Sabéis sobradamente, los que me seguís, que salvo algún caso
puntual, no suelo hablar de politiqueos, ni temas parecidos en este espacio.
Y de hecho, aunque este texto orbite alrededor de todo eso,
no hablaré estrictamente de política, sino de sociedad, de cultura, de raíces y
de civilizaciones.
Podría haber seguido con cualquier manifiesto
sentimentalista, o incluso haber parido cualquier texto que rozara la ñoñería,
pero es que hay cosas que acaban por preocuparme.
Hablo con gente de mi alrededor o de más allá, mucha y
variada, y cuando llegas a tocar algún tema que puede considerarse delicado,
veo actitudes muy parecidas a las de un avestruz, escondiendo la cabeza bajo el
ala para no ver lo que pasa ahí fuera.
-
No, ya no miro noticias, es que llega un punto
en que prefiero no saber porque todo esto me agota, - me dicen.
¿Cómo?
¿Estás viendo algo que no te gusta o que crees injusto y
prefieres mirar a otro lado?
¿Pero de qué clase de tejido estás hecho?
¿Qué es lo que corre por tus venas?
En fin, vamos a centrarnos. Os estoy hablando de nuestra
civilización, ya no esa que de unos años hacia aquí se han empeñado en llamar
Occidente, sino de la que hasta entonces, siempre se había llamado
Cristianismo, y que englobaba todas esas naciones que, pese a variantes como la
anglicana, protestante, etc, se cobijaban bajo la sombra de la Cruz.
No temáis, no os daré una charla sobre teología ahora, no me
creo capacitado para ello, pero sí os voy a hablar sobre la facilidad que hemos
tenido para no defender todo eso.
Más allá de que cada uno tenga más o menos tendencia a
practicar sus ritos o de la profundidad de la creencia de cada cual, nuestra
cultura, porque lo llamaré así más que religión, nos daba la facultad —y
también la facilidad— de sentarnos sobre el concepto del libre albedrío.
Esa maravillosa condición por la que cada uno podía pensar y
actuar como mejor conviniera. Y este hecho, incluso para el menos creyente de
todos, ha sido el pilar desde donde han ido evolucionando, y a veces
involucionando, ideas y formas de pensar que nos han llevado hasta el día de hoy.
Porque ese albedrío es y ha sido tan poderoso, como para que
ciertos sujetos, empoderados y cegados por esa libertad, lleguen incluso a
negarla y abanderen un discurso basado en partes sesgadas de la historia,
hablando de conquistas de nuevos mundos, como la del siglo XV en las américas o
de la Santa Inquisición, como el mayor de los males de la humanidad.
Pues perdona, lo primero de todo, lee un poco y te harás y
nos harás un favor.
Es cierto que en América hubo una escabechina, y hubo casos
más que reprobables, pero la mayor mortalidad vino por contagio de patologías
que aquella gente no conocía y que no pudieron superar.
Pero la peor de todas esas patologías la sufrimos hoy, por
comprar un discurso que viene de fuera, que nos tacha de genocidas y que hemos
comprado y nos avergüenza terriblemente.
¿Y la Santa Inquisición?, preguntaría quien quiera darme la
vuelta.
Esa aquí la aplicamos, es cierto, y Tomás de Torquemada, que
fue quien la dirigió como Inquisidor General, no era ningún mirlo blanco, pero
tan solo seguía órdenes de los Reyes Católicos, quienes tardaron casi 250 años
en instaurarla aquí. Mucho después que
nuestros vecinos franceses, que lo hicieron a partir del siglo XIII.
Pero el carácter español, nos lleva, en este tema y muchos
otros, a sacarnos los ojos entre nosotros, y a hacer válido aquello de que
“nadie es profeta en su tierra”, hasta el punto que, cuando alguien destaca,
con saber que es de aquí, ya nos vale menos y si podemos, le sacamos tantos
trapos sucios como pueda tener.
Y es que los españoles, en general, o si queréis lo llamo
los ibéricos, para no ofender demasiado a los distintos nacionalismos, tenemos
un complejo de inferioridad que no nos cabe dentro.
Hemos mirado siempre al Norte como el faro en mitad de la
noche, hemos creído que las canciones por sonar en inglés, eran mejores que las
nuestras y nos hemos tragado todas las películas que vestían de héroes y
superhombres, a quienes en realidad no han ganado una guerra por sí solos desde
aquella que les dio la independencia. Cuando aquí tenemos y hemos tenido héroes
y villanos para montar dos hollywoods y medio.
Vale, y ¿todo este rollazo a qué viene?, se preguntará
alguno.
Pues viene nada más y nada menos, a la facilidad que estamos
teniendo para dejarnos robar todo lo que era nuestro.
Viene a que ese libre albedrío está jugando en nuestra
contra ahora mismo.
Y viene a que escuchando los informativos generalistas,
cómodamente instalados en su relato, nos
llenan la taza con cloroformo con sabor a café cada mañana y nos mantienen
adormecidos mientras no nos falte un first dates, una isla de tentaciones o una
serie de Netflix al terminar la jornada.
No haré un llamamiento a filas, ni promoveré que se salga a
la calle a quemar contenedores, eso ya llegará aunque no nos guste y nos cueste
creerlo, pero sí a que empecemos a ser algo más críticos.
A que nos paremos un segundo y analicemos lo que pasa a
nuestro alrededor y que de una vez, saquemos la cabeza de debajo del ala y
empecemos a formar un criterio propio, basado en quienes somos, en quien hemos
sido y lo que queremos para los que vendrán detrás nuestro.
Porque a mucha
gente se le llena la boca hablando de lo mucho que le han cambiado la vida sus
hijos. Eso está muy bien, pero tanto no los querrás cuando te escondes para no
ver que les están robando el futuro y que ya no encontrarán un mundo como el
que tú has vivido, y creedme, lo que tendrán será mucho peor.
Porque estamos
siendo colonizados. Porque las altas esferas políticas, la Sra. Von der Brujen
y compañía, esos que nadie ha elegido y que se aferran a su sillón como un gato
a las cortinas, no hacen más que abrir el grifo de la inmigración, sea como
sea, venga de donde venga y bajo las condiciones que sean. Y así no.
Y que quede claro,
soy catalán, pero no me visto con banderas, para mí, aquí eso ya pasó. Y no soy
ni de izquierdas ni de derechas, para mí son todos exactamente la misma basura
mediática que se va alternando, haciendo creer a la gente de este país, que si
eres de unos, no puedes ser de los otros, que si vas de azul o verde, es por
estar en contra de los de rojo, y al revés.
Como si esto fuera
un tema de ángeles y demonios, o más sagrado aún, como si ser del Barça tuviera
que significar ante todo un odio acérrimo hacia el madridismo.
Al final, poco
importa todo eso, cuando se promovió una moción de censura contra la Sra Von
der Brujen por corrupción con el tema de las vacunas y mascarillas, todos
votaron lo mismo, que no se la investigara. O cuando hace años se propuso que
los políticos europeos justificaran los gastos o que volaran en clase turista,
a más de uno le salió una hernia de tanto reír, de hecho creo que aun se oyen
carcajadas en Bruselas.
Pero para no
dispersarnos. Hay un política de sustitución. Sí, de sustitución de la
población y la cultura europea.
Desde hace años, se
ha ido demonizando y erradicando el modelo de familia, se han ido borrando y
machacando tradiciones, solo falta ver con qué ligereza se quitaron crucifijos
de las aulas o que ahora los escolares tengan más variedad halal en sus comidas
que cualquier otro tipo de alimento. O más recientemente, escuchar a más de un mandatario,
del que no analizaré si goza de la más mínima actividad neuronal, como la ex
alcaldesa de Barcelona montando pesebres inclusivos, hablando de prohibir a los
nazarenos de semana santa si se prohíben los burkas o felicitando las fiestas,
porque felicitar la Navidad, puede ofender a alguien.
Perdona, ¿ofender?,
¿quién va a ofenderse?, ¿los que han venido aquí a “integrarse”?, ¿dónde ha
quedado aquello de a donde fueres haz lo que vieres?
O sea, que viene
gente, por los motivos que sean, a integrarse aquí, y el que debe integrarse a
ellos soy yo. ¿Es eso? Por tener el concepto claro…
Bien, me parece
correcto, siempre que vaya de viaje acompañado por una mujer europea y podamos
entrar en una mezquita, pongamos la más famosa, la de Santa Sofia en Estambul,
y no le hagan cubrir la cabeza, bajo pena de no entrar en el recinto si no lo
hace.
Porque creo que no
estamos jugando con las mismas cartas. Porque de la misma forma que ellos ponen
sus condiciones y no transigen ni ceden un solo milímetro, aquí tampoco las
deberíamos dejar ir por la calle vestidas de según que forma, ¿no?
Es que es cultural,
es que lo hacen ellas voluntariamente... ¡Una mierda!
Todo eso es
producto de una cultura, si queréis llamarlo así, que denosta a la mujer por el
simple hecho de serlo. Que os tiene en algunos países sin derecho a conducir, a
estudiar o a desarrollaros profesionalmente, con teorías basadas por viejos
verdes con turbante que creen que porque se os vea un tobillo, entran en
“haram” (pecado) por ir provocando.
Vamos a ver, serás
Imam o un musulmán de libro, pero en realidad lo que te ocurre es que estás
enfermo, aquí el que comete “haram” eres tú, de pensamiento al menos, que ves
pecado donde no lo hay, y te puedes sentir provocado por un tobillo.
Pero claro, con ese
concepto sobre el “haram” y sobre la mujer en sí, como objeto apto para el
mercadeo, después pasan cosas.
En Inglaterra se
silenció la violación de decenas de niñas que no superaban los 16 años por
parte de un grupo de pakistaníes adinerados. Aquí en España, un reincidente que
había sido acusado de violación en Italia y ya tenía decenas de penas aquí por
lo mismo, violó a una niña de catorce años en un callejón y como estos, cientos
y cientos de casos. Y esta gente no es susceptible de reinserción.
No hay
arrepentimiento, son gente que cree que si mueren defendiendo lo suyo, le
esperan cuarenta vírgenes en su paraíso, y ante todo, su cultura no tiene el
concepto asimilado de la culpa. Algo con lo que los cristianos hemos crecido y
sobre todo vosotras, gracias a nuestra propia Iglesia Apostólica Romana.
Cuando yo me crie,
allá por los años ochenta y algo más, cuando topabas con una persona que venía
de otro país, era algo anecdótico y todo el mundo se acercaba a ese individuo,
para compartir, para “hacerse amigo” para aprender de sus vivencias y su estilo
de vida. Pero esa persona, en cuatro días estaba hablando en castellano, y en
catalán, euskera o gallego sin problemas. Te lo encontrabas en el cine, en un
restaurante o donde fuere, con total normalidad. ¿Por qué?
Porque había salido
de su país por las circunstancias que fueran, pero venía aquí a rehacer su vida
y era bien acogido por ello. Porque para rehacerla, se adaptaba a nuestras
costumbres y aunque no fuera cristiano y siguiera las enseñanzas de Zaratustra,
entendía que aquí en Navidad las familias se unían y celebraban sus creencias,
sin necesidad de abandonar las suyas.
Y venían con
familia, con mujer e hijos y se instalaban y trabajaban y finalmente
prosperaban y aportaban al país, aprendiendo y enseñándonos lo que se hacía y
como se hacía todo más allá de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar.
Hoy, cuando llegan
prácticamente todo son hombres, no
vienen familias, quizás alguna mujer entre todos, y normalmente embarazada y
uno llega a la conclusión que cuando ves a alguien tan apurado como para irse
de su casa con la mujer e hijos, es porque están migrando, huyendo o
simplemente buscando una vida mejor, muy lícito.
Pero en la mayoría
de ocasiones, vienen ellos solos. Y preguntaos: ¿A dónde va una embarcación
cargada de hombres en edad de empuñar una arma? A la guerra, sin más.
Como dijo alguien
hace ya unas décadas: “Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras
mujeres”
Y lo están
haciendo, hoy en España, uno de cada cuatro ciudadanos, son extranjeros, la
gran mayoría del norte de África, y muy buena parte, no están ni censados ni se
sabe que están.
Han entrado sin que
nadie les pregunte si tenían delitos en sus países de origen, porque no se sabe
de donde vienen, rompen el pasaporte para que no se les ubique y para poder
decir que tienen diecisiete años y son menores, para que así tengan alojamiento,
comida, ropa y hasta tabaco y teléfono móvil. Pero aquí no nos llega para las
pensiones y lo que queda se lo damos a Zelensky.
Ese es otro tema
que me daría para llenar varias semanas.
Pero ahora vienen
las preguntas.
Soy consciente que
si tus fuentes de información son los canales generalistas, los de toda la
vida, todo esto te puede sonar a chino, o a teorías conspiranoides, pero
créeme, esos informativos están subvencionados generosamente por nuestros
propios gobiernos para asegurar su relato.
Entonces, ¿es eso
lo que realmente queremos?, ¿hemos perdido tanto el rumbo como para no pensar
dos pasos más allá y preocuparnos por la próxima generación?
Porque es posible
que, un día despertemos y sea demasiado tarde. Que cuando nos miremos entre
nosotros y nos demos cuenta que ya nos han comido la tostada, ya no haya nada
que hacer, y veamos a nuestras hijas obligadas a ponerse un pañuelo en la
cabeza.
No haré un
llamamiento a la insurrección, ni al combate ni nada parecido. Pero sí puedo
llamaros a la reflexión. Una reflexión profunda sobre nosotros mismos, sobre si
somos conscientes que nuestro papel en esta vida, es procurar un futuro a los
que nos seguirán, nuestros hijos, aunque ya casi no los tengamos.
No es necesario
salir a quemar nada, ni a enfrentarse a nadie. No hay que llegar a las manos ni
mostrarnos como proscritos reaccionarios, pero si por fin, un día se empiezan a
agitar las conciencias y nos damos cuenta que es más importante todo esto que la
final de gran hermano, todos estos poderes que hoy nos llevan al desastre,
empezaran a temernos.
Porque hay algo que
ellos temen. Y es que somos más y como colectivo, no hay forma de pararnos si
vamos de la mano movidos por un objetivo común.