Dicen que cuando te enamoras “te dan alas”.
Mentira.
Las alas no te las dan:
te las imaginas tú.
Las dibujas en tu cabeza con la misma precisión con la que
un niño dibuja un avión sin haber visto jamás uno de cerca.
Con entusiasmo, sí.
Con fe, también.
Con realismo… cero.
Las Alas nacen siempre igual:
en el cruce perfecto entre un gesto bonito y una carencia que te aprieta por
dentro.
Un comentario amable, una mirada que crees que iba para ti, la sensación
absurda de que por fin alguien te ve.
Y claro… ahí empiezas a levantar el vuelo.
Las Alas no son un acto de amor:
son un acto de esperanza.
De ese tipo de esperanza peligrosa que dice “quizá esta vez sí”, mientras la
experiencia te grita por detrás “cállate y siéntate”.
Pero no hacemos caso.
Nunca.
Porque las Alas vienen con un efecto secundario devastador:
✔️ Suben primero las
expectativas,
✔️ luego sube el ego,
✔️ y al final subes tú…
sin saber si hay suelo debajo.
Y ojo, que cuando estás arriba, todo parece fácil.
La persona te parece más interesante, más profunda, más compatible.
Le proyectas virtudes que ni tiene ni ha insinuado.
Le regalas intenciones que no ha demostrado.
Y te convences de que la conexión es mutua, intensa, inevitable y —cómo no—
“diferente”.
La palabra favorita de las Alas es esa:
diferente.
Como si el amor viniera con etiqueta de edición limitada y tú fueras el único
con acceso especial.
Hasta que un día, sin previo aviso, algo se mueve.
Un mensaje tardío, una frase rara, un silencio que no entiendes.
Y notas que las Alas, esas maravillas que te habían levantado el ánimo, ahora pesan.
Molestan.
Rozan.
Crujen.
Y entonces entiendes lo que nadie te explica:
Las Alas no estaban diseñadas para volar.
Estaban diseñadas para caer.
Porque las Alas no son un regalo:
son una ilusión óptica.
Son tu necesidad disfrazada de destino.
Tu imaginación jugando a arquitecta de fantasías.
Tu corazón convencido de que puede desafiar a la estadística, al sentido común
y a todo lo que has aprendido en esta vida.
Pero también te digo algo que quizá no deberías saber:
Las Alas no son malas.
De hecho, son preciosas.
Son lo que hace que sigamos creyendo en nosotros mismos, incluso después de
estrellarnos mil veces.
Son el recordatorio de que aún podemos ilusionarnos, sentir, vibrar…
aunque solo sea un rato.
Las Alas te levantan para que recuerdes que todavía eres
capaz.
Y después, cuando llega la caída, también te enseñan que sigues vivo.
La Rosa te pincha.
Las Alas te elevan.
Falsamente, sí.
Peligrosamente, también.
Pero qué quieres que te diga…
peor sería no levantar el vuelo nunca.
Capítulo 3: La Flecha
(el impacto que no se ve venir).

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