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miércoles, 13 de agosto de 2025

ÁGORA - PERRIJOS

 

Los hay que suben fotos a las redes de su recién nacido durmiendo. Otros lo hacen de su perro en pijama de ratoncitos, estirado en la cama con una mantita polar y una etiqueta que reza “mi niño”. Estamos en un mundo que se ha vuelto más frágil que la tapa de un yogurt light, y no es de extrañar que mucha gente encuentre refugio emocional en quien te mira con devoción porque le das de comer o quien sufre un ataque de alegría casi enfermiza al verte tras pasar diez horas encerrado en un piso.

Bienvenidos a la era de los perrhijos. Perros con nombre compuesto, vestuario de Zara y calendario de aniversarios, con video y pastel incluidos. Los ves en los cafés, peluquerías, en el cochecito de Decathlon. Y no, no exagero, hay quien compra un cochecito para perros. El mismo que aprovecha cualquier ocasión para recordarte que tener hijos es inasumible económicamente y comporta demasiado compromiso.

El perrhijo no discute, no se hace tatuajes, no le da por votar a partidos equivocados, no le pasa por la cabeza ponerse en situaciones ridículas para publicarlas en TikTok (ya tienen a sus humanos para eso). Pero ante todo, nunca te dirá que ese día te equivocaste o que si te hubieras parado a pensar las cosas con un poco más de calma, otro gallo te cantaría. Es la compañía perfecta, por no decir pareja, te mira con ojos malvadamente tiernos mientras le estás abriendo el saco de pienso gourmet para perros de mediano tamaño con ligero sobrepeso y problemas de articulaciones, y sin gluten. Amor puro… con microchip.

Pero no nos engañemos. El problema no es querer a los animales – al contrario, pobrecillos – El problema es que en muchos casos, los perrhijos no son perros queridos, sino disfraces afectivos para tapar vacíos y carencias que uno arrastra y acumula  a lo largo de su vida. Son la versión simpática de la solterona clásica rodeada de docenas de gatos, reciclada en versión moderna con hashtags como #mihijopeludo, #miniñodecuatropatas. Y cuidado, que ahora empezamos a ver gathijos y hasta conejhijos, y estoy seguro que en algún rincón de Instagram encontraríamos a alguien haciendo fiestas y carantoñas a un pez globo o hasta un pangolín para los más osados.

¿Podríamos llamarlo maternidad low-cost?, ¿paternidad sin tutorías ni caravanas hasta dejarlos en el colegio? No hay una adolescencia rebelde, como mucho algún mueble o marco de puerta destrozado mientras les duele el cambio de dentadura, no hay psicólogos escolares. Como mucho algún malvado veterinario a quien estamos dispuestos a pagarle facturas por cualquier cosa que nos costaría un disgusto para nosotros mismos.

Y no hablemos cuando uno de ellos nos deja. Cuando muere quiero decir, porque parece que incluso para tratar ese tema tengamos que hacer una tirada de tarjetas con un epitafio que esté a su altura. Se incineran en una empresa especializada que te proporciona el propio veterinario, y pasa por caja. De inmediato, y en cuanto las lágrimas nos permiten volver a enfocar la pantalla del móvil, colgamos posts en todas las redes con frases del nivel de “siempre serás mi niño”. Pero al cabo de un par de meses llega su sustituto, en su memoria, por lo bueno que fue, y empezamos de nuevo, muebles roidos y ropa hecha jirones mientras no estábamos en casa.

Y quiero aclarar que me encantan los animales en general, especialmente mamíferos cuadrúpedos, y los llamo así porque me gusta no confundirlos con otra cosa. Es una opinión muy personal, pero yo, que he tenido perros, gatos y hasta un caballo y a alguno de ellos he tenido que sacrificarlo o enterrarlo, me he podido dar cuenta, sobre todo en el caso de los perros, que son animales tan gregarios o más que nosotros, los humanos. Que necesitan respuesta y cariño, está claro, pero como los niños, también necesitan un grito, una palmada en el culo o un castigo cuando corresponde. Necesitan tanto los abrazos y carantoñas como un referente a quien seguir.




Ellos saben que la comida se la damos nosotros y que viven en nuestra casa, y nos ven y nos toman por los líderes de su pequeña manada y así se les debería tratar. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez si dentro de una manada  perruna se enseñan los dientes o incluso llegan a pelearse por un puesto de jerarquía o por un trozo de comida? Pues en casa igual, tiene que haber alguien que los marque cuando corresponde.

Siempre me sorprendo cuando alguien se ha acercado a un perro desconocido con el llanto lastimero de “pobrecitoooo”. ¿Pobrecito por qué? ¡ Pero si viven mejor que yo!

Como en todo en esta vida, hay que mantener cierto equilibrio, no te acaricio si no me lo pides o no te lo ganas, porque no es un peluche que achuchar en el sofà mientras miramos a Bridget Jones, pero tampoco voy a dejar que me pidas en la mesa o que me cubras de lametazos después de ir por la calle oliendo bajo las colas de desconocidos.

Imagina por un momento que esta misma devoción, este mismo supuesto amor incondicional aplicado a un ser humano. Uy no, lo desechamos por intenso y porque si un humano se muestra más afectivo de lo que esperamos empezamos a sospechar que algo está escondiendo. Demasiado real, demasiado peligroso.

Por eso mejor un perrhijo, que nos permite soltarlo con los demás perrhijos en las plazas de nuestra ciudad y hacer vida social mientras ellos se olisquean sus partes justo antes de propinarnos lametazos.

Tengo claro que con este texto más de uno y más de dos van a querer acuchillar muñecos de budú con mi cara, porque podéis pensar que exagero o que simplemente soy un amargado frente a un teclado. No os lo discutiré, pero como todo lo que escribo, no son más que mis opiniones a las que os invito que respondáis y critiquéis si lo veis oportuno. Y si os habéis sentido atacados por mis comentarios, recordad siempre que no era vuestro perrhijo quien lo leía.






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