Vistas de página en total

SUSCRIBETE A LOS AUDIOCAFES EN YOUTUBE

☕ Suscríbete a nuestros Audiocafés

¿Hoy no te da tiempo a leer? Aquí tienes todos los textos narrados. No te pierdas ninguna publicación. Un solo clic y ya formas parte de nuestra comunidad en YouTube. Y ES GRATIS!!!

🔔 Suscribirme en YouTube

sábado, 31 de enero de 2026

#34. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 4 — LA LOCURA

 

Hay una fase en toda historia sentimental que nadie quiere reconocer:
la locura.
No la psiquiátrica, no la clínica…
la otra.
La que practican los cuerdos.
La que todos hemos vivido en silencio mientras decíamos en voz alta “estoy bien”.

La Locura empieza siempre igual:
con un pensamiento que se repite demasiado.
Con una frase que no debería importarte pero se te queda pegada.
Con un “no pasa nada” que repites para ver si te lo crees.

Y ya está:
la cosa empieza a oler mal.

Porque la Locura no entra con estruendo.
Entra como el polvo:
sin que te des cuenta,
y de repente está en todas partes.

Un mensaje que tarda.
Una respuesta corta.
Una mirada que no fue como creías.
Y tú, que eras tan fuerte, tan autosuficiente, tan “a mí esto ya no me pasa”…
ahí estás, revisando conversaciones como un arqueólogo emocional.





La Locura es la etapa en la que pierdes el sentido del ridículo.
Eres capaz de hacer capturas de pantalla,
leer entrelíneas que no existen,
consultar oráculos que antes despreciabas
(“si tarda más de 10 minutos en contestar, no le importo” — ciencia pura).

Y lo peor es que lo sabes.
Sabes que estás exagerando,
que estás proyectando,
que estás poniendo romanticismo en acciones tan neutras como un “ok”.

Pero no puedes parar.
Porque la Locura no es falta de control.
Es exceso de esperanza.

Empiezas a comportarte como si tuvieras dieciséis años y no la experiencia de medio siglo.
Y lo odias.
Pero lo haces.
Y lo odias aún más.

La Locura es ese momento en que ya no buscas señales:
las fabricas.

Si responde, bien.
Si no responde, también.
Si tarda, te inquieta.
Si responde rápido, sospechas.
Si está online y no te habla, catástrofe.
Si no está online, tragedia.

Y tú, que eres una persona razonable,
una persona adulta,
una persona con responsabilidades,
te encuentras sometido a una emoción que no pediste
y que no domina nadie… excepto tu propia necesidad.

La Locura te hace perder coherencia.
Te hace interpretar el mundo según tu agujero emocional.
Te hace creer que todo gira en torno a ti
cuando el otro —esa persona que te importa tanto—
posiblemente está haciendo su vida sin pensar en nada de lo que tú imaginas.

La Locura no es estar fuera de control.
Es estar demasiado consciente de que estás perdiendo algo que nunca fue tuyo.

Y ahí, en ese punto exacto donde ya sabes que vas cuesta abajo,
donde notas que la historia se te escapa entre los dedos,
aparece una pregunta que duele solo de pensarla:

“¿Cuándo se me fue de las manos?”

La respuesta siempre es la misma:
cuando quisiste que importara.
Cuando decidiste creer.
Cuando la Flecha entró más profundo de lo que admitías.

La Locura es la etapa final antes del incendio.
La última curva antes de estrellarte.
Ese instante donde ya sabes que vas a caer…
pero sigues avanzando un poco más,
por si el milagro se produce.

La Rosa te engaña.
Las Alas te levantan.
La Flecha te marca.
Pero la Locura…

La Locura te prepara para arder.

Capítulo 5: El Fuego
(el punto donde ya no queda nada que salvar).

 

miércoles, 28 de enero de 2026

#33. LOS NIÑOS YA NO JUEGAN

  

Hace muchos años ya que vengo oyendo aquello que tanto polariza a la gente, que si dónde vas con papa Noel y entregando regalos por Navidad, que aquí siempre hemos sido de Reyes.

Que sí qué es eso de Halloween, aquí es el día de todos los Santos.

Y es que lo cierto, es que poco a poco, y como muchas otras cosas, casi sin darnos cuenta, hemos ido adoptando tradiciones que nos venían de fuera.

Muchas ni tan solo tenemos claro su significado,  –sobre eso un día escribiré algo– pero lo cierto es que nos importa poco, algunas caben perfectamente y algunas otras, un poco de saliva, y para adentro, que ya la haremos caber.

Todo esto ha ido desnaturalizando nuestra forma de ser, como sociedad me refiero, nuestras tradiciones y costumbres, pero tan solo ha sido un paso más.

