Volviendo a la antigüedad, la entrega del cuerpo femenino como tributo, perdió su retribución en especies para fijarse un tributo monetario.
Los
etruscos empezaron a recolectar cantidades de dinero para aumentar las dotes
matrimoniales, que aunque no pueda considerarse prostitución como tal, si era
una contraprestación por la entrega de la hija para enriquecer a la familia
primero y a los patriarcas del clan, después.
Por
lo que la propia familia fue el segundo factor que implantó el hábito de la
contraprestación que quizá se rija por otros parámetros pero no deja de ser,
aunque involuntaria, una forma de prostitución. Quizá por eso las chicas
que desempeñan este oficio, siguen llamando “la casa” al burdel del que
dependen.
Serían
miles los detalles y matices que podría aportar a este repaso histórico pero,
básicamente, se puede decir que desde un punto de vista moral, siempre se ha
condenado a la meretriz, que en todas las etapas de la historia las ha habido
de mayor o menor estatus y que en todo momento han caminado sobre el filo de
una navaja política que no se decantaba ni hacia la abolición ni hacia la
prohibición.
Sea como fuere, la prostitución siempre ha sido mal vista. Da igual en qué época nos fijemos.
Ramera
ha sido sinónimo de perdida, por más que en ocasiones hayan sido las más
buscadas.
En
los principios de la historia clásica, era un papel que se reservaba a
extranjeras y esclavas.
Más
tarde, en la Edad Media, lo llevaban a cabo mujeres socialmente desarraigadas,
como las que pudieran haber quedado embarazadas fuera del matrimonio, fuere por
violación o por descuido, campesinas que casi secuestraban para ser llevadas al
burgo o sirvientas deshonradas.
Puede
parecernos algo desalmado hoy en día, pero tenía su lógica entonces. La meretriz,
por definición, no rendía cuentas a ninguna familia, ni tutor ni patriarca. Era
por fuerza una excluida social.
Solo
las cortesanas realizaban felaciones y se prestaban a la sodomía, eran la
alternativa amatoria por excelencia.
Ya
en la Grecia del siglo IV a.C., se decía “Tenemos
las cortesanas para el placer y las esposas para que nos den hijos legítimos y
sean las guardianas fieles de nuestra alma”.
Y así eran relegadas de la vida pública, no
permitiéndoles participar en actos religiosos, públicos ni civiles.
Por su parte, a las lupae
romanas no se les permitía contraer matrimonio o recibir herencias, mientras
que sus proxenetas podían alcanzar la condición de ciudadano si no la tenía
anteriormente.
Pero fue durante la Edad Moderna, entre los siglos
XVII y XIX, cuando peor se trató a las meretrices, coincidiendo con una ola de
puritanismo que, por definición, viene siempre de la mano de un alto grado de
hipocresía.
Por primera vez se considera que son personas que
venden su cuerpo y por ende, se legitima al comprador a hacer con él lo que
desee.
El sadismo, por ejemplo, alcanzó su máximo
esplendor y reconocimiento al amparo del puritanismo decimonónico.
Esta
actitud represiva obligaba a la distinción, no tanto para ofrecerse – el
término prostituta proviene del latín y significaría aproximadamente “la que se muestra y expone” – como para
diferenciarse de la virtuosa.
Los
romanos las forzaban a vestir con la toga masculina, aunque un poco más corta.
Si
era una cortesana de prestigio, podía llevar la femenina stola, siempre que fuera corta y de color amarillo.
También
debían llevar el pelo rubio intenso (infrecuente entre las latinas) y suelto,
nunca recogido a la manera de las esposas.
En Grecia, los prostituidos varones,
harto frecuentes, debían ser jóvenes y esbeltos. Cuando el vello comenzara a
florecer, tenían que depilarse completamente para mantener la clientela: eran
el prototipo del metrosexual de antaño.
Las
mujeres utilizaban maquillaje ostentoso, de colores muy vivos (normalmente
cereza o violeta), combinados con el blanco de fondo y vestidos con
transparencias, así como abundante joyería.
Durante la Edad Media, cada burgo las
debía diferenciar de alguna manera, con emblemas o hábitos. El de Milán
(Italia) por ejemplo, era un ostentoso manto negro.

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