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sábado, 21 de marzo de 2026

#48. YO, MERETRIZ - CAPITULO III

 

Volviendo a la antigüedad, la entrega del cuerpo femenino como tributo, perdió su retribución en especies para fijarse un tributo monetario.

Los etruscos empezaron a recolectar cantidades de dinero para aumentar las dotes matrimoniales, que aunque no pueda considerarse prostitución como tal, si era una contraprestación por la entrega de la hija para enriquecer a la familia primero y a los patriarcas del clan, después.

Por lo que la propia familia fue el segundo factor que implantó el hábito de la contraprestación que quizá se rija por otros parámetros pero no deja de ser, aunque involuntaria, una forma de prostitución. Quizá por eso las chicas que desempeñan este oficio, siguen llamando “la casa” al burdel del que dependen.

Serían miles los detalles y matices que podría aportar a este repaso histórico pero, básicamente, se puede decir que desde un punto de vista moral, siempre se ha condenado a la meretriz, que en todas las etapas de la historia las ha habido de mayor o menor estatus y que en todo momento han caminado sobre el filo de una navaja política que no se decantaba ni hacia la abolición ni hacia la prohibición.


Sea como fuere, la prostitución siempre ha sido mal vista. Da igual en qué época nos fijemos.

Ramera ha sido sinónimo de perdida, por más que en ocasiones hayan sido las más buscadas.

En los principios de la historia clásica, era un papel que se reservaba a extranjeras y esclavas.

Más tarde, en la Edad Media, lo llevaban a cabo mujeres socialmente desarraigadas, como las que pudieran haber quedado embarazadas fuera del matrimonio, fuere por violación o por descuido, campesinas que casi secuestraban para ser llevadas al burgo o sirvientas deshonradas.


Puede parecernos algo desalmado hoy en día, pero tenía su lógica entonces. La meretriz, por definición, no rendía cuentas a ninguna familia, ni tutor ni patriarca. Era por fuerza una excluida social.

Solo las cortesanas realizaban felaciones y se prestaban a la sodomía, eran la alternativa amatoria por excelencia.

Ya en la Grecia del siglo IV a.C., se decía “Tenemos las cortesanas para el placer y las esposas para que nos den hijos legítimos y sean las guardianas fieles de nuestra alma”.

Y así eran relegadas de la vida pública, no permitiéndoles participar en actos religiosos, públicos ni civiles.

Por su parte, a las lupae romanas no se les permitía contraer matrimonio o recibir herencias, mientras que sus proxenetas podían alcanzar la condición de ciudadano si no la tenía anteriormente.

Pero fue durante la Edad Moderna, entre los siglos XVII y XIX, cuando peor se trató a las meretrices, coincidiendo con una ola de puritanismo que, por definición, viene siempre de la mano de un alto grado de hipocresía.

Por primera vez se considera que son personas que venden su cuerpo y por ende, se legitima al comprador a hacer con él lo que desee.

El sadismo, por ejemplo, alcanzó su máximo esplendor y reconocimiento al amparo del puritanismo decimonónico.

Esta actitud represiva obligaba a la distinción, no tanto para ofrecerse – el término prostituta proviene del latín y significaría aproximadamente “la que se muestra y expone” – como para diferenciarse de la virtuosa.

Los romanos las forzaban a vestir con la toga masculina, aunque un poco más corta.

Si era una cortesana de prestigio, podía llevar la femenina stola, siempre que fuera corta y de color amarillo.

También debían llevar el pelo rubio intenso (infrecuente entre las latinas) y suelto, nunca recogido a la manera de las esposas.

        En Grecia, los prostituidos varones, harto frecuentes, debían ser jóvenes y esbeltos. Cuando el vello comenzara a florecer, tenían que depilarse completamente para mantener la clientela: eran el prototipo del metrosexual de antaño.

Las mujeres utilizaban maquillaje ostentoso, de colores muy vivos (normalmente cereza o violeta), combinados con el blanco de fondo y vestidos con transparencias, así como abundante joyería.

        Durante la Edad Media, cada burgo las debía diferenciar de alguna manera, con emblemas o hábitos. El de Milán (Italia) por ejemplo, era un ostentoso manto negro.

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