Hay un punto en toda historia donde ya no queda nada que analizar.
Ni mensajes que revisar,
ni señales que interpretar,
ni excusas que maquillar.
Solo queda una cosa:
Fuego.
El Fuego llega cuando ya no puedes sostener la mentira —ni
la tuya ni la del otro—.
Cuando la ilusión se derrumba,
cuando la Locura se vuelve agotadora,
cuando la Flecha duele más de lo que admites
y las Alas ya no levantan ni tu sombra.
El Fuego no pide permiso.
Arde.
Arrasa.
Devora.
Y tú, en lugar de apagarlo, te quedas mirando cómo avanza,
como si fuera una purga necesaria.
Porque lo es.
El Fuego es esa mezcla extraña entre dolor y alivio.
Dolor, porque lo que imaginaste se muere.
Alivio, porque por fin se muere lo que llevaba demasiado tiempo en cuidados
intensivos.
El Fuego quema sin avisar:
una frase mal dicha,
un gesto inesperado,
una verdad incómoda,
una ausencia que ya no puedes justificar.
Y ahí aparece ese pensamiento que nunca llega a pronunciarse
en voz alta:
“Ya está. Se acabó.”
Pero no lo dices.
No todavía.
Primero dejas que arda un poco más.
Necesitas verlo prender en todos tus rincones:
la fantasía,
el deseo,
la versión idealizada del otro,
la versión idealizada de ti.
El Fuego te obliga a reconocer algo que llevas meses
evitando:
que no estabas enamorado de la persona,
sino de la historia que querías vivir con ella.
Y cuando eso arde…
arde todo.
El Fuego quema tus apegos, tus excusas, tu narrativa cómoda.
Te deja deshidratado, vacío, tembloroso.
Pero también te deja limpio.
Porque el Fuego no destruye por capricho.
Destruye para dejar espacio.
Cuando el humo baja,
cuando las brasas se apagan,
cuando ya no queda ni una estructura en pie…
descubres algo que siempre sorprende:
Estabas sobreviviendo en ruinas.
Y ni siquiera te habías dado cuenta.
El Fuego te lo muestra sin anestesia:
“Esto ya no sostenía nada.”
Y por fin, por primera vez desde que empezó la historia,
aparece un silencio que no duele.
Un vacío que no asusta.
Una calma que no exige explicaciones.
Porque después del Fuego,
por fin,
queda un suelo firme donde reconstruirte.
La Rosa te engaña.
Las Alas te elevan.
La Flecha te hiere.
La Locura te desgasta.
Pero el Fuego…
el Fuego te devuelve a ti.
Capítulo 6: La Eternidad y el Remedio
(la resaca emocional, el autoengaño final… y el principio de otra cosa).

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