Creo que este tema, ahora que las ampollas que se
hayan podido levantar a partir del texto anterior aun duelen, da para una
segunda entrega, y probablemente una tercera pero, aunque me guste dar de vez
en cuanto un bofetón con mis opiniones, tampoco se trata de hacer sangre con
ello. Al final, dicen que todo es respetable, idea que cada día comparto menos,
pero en la que si me apoyo es la que dice que cada uno en su casa, hace lo que
quiere, cree o puede.
Más allá de todo lo dicho, hoy quería hablar
sobre todo lo que envuelve a un “perrijo”. Dejaremos un poco de lado los
motivos por los que alguien decide tratar a un animal como si lo hubiera gestado,
y nos centraremos en el universo que ha generado este trato.
Recientemente me vi en la tesitura de tener que
decidir, o al menos, dialogar con mis padres, sobre la continuidad o no, de la
vida de su perro. Un animal que ya adoptaron mayor, algo muy merecedor de
aplauso, y con ciertos problemas respiratorios, de conducta, etc. Tras dos
años, había desarrollado un cáncer, o varios, que se lo estaban comiendo vivo,
literalmente, así que haciendo gala del mayor pragmatismo y sentido común, y tras
hablarlo con el veterinario, se optó por la eutanasia.
Y aquí ya encontré el primer clavo ardiente al
que agarrarme, busqué en Google si ese acto tenía algún nombre en especial, uno
es curioso por defecto, y literalmente decía esto “La eutanasia en perros,
también llamada eutanasia en mascotas, eutanasia animal o sacrificio
humanitario”. ¿Cómo que humanitario?, se referirá a mi gesto, espero, si no
fuera así diría sacrificio humano.
Y de ahí la primera pregunta, ¿por qué permitimos
la decrepitud en humanos y cuando se trata de un cuadrúpedo ponemos por delante
detener su sufrimiento?. Dejo la pregunta ahí para que la responda cada uno, porque
si me pongo a desarrollar los motivos, me enzarzaría inevitablemente en un
análisis sobre tradiciones ancestrales, creencias en dioses, salvaciones y
demás ampollas que de momento no toca levantar.
La cuestión es que Foxy, que así lo llamaban
antes de adoptarlo, tras asegurarnos que los linfomas ya se habían extendido
por todas partes, hasta el punto de afectarle a su propia sangre y que el dolor
que sufría ninguno de nosotros lo habría soportado, pasó a mejor vida tras un
poco de anestesia y una buena dosis de pentobarbital. Os podéis imaginar el
drama familiar, que solo se vio mitigado por la sensación y convencimiento de
haber hecho lo mejor para esa bestia.
Si, he dicho bestia, porque siempre lo vi así, y
porque lo era. No es el primer animal al que me he visto en situación de
finiquitar, pero nunca he perdido de vista sus condiciones de mascota y
de animal de compañía, más allá de todas las bondades que podría decir
de ellos. Pero por mucha compañía que nos den y mucha fidelidad que nos
demuestren, donde no creo que se debería entrar, y esto ya es una opinión muy
personal y por ende, totalmente cuestionable, es en el trato que muchas veces se
les da.
Desde las peluquerías, hasta los Spas caninos y servicio de masajes, nos hemos visto metidos en una vorágine de servicios otrora inimaginables, que seguramente han venido propiciados por algún/a famoso que, sin tener muy claro qué hacer con su dinero, empezó a darle el mismo trato a sus perros que a sí mismo.
Aquí debería haber puesto mismo/a, pero
paso, mi querida R.A.E., dice que son genéricos y engloban ambos géneros, lo de
los “ofendiditos” con la gramática ya lo hablaremos otro día.
En definitiva, si nos vino una moda de donde sea,
y los comerciantes han visto un nicho de negocio, nos la han ofrecido, y nosotros
la hemos seguido a pies juntillas. Y dándonos más o menos cuenta, nos hemos
puesto a pagar sin ningún reparo ese champú especial que no les altera el Ph,
esa crema maravillosa que les deja el pelo reluciente y ese tratamiento que
poco le falta para implantarles rodajas de pepino en los ojos. ¡Como si les
hiciera falta!
