Sabes leer, pero no entiendes lo que ven tus ojos. Sabes escribir, pero no transmites nada. Hablas pero sin orden ni concierto y llenas tus frases de coletillas y palabrejas como “en plan”, “obvio”, “tocho”, “mazo”. Felicidades: eres funcional, no pensante.
¿Qué es un analfabeto funcional o escolarizado? No es un
concepto que haya inventado yo, ni mucho menos. El concepto de analfabeto
funcional surgió a mediados del siglo XX como una forma de describir a personas
que, a pesar de tener cierto nivel de alfabetización (saber leer y escribir),
carecen de las habilidades necesarias para desenvolverse eficazmente en la vida
cotidiana. Este concepto se diferencia del analfabetismo absoluto, que se
refiere a la incapacidad total de leer y escribir.
Como en la mayoría de cosas que como sociedad y como individuos
nos van ocurriendo, esto no se origina por una sola causa, de hecho hay
multitud de variables que han propiciado que lleguemos a este punto. Y quede
claro que cuando hablo de llegar, no lo digo en sentido que hayamos recorrido
un camino hacia delante, más bien al contrario, el camino es y ha sido de
vuelta.
Hace unos años, no demasiados, 30 ó 40 años a lo sumo, la
sociedad y por ende cada individuo, no aceptaba bajo ningún concepto que
alguien hiciera gala de su falta de comprensión lectora, y mucho menos que
alguien presumiera de no haber abierto un libro en su vida, inmediatamente era visto
como algo negativo, y habría levantado todo tipo de comentarios y desagravios,
tanto por no haberlo hecho, como por el irreverente acto de hacer gala de ello.
Hoy no te diré que ocurre lo contrario, porque aún campa a sus anchas cierta
vergüenza torera que le impide a mucha gente confesar algo así en público, pero
si que van apareciendo, y van proliferando, cierto número de personajes que no
tienen ningún reparo a la hora de soltar a los cuatro vientos que no sabrían
cómo coger un libro ni donde tiene el botón de encendido.
Es cierto que en generaciones anteriores, no muchas, había aún
un porcentaje de la población que no había tenido los medios ni la oportunidad
de escolarizarse, y muchos de nosotros aún puede contar que tuvo ese familiar o
ese otro que no supo nunca leer ni escribir. Los nacidos en los 60 y 70 nos
quedamos sin excusas. Tuvimos acceso a una educación suficiente. El sistema,
todavía respaldado por la autoridad docente, nos sacaba de la etapa obligatoria
con una base sólida. Más allá del interés posterior por abrir un libro, esa
estructura funcionaba.
Sé que si algún docente está leyendo esto, ahora mismo
estará maldiciendo mis huesos, y no les quito razón, tampoco es culpa de los
profesores, a quienes se les ha arrebatado toda autoridad e incluso el respeto
que infundían antaño.
Todo esto ha sido progresivo, no es de un día para otro, y aquí
podría lanzar mis teorías más conspiranoides sobre el adoctrinamiento del
rebaño y el control social, pero hoy no trata de eso, por muy vinculado que
pueda estar. Pero viendo algunos ejemplos que se convierten en noticia, como
señores letrados que cuando redactan sus alegaciones no saben diferenciar entre
“a ver “ y “haber”, o universitarios que entregan trabajos puntuables sin tener
ni tan solo el cuidado de eliminar la recomendación final de chatgpt, uno
empieza a hacerse preguntas sobre lo que está pasando.
En general, la lectura, que había llegado a ser un
distintivo social y que desde la clase más pudiente a la más humilde había
tenido siempre claro que enriquecía y alimentaba el alma, ha pasado a ser un
mero trámite, un mal necesario para conseguir sacar una nota o dar una
respuesta, pero que en cuanto un texto acumula más de media página ya resulta
una barrera infranqueable para muchos en el peor de los casos, y en el mejor,
quien se arranca a leerla, no entiende lo que sus ojos van descifrando.
Aún persiste la idea que un título universitario implica cierta
sabiduría, aún hay quien delega el conocimiento al resultado de una prueba y
quizás sea cierto que en algunas carreras muy técnicas, la universidad sea la
fuente de ese conocimiento, pero eso no da una cultura general ni una capacidad
para cuestionar el mundo que nos rodea y para mí, esa es la clave de todo.
Sin pensamiento crítico no hay protesta, ni oposición a
quien nos rige o ante cualquier brete en el que nos ponga la vida. Si no
tenemos un punto de vista formado sobre el mundo que nos rodea y lo que pasa en
él, es imposible que nos rebelemos, que protestemos o que simplemente podamos
discutir cualquier tema. Echo de menos los debates, por el placer de debatir,
de contrastar ideas y de no llegar a convencer a nadie, ya que no era el
objetivo, por el contrario hoy, ante una opinión que escape mínimamente del discurso
oficial o bien del mayoritario, lo más probable es que se provoque el enojo
inmediato de quien escucha esa opinión divergente. Porque al rebaño no le interesa
profundizar, no se encuentra necesario porque la sociedad pide, reclama y exige
inmediatez en todo y si algo no puede ofrecer un debate o un libro, es esa
premura. A nuestro cerebro le gusta nutrirse a fuego lento, ir acumulando
palabras, conceptos e ideas poco a poco hasta haber acumulado lo suficiente como
para que un concepto se hilvane a otro y se nos haya creado una capacidad de elaborar
conceptos propios basados en lo aprendido.
En cambio, hoy es todo mucho más visual, más rápido, más de
impacto. Todo se basa en una foto de perfil, una publicación de segundos o una
opinión que se hace viral, y el problema al final no es esa inmediatez en sí,
sino el haber llegado a no cuestionar nada y tomar como verdad eso que nos
llega hecho por el simple hecho de ser compartido muchas veces.
No pretendo decir que deberíamos ser todos expertos en multitud
de temas, ni tan solo en los de más rabiosa actualidad, pero podría lanzar una
pregunta sobre a quién hemos considerado “los buenos” o “los malos” sobre algún
tema actual y pronto veríamos si hemos sido capaces de cuestionar el discurso
que nos llega habiéndolo dado por bueno.
Ya no entro en sutilidades más avanzadas, como la interpretación
de una frase irónica, de un sarcasmo o de un doble sentido. A veces,
manteniendo según qué charlas, ante algún argumento que difiera de ese discurso
mayoritario, he recibido alguna respuesta tipo “mejor no quiero saber” o “todo
eso es muy complicado”, algo que a cualquier pseudo-tertuliano puede dejar en
shock en segundos.
Es respetable, como casi todo, tampoco pretendo liderar
ninguna campaña ni deambular por el mundo salvando almas, pero a veces supone
un jarro de agua fría ver como el discurso mayoritario, por no decir oficial,
arrastra a tanta gente e intentar, ya no ir a contracorriente, sino retirarse
un poco hacia la orilla acaba siendo agotador.
No tengo más razón que nadie, no creo tener ni tan solo la verdad,
no creo que haya una sola, pero sí puedo decir que me planteo cosas, que la
curiosidad me puede y que cuando me llega información, me sugiere preguntas en
cuanto trato de saber qué me están contando las palabras que leo, incluso los silencios
que hay entre ellas.

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