Vistas de página en total

SUSCRIBETE A LOS AUDIOCAFES EN YOUTUBE

☕ Suscríbete a nuestros Audiocafés

¿Hoy no te da tiempo a leer? Aquí tienes todos los textos narrados. No te pierdas ninguna publicación. Un solo clic y ya formas parte de nuestra comunidad en YouTube. Y ES GRATIS!!!

🔔 Suscribirme en YouTube

miércoles, 18 de febrero de 2026

#39. SINDROME DE IMBOTSTER

 



No hace mucho cayó en mis manos un artículo que me pareció bastante interesante, y que me entretuvo durante un buen rato. Al principio durante su lectura y mientras ésta avanzaba, sobre los paralelismos que se me iban planteando y de los que hoy quiero hablaros.

Trataba sobre el Síndrome de Imbotster, un fenómeno que ha aparecido recientemente y que se ha originado bajo la sombra de las nuevas tecnologías.

Para resumir, ya que hoy no hablaremos exactamente del síndrome en cuestión, sino de esos paralelismos, os diré que, por lo visto, ahora hay quien adolece del temor de escribir demasiado bien para no parecer “artificial”.

Me explico. Ahora que buena parte de la población usa inteligencias artificiales y todo tipo de correctores y editores de texto, el riesgo, según ese artículo, está en parecer una máquina, así que la tendencia es la de soltar latiguillos, expresiones o pequeñas incorrecciones para diferenciarnos de ellas.

¡Parad máquinas, por favor!

¿En serio que vamos a empeorar nuestra forma de escribir para que quien nos lea no crea que hemos “hecho trampas”?

¿Esa es la solución?

No, me niego.


Empecemos por plantearnos si quien va a leernos está lo suficientemente capacitado para evaluar correctamente lo que decimos. Ya estemos hablando de un currículum, de un correo electrónico o cualquier otro tipo de comunicación.

Porque nos pasamos la vida preguntándonos si vamos a cumplir las expectativas de quien sea.

Si somos lo suficientemente “aptos” o buenos para tal puesto.

Incluso si cumplimos los requisitos de aquella persona. Y ahí quería yo llegar.

 

Porque este mecanismo no se da solo en lo profesional.

Lo vemos constantemente en otros ámbitos mucho más íntimos, como las relaciones personales o la elección de pareja.

Listas de requisitos, expectativas no negociables, “red flags” y exigencias previas que se presentan como muestras de autoestima, cuando en realidad muchas veces esconden otra cosa: una necesidad de situarse por encima antes incluso de empezar.

El famoso “porque yo lo valgo” ha hecho más daño del que parece. No por reivindicar dignidad —que es legítimo—, sino por convertir la elección en un acto de superioridad.

Porque si realmente se trata como superioridad, algo que me resulta por defecto, altamente reprobable, me preocuparé poco, ya que una relación personal basada en ese criterio tiene poco recorrido, así que no merece ser demasiado comentada.

Por otro lado, no veo mal que alguien imponga filtros para superar ciertas diferencias, ya sean físicas, de condición social o de nivel económico.  Porque esos requisitos, se imponen desde y en pro de cierta igualdad de condiciones. Lo que se pretende con ellos es equiparar fuerzas y que la banalidad no interrumpa la faceta sentimental. Quiero pensar que es por eso.

Pero nos queda una tercera opción. Que los requisitos se impongan desde el miedo y la inferioridad. Y se pretenda para demostrarse a uno mismo que, esa persona cargada de virtudes, de capacidades y digna de admiración, sea la juzgada para tapar nuestras propias carencias y debilidades.

Pedimos mucho. A veces todo. Y casi nunca nos detenemos a preguntarnos si nosotros mismos cumplimos aquello que exigimos.

Cuando elevas demasiado el listón, no acabas mejor acompañado.
Acabas más solo… pero con vistas.

Y dicho esto, lo cierto es que durante toda mi vida, ha habido una de las tres opciones que se ha repetido más, y con diferencia sobre las otras dos. ¿A vosotros cuál os parece la más frecuente?

Comentémoslo aquí mismo o enviadme un correo. Tan bien escrito como podáis