Porque todo eso lo combinamos con el spray o el
collar para que no se le peguen las garrapatas y ellos lo olviden por completo
oliendo los traseros de sus congéneres, pero nosotros, como propietarios,
perdón papás y mamás de nuestras mascotas, nos llenamos de orgullo hablando de
las cremas y champús que les aplicamos mientras hablamos con otros humanos en
el pipi-can.
Cómo me recuerda todo a las puertas de la escuela
donde cada uno contaba la batallita de sus querubines…
Para rematar, disponemos de un gran surtido de barritas
dentífricas y cepillos para su dentadura, algo que estoy más que seguro que al perro
le debe encantar, que le levanten las mejillas que le cuelgan a cada lado de la
cara, para que su humano, con un cepillo insertado en su dedo, empiece a propinarles
un lavado de la dentadura, con la que seguramente pensará en clavarte en el
cuello, pero que su condición de fiel compañero se lo impide.
Recuerdo en una ocasión, que mis progenitores
tuvieron algún problema con alguno de los perros que han intentado adoptar.
Tengo un padre que no ha sabido vivir nunca sin sentirse como el señor de las
bestias, con un fiel escudero a su lado. Y se vieron en la necesidad de llamar
a un adiestrador.
Esta profesión, que ha proliferado como un mal
virus, seguramente se ha visto muy respaldada por programas como los de César Millán
y otros similares, donde un personaje que, si se le pone un doblaje en español
miamense, sabe adiestrarlos mucho más. Nos mostraban como en escasos veinte
minutos de programa, un can asilvestrado y con tendencia al mordisco y a la
revolución bolchevique, pasaba de ser el perro de Chucky a una mansa alfombra
que reducía su existencia a la espera de una orden, para dar un brinco y satisfacer
a su amo. Supongo que la gente se lo creyó y no tuvo en cuenta que eso era un
programa de televisión con el horario más que limitado.
Volviendo al tema, llamaron a unos supuestos adiestradores
y no quise perder la oportunidad de estar presente. Se presentaron como Etólogos.
Ethos, palabro griego que significa ética, o sea, comportamiento, y de ahí,
quien estudia el comportamiento de los animales en su medio natural, incluidos
humanos. Y ahí viene el primer error, “en su medio natural”. ¿Estamos seguros
que el medio natural de un pastor belga es un piso de cincuenta metros
cuadrados?
Se presentaron, eran una pareja de jovencillos, blandos
y cautelosos, que parecía que hacían eso para sacarse algún dinero extra que
financiara sus juergas. Se me ocurrió en un momento de la charla, por
incontinencia verbal que tengo, llamarlos “perrólogos”, algo que por lo
visto les ofendió claramente, pero pese a ello, realizaron su visita, y tras
alabar constantemente las bondades del perro que acababan de adoptar mis
progenitores, decidieron sacarlo de paseo los cuatro, para ver como
interactuaba con los demás perros. Aquello acabó en una batalla campal, que no
se sabía donde empezaba la dentadura de uno, con el rabo del otro. Como era de
esperar, no se les llamó más.
No digo que no haya gente que haya estudiado o,
que por experiencia, sepa identificar problemas de conducta canina, porque
perros desequilibrados también los hay, y cada vez más. Pero he querido
referirme a que hay modas, y con ellas, negocios y supuestos entendidos que
aparecen aprovechando estas modas, que sin tener demasiada idea de lo que están
ofreciendo, saltan al ruedo y aprovechan ese canto del “pobrecillo”, que tanta
gente entona ante cualquiera que camine a cuatro patas.
Pero de ahí, pasamos a la terapia con el psicólogo
perruno, y con la cuota pertinente, cuando lo más probable es que quien la
necesite, sea el que va al otro lado de la correa. Y cuando alguno está en esa
situación, y tiene suficiente orgullo paterno para con su mascota, lo muestre
en redes, con todo tipo de disfraces, vestiditos, durante sus terapias e
incluso, algunos, se han erigido como verdaderos “influencers” mediáticos, con
su propio canal, y con más seguidores e ingresos de los que yo pueda soñar en
la vida. Tendré que plantearme seriamente ponerme un abriguito de marca, un
collar con pedrería y poner ojos lastimeros frente a la cámara.
Por Dior, lo que da de sí este tema, seguiremos
en otra entrega.

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