Vistas de página en total

SUSCRIBETE A LOS AUDIOCAFES EN YOUTUBE

☕ Suscríbete a nuestros Audiocafés

¿Hoy no te da tiempo a leer? Aquí tienes todos los textos narrados. No te pierdas ninguna publicación. Un solo clic y ya formas parte de nuestra comunidad en YouTube. Y ES GRATIS!!!

🔔 Suscribirme en YouTube

miércoles, 30 de julio de 2025

ÁGORA - NO TENGO PLANES, ¿Y QUÉ?


Muchas veces, hablando con gente, me doy cuenta que hay una extraña necesidad de llenar los espacios que te da la vida con cualquier actividad, no vaya a ser que alguien te sorprenda diciendo que no tienes nada que hacer.

Por lo visto, socialmente no está del todo bien visto que te tomes un asueto y lo aproveches para no hacer nada, eso nos lleva irremediablemente a que tu existencia tiene más parecido con una ameba que con una persona digna de merecer.

Supongo que como parte de la tiranía en la que nos hemos metido todos voluntariamente, eso que llamamos redes, en la que aireamos alegremente hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas

Podríamos decir que hay una nueva clase de ansiedad moderna que no aparece en los manuales de psicología pero se propaga como epidemia: el pánico a no tener planes. Gente que se enfrenta a un hueco en su calendario con la misma expresión con la que mirarían un diagnóstico médico. “¿Cómo que tengo el sábado libre? ¿Pero libre de qué? ¿Qué se hace con un sábado vacío?”.

Así que corren. Como si fueran a perder el tren de la plenitud existencial. Se apuntan a talleres, rutas, escapadas rurales, clases de cerámica japonesa o cenas con gente que en realidad les da igual, pero que queda bien tener en el radar social. Todo con tal de no quedarse quietos. Porque quedarse quieto, hoy, equivale a algo parecido a estar muerto, es más, hasta te lo preguntan abiertamente, ¿eres de quedarte en casa? Porque yo no, eh? Yo no paro en todo el fin de semana. Que puede estar muy bien, no lo criticaré, allá cada uno con cada cual, pero ¿dónde ha quedado aquello del famoso equilibrio? Sal, diviértete, haz actividades, sí, pero date un rato, unas horas, un día para ti, para estar contigo, para pensar en todo sin profundizar en nada, o simplemente no pensar (cosa para la que los hombres tenemos cierta facilidad), pero eso asusta.

Y es que vivimos en una época donde la peor imagen que uno puede dar es la de estar sin nada que hacer. Parece sospechoso. Indica que no tienes vida, o lo que es peor: que no tienes contenido. Porque ya no se vive para vivir, se vive para subir. Si no hay stories, si no hay check-in, si no hay selfie con fondo bonito y cara de “disfrutando lo simple”, entonces ¿realmente ocurrió?


El ocio, ese viejo derecho del ser humano a desconectar, se ha convertido en una especie de deber con KPI. Ya no vale descansar: hay que hacer cosas interesantes con el descanso. No puedes simplemente quedarte en casa leyendo, no señor. Tienes que leer desde una cafetería con estética industrial, con taza de diseño, ventana grande y café espumado por solo siete euros y medio. Y preferiblemente en otro país.

¿Y por qué esta necesidad de movimiento constante? Fácil: porque todos hemos comprado una mentira muy útil para el sistema: creernos de clase media. Y ojo, lo digo con cariño, porque todos caemos. Aunque el sueldo apenas alcance para pagar el alquiler y la cuenta del supermercado parezca redactada por un guionista de terror, seguimos actuando como si fuésemos personajes de una serie sueca sobre jóvenes profesionales con vidas funcionales y apartamentos con plantas sanas.

Pero seamos sinceros: no somos clase media, nos han dado herramientas para poder parecerlo, nos han dejado pedir dinero para irnos a lugares tan lejanos, que si te pasas de largo ya estás sin querer, dando la vuelta. Somos clase trabajadora con Wi-Fi rápido. Eso sí, con necesidad de aparentar una vida tan plena y equilibrada como la que prometen los anuncios de yogures bio. Y parte de ese teatro es demostrar que tenemos “experiencias”. Que vivimos. Que no paramos. Aunque estemos agotados.

La verdadera raíz del asunto no es solo social, sino existencial. Porque cuando no hacemos nada, cuando se apagan las notificaciones y no hay viaje planeado ni reunión pendiente, ocurre lo temido: nos quedamos a solas con nosotros mismos, o incluso peor, con nuestra pareja, marido, mujer o lo que cada uno tenga. Conozco alguna pareja, por supuesto felizmente casada desde hace no sé cuantos años, como mandan los cánones, que en lugar de hacer cosas juntos, ella no suelta el portátil mientras él llena la casa de invitados para comer, cenar y lo que convenga. Todo por no quedarnos uno frente al otro.

