Hay un momento —todos lo conocemos— en que alguien nos gusta antes incluso de haber dicho una palabra.
Un gesto, un perfil, una mirada que ni siquiera debería importarnos… y aun así,
hace clic.
Y ahí empieza el problema.
Nos gusta creer que somos seres racionales, que nos
enamoramos del alma, de la conversación, de los valores.
Pero no:
el primer golpe siempre entra por los ojos.
Una punzada silenciosa que baja hasta el pecho como si fuera una verdad
absoluta.
En la antigüedad a eso le llamaban La Rosa.
Yo lo llamo: el primer autoengaño de la temporada.
La Rosa no es un símbolo romántico.
Es un niño travieso que te tira de la manga, te provoca una sonrisa…
y, cuando te despistas, te clava una espina.
No duele al principio —como todas las historias que prometen demasiado—, pero ya te ha marcado.
Y entonces empieza el espectáculo:
✔️ Haces tonterías.
✔️ Te inventas futuros.
✔️ Justificas cosas que nunca
justificarías.
✔️ Y crees, contra toda lógica,
que esta vez será diferente.
Todo porque te ha gustado, así de simple.
Porque La Rosa va directa al punto débil: la vista, la fantasía, ese deseo
infantil de pensar que quizá sí, quizá hoy, quizá ahora.
Nos encanta decir que no somos superficiales.
Mentira.
La superficialidad es un filtro evolutivo:
la cara, la voz, el gesto, la presencia.
La Rosa es eso: atracción pura, primaria, animal.
Y no tiene nada de malo…
hasta que confundimos gustar con conocer,
y deseo con destino.
Porque lo peor de La Rosa no es que alguien nos atraiga.
Lo peor viene después:
Empezamos a ver coincidencias donde solo hay casualidades.
A proyectar virtudes que nadie ha demostrado.
A hablar de “compatibilidad” donde solo hay silencios educados y un par de
chispas químicas.
Y a interpretar el primer impulso como una señal del universo, cuando
—sintiéndolo mucho— es pura biología con un poco de maquillaje.
La Rosa es efímera.
Y quizá por eso es tan poderosa:
nos vende la idea de que lo delicado merece ser protegido.
Que si dura poco, debe ser valioso.
Y nos lo tragamos con una facilidad aterradora.
Pero no te confundas:
La Rosa no ama.
La Rosa abre la puerta.
Para que después entren las Alas, la Flecha, la Locura…
Todo comienza aquí:
en ese momento ridículo y precioso en que alguien nos gusta sin tener ni idea
de quién es.
Y mira si es cabrona La Rosa, que incluso después de mil
batallas,
incluso sabiendo lo que viene…
cuando vuelve a aparecer,
volvemos a sonreír.
Porque somos así de ingenuos.
Y porque, en el fondo, todos queremos creer que esta vez —solo esta vez— La
Rosa no traerá espinas.
Capítulo 2: Las Alas
(pronto, y vuela alto).

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