Hace muchos años ya que vengo oyendo aquello que tanto
polariza a la gente, que si dónde vas con papa Noel y entregando regalos por
Navidad, que aquí siempre hemos sido de Reyes.
Que sí qué es eso de Halloween, aquí es el día de todos los
Santos.
Y es que lo cierto, es que poco a poco, y como muchas otras
cosas, casi sin darnos cuenta, hemos ido adoptando tradiciones que nos venían
de fuera.
Muchas ni tan solo tenemos claro su significado, –sobre eso un día escribiré algo– pero lo
cierto es que nos importa poco, algunas caben perfectamente y algunas otras, un
poco de saliva, y para adentro, que ya la haremos caber.
Todo esto ha ido desnaturalizando nuestra forma de ser, como
sociedad me refiero, nuestras tradiciones y costumbres, pero tan solo ha sido
un paso más.
Un eslabón más de la cadena hacia una pérdida de identidad
generalizada que sufrimos en Europa y que probablemente, un día veamos que esa
cadena de la que hablo, es la de un ancla, que más tarde o más temprano, nos
pegará un tirón y nos arrastrará hacia el fondo.
En resumen, podríamos decir que hay una tendencia a no
conservar lo que nos precedió.
Perdemos tradiciones con la misma facilidad con la que hemos perdido valores familiares, y la propia estructura de la familia.
Desde los inicios de los tiempos, los niños han jugado en la
calle, hoy si te asomas por la ventana, solo verás gente con mucha prisa hacia
ningún lado y otros paseando a sus perros. Porque eso sí, perros que no falten,
¿pero y los niños?
Los niños los tenemos frente a una pantalla. Ya sea el
televisor, o un móvil o una Tablet. No importa qué tipo de pantalla. La
cuestión es que no molesten.
Y entendedme, que ya sé que una frase así levanta ampollas.
Cuando digo que no molesten no es porque un hijo nos suponga un estorbo per sé.
Que ya sé que somos todos padres y madres dignos de hacernos un manual y no
hago más que escuchar eso de “mis hijos me han cambiado la vida.”
Quizá no hacía falta tanto, sí es cierto que te cambian las
prioridades y pones al mocoso de turno por delante de ti mismo, pero tanto como
cambiar la vida, no sé yo, quizá alguien ya no tenía vida antes. Eso lo dejo
para la reflexión.
La cuestión es que como padres, para vivir y sostener una
cierta estabilidad económica, tenemos que trabajar como burros, más allá
incluso de horarios y responsabilidades.
No te digo nada si eres autónomo, ahí si que te cambia la
vida. Pero claro, eso nos quita tiempo para hacer lo que deberíamos, que es
estar con ellos.
Esa panda de chantajistas emocionales, egoístas por defecto
y piratas sentimentales consumados que, por ser hijos únicos, la mayoría de
ellos, son conscientes que tienen mucho por ganar con tan solo pedir.
Porque la vida les ha sonreído y les ha dado unos padres,
que muchas veces no están juntos y eso abre otro filón, y que están más que
predispuestos a consentirlos, ya sea por no traumatizarlos o por no tener que
oírlos.
Me llegó una anécdota de una mujer que fue a pedir
explicaciones a la escuela de su hijo, porque le habían hecho realizar una
prueba física, que se trataba de combinar distintas disciplinas durante once
minutos de carrera.
Al niño le dio un pasmo, pero la madre. ¡Ay la madre!
No se le ocurre otra cosa que plantarse en la escuela a
pedir explicaciones por hacer correr al pupilo de sus ojos.
Señora, que lo han hecho correr en un patio, no por su vida,
aunque pareciera que casi la perdía.
Y de ahí empieza buena parte del problema, no digo que todo,
pero buena parte. De ese consentir por defecto.
Recuerdo cuando mi hijo era más pequeño e iba a buscarlo a
la puerta del colegio. Unos cuantos padres, me habían confesado, así, en
confianza, que su hijo era superdotado. ¿a quien estaban criando, al negro de WhatsApp?
De hecho nunca usaban esa palabra, “superdotado,” lo
llamaban “con altas capacidades”, porque la primera opción habría
resultado casi vulgar
Y hay que tener en cuenta que ellos, como padres, con esas
altas capacidades estaban tapando la miserias propias que sufrían, ya no como
padres, sino como humanos, y que volcaban alegremente sobre el crío, que seguía
totalmente ajeno a ellas.
Y mientras tanto, el niño seguía siendo y haciendo de niño
Y a base de repetir invenciones, las acabamos haciendo
reales, e incluso quien las cuenta se las cree, y de ahí a la sobreprotección
hay un paso.
Después pasaba lo que pasaba, que el niño suspendía, e
incrédulos iban a la profesora a pedirle explicaciones, y claro, la pobre
docente no puede decirles su hijo no solo me la lía en clase, sino que además
es un tocho, casi tanto como quien se queja creyendo que es un niño de diez.
Queda claro que si no me encaminé para ser profesor de
primaria es porque habría dicho exactamente eso y la dirección no me habría
aguantado un curso entero.
Pero volviendo al juego de los niños, les llenamos las horas
con pantallas por no tener tiempo para atenderlos. Les consentimos y les
compramos de todo, pedido y sin pedir.
Porque en el fondo sentimos culpa por no poder estar por
ellos, ellos abusan y cerramos el círculo.
Pero es que cuando dicen de ir a una fiesta de compañeros de
clase, pedimos los teléfonos de los padres del anfitrión, de media docena de
padres invitados y de la carnicera que les vende el chóped porque no llegamos a
comprar jamón.
¿Es por precaución? No, si son de la escuela. Es por miedo,
porque como hemos encumbrado a nuestro querubín a lo más alto y divino por
tener altas capacidades y codearse con los dioses del Olimpo, a ver quién serán
esos mortales que lo reclaman.
Antes, el vecino de enfrente podía llamarte e invitar a tu
hijo a jugar. Incluso tu hijo podía decirte que le gustaba estar con ese
venerable anciano que incluso lo formaba a base de historias y anécdotas.
Hoy no nos fiamos, no vaya a ser un pedófilo que viviendo
delante nuestro, venga a reclamar víctimas a la puerta de enfrente.
Y es que no nos fiamos de nadie. Y es lógico. Cuando uno
anda por la calle, solo ves cervicales forzadas leyendo pantallas, y ese
individualismo, ha hecho que perdamos el contacto con los demás.
Que alguien demasiado afectuoso nos parezca que tiene
oscuras intenciones y que los niños ya no sepan como jugar con su compañero de
pupitre.
Y finalmente no se planteen ni el hecho que tanto parque
como hay en la ciudad, está pensado para que jueguen, que se caigan, que se peleen
y se reconcilien y que compartan mocos con los de su estatura.
Porque todo enseña.
Todo eso inmuniza.
Y porque todo eso, nos hizo y los hará humanos.

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