Un eslabón más de la cadena hacia una pérdida de identidad generalizada que sufrimos en Europa y que probablemente, un día veamos que esa cadena de la que hablo, es la de un ancla, que más tarde o más temprano, nos pegará un tirón y nos arrastrará hacia el fondo.

En resumen, podríamos decir que hay una tendencia a no conservar lo que nos precedió.




Perdemos tradiciones con la misma facilidad con la que hemos perdido valores familiares, y la propia estructura de la familia.

Desde los inicios de los tiempos, los niños han jugado en la calle, hoy si te asomas por la ventana, solo verás gente con mucha prisa hacia ningún lado y otros paseando a sus perros. Porque eso sí, perros que no falten, ¿pero y los niños?

Los niños los tenemos frente a una pantalla. Ya sea el televisor, o un móvil o una Tablet. No importa qué tipo de pantalla. La cuestión es que no molesten.

Y entendedme, que ya sé que una frase así levanta ampollas. Cuando digo que no molesten no es porque un hijo nos suponga un estorbo per sé. Que ya sé que somos todos padres y madres dignos de hacernos un manual y no hago más que escuchar eso de “mis hijos me han cambiado la vida.”

Quizá no hacía falta tanto, sí es cierto que te cambian las prioridades y pones al mocoso de turno por delante de ti mismo, pero tanto como cambiar la vida, no sé yo, quizá alguien ya no tenía vida antes. Eso lo dejo para la reflexión.

La cuestión es que como padres, para vivir y sostener una cierta estabilidad económica, tenemos que trabajar como burros, más allá incluso de horarios y responsabilidades.

No te digo nada si eres autónomo, ahí si que te cambia la vida. Pero claro, eso nos quita tiempo para hacer lo que deberíamos, que es estar con ellos.

Esa panda de chantajistas emocionales, egoístas por defecto y piratas sentimentales consumados que, por ser hijos únicos, la mayoría de ellos, son conscientes que tienen mucho por ganar con tan solo pedir.

Porque la vida les ha sonreído y les ha dado unos padres, que muchas veces no están juntos y eso abre otro filón, y que están más que predispuestos a consentirlos, ya sea por no traumatizarlos o por no tener que oírlos.

Me llegó una anécdota de una mujer que fue a pedir explicaciones a la escuela de su hijo, porque le habían hecho realizar una prueba física, que se trataba de combinar distintas disciplinas durante once minutos de carrera.

Al niño le dio un pasmo, pero la madre. ¡Ay la madre!

No se le ocurre otra cosa que plantarse en la escuela a pedir explicaciones por hacer correr al pupilo de sus ojos.

Señora, que lo han hecho correr en un patio, no por su vida, aunque pareciera que casi la perdía.

Y de ahí empieza buena parte del problema, no digo que todo, pero buena parte. De ese consentir por defecto.

Recuerdo cuando mi hijo era más pequeño e iba a buscarlo a la puerta del colegio. Unos cuantos padres, me habían confesado, así, en confianza, que su hijo era superdotado. ¿a quien estaban criando, al negro de WhatsApp?

De hecho nunca usaban esa palabra, “superdotado,” lo llamaban “con altas capacidades”, porque la primera opción habría resultado casi vulgar

Y hay que tener en cuenta que ellos, como padres, con esas altas capacidades estaban tapando la miserias propias que sufrían, ya no como padres, sino como humanos, y que volcaban alegremente sobre el crío, que seguía totalmente ajeno a ellas.

Y mientras tanto, el niño seguía siendo y haciendo de niño

Y a base de repetir invenciones, las acabamos haciendo reales, e incluso quien las cuenta se las cree, y de ahí a la sobreprotección hay un paso.

Después pasaba lo que pasaba, que el niño suspendía, e incrédulos iban a la profesora a pedirle explicaciones, y claro, la pobre docente no puede decirles su hijo no solo me la lía en clase, sino que además es un tocho, casi tanto como quien se queja creyendo que es un niño de diez.

Queda claro que si no me encaminé para ser profesor de primaria es porque habría dicho exactamente eso y la dirección no me habría aguantado un curso entero.

Pero volviendo al juego de los niños, les llenamos las horas con pantallas por no tener tiempo para atenderlos. Les consentimos y les compramos de todo, pedido y sin pedir.

Porque en el fondo sentimos culpa por no poder estar por ellos, ellos abusan y cerramos el círculo.

Pero es que cuando dicen de ir a una fiesta de compañeros de clase, pedimos los teléfonos de los padres del anfitrión, de media docena de padres invitados y de la carnicera que les vende el chóped porque no llegamos a comprar jamón.

