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miércoles, 25 de marzo de 2026

#49. YO, MERETRIZ - CAPITULO IV

 

Ahora entraremos en el segundo asunto: cómo se las ha denominado y considerado según su categoría profesional.

En el mundo griego, existían desde el periodo clásico las pornai “las que venden”, que componían el nivel más bajo. De su denominación derivan algunos términos como pornografía, que significaría “retrato de pornai”.

Guiándonos por el precio de sus servicios, las seguían en el escalafón social las meretrices que conseguían un número considerable de clientes fidelizados y podían manejarse con cierta independencia.

Quienes llegaban a la edad madura con cierta cantidad de dinero y se reconvertían en proxenetas, y las flautistas, que servían de distracción a acaudalados hombres libres en encuentros denominados symposion, gracias fundamentalmente a su habilidad para tocar la cítara o la flauta.

En la cúspide de la pirámide estaban las hetarias “las que acompañan”, caracterizadas por su cultura y sus dotes protocolarias y diplomáticas. Eran las únicas mujeres de Grecia autorizadas a gestionar su propio patrimonio y algunas de ellas llegaron a obtener celebridad y a amasar cuantiosas fortunas.


Como ya hemos mencionado, las prostitutas romanas solían recibir el nombre genérico de las menos favorecidas, las lupae, llamadas así no solo por su origen sagrado, sino también porque atraían a su clientela emitiendo sonidos que recordaban los aullidos lobunos.

Ello no indica que no hubiera una diferenciación de prestigio entre ellas: las más respetadas eran las amicae o delicatae, mientras que entre las obligaciones de las prostibulae estaba la de ejercer tanto de noche como de día.

A partir del Medievo irrumpe, en los más altos niveles, la figura de la cortesana, acompañante del noble pero que no puede emparejarse maritalmente con él por ser de ascendencia humilde.


Estas distinciones de rango, también definidas por los lugares en el que realizan el ejercicio, (la calle, el lupanar o la propia vivienda), siguen vigentes hoy en día.

Lo que sí ha variado a lo largo de la historia, de manera cíclica, es la relación que mantiene la sociedad con la profesión a través de la política.

Oscilando entre la regulación y la abolición, la actitud que más se ha mantenido ha sido la de la tolerancia, ejercida de forma natural en los momentos de regulación y de manera pacata e hipócrita en las épocas abolicionistas.

Cuentan las crónicas que Solón, uno de los legendarios siete sabios de Grecia y padre de la primera constitución democrática del mundo, fue también el pionero en reglamentar la prostitución. En el siglo VII a. C., fundó casas de citas de propiedad pública en cada manzana de Atenas.

Eran los dicteriones, locales donde se acogían las pornai más escasas de medios. Allí se les procuraba un lugar para ejercer su oficio además de una protección oficial.

La contraprestación era tributar a la ciudad estado, con parte de esos impuestos se construyó el templo de Afrodita o Pandemos, “la que se entrega a todos”.

Del mismo modo, las hetarias que preferían establecerse por su cuenta recibían una autorización si pagaban las correspondientes tasas y contribuciones fiscales.

En Roma parece que la primera regulación imperial se debió a Augusto (siglo I d.C.), quien dio, entre otras cosas, categoría legal al concubinato. Con la irrupción del cristianismo y su adopción por parte de los emperadores, se intenta abolir la prostitución.

Una de las causas es, naturalmente, que esta creencia religiosa predica la abstinencia sexual, así como la vinculación del lenocinio (por su primigenio carácter sagrado), al politeísmo.

Al mismo tiempo y durante lo que ha sido llamado como historia precolombina de América, entre los aztecas las prostitutas eran llamadas ahuiyani (contento/a, satisfecho/a, feliz) que probablemente era una forma eufemística del nahuatl, ahuiya o ahuix “tener lo necesario, estar feliz”.

Ejercían al lado de los caminos o en edificios llamados Cihuacalli, en los que la prostitución estaba permitida por las autoridades políticas y religiosas.

Cihuacalli es una palabra náhuatl que significa “casa de las mujeres”. Las mujeres recibían mercancías usables como contraprestación a los favores sexuales que prestaban y tenían el más bajo de los estatus sociales.

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