Cuando
nos emparejamos con alguien, ya sea carnal o sentimentalmente, siempre hay
detrás un ánimo de beneficio.
No
importa si esa relación acaba convirtiéndose en un matrimonio, una relación
“formal” o solo dura una noche. O si lo que propicia esa relación es un
calentón de una noche o un acto de amor sincero, aunque no desinteresado.
Y
entendedme, antes de que ardáis encolerizadas portando la bandera del
desinterés.
No
me estoy refiriendo a que nadie se haya casado por conveniencia, que las habrá,
pero aunque solo sea porque dos llegan más lejos que uno solo, ya hay un
interés implícito en ello.
O
el simple, puro y digno hecho que, nuestra recompensa sea que nuestra pareja
nos gratifique sentimentalmente como nosotros creemos que le gratificamos.
El
problema, ya sea en un matrimonio o durante una noche loca, es que cuando
creemos que no somos debidamente recompensados, “se corta el rollo” o se acaba
el amor.
Surge
una falta de compensación, la balanza se cae hacia uno de los lados y de pronto
nos sentimos estafados y poco valorados.
Esto
siempre sucede así, por lo que definir la prostitución como la búsqueda de un
beneficio a cambio de un encuentro carnal, supone simplificarlo en exceso y
resulta insuficiente bajo mi punto de vista, e injusto para definir una
conducta tan antigua.
Y
supongo que para los más moralistas, sería una explicación demasiado ambigua y
escasa, ya que en ese caso, encontraríamos ejemplos hasta debajo de las
piedras. Y no me refiero a los pingüinos del escrito anterior.
La
prostitución es algo tan antiguo que podríamos decir que, tanto para humanos
como para el resto de animales, lo llevamos en la sangre, incluso inscrito en
nuestra cadena de ADN, por lo que deberíamos haberlo normalizado hace mucho
tiempo.
Pero
cuando entramos a definir exactamente en qué consiste, nos asaltan las
valoraciones morales. Y empezamos a clasificar conceptos y encumbrar unos para
demonizar otros.
Así
pues, en nuestra cultura, casarse puede ser una actividad digna y moralmente
aceptable, mientras que practicar sexo por dinero, no lo es, cuando tanto una
opción como otra, implican irremediablemente una demanda de beneficio.
Sé
que todos estos conceptos son polémicos, principalmente esa búsqueda de
beneficio pero, (y el orden en que lo digo aquí importa mucho) ¿Quién no ha
caído en la trampa al definir a un posible nuevo novio o novia, como guapo,
atento, simpático, y además “estar forrado de pasta”?
Nuestra
misión en este planeta es hacer perdurar la especie, aunque últimamente hayamos
perdido eso de vista, así que siempre iremos a escoger a la pareja con mejores
atributos para garantizar la preservación de nuestra prole. Eso es algo que sí
está en nuestro ADN.
Son
conceptos antagonistas. La prostituta al contrario que la esposa, es claramente poliándrica por definición, o
sea que se ofrece a muchos hombres. Por lo que podríamos decir que la meretriz
es improductiva en ese aspecto, ya que se entrega sin ningún ánimo de
reproducción.
Pero
siguiendo con la definición, lo que verdaderamente es intrínseco al lenocinio
(y por favor, paradme con las palabrejas, porque no siempre tengo opción a
usarlas y me vengo arriba), no sería el hecho de ofrecer placeres sexuales a
cambio de una recompensa, sino que ésta, sea económica y que estén directamente
relacionadas, prestación con retribución.
Y
con este último párrafo, acabo de salvar alguna que otra dignidad, porque en su
tradicional dicotomía entre putas y santas, quedan a salvo de muchas e
incómodas ambigüedades.
Pero
de esto, y de la necesidad que esa relación entre prestación y retribución sea
estricta, os hablaré más adelante.
Los
estudiosos del tema, suelen fijar el origen del fornicio retribuido en las
actividades de las antiguas sacerdotisas, llamadas Hieródulas.
Antes
de eso, naturalmente ya existían, pero no tal y como lo hemos definido.
Aquí,
los intercambios eran más parecidos a un trueque en especies o una actitud
meramente hospitalaria. La esposa, la hermana o la hija, eran entregadas al
huésped en señal de acogimiento, algo que el recién llegado agradecía con algún
bien al anfitrión.
Las
hieródulas y los hieródulos, que también los había, eran personas consagradas
al mantenimiento del templo. Podían ser esclavos o ciudadanos libres,
entregados devotamente a la hierogamia, que para los de ciencias diré
que significa estar casados con lo sagrado.
Entre
sus funciones y sobre todo en áreas de Oriente Medio, de Anatolia a
Mesopotamia, se incluía la de acoger sexualmente al piadoso forastero a cambio
de una dádiva.
Además,
las sacerdotisas también recibían un donativo, que pasaba a engrosar las arcas
del santuario.
No
se sabe con exactitud, pero hubo un momento en que los responsables de los
templos, vieron que estas actuaciones podían reportarles pingües beneficios
económicos. Así que establecieron unas tarifas más o menos fijas para la
prestación de estos sagrados servicios.
Y
de este modo, la regulación y cuantificación de esas limosnas, dieron inicio a
lo que hoy entendemos como prostitución.
Mientras
que en Occidente esa práctica no tuvo demasiada relevancia y solo está
documentada en lugares muy concretos como Chipre o Corinto, la cultura romana
sí mantenía ciertas celebraciones dedicadas a algunas deidades.
Un
ejemplo es Acca Larentia, diosa de la fertilidad que amamantó a Rómulo y
Remo encarnándose en una loba.
De
ahí que las hieródulas se conocieran como lupae (lobas) y los lugares
donde ejercían su profesión, como lupanares.
Hoy
en día se siguen utilizando los términos lupanar y loba, aunque este último
haya perdido parte del significado original y se aplique a aquella mujer de
actitud, sexualmente decidida y con tendencia a la promiscuidad.

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