Aún hoy llevo una cicatriz que veo
a diario
No duele, ya no. Pero ahí está, recordándome
una batalla que perdí.
Incluso eso. El hecho de perderla,
supuso agrandar esa cicatriz.
Porque era un adicto. Un yonki
sentimental de una relación que no debería haber empezado.
Nos empeñamos en mantener
relaciones por lo que queremos que sean,
no por lo que realmente son.
Nos enganchamos a una versión imaginaria del otro,
a una promesa,
a un quizá,
a un “cuando mejore todo” que nunca mejora.
Es más, incluso cuando nos sueltan
una verdad a la cara, nuestra cabeza se empeña en dar la vuelta a ese argumento
para convencernos de nuestra fantasía.
Y así pasan los meses:
convencidos de que el amor es cuestión de insistir,
como si la voluntad pudiera convertir un desierto en océano
o un espejismo en hogar.
Pero no.
La vida no funciona así.
La gente tampoco.
Nos volvemos adictos a lo que no
es:
a la ilusión,
al hueco que rellenamos nosotros mismos,
al relato que inventamos para no aceptar la evidencia más sencilla:
que a veces queremos más de lo que nos quieren.
O mejor dicho:
queremos algo que nunca ha existido fuera de nuestra cabeza.
Nos quedamos por nostalgia de un
diseño,
no por amor a una realidad.
Porque aceptar que no es —y que nunca fue—
duele más que seguir apostando a una mesa donde siempre perdemos.
Y el problema no es aguantar.
El problema es que, en el proceso, dejamos de vernos.
Nos quitamos capas, ilusiones, autoestima…
hasta que un día miramos al espejo y entendemos que la relación
no se rompió esta mañana:
se rompió la primera vez que preferimos creer
a mirar de frente.
Y aun así seguimos,
adictos a lo que podría ser,
cuando lo único sano sería preguntarnos:
¿qué pasaría si tratáramos de querer lo que sí es…
empezando por nosotros mismos?
Y ahí entran en escena los miedos.
Cuando encontramos a alguien que sí
parece ser, y entonces nos aterroriza pensar que eso pueda ser cierto.
Que me esté pasando a mí
Y nos empeñamos en buscar el truco,
la trampa, el engaño.
Alzamos los puños y nos defendemos
de quien no nos ataca
Incluso atacamos para defendernos
Hasta que es el otro quien, un día,
se mira frente al espejo
y decide que es a él a quien se le rompió todo
la primera vez que prefirió creer
a mirar de frente.
Y ahí es donde la historia vuelve a
repetirse:
dos personas que se tropiezan en el mismo punto ciego,
cada una sosteniendo sus propias grietas,
sus miedos,
sus expectativas rotas,
sus versiones mejoradas del otro.
Y por un instante parece que todo
podría encajar.
Que, quizá esta vez, sí.
Que no cometeremos los mismos errores.
Que no veremos fantasmas donde hay cariño,
ni amenazas donde hay cuidado,
ni trampas donde sólo había alguien dispuesto a quedarse.
Pero las cicatrices son memoriosas.
Demasiado.
Y antes de darnos cuenta, acabamos empujando para no ser empujados,
dudando para no ser heridos,
y marchándonos a medias para no tener que marcharnos del todo.
Hasta que un día entendemos algo
que nadie nos había explicado:
que las relaciones, a veces, no fallan por lo que falta,
sino por lo que sobra.
Por la suma de temores invisibles, de viejos naufragios que aún llevamos a
cuestas, y de aquel instinto primitivo que nos grita que amar
es un riesgo demasiado grande.
Pero no lo es.
Lo que es grande —lo que asusta, lo que paraliza, lo que nos sabotea—
es la idea equivocada que tenemos sobre nosotros mismos.
La que nació de la herida antigua, de la cicatriz que vemos cada mañana, de
aquella versión de nosotros que aprendió a sobrevivir
esperando lo que nunca llegó.
Quizá, al final, no somos adictos a
lo que no es:
somos adictos a lo que fuimos cuando aquello no era.
A la inseguridad, a la duda, al miedo de repetir historia.
Y mientras no soltemos eso, cualquier amor nuevo tendrá que luchar contra un
fantasma que no le pertenece.
Y ahí, justo ahí, es donde empieza
la verdadera pregunta:
¿Seremos capaces de dejar de temer
al amor
el mismo día que, por fin, nos encontramos con uno que sí es?
Este texto se lo dedico a esa
persona frente a la que puedo ser más vulnerable
A quien tanto quise sin que me
diera demasiados motivos para ello
Y por quien tanto insistí hasta
vaciarme y quedar agotado
A esa persona a quien jamás
confesaré esto
Por el riesgo de volver a ser
ninguneado, aunque no lo hiciera con mala fe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario