estábamos en casa.
Y quiero aclarar que me encantan los animales en general, especialmente
mamíferos cuadrúpedos, y los llamo así porque me gusta no confundirlos con otra
cosa. Es una opinión muy personal, pero yo, que he tenido perros, gatos y hasta
un caballo y a alguno de ellos he tenido que sacrificarlo o enterrarlo, me he
podido dar cuenta, sobre todo en el caso de los perros, que son animales tan
gregarios o más que nosotros, los humanos. Que necesitan respuesta y cariño,
está claro, pero como los niños, también necesitan un grito, una palmada en el
culo o un castigo cuando corresponde. Necesitan tanto los abrazos y carantoñas
como un referente a quien seguir.
Siempre me sorprendo cuando alguien se ha acercado a un perro desconocido
con el llanto lastimero de “pobrecitoooo”. ¿Pobrecito por qué? ¡ Pero si viven
mejor que yo!
Como en todo en esta vida, hay que mantener cierto equilibrio, no te
acaricio si no me lo pides o no te lo ganas, porque no es un peluche que
achuchar en el sofà mientras miramos a Bridget Jones, pero tampoco voy a dejar
que me pidas en la mesa o que me cubras de lametazos después de ir por la calle
oliendo bajo las colas de desconocidos.
Imagina por un momento que esta misma devoción, este mismo supuesto amor
incondicional aplicado a un ser humano. Uy no, lo desechamos por intenso y
porque si un humano se muestra más afectivo de lo que esperamos empezamos a sospechar
que algo está escondiendo. Demasiado real, demasiado peligroso.
Por eso mejor un perrhijo, que nos permite soltarlo con los demás perrhijos
en las plazas de nuestra ciudad y hacer vida social mientras ellos se olisquean
sus partes justo antes de propinarnos lametazos.
Tengo claro que con este texto más de uno y más de dos van a querer
acuchillar muñecos de budú con mi cara, porque podéis pensar que exagero o que
simplemente soy un amargado frente a un teclado. No os lo discutiré, pero como
todo lo que escribo, no son más que mis opiniones a las que os invito que
respondáis y critiquéis si lo veis oportuno. Y si os habéis sentido atacados
por mis comentarios, recordad siempre que no era vuestro perrhijo quien lo
leía.

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