¿Es por precaución? No, si son de la escuela. Es por miedo, porque como hemos encumbrado a nuestro querubín a lo más alto y divino por tener altas capacidades y codearse con los dioses del Olimpo, a ver quién serán esos mortales que lo reclaman.

Antes, el vecino de enfrente podía llamarte e invitar a tu hijo a jugar. Incluso tu hijo podía decirte que le gustaba estar con ese venerable anciano que incluso lo formaba a base de historias y anécdotas.

Hoy no nos fiamos, no vaya a ser un pedófilo que viviendo delante nuestro, venga a reclamar víctimas a la puerta de enfrente.

Y es que no nos fiamos de nadie. Y es lógico. Cuando uno anda por la calle, solo ves cervicales forzadas leyendo pantallas, y ese individualismo, ha hecho que perdamos el contacto con los demás.

Que alguien demasiado afectuoso nos parezca que tiene oscuras intenciones y que los niños ya no sepan como jugar con su compañero de pupitre.

Y finalmente no se planteen ni el hecho que tanto parque como hay en la ciudad, está pensado para que jueguen, que se caigan, que se peleen y se reconcilien y que compartan mocos con los de su estatura.

Porque todo enseña.

Todo eso inmuniza.

Y porque todo eso, nos hizo y los hará humanos.

sábado, 24 de enero de 2026

#32. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 3 — LA FLECHA

 

La Rosa te pincha.
Las Alas te levantan.
Pero la Flecha
la Flecha te atraviesa.

Y no avisa.
No hace ruido.
No pide permiso.
Solo entra.

Ahí, justo donde no sabías que eras vulnerable.

La Flecha es ese momento exacto —exactísimo— en el que te das cuenta de que te importa.
No de que te atrae.
No de que te hace ilusión.
No de que tiene “algo”.

No.
Te importa.
Y eso lo cambia todo.





Nadie teme a La Rosa.
Casi nadie teme a Las Alas.
Pero cuando llega la Flecha…
cuando notas ese golpe seco en el pecho…
ahí empiezas a tener miedo de verdad.

La Flecha llega siempre por una tontería:
una frase que no esperabas,
una ternura que no viste venir,
un silencio cómodo,
una mirada que te desmonta la armadura.

No es grandioso.
No es épico.
Es sutil.
Y por eso funciona.

Porque la Flecha no entra para hacer daño.
Entra para abrirte.
Y cuando te abre, descubres lo peor:

Que estabas más hueco de lo que creías.

Que todo ese “yo estoy bien solo”,
“no necesito a nadie”,
“a mí no me pillan otra vez”…
era una lona mal puesta tapando un agujero del tamaño de un piano.

La Flecha te revela.
Te expone.
Te deja en evidencia contigo mismo.

Y por un instante —uno solo— crees que es maravilloso.
Porque piensas que quizás esto sí,
que quizás esta persona puede quedarse,
que quizá has tenido suerte por primera vez en mucho tiempo.

Pero ahí es donde la Flecha es más peligrosa:
no porque duela…
sino porque te hace creer.

Creer que la historia tiene sentido.
Creer que las coincidencias son señales.
Creer que la otra persona siente lo mismo.
Creer, sobre todo, que esta vez no acabarás sangrando.

La Flecha no busca matarte.
Busca despertarte.
Recordarte que aún puedes sentir.
Recordarte que aún eres vulnerable.
Recordarte que lo que rompiste en el pasado sigue sin arreglar.

Y lo peor no es cuando entra.
Lo peor es cuando intentas sacarla.

Porque no sale.
No del todo.
Y tú tampoco vuelves a ser el mismo.

La Rosa te engaña.
Las Alas te elevan.
Pero la Flecha…
la Flecha te marca.

Te deja un antes y un después.
Y aunque intentes negarlo,
aunque te hagas el fuerte,
aunque jures que no,
cuando la Flecha ha entrado…

ya estás dentro de la historia.

Te guste o no.

Capítulo 4: La Locura
(donde todo empieza a desbordarse).

 

miércoles, 21 de enero de 2026

#31. ADICTOS A LO QUE NO ES

 


Aún hoy llevo una cicatriz que veo a diario

No duele, ya no. Pero ahí está, recordándome una batalla que perdí.

Incluso eso. El hecho de perderla, supuso agrandar esa cicatriz.

Porque era un adicto. Un yonki sentimental de una relación que no debería haber empezado.

Nos empeñamos en mantener relaciones por lo que queremos que sean,
no por lo que realmente son.
Nos enganchamos a una versión imaginaria del otro,
a una promesa,
a un quizá,
a un “cuando mejore todo” que nunca mejora.

Es más, incluso cuando nos sueltan una verdad a la cara, nuestra cabeza se empeña en dar la vuelta a ese argumento para convencernos de nuestra fantasía.

