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sábado, 28 de febrero de 2026

#42. EVA ES NOMBRE DE PECADO - PARTE I

 

Hacía un par de semanas que había publicado un anuncio ofreciendo mis servicios en un periódico local.

Y viendo el escaso éxito de convocatoria que estaba teniendo me dispuse a ir colocando pasquines por todos los rincones de la ciudad a los que mis pies estuvieran dispuestos a llevarme.

La precariedad de mis últimos trabajos y la penosa situación en la que me había quedado tras mi separación hacía cosa de un año atrás,

me obligaban a echar mano de todo conocimiento que tuviera y que más o menos fuera vendible,

así que tras dedicar un rato al diseño de alguna frase brillante que pudiera captar la atención de algún posible cliente, empecé a empapelar la ciudad.

  


Poco antes de llegar al momento más álgido de mi cansancio y después de haber recorrido más de lo que podía llegar a acostumbrarme, sonó mi teléfono.

Era Francisco, un antiguo conocido al que había tratado mucho, pero muy atrás y con el que, pese a nuestra diferencia de edad, siempre habíamos tenido una muy sana cordialidad.

Me habló de que le habían llegado noticias sobre mi separación y que por prudencia e intuyendo que no eran mis mejores momentos, había preferido dejar pasar algo de tiempo antes de mostrarme su incondicional apoyo.

Antes de despedirnos, le pregunté por su mujer y por Evita.

Aquella adorable niñita de claras trenzas que siempre regaló amplias sonrisas al mundo, y me comentó que precisamente era por ese motivo por el que me había llamado.

 Recientemente hablando con su mujer habían acordado que la niña retomara sus clases de repaso que por circunstancias había dejado durante un lapso de tiempo,

 y aprovechando que la madre de la criatura había visto mi anuncio en la prensa, habían pensado que era una buena ocasión para realizar la llamada que habían estado demorando.

Convenimos que le daría clases dos días a la semana durante una hora y media por sesión y tras ponernos de acuerdo en lo más mundano, fijamos el primer encuentro para media hora antes de la primera clase y así saludarnos y ponernos al día de todo.

Llegó el primer martes y me presenté en la dirección que me habían dado con estricta puntualidad.

Abrió Sara, la mujer de Francisco, me invitó a pasar tras saludarnos y me acompañó al salón donde él nos esperaba mientras ojeaba un periódico.

Tras el protocolo inicial nos sentamos y empezaron a exponerme los motivos de la reunión. Habían pensado en mí ya que su recuerdo era el de alguien metódico y escrupuloso y se lo confirmé, y dado que Evita, ya Eva, les había crecido algo dispersa y con facilidad para la distracción pensaron en alguien que le inculcara tanto de hábito y disciplina como de libro.

Eva contaba ya con casi veinte años, añadieron, así que además se debía lidiar con el ímpetu y la tendencia a la festividad propia de la edad.

Antes de que pudiéramos retomar cualquier anécdota del pasado, oímos cerrarse la puerta principal y apareció Eva y tras muchos años nos volvimos a saludar.

Poco quedaba ya de aquella chiquilla que yo recordaba, hoy era una joven mujer de finos rasgos que entremezclaban la más acentuada de las picardías femeninas con la candidez de su pronta edad.

Pese a la sobriedad de su padres, vestía todo lo extremada que sus años la aconsejaban, corta, muy corta, demasiado corta habría dicho si estuviera emparentado con ella.

Francisco y Sara, cumpliendo con lo dicho, debían ausentarse durante las clases por motivos laborales, así que recogieron sus cosas y se despidieron de ambos.

Eva rompió el hielo haciendo uso de su sonrisa tras comentarme que me había imaginado mucho mayor de lo que aparentaba, me condujo a su habitación donde tenía dispuesto un estudio con todo lo necesario.

La invité a ocupar su silla y empezamos a con las primeras lecciones. Así pasó el primer mes, yo acudiendo puntualmente y Eva aplicándose a fondo y mejorando a pasos agigantados mientras íbamos creando una confianza que mejoraba agradablemente el ambiente de las muchas horas que debíamos pasar frente a los libros.

Pronto llegó el otoño y aunque no era muy riguroso, aquel día llovía a cántaros, algo que por primera vez me obligó a apretar el paso en pro de mi puntualidad.

Llamé a la puerta y abrió inmediatamente Eva totalmente empapada me invitó a entrar y mientras subía las escaleras hacia su habitación me comentó que en dos minutos bajaría ya que debía secarse el pelo y cambiarse de ropa al haber sido sorprendida por la tormenta que descargaba en ese momento.

La esperé de pie mientras curioseaba entre sus libros de mesilla y cuando alcancé un libro que había leído yo de pequeño noté como Eva se pegó mi espalda y en voz baja me comentó que ese libro siempre la había estremecido agradablemente.

Me detuve, me volví y ahí estaba Eva, aún con el cabello húmedo, libre de cualquier adorno y con la luz en la cara que sólo la juventud te da, vistiendo un pantalón de ancho que aunque no muy femenino hacía que intuyera su silueta de cintura hacia abajo y una sencilla camiseta blanca de tirantes que dejaba muy a la vista que el frío del agua caída sobre ella aún afectaba a su más que firme busto.

Me quedé casi boquiabierto ante tal imagen, Eva lo notó y lejos de esconderse lo aprovechó para abusar de su coquetería.

Una vez recuperado el sentido común, comencé la clase con la normalidad que pude.

El día que me dirigía hacia la siguiente clase venía aun pensando en los evidentes cambios que Eva había hecho y tras apelar a la sensatez llamé a su puerta de nuevo.

Esta vez seca, pero de nuevo terriblemente corta para la época del año, así que procuré no fijarme demasiado y proseguir con nuestras lecciones bajo la más absoluta normalidad, pero Eva no me lo permitió.

Empezó muy suavemente, preguntando por mi mujer y le respondí que ya no lo era y me mostró su supuesto pesar alargando un  “pobrecito” cargado de intencionalidad.

Me preguntó por la existencia de alguna sustituta y ante mi negativa se interesó por el tiempo que hacía desde mi separación, para terminar dando por hecho que debía estar pasándolo mal.

Poco tardó en aclararme que ella no tenía pareja por no encontrar aliciente en los chicos de su edad, y viendo que la situación podía llegar a resultarme incómoda, le indiqué que se centrara en sus lecciones y con cierta resignación acató.


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