Muchas veces,
hablando con gente, me doy cuenta que hay una extraña necesidad de llenar los
espacios que te da la vida con cualquier actividad, no vaya a ser que alguien
te sorprenda diciendo que no tienes nada que hacer.
Por lo visto,
socialmente no está del todo bien visto que te tomes un asueto y lo aproveches
para no hacer nada, eso nos lleva irremediablemente a que tu existencia tiene
más parecido con una ameba que con una persona digna de merecer.
Supongo que
como parte de la tiranía en la que nos hemos metido todos voluntariamente, eso
que llamamos redes, en la que aireamos alegremente hasta el más mínimo detalle
de nuestras vidas
Podríamos decir
que hay una nueva clase de ansiedad moderna que no aparece en los manuales de
psicología pero se propaga como epidemia: el pánico a no tener planes. Gente
que se enfrenta a un hueco en su calendario con la misma expresión con la que
mirarían un diagnóstico médico. “¿Cómo que tengo el sábado libre? ¿Pero libre
de qué? ¿Qué se hace con un sábado vacío?”.
Así que corren.
Como si fueran a perder el tren de la plenitud existencial. Se apuntan a
talleres, rutas, escapadas rurales, clases de cerámica japonesa o cenas con
gente que en realidad les da igual, pero que queda bien tener en el radar
social. Todo con tal de no quedarse quietos. Porque quedarse quieto, hoy,
equivale a algo parecido a estar muerto, es más, hasta te lo preguntan
abiertamente, ¿eres de quedarte en casa? Porque yo no, eh? Yo no paro en todo
el fin de semana. Que puede estar muy bien, no lo criticaré, allá cada uno con
cada cual, pero ¿dónde ha quedado aquello del famoso equilibrio? Sal, diviértete,
haz actividades, sí, pero date un rato, unas horas, un día para ti, para estar
contigo, para pensar en todo sin profundizar en nada, o simplemente no pensar
(cosa para la que los hombres tenemos cierta facilidad), pero eso asusta.
Y es que
vivimos en una época donde la peor imagen que uno puede dar es la de estar sin
nada que hacer. Parece sospechoso. Indica que no tienes vida, o lo que es
peor: que no tienes contenido. Porque ya no se vive para vivir, se vive para
subir. Si no hay stories, si no hay check-in, si no hay selfie con fondo bonito
y cara de “disfrutando lo simple”, entonces ¿realmente ocurrió?
¿Y por qué esta
necesidad de movimiento constante? Fácil: porque todos hemos comprado una
mentira muy útil para el sistema: creernos de clase media. Y ojo, lo
digo con cariño, porque todos caemos. Aunque el sueldo apenas alcance para
pagar el alquiler y la cuenta del supermercado parezca redactada por un
guionista de terror, seguimos actuando como si fuésemos personajes de una serie
sueca sobre jóvenes profesionales con vidas funcionales y apartamentos con
plantas sanas.
Pero seamos
sinceros: no somos clase media, nos han dado herramientas para poder parecerlo,
nos han dejado pedir dinero para irnos a lugares tan lejanos, que si te pasas
de largo ya estás sin querer, dando la vuelta. Somos clase trabajadora con
Wi-Fi rápido. Eso sí, con necesidad de aparentar una vida tan plena y
equilibrada como la que prometen los anuncios de yogures bio. Y parte de ese
teatro es demostrar que tenemos “experiencias”. Que vivimos. Que no
paramos. Aunque estemos agotados.
La verdadera
raíz del asunto no es solo social, sino existencial. Porque cuando no hacemos
nada, cuando se apagan las notificaciones y no hay viaje planeado ni reunión
pendiente, ocurre lo temido: nos quedamos a solas con nosotros mismos, o
incluso peor, con nuestra pareja, marido, mujer o lo que cada uno tenga.
Conozco alguna pareja, por supuesto felizmente casada desde hace no sé cuantos
años, como mandan los cánones, que en lugar de hacer cosas juntos, ella no
suelta el portátil mientras él llena la casa de invitados para comer, cenar y
lo que convenga. Todo por no quedarnos uno frente al otro.
Y es que ese es
el momento más incómodo. No por aburrido, sino porque ahí asoman las preguntas
difíciles. ¿Estoy feliz con mi vida? ¿Esto es lo que quiero? ¿Qué me hace
ilusión de verdad? ¿Por qué siempre vuelvo a las mismas relaciones rotas, a los
mismos ciclos, a las mismas excusas? ¿Quién es este? ¿y ahora qué le digo sin
que suene a discusión?
Ese tipo de
preguntas no caben en una publicación de Instagram, y rara vez tienen una
respuesta inmediata. Por eso hay que huir. Y la huida moderna favorita es
llenar el tiempo con cosas que parecen importantes pero no lo son: cursos
online que no terminamos, escapadas que se olvidan al volver, experiencias que
se viven a través del móvil antes que del cuerpo. Eso sí, el lunes me faltan
horas para contar a quien trabaja con uno las maravillas de la escapada de fin
de semana o de la cena en aquel restaurante bengalí-vegano-de autor-diseño feng-shui
y de verduras deconstruidas y espumas de “sablazo” en la cuenta, donde además
durante los postres te dan un espectáculo circense con focas y leones incluído.
Tenéis que ir….
Propongo algo escandaloso: hagamos nada. En serio. Practiquemos el noble arte de perder el tiempo sin culpa ni provecho. Un fin de semana sin planes, sin desplazamientos, sin productividad, sin redes. Qué idea tan subversiva. Qué contestatario y rebelde me he vuelto, ¡a ver de qué me hablo!. Pero qué lujo.
¿Que da
vértigo? Claro. Estar en silencio interno es como ir al dentista emocional:
nadie quiere, pero hace falta. ¿Y si en ese silencio descubrimos que no
necesitamos hacer tanto? ¿Y si nos basta estar, sentir, descansar, aburrirnos
incluso?
El problema no
es el viaje ni el plan en sí. El problema es que hemos hecho de ellos una
anestesia para no sentir la vida tal cual es. Tal vez no hace falta más ruido,
más movimiento, más simulación. Tal vez hace falta un sofá, un domingo, una
pausa, sin necesidad de batir el récord de capítulos vistos de series que ni
tan solo habías oído hablar. Y cero necesidad de contárselo a nadie.
Aunque claro,
igual todo esto que digo lo escribo para no tener que pensar en mis propios
demonios. Los tengo, vaya si los tengo, algunos más grandes y peleones que
otros, como todo el mundo, intuyo, pero los llevo con correa y bozal, y los
saco a pasear esos días que NO quiero quedar con nadie, esos días que me
reservo para mi, para observar el mundo que me rodea, la gente como pasea, las
parejas como no se hablan durante horas en una terraza de un bar. Pero bueno,
al menos no me fui a Katmandú solo para poder poner “último respiro antes de
volver a la locura del día a día” como pie de foto en esas redes que ni tan solo tengo.

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