Y es que ese es el momento más incómodo. No por aburrido, sino porque ahí asoman las preguntas difíciles. ¿Estoy feliz con mi vida? ¿Esto es lo que quiero? ¿Qué me hace ilusión de verdad? ¿Por qué siempre vuelvo a las mismas relaciones rotas, a los mismos ciclos, a las mismas excusas? ¿Quién es este? ¿y ahora qué le digo sin que suene a discusión?

Ese tipo de preguntas no caben en una publicación de Instagram, y rara vez tienen una respuesta inmediata. Por eso hay que huir. Y la huida moderna favorita es llenar el tiempo con cosas que parecen importantes pero no lo son: cursos online que no terminamos, escapadas que se olvidan al volver, experiencias que se viven a través del móvil antes que del cuerpo. Eso sí, el lunes me faltan horas para contar a quien trabaja con uno las maravillas de la escapada de fin de semana o de la cena en aquel restaurante bengalí-vegano-de autor-diseño feng-shui y de verduras deconstruidas y espumas de “sablazo” en la cuenta, donde además durante los postres te dan un espectáculo circense con focas y leones incluído. Tenéis que ir….

Propongo algo escandaloso: hagamos nada. En serio. Practiquemos el noble arte de perder el tiempo sin culpa ni provecho. Un fin de semana sin planes, sin desplazamientos, sin productividad, sin redes. Qué idea tan subversiva. Qué contestatario y rebelde me he vuelto, ¡a ver de qué me hablo!. Pero qué lujo.

¿Que da vértigo? Claro. Estar en silencio interno es como ir al dentista emocional: nadie quiere, pero hace falta. ¿Y si en ese silencio descubrimos que no necesitamos hacer tanto? ¿Y si nos basta estar, sentir, descansar, aburrirnos incluso?

El problema no es el viaje ni el plan en sí. El problema es que hemos hecho de ellos una anestesia para no sentir la vida tal cual es. Tal vez no hace falta más ruido, más movimiento, más simulación. Tal vez hace falta un sofá, un domingo, una pausa, sin necesidad de batir el récord de capítulos vistos de series que ni tan solo habías oído hablar. Y cero necesidad de contárselo a nadie.

Aunque claro, igual todo esto que digo lo escribo para no tener que pensar en mis propios demonios. Los tengo, vaya si los tengo, algunos más grandes y peleones que otros, como todo el mundo, intuyo, pero los llevo con correa y bozal, y los saco a pasear esos días que NO quiero quedar con nadie, esos días que me reservo para mi, para observar el mundo que me rodea, la gente como pasea, las parejas como no se hablan durante horas en una terraza de un bar. Pero bueno, al menos no me fui a Katmandú solo para poder poner “último respiro antes de volver a la locura del día a día” como pie de foto en esas redes que ni tan solo tengo.

 




miércoles, 23 de julio de 2025

ÁGORA - ME ENAMORÉ DE MI ROOMBA

 

No hace mucho estuve viendo algunos videos sobre las ferias que se celebran en China y otras ciudades del mundo, sobre el nivel tecnológico que está asumiendo la industria de la robótica. Más allá de la robótica industrial, que más o menos la tenemos todos asumida, lo que quizás llamaba la atención a todos los asistentes y a mí mismo, era la progresión geométrica que están teniendo los robots humanoides enfocados a la asistencia y compañía de humanos.

Me parecieron muy aplaudibles algunas versiones, asistencia a médicos, asistencia al hogar, asistentes para mayores de edad y un largo etcétera que va en aumento cada día que pasa. Pero hay una variante, que como era de esperar, va por delante de todas las demás y no es que te asistan, es que te suplen.

La versión moderna y mecanizada de la clásica muñeca hinchable ya está aquí. Robots humanoides con funciones sexuales, aunque te lo pretendan vender como un artilugio anti-soledad o de compañía sin dar explícitamente los pormenores de todas sus funciones. Pero claro está, que si le pones tetas y una vagina con siliconas quirúrgicas para emular al máximo posible el tacto de la piel humana y te explican que es de fácil limpieza, es porque vas a intentar ensuciarla.

