Ahora entraremos en el segundo asunto: cómo se las ha denominado y considerado según su categoría profesional.
En
el mundo griego, existían desde el periodo clásico las pornai “las que venden”, que componían el nivel más bajo. De su
denominación derivan algunos términos como pornografía, que significaría
“retrato de pornai”.
Guiándonos
por el precio de sus servicios, las seguían en el escalafón social las meretrices
que conseguían un número considerable de clientes fidelizados y podían
manejarse con cierta independencia.
Quienes
llegaban a la edad madura con cierta cantidad de dinero y se reconvertían en
proxenetas, y las flautistas, que
servían de distracción a acaudalados hombres libres en encuentros denominados symposion, gracias fundamentalmente a su
habilidad para tocar la cítara o la flauta.
En
la cúspide de la pirámide estaban las hetarias
“las que acompañan”, caracterizadas por su cultura y sus dotes protocolarias y
diplomáticas. Eran las únicas mujeres de Grecia autorizadas a gestionar su
propio patrimonio y algunas de ellas llegaron a obtener celebridad y a amasar
cuantiosas fortunas.
Como
ya hemos mencionado, las prostitutas romanas solían recibir el nombre genérico
de las menos favorecidas, las lupae,
llamadas así no solo por su origen sagrado, sino también porque atraían a su
clientela emitiendo sonidos que recordaban los aullidos lobunos.
Ello
no indica que no hubiera una diferenciación de prestigio entre ellas: las más
respetadas eran las amicae o delicatae, mientras que entre las
obligaciones de las prostibulae
estaba la de ejercer tanto de noche como de día.
A
partir del Medievo irrumpe, en los más altos niveles, la figura de la
cortesana, acompañante del noble pero que no puede emparejarse maritalmente con
él por ser de ascendencia humilde.
Estas
distinciones de rango, también definidas por los lugares en el que realizan el
ejercicio, (la calle, el lupanar o la propia vivienda), siguen vigentes hoy en
día.
Lo
que sí ha variado a lo largo de la historia, de manera cíclica, es la relación
que mantiene la sociedad con la profesión a través de la política.
Oscilando
entre la regulación y la abolición, la actitud que más se ha mantenido ha sido
la de la tolerancia, ejercida de forma natural en los momentos de regulación y
de manera pacata e hipócrita en las épocas abolicionistas.
Cuentan
las crónicas que Solón, uno de los legendarios siete sabios de Grecia y padre
de la primera constitución democrática del mundo, fue también el pionero en
reglamentar la prostitución. En el siglo VII a. C., fundó casas de citas de
propiedad pública en cada manzana de Atenas.
Eran
los dicteriones, locales donde se
acogían las pornai más escasas de
medios. Allí se les procuraba un lugar para ejercer su oficio además de una
protección oficial.
La
contraprestación era tributar a la ciudad estado, con parte de esos impuestos
se construyó el templo de Afrodita o Pandemos, “la que se entrega a todos”.
Del
mismo modo, las hetarias que preferían establecerse por su cuenta recibían una
autorización si pagaban las correspondientes tasas y contribuciones fiscales.
En
Roma parece que la primera regulación imperial se debió a Augusto (siglo I
d.C.), quien dio, entre otras cosas, categoría legal al concubinato. Con la
irrupción del cristianismo y su adopción por parte de los emperadores, se
intenta abolir la prostitución.
Una
de las causas es, naturalmente, que esta creencia religiosa predica la
abstinencia sexual, así como la vinculación del lenocinio (por su primigenio
carácter sagrado), al politeísmo.
Al
mismo tiempo y durante lo que ha sido llamado como historia precolombina de
América, entre los aztecas las prostitutas eran llamadas ahuiyani (contento/a, satisfecho/a, feliz) que probablemente era
una forma eufemística del nahuatl, ahuiya
o ahuix “tener lo necesario, estar feliz”.
Ejercían
al lado de los caminos o en edificios llamados Cihuacalli, en los que la prostitución estaba permitida por las
autoridades políticas y religiosas.
Cihuacalli es una palabra náhuatl que significa “casa de las
mujeres”. Las mujeres recibían mercancías usables como contraprestación a los
favores sexuales que prestaban y tenían el más bajo de los estatus sociales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario