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sábado, 14 de marzo de 2026

#46. YO, MERETRIZ. CAPITULO I

 

Ahora que hemos terminado este manifiesto, en el que he intentado agitar un poco vuestras mentes y conciencias, vamos a cambiar de registro.

Trataremos un tema que, aunque lo tengamos a nuestro alrededor, muchas veces no queremos verlo ni reconocer que está ahí.

Como si se tratara de un mundo paralelo que nos pasa por el lado sin afectar a nuestras vidas.

La prostitución.

Podría haber caído en lo más fácil y empezar a dar un juicio de valor o una opinión personal, pero lejos de eso, he querido buscar su historia y documentarlo, leyendo artículos, buscando videos y aprovechando cualquier relato histórico que cayó en mis manos, allá por el 2011, cuando escribí esto.

Hoy, lo he reescrito, adaptado y actualizado, para que lo disfrutéis tanto como lo hice y he hecho esta vez, escribiéndolo de nuevo.

 


Cuerpos de alquiler

Prostituto,-ta: (Del lat. prostitūtus).

Dícese de quien mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero, aunque suele considerarse del mismo modo cualquier otro tipo de retribución.

 

Más o menos todos tenemos claro que el acto de prostituirse viene siempre vinculado a la percepción de una cantidad de dinero para que el cliente mantenga relaciones sexuales.


Y aunque la palabra en sí, trae consigo una connotación negativa y demonizada por iglesias y culturas, durante la historia no ha sido siempre así.

La concepción del pecado de lo que ha sido siempre lo más divino y preciado en toda civilización, la virginidad de una jovenzuela, vino mucho después, aunque siempre ha sido un sector que se ha envuelto de cierta oscuridad y desconocimiento.

Hoy en día, como tantas otras cosas, todo se diluye como un azucarillo, todo se difumina y todo está sujeto a matices, pero es que lo que ha cambiado, son las propias relaciones sexuales.

De hecho, no es algo que sea exclusivo del homo sapiens, esto por lo que parece nos viene ya de mucho antes de que nos pusiéramos erguidos como especie.

Hace ya un tiempo, un profesor de economía de la Universidad de Yale (USA), quiso hacer un experimento intentando enseñarles a unos monos capuchinos qué era el dinero.

Y empezó a entrar regularmente en su jaula, entregándoles un disco de metal con un agujero en medio, haciéndoles comprender que cada vez que se lo devolvieran, obtendrían unos granos de uva o unos cubitos de gelatina.

Los monos entendieron ese trueque, así que el profesor decidió aumentar la apuesta, y empezó a subir el número de monedas para obtener las mismas uvas, o a ofrecerles frutas diferentes a cambio de distintas cantidades de “monedas”.

Hasta que uno de los simios, llamado Félix, se acercó a la caja donde el profesor guardaba las monedas y se llevó las doce que tenía preparadas para repartir.

Cuando el profesor entró en la jaula, los capuchinos se negaron a devolverlas, demostrando que habían entendido el valor de aquellos discos.

Pero lo más curioso del experimento ocurrió cuando el profesor vio a uno de los machos entregando una moneda a una de las hembras. Al principio creyó que era un gesto solidario o de generosidad. Pero inmediatamente los dos capuchinos se pusieron a practicar sexo con entusiasmo.

Cuando el affaire terminó, la hembra se acercó al profesor y le compró un puñado de uvas con la moneda obtenida. ¿Se había prostituido?

Algo parecido le sucedió a tres etólogos de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) y Cambridge (UK), cuando estudiaban a una colonia de pingüinos de Adelaida, y vieron que para evitar la humedad del suelo, estos apilaban piedrecitas formando un montículo, donde anidaban sus huevos.

Por tanto, ante la escasez de la Antártida, esas piedrecitas pasaban a tener un valor muy alto.

Al observarlos, los etólogos vieron que, por norma general, se generaban disputas entre los machos para conseguir esas piedrecitas.

Pero pronto se dieron cuenta que ciertas hembras volvían cargadas con esas valiosas piedras sin alterar el orden de la manada. Pronto vieron que estas se dirigían a los machos que las atesoraban y se apareaban con ellos a cambio de cierto número de piedras.

Estas dos historias, que aunque parezcan increíbles, son totalmente ciertas. Lo único que nos demuestran es que, más allá de cuestiones morales y de credo, la prostitución nació en el mismo momento en que empezamos a dar valor a las cosas.

No sabemos si esta es una conducta común en cualquier especie, pero lo cierto es que nos acompaña desde antes que los seres humanos nos pusiéramos erguidos.

Por ese motivo, y porque todo cambia con los años, es por lo que he creído interesante tratar este tema, con el mayor rigor y el máximo ejercicio de documentación posible, para hacer un viaje por la historia y contaros la evolución de este sector, que ha sufrido en muchas etapas la estigmatización por parte de todos.

Cuando en realidad, por muchos motivos y con muchos matices, todos podríamos decir en algún momento eso de YO, MERETRIZ.


 

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