Dentro de todo lo criticable que puede ser esto, e intuyo que ahora mismo, la parte del público que esté leyendo esto y desconocía estas funciones, deben estar antorcha en mano pidiendo cabezas, es cierto que tiene parte de atractivo el hecho que tengas a alguien con quien puedas interactuar, hablar y que llene un espacio en tu casa, y más si te da respuestas más o menos coherentes basadas en todo el conocimiento que pueda haber en la red, hasta ese punto hasta yo me plantearía tener un cacharro de estos, aunque probablemente lo dejaría con un aspecto asexuado. Pero el problema radica, más allá de que intentes “zumbarte” a esa amalgama de cables y chatarra, a la suplantación de la compañía humana por una robotizada.

Soy consciente que, como soltero recalcitrante que soy, que las relaciones interpersonales a veces son complicadas, que nunca acabas de ver venir al otro, que a veces las expectativas o lo que se supone que el otro debería saber sin necesidad de decírselo, complican y mucho el día a día de una pareja y conforme pasan los años y vas acumulando años de soltería, la cosa se va agravando.

Siempre he defendido que una relación de pareja, o sin pareja, simplemente una relación entre dos personas, debe partir desde la aceptación, si asumes que la otra persona se ha criado en circunstancias distintas a las tuyas, y entenderemos lo de criarse como experiencia vital, puedes aceptar mucho antes y mejor las diferencias que pueda haber. Si asumes que la otra persona lleva unas gafas, con las que mira al mundo, de otro color, podrás entender que no haga ni diga las cosas como uno mismo. Pero no, la gente no acepta, la gente espera, crea expectativas y asume que tiene que ser todo perfecto en este mundo de inmediatez e imagen fugaz, y si no es así, que te aguante tu prima. Y así nos pasan los años a la misma velocidad que se nos vacía el bote de la paciencia.

Ahí es cuando de pronto, aparece un artilugio mecánico, al que además le han puesto melena rubia, aunque a veces podrías emplazar algunas versiones en una esquina haciendo girar su bolso, y que además no te discute,  no te contesta, no te dice que este fin de semana tendríamos que colgar una estantería, cuando sabes que te está diciendo coge tú el taladro e infinidad de pretextos más que podríamos encontrar a favor y en contra de lo que, personalmente me resulta una caída en barrena.

Aquí no estamos cuestionando que puedas ser un devoto de los últimos avances tecnológicos y que del mismo modo que corres a comprar el último modelo de cualquier electrodoméstico por el hecho de ser el último, aquí estamos hablando de otra cosa. Aquí hablamos de sustituir la parte que nos puede incomodar de otro ser humano, por alguien que siempre dirá que sí, alguien que jamás tendrá un cansancio ni se mostrará indispuesto para hacer lo que le pidas, es más, jamás te dirá una cosa cuando quiere decir otra, ni tendrá enfados que te cuestan entender ni discusiones sobre tal o cual motivo. Estará siempre ahí, en silencio, esperando a que le digas ven, di o haz.

Pese a que me reconozco como un amante de la tecnología, por sus avances, no porque pretenda acostarme con ella, hay ciertas facetas de mi vida en las que me considero muy analógico y sin duda, una de ellas es en el trato con el resto personas que me rodea. Creo que, en este aspecto, quien sucumbe a los encantos de esos silencios y esa predisposición eterna para servirnos, olvida un importante y gran detalle, es posible que la interacción con estas máquinas no contemple la opción de romperte el corazón, pero sus algoritmos jamás llegaran a él, con lo que eso que podemos llegar a nombrar como relación, será solo una simulación más o menos lograda.

Más allá de esta circunstancia, hay otro factor que supongo que no se ha planteado todavía por parte de quien sea o quiera ser usuario de esos inventos, y es que ¿se ha planteado alguien cuánto vamos a tardar como humanos en acabar hartos de tanto servilismo? Porque en el mundo que vivimos hoy, si en cuanto pasamos tres fines de semana seguidos sin tener un plan maravilloso que rompa con nuestro día a día y nos de un “chute” de dopamina, ya empezamos a plantearnos lo muy destructivas que son las rutinas,  imaginad lo que podemos tardar en detestar a alguien (y ya digo alguien personalizándolo) que si no hablas no responde, alguien que jamás va a tomar una iniciativa y que igual que las supuestas Inteligencias Artificiales que usamos, su ultima respuesta siempre va a ser, si puede ayudarte en algo más.

A mí personalmente me exaspera solo de pensarlo, así que una de dos, o esperamos que instalen algoritmos que doten de complejidad y cierta contradicción a esos aparatos para que nos olvidemos momentáneamente que les podemos cambiar la cara cada quince días, o pasadas pocas semanas los vamos a dejar desconectados y encerrados en un armario junto a las escobas mientras volvemos a abrirnos un perfil en Tinder.

 



miércoles, 16 de julio de 2025

ÁGORA - ANALFABETOS FUNCIONALES

 

Sabes leer, pero no entiendes lo que ven tus ojos. Sabes escribir, pero no transmites nada. Hablas pero sin orden ni concierto y llenas tus frases de coletillas y palabrejas como “en plan”, “obvio”, “tocho”, “mazo”. Felicidades: eres funcional, no pensante.

¿Qué es un analfabeto funcional o escolarizado? No es un concepto que haya inventado yo, ni mucho menos. El concepto de analfabeto funcional surgió a mediados del siglo XX como una forma de describir a personas que, a pesar de tener cierto nivel de alfabetización (saber leer y escribir), carecen de las habilidades necesarias para desenvolverse eficazmente en la vida cotidiana. Este concepto se diferencia del analfabetismo absoluto, que se refiere a la incapacidad total de leer y escribir. 

Como en la mayoría de cosas que como sociedad y como individuos nos van ocurriendo, esto no se origina por una sola causa, de hecho hay multitud de variables que han propiciado que lleguemos a este punto. Y quede claro que cuando hablo de llegar, no lo digo en sentido que hayamos recorrido un camino hacia delante, más bien al contrario, el camino es y ha sido de vuelta.

Hace unos años, no demasiados, 30 ó 40 años a lo sumo, la sociedad y por ende cada individuo, no aceptaba bajo ningún concepto que alguien hiciera gala de su falta de comprensión lectora, y mucho menos que alguien presumiera de no haber abierto un libro en su vida, inmediatamente era visto como algo negativo, y habría levantado todo tipo de comentarios y desagravios, tanto por no haberlo hecho, como por el irreverente acto de hacer gala de ello. Hoy no te diré que ocurre lo contrario, porque aún campa a sus anchas cierta vergüenza torera que le impide a mucha gente confesar algo así en público, pero si que van apareciendo, y van proliferando, cierto número de personajes que no tienen ningún reparo a la hora de soltar a los cuatro vientos que no sabrían cómo coger un libro ni donde tiene el botón de encendido.

Es cierto que en generaciones anteriores, no muchas, había aún un porcentaje de la población que no había tenido los medios ni la oportunidad de escolarizarse, y muchos de nosotros aún puede contar que tuvo ese familiar o ese otro que no supo nunca leer ni escribir. Los nacidos en los 60 y 70 nos quedamos sin excusas. Tuvimos acceso a una educación suficiente. El sistema, todavía respaldado por la autoridad docente, nos sacaba de la etapa obligatoria con una base sólida. Más allá del interés posterior por abrir un libro, esa estructura funcionaba.



Pero conforme fueron apareciendo nuevas generaciones y fueron cambiando los sistemas educativos, algo que en esta España se convirtió en arma política y por tanto, cada cambio de gobierno significaba un cambio de sistema, esa autoridad que recaía en los profesores fue desapareciendo, el sistema permitió cada vez más que alguien no tuviera una base general aceptable, en favor de una supuesta especialización en materias concretas o simplemente en pro de un resultado grupal, hasta el punto en que desaparecieron las pruebas, las calificaciones y los exámenes, y con ellos, la competencia, el esfuerzo y los motivos para esforzarse.

Sé que si algún docente está leyendo esto, ahora mismo estará maldiciendo mis huesos, y no les quito razón, tampoco es culpa de los profesores, a quienes se les ha arrebatado toda autoridad e incluso el respeto que infundían antaño.

Todo esto ha sido progresivo, no es de un día para otro, y aquí podría lanzar mis teorías más conspiranoides sobre el adoctrinamiento del rebaño y el control social, pero hoy no trata de eso, por muy vinculado que pueda estar. Pero viendo algunos ejemplos que se convierten en noticia, como señores letrados que cuando redactan sus alegaciones no saben diferenciar entre “a ver “ y “haber”, o universitarios que entregan trabajos puntuables sin tener ni tan solo el cuidado de eliminar la recomendación final de chatgpt, uno empieza a hacerse preguntas sobre lo que está pasando.

En general, la lectura, que había llegado a ser un distintivo social y que desde la clase más pudiente a la más humilde había tenido siempre claro que enriquecía y alimentaba el alma, ha pasado a ser un mero trámite, un mal necesario para conseguir sacar una nota o dar una respuesta, pero que en cuanto un texto acumula más de media página ya resulta una barrera infranqueable para muchos en el peor de los casos, y en el mejor, quien se arranca a leerla, no entiende lo que sus ojos van descifrando.