Y así pasan los meses:
convencidos de que el amor es cuestión de insistir,
como si la voluntad pudiera convertir un desierto en océano
o un espejismo en hogar.

Pero no.
La vida no funciona así.
La gente tampoco.



Nos volvemos adictos a lo que no es:
a la ilusión,
al hueco que rellenamos nosotros mismos,
al relato que inventamos para no aceptar la evidencia más sencilla:
que a veces queremos más de lo que nos quieren.
O mejor dicho:
queremos algo que nunca ha existido fuera de nuestra cabeza.

Nos quedamos por nostalgia de un diseño,
no por amor a una realidad.
Porque aceptar que no es —y que nunca fue—
duele más que seguir apostando a una mesa donde siempre perdemos.

Y el problema no es aguantar.
El problema es que, en el proceso, dejamos de vernos.
Nos quitamos capas, ilusiones, autoestima…
hasta que un día miramos al espejo y entendemos que la relación
no se rompió esta mañana:
se rompió la primera vez que preferimos creer
a mirar de frente.

Y aun así seguimos,
adictos a lo que podría ser,
cuando lo único sano sería preguntarnos:
¿qué pasaría si tratáramos de querer lo que sí es…
empezando por nosotros mismos?

Y ahí entran en escena los miedos.

Cuando encontramos a alguien que sí parece ser, y entonces nos aterroriza pensar que eso pueda ser cierto.

Que me esté pasando a mí

Y nos empeñamos en buscar el truco, la trampa, el engaño.

Alzamos los puños y nos defendemos de quien no nos ataca

Incluso atacamos para defendernos

Hasta que es el otro quien, un día, se mira frente al espejo
y decide que es a él a quien se le rompió todo
la primera vez que prefirió creer
a mirar de frente.

Y ahí es donde la historia vuelve a repetirse:
dos personas que se tropiezan en el mismo punto ciego,
cada una sosteniendo sus propias grietas,
sus miedos,
sus expectativas rotas,
sus versiones mejoradas del otro.

Y por un instante parece que todo podría encajar.
Que, quizá esta vez, sí.
Que no cometeremos los mismos errores.
Que no veremos fantasmas donde hay cariño,
ni amenazas donde hay cuidado,
ni trampas donde sólo había alguien dispuesto a quedarse.

Pero las cicatrices son memoriosas.
Demasiado.
Y antes de darnos cuenta, acabamos empujando para no ser empujados,
dudando para no ser heridos,
y marchándonos a medias para no tener que marcharnos del todo.

Hasta que un día entendemos algo que nadie nos había explicado:
que las relaciones, a veces, no fallan por lo que falta,
sino por lo que sobra.
Por la suma de temores invisibles, de viejos naufragios que aún llevamos a cuestas, y de aquel instinto primitivo que nos grita que amar
es un riesgo demasiado grande.

Pero no lo es.
Lo que es grande —lo que asusta, lo que paraliza, lo que nos sabotea—
es la idea equivocada que tenemos sobre nosotros mismos.
La que nació de la herida antigua, de la cicatriz que vemos cada mañana, de aquella versión de nosotros que aprendió a sobrevivir
esperando lo que nunca llegó.

Quizá, al final, no somos adictos a lo que no es:
somos adictos a lo que fuimos cuando aquello no era.
A la inseguridad, a la duda, al miedo de repetir historia.
Y mientras no soltemos eso, cualquier amor nuevo tendrá que luchar contra un fantasma que no le pertenece.

Y ahí, justo ahí, es donde empieza la verdadera pregunta:

¿Seremos capaces de dejar de temer al amor
el mismo día que, por fin, nos encontramos con uno que sí es?

 

Este texto se lo dedico a esa persona frente a la que puedo ser más vulnerable

A quien tanto quise sin que me diera demasiados motivos para ello

Y por quien tanto insistí hasta vaciarme y quedar agotado

A esa persona a quien jamás confesaré esto

Por el riesgo de volver a ser ninguneado, aunque no lo hiciera con mala fe.

 

 


sábado, 17 de enero de 2026

#30. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 2 — LAS ALAS

 

Dicen que cuando te enamoras “te dan alas”.
Mentira.
Las alas no te las dan:
te las imaginas tú.

Las dibujas en tu cabeza con la misma precisión con la que un niño dibuja un avión sin haber visto jamás uno de cerca.
Con entusiasmo, sí.
Con fe, también.
Con realismo… cero.

Las Alas nacen siempre igual:
en el cruce perfecto entre un gesto bonito y una carencia que te aprieta por dentro.
Un comentario amable, una mirada que crees que iba para ti, la sensación absurda de que por fin alguien te ve.