Aún persiste la idea que un título universitario implica cierta sabiduría, aún hay quien delega el conocimiento al resultado de una prueba y quizás sea cierto que en algunas carreras muy técnicas, la universidad sea la fuente de ese conocimiento, pero eso no da una cultura general ni una capacidad para cuestionar el mundo que nos rodea y para mí, esa es la clave de todo.

Sin pensamiento crítico no hay protesta, ni oposición a quien nos rige o ante cualquier brete en el que nos ponga la vida. Si no tenemos un punto de vista formado sobre el mundo que nos rodea y lo que pasa en él, es imposible que nos rebelemos, que protestemos o que simplemente podamos discutir cualquier tema. Echo de menos los debates, por el placer de debatir, de contrastar ideas y de no llegar a convencer a nadie, ya que no era el objetivo, por el contrario hoy, ante una opinión que escape mínimamente del discurso oficial o bien del mayoritario, lo más probable es que se provoque el enojo inmediato de quien escucha esa opinión divergente. Porque al rebaño no le interesa profundizar, no se encuentra necesario porque la sociedad pide, reclama y exige inmediatez en todo y si algo no puede ofrecer un debate o un libro, es esa premura. A nuestro cerebro le gusta nutrirse a fuego lento, ir acumulando palabras, conceptos e ideas poco a poco hasta haber acumulado lo suficiente como para que un concepto se hilvane a otro y se nos haya creado una capacidad de elaborar conceptos propios basados en lo aprendido.

En cambio, hoy es todo mucho más visual, más rápido, más de impacto. Todo se basa en una foto de perfil, una publicación de segundos o una opinión que se hace viral, y el problema al final no es esa inmediatez en sí, sino el haber llegado a no cuestionar nada y tomar como verdad eso que nos llega hecho por el simple hecho de ser compartido muchas veces.

No pretendo decir que deberíamos ser todos expertos en multitud de temas, ni tan solo en los de más rabiosa actualidad, pero podría lanzar una pregunta sobre a quién hemos considerado “los buenos” o “los malos” sobre algún tema actual y pronto veríamos si hemos sido capaces de cuestionar el discurso que nos llega habiéndolo dado por bueno.

Ya no entro en sutilidades más avanzadas, como la interpretación de una frase irónica, de un sarcasmo o de un doble sentido. A veces, manteniendo según qué charlas, ante algún argumento que difiera de ese discurso mayoritario, he recibido alguna respuesta tipo “mejor no quiero saber” o “todo eso es muy complicado”, algo que a cualquier pseudo-tertuliano puede dejar en shock en segundos.

Es respetable, como casi todo, tampoco pretendo liderar ninguna campaña ni deambular por el mundo salvando almas, pero a veces supone un jarro de agua fría ver como el discurso mayoritario, por no decir oficial, arrastra a tanta gente e intentar, ya no ir a contracorriente, sino retirarse un poco hacia la orilla acaba siendo agotador.

No tengo más razón que nadie, no creo tener ni tan solo la verdad, no creo que haya una sola, pero sí puedo decir que me planteo cosas, que la curiosidad me puede y que cuando me llega información, me sugiere preguntas en cuanto trato de saber qué me están contando las palabras que leo, incluso los silencios que hay entre ellas.

 

 


 

ÁGORA - CARTA A MI YO DE 18 AÑOS

Querido yo,

Supongo que estas letras te sorprenderán tanto como a mi, no siempre uno tiene la opción de hablarse a sí mismo y menos cuando uno de los dos viene con parte del viaje aprendido.

Hace muchos años ya, lo que hoy debe ser tu presente, que caes una y otra vez en las mismas trampas. Esas que tu mismo te pones con todo el ímpetu y con tan poco criterio.


No deseo convertir esto en una reprimenda, tan solo en una charla en la que podamos cruzar las miradas y que a continuación siga cada uno con su camino. a fin de cuentas somos obstinados, nos conocemos bien, pero también sé que involucrarme o interceder en tus actos sería prácticamente mi suicidio, tan solo soy el producto de lo que has venido siendo.

Podría hablarte de aquella mujer, de aquella casa, aquel trabajo o de aquel viaje que aún no has hecho, pero ¿de qué serviría? ¿Cómo decirte no vaya por ahí? o ¿no frecuentes tal lugar?, no te imaginas cuánto aprendí de todo eso que has lamentado y de lo que te puede quedar por llorar y reír.

Esta carta es tan solo un ápice de esperanza, un consejo que te dé tranquilidad para saber que al final salimos adelante, que finalmente aprendemos de lo mejor y de lo peor y que seguimos en pie, tras los años y pese a los daños.

Me despido de ti, y por ende, de mí mismo y espero tener la oportunidad de poder escribir a nuestro yo de dentro de veinte años, sí aún anda por ahí....