Y claro… ahí empiezas a levantar el vuelo.




Las Alas no son un acto de amor:
son un acto de esperanza.
De ese tipo de esperanza peligrosa que dice “quizá esta vez sí”, mientras la experiencia te grita por detrás “cállate y siéntate”.

Pero no hacemos caso.
Nunca.
Porque las Alas vienen con un efecto secundario devastador:

✔️ Suben primero las expectativas,

✔️ luego sube el ego,

✔️ y al final subes tú…

sin saber si hay suelo debajo.

Y ojo, que cuando estás arriba, todo parece fácil.
La persona te parece más interesante, más profunda, más compatible.
Le proyectas virtudes que ni tiene ni ha insinuado.
Le regalas intenciones que no ha demostrado.
Y te convences de que la conexión es mutua, intensa, inevitable y —cómo no— “diferente”.

La palabra favorita de las Alas es esa:
diferente.
Como si el amor viniera con etiqueta de edición limitada y tú fueras el único con acceso especial.

Hasta que un día, sin previo aviso, algo se mueve.
Un mensaje tardío, una frase rara, un silencio que no entiendes.
Y notas que las Alas, esas maravillas que te habían levantado el ánimo, ahora pesan.
Molestan.
Rozan.
Crujen.

Y entonces entiendes lo que nadie te explica:

Las Alas no estaban diseñadas para volar.
Estaban diseñadas para caer.

Porque las Alas no son un regalo:
son una ilusión óptica.
Son tu necesidad disfrazada de destino.
Tu imaginación jugando a arquitecta de fantasías.
Tu corazón convencido de que puede desafiar a la estadística, al sentido común y a todo lo que has aprendido en esta vida.

Pero también te digo algo que quizá no deberías saber:

Las Alas no son malas.
De hecho, son preciosas.
Son lo que hace que sigamos creyendo en nosotros mismos, incluso después de estrellarnos mil veces.
Son el recordatorio de que aún podemos ilusionarnos, sentir, vibrar…
aunque solo sea un rato.

Las Alas te levantan para que recuerdes que todavía eres capaz.
Y después, cuando llega la caída, también te enseñan que sigues vivo.

La Rosa te pincha.
Las Alas te elevan.
Falsamente, sí.
Peligrosamente, también.
Pero qué quieres que te diga…
peor sería no levantar el vuelo nunca.

Capítulo 3: La Flecha
(el impacto que no se ve venir).

miércoles, 14 de enero de 2026

#29. PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

 


Cada mes de enero repetimos el mismo ritual con una fe casi religiosa:
hacemos listas.
Listas de propósitos, de objetivos, de cambios radicales que —esta vez sí— vamos a cumplir.

Nos miramos al espejo con la solemnidad de quien firma un tratado de paz consigo mismo, y pensamos que basta un calendario nuevo para convertirnos en otra persona.
Porque hay un efecto psicológico en esto: empieza un año nuevo y, mentalmente, aunque no nos guste repasar lo que no hemos hecho del todo bien, el simple hecho de cambiar de año nos da la sensación de empezar una partida nueva, de poner el contador a cero.

¿Os habéis fijado en que es la época del año en que más coleccionables aparecen en televisión? Enero y septiembre —la vuelta de vacaciones— son los meses por excelencia para empezar cosas nuevas.
Parece que todo el planeta se pone de acuerdo para recordarnos que necesitamos reinventarnos.





Pero la verdad es otra, mucho menos épica:
la mayoría de esos propósitos ya han muerto antes del día diez.
Algunos incluso antes del día dos.
Y no pasa nada.

Quizá uno de los mayores autoengaños de estas fechas sea esa absurda obligación de “reinventarnos” de un día para otro, como si la vida fuera un programa de televisión que estrena temporada el 1 de enero.
Y ahí vamos: apuntándonos a gimnasios, comprando agendas imposibles, prometiendo madrugar, jurando amor propio… mientras seguimos siendo exactamente los mismos de siempre, solo que con más sueño.

Yo me di cuenta de esto un fin de año, con mis gatos sentados a mi lado, obligados a comerse las doce uvas y con el sombrerito del cotillón sobre sus cabezas, mirándome con una expresión inequívoca de estar planeando una terrible venganza esa misma noche.
Y pensé: es que a ellos les da exactamente igual todo esto.
Para ellos, mañana será un día más.

Lo curioso es que nunca aprendemos.
Cada año repetimos la escena con el mismo entusiasmo ingenuo con el que un niño abre un regalo ya sabiendo que es ropa.
Y aun así, esperamos un milagro.

Pero mira… yo ya no estoy para milagros.
Estoy para verdades pequeñas.

Y la primera verdad de enero es esta:
los propósitos no fallan porque seamos débiles;
fallan porque están mal diseñados.
Queremos empezar la casa por el tejado cuando ni siquiera hemos preparado el suelo.

Hay propósitos que sobreviven por inercia, sí.
Otros porque realmente nos pican por dentro.
Pero la mayoría…
la mayoría solo son frases bonitas para sentirnos virtuosos y empoderados durante un par de días.

Hay incluso quien le da un toque místico a todo esto y lo escribe en un papel, para después quemarlo o dejarlo en el congelador y así clamar a los entes cósmicos para que intercedan en nuestro propósito.
Pero al final, todo se resume en una ecuación muy simple:
sin hábito, no hay milagro.

Así que este año he decidido cambiar la estrategia:
menos listas y más sentido común.
Menos expectativas y más realidad.
Menos “este año sí” y más “hoy, si puedo”.

Porque, al final, los propósitos que funcionan no son los que escribimos el uno de enero,
sino los que empezamos cualquier martes tonto de marzo sin contárselo a nadie.
Esos en los que el momento no te da más opción que empezarlos.
Cuando ves que todo confabula a tu favor y, de pronto, te cambian el horario dejándote un tiempo libre que antes no tenías…
y ese tiempo te lleva, casi por accidente, a la puerta del gimnasio.

Ahí sí.
Ese es el momento en que debes decir:
"He entrado. Y hasta he sudado."

Y si este año consigo aunque sea uno,
solo uno,
ya me daré por satisfecho.

 


sábado, 10 de enero de 2026

#28. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 1 — LA ROSA

 

Hay un momento —todos lo conocemos— en que alguien nos gusta antes incluso de haber dicho una palabra.

Un gesto, un perfil, una mirada que ni siquiera debería importarnos… y aun así, hace clic.

Y ahí empieza el problema.

Nos gusta creer que somos seres racionales, que nos enamoramos del alma, de la conversación, de los valores.
Pero no:
el primer golpe siempre entra por los ojos.
Una punzada silenciosa que baja hasta el pecho como si fuera una verdad absoluta.

En la antigüedad a eso le llamaban La Rosa.
Yo lo llamo: el primer autoengaño de la temporada.





La Rosa no es un símbolo romántico.
Es un niño travieso que te tira de la manga, te provoca una sonrisa…
y, cuando te despistas, te clava una espina.
No duele al principio —como todas las historias que prometen demasiado—, pero ya te ha marcado.

Y entonces empieza el espectáculo:

✔️ Haces tonterías.

✔️ Te inventas futuros.

✔️ Justificas cosas que nunca justificarías.

✔️ Y crees, contra toda lógica, que esta vez será diferente.

Todo porque te ha gustado, así de simple.
Porque La Rosa va directa al punto débil: la vista, la fantasía, ese deseo infantil de pensar que quizá sí, quizá hoy, quizá ahora.

Nos encanta decir que no somos superficiales.
Mentira.
La superficialidad es un filtro evolutivo:
la cara, la voz, el gesto, la presencia.

La Rosa es eso: atracción pura, primaria, animal.
Y no tiene nada de malo…
hasta que confundimos gustar con conocer,
y deseo con destino.

Porque lo peor de La Rosa no es que alguien nos atraiga.
Lo peor viene después:

Empezamos a ver coincidencias donde solo hay casualidades.
A proyectar virtudes que nadie ha demostrado.
A hablar de “compatibilidad” donde solo hay silencios educados y un par de chispas químicas.
Y a interpretar el primer impulso como una señal del universo, cuando —sintiéndolo mucho— es pura biología con un poco de maquillaje.

La Rosa es efímera.
Y quizá por eso es tan poderosa:
nos vende la idea de que lo delicado merece ser protegido.
Que si dura poco, debe ser valioso.
Y nos lo tragamos con una facilidad aterradora.

Pero no te confundas:
La Rosa no ama.
La Rosa abre la puerta.
Para que después entren las Alas, la Flecha, la Locura…
Todo comienza aquí:
en ese momento ridículo y precioso en que alguien nos gusta sin tener ni idea de quién es.

Y mira si es cabrona La Rosa, que incluso después de mil batallas,
incluso sabiendo lo que viene…

cuando vuelve a aparecer,
volvemos a sonreír.

Porque somos así de ingenuos.
Y porque, en el fondo, todos queremos creer que esta vez —solo esta vez— La Rosa no traerá espinas.

Capítulo 2: Las Alas
(pronto, y vuela alto).

 

miércoles, 7 de enero de 2026

#27. ATRAPADO BAJO EL ALA

* Tal y como os adelanté hace no mucho, empezamos una nueva etapa, y la haremos coincidir con este inicio de año.

Una etapa en la que dejaré atrás categorías, nombres y clasificaciones.

A partir de ahora, los textos simplemente nacerán cuando tengan que nacer:

los escribiré, los dejaré respirar… y los compartiré con todos vosotros

 

ATRAPADO BAJO EL ALA

 

Hay momentos en la vida en que uno toma decisiones que, cuando las toma, no cree trascendentes, pero lo son.

Recuerdo el momento en que, con treinta y muy pocos años, y aún con todo mi cabello en su sitio, decidí afeitarme la cabeza. En aquel tiempo no éramos muchos los que lo hacíamos, y a veces notaba que me preguntaban cómo estaba con cierta preocupación, como si estuviera enfermo.

La barba me costó más; de pequeño me habían inculcado que la gente que la llevaba era porque se escondía tras ella, y yo no tenía nada que esconder. Pero hoy no sabría verme sin ella. O con cabello… qué horror.

Pero un día, un invierno como éste, confesé que siempre me habría gustado poder llevar un buen sombrero.

No una gorra como si tuviera que correr a la tercera base, ni una de lana como si trabajara en el puerto.

Un sombrero.

Y paseando descubrí una tienda junto al Palau de la Música de Barcelona. Antigua, llena de historia, de aquellas cuyos marcos de escaparate tienen sabor a Gaudí y a modernismo.

Y entré.





Ya en su interior, convencido de que sabía exactamente lo que buscaba:
un sombrero “estilo Indiana Jones”, dije,
pero sin parecer un cowboy despistado en plena Barcelona.

Lo dije con seguridad, como quien cree tener el criterio perfectamente definido.

Nunca pensé que un sombrero pudiera desarmarme.

El vendedor me miró con una calma antigua, de esas que sólo tienen los artesanos o los verdugos, y me soltó:

—¿Cuál de los diecisiete modelos que llevaba en la película?

Diecisiete.
Ni uno, ni dos, ni “el típico”.
Diecisiete.

Y ahí, justo ahí, supe que acababa de ser atrapado bajo el ala de algo más grande que yo:
su conocimiento, su oficio, su contundencia.
Mi arrogancia quedó reducida a un murmullo.

De pronto, allí frente a ese hombre y de pie ante el mostrador, me pareció ver cómo las pamelas estallaban en carcajadas desde lo alto de las estanterías, ondulando sus alas como si aplaudieran el chiste.

Los fedoras, más serios y altivos, inclinaban la copa para susurrar la broma a los sombreros de cowboy, que meneaban la cuerda del ala como quien no entiende nada pero ríe para no desentonar.

Y yo, en medio de aquella asamblea silenciosa de fieltros con más personalidad que la mayor parte de los adultos que conozco, me quedé clavado.
Inmóvil.

Absolutamente derrotado ante la contundencia de una sola pregunta que aún resonaba en mi cabeza como un martillazo académico.

Asentí.
Asentí como un alumno que se ha presentado al examen equivocado.
Asentí con la obediencia automática del que se sabe completamente superado por la erudición ajena.

Él iba sacando sombreros con la serenidad de un cirujano que ya ha decidido cuál será el corazón de repuesto, mientras yo seguía diciendo que sí a todo lo que me mostraba:

sí a ese ala ligeramente más corta,
sí a esa copa que no sabía que existía,
sí a esa inclinación “que equilibraba mis líneas faciales”,
sí incluso a un color que jamás habría considerado, pero que él defendía con la autoridad del que conoce el destino de tu cabeza mejor que tú mismo.

Yo asentía porque, en aquel templo del fieltro, mi opinión tenía exactamente el mismo peso que una pelusa caída del forro interior de un sombrero de ceremonia.

Y aun así…
aun así, por primera vez en mucho tiempo,
sentí el extraño alivio de dejar que otro eligiera por mí.

Es más: incluso cuando yo sugería algún modelo, indicándole que me dejara probármelo, aquel maestro del fieltro me miraba con resignación y me ignoraba, dándome a probar aquel que él creía que podía ser el mío.

Cuando por fin me colocó el que él había decidido —porque fue él quien decidió, no yo— noté algo extraño:

no era un sombrero sobre mi cabeza.

Era una versión de mí mismo que no sabía que estaba esperando.
Un yo más recto, más presente, más dispuesto a mirar el mundo desde la sombra elegante de un ala azul marino.

Salí a la calle con él puesto, todavía incrédulo, y descubrí algo curioso:
no me miraban porque llevara un sombrero.

Me miraban porque lo llevaba bien.

Incluso para aquellos que no entienden que sombrero no significa ser octogenario.
Para quien no entienda que hay que llevar lo que a uno le apetece, aunque salga de la norma del rebaño.

Porque no parecía un adorno, sino una declaración.

Atrapado bajo el ala, sí.

Pero quizá, por una vez, atrapado en la mejor versión de mí mismo. 



sábado, 3 de enero de 2026

#26. CAFE VINTAGE - SEXO MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (8 de 8)

 


“Lo que yo te diga” — o cómo mandar a paseo a un sexólogo sin despeinarse

Llegados a este punto —capítulo ocho, café en mano, y ya con medio público excitado o indignado— es momento de reconocer una cosa:

Estoy cansado del señor Kusnetzoff.
Mucho.

No porque sea mal sexólogo —que no lo es—, sino porque su decálogo parece más un intento de rellenar diez puntos que un análisis serio de la sexualidad humana.
Y eso, cariño, cansa.
Cansa como una cita en Tinder que promete y luego no hay química ni para un abrazo.

Así que sí, quedan dos capítulos más en su lista:
“HAY VAGINAS MUY CORTAS” y “LAS MUJERES FUERON CREADAS PARA REPRODUCIR”.
Ya solo los títulos me dan acidez.



En el primero habla de vaginismo, contracciones, espasmos…
Todo cierto, todo clínico, todo explicado como si la sexualidad fuese un manual de fontanería.

En el segundo, que si reproducción, que si hormonas, que si la progesterona…
Que sí, doctor.
Que ya lo sabemos.
Pero entre tú y yo:
explicar el deseo femenino hablando de estrógenos es como explicar el vino hablando del corcho.


Así que aquí empieza la parte que sí importa.

La que no viene del decálogo de nadie.
La que no pretende ser científica ni pedagógica.
La parte humana.
La parte gamberra.
La parte honesta.

Aquí empieza lo que yo te diga.

Cansados de gurús, iluminados y sexólogos de plantilla

Vivimos en una época en la que cualquiera escribe sobre sexo:
sexólogos, psicólogos, influencers, coach espiritual, tarotistas sexuales…
y hasta gente que no ha visto un buen orgasmo ni de lejos.

Y todos repiten lo mismo con palabras distintas.
Todos ponen voz grave.
Todos te hablan de “energía sexual”, de “autoconocimiento”, de “flujo emocional”.

Y mira, cariño…
a veces lo único que hace falta es un cuerpo, ganas, honestidad y un poco de humor.
Y eso es todo.

Porque sí, yo también escribo en la red.
Pero no para dar lecciones.
No soy sacerdote de alcoba.
No soy maestro tantra.
Y no voy a decirte que tus problemas sexuales se solucionan respirando como un búfalo.

Yo escribo lo que escribiría en una terraza con una cerveza.
Lo que diría caminando por el paseo marítimo.
Lo que me permitiría decirte mirándote a los ojos, sin filtres i sense vergonya.

Cerrar los 40 hablando de sexo: tradición personal

Hace años, cuando escribí el texto original, tenía 40.
Hoy lo reviso con unos cuantos más —y mucha más vida encima— y te diré algo:

hablar de sexo sigue siendo obligatorio.
No por morbo.
No por estadística.
Sino porque es el tema más humano y menos entendido de todos.

El sexo no se acaba nunca.
No caduca.
No pierde interés.
Solo evoluciona.

Pero igual que entonces, también hoy decido que no quiero arrastrar el tema más allá de este capítulo.

El sexo da para mucho, sí…
pero yo ya he dicho lo que quería decir.
Con gamberrismo, con ironía y con café caliente.

Lo que vendrá después

Me propusieron que hablara de la ablación de clítoris.
Un tema serio, doloroso, terrible…
y que, si algún día lo escribo, será con el respeto y la crudeza que merece.

No es ahora, ni aquí.
No en este tono.
No en esta serie.

Porque esta serie era de otra cosa:
de desmontar mitos, de reírnos, de mirarnos sin culpa y sin miedo.
Era sexo para humanos reales.
No para forenses.

Después de Navidades volveré con otros temas.
Temas de los míos.
De los que me hacen pensar, sudar, dudar o reír.
De los que me apetece escribir, no de los que “toca”.

Temas que te hagan hacer una pausa, alzar una ceja, o sonreir con aquella  cara de “mira a este cabronazo”.

Y para cerrar la saga…

A todos los que habéis seguido esta serie, os deseo esto:

– una buena salida de año,
– una mejor entrada,
– y que, mientras existan cuerpos, ganas y curiosidad,
que no os falte nunca el deseo.

Porque al final, de todo lo que he dicho en estos ocho capítulos,
si tuviera que quedarme solo con una frase, sería esta:

El sexo no se aprende.
El sexo se vive.

Y yo volveré.
Després de les festes, claro.
Que hasta los gamberros necesitamos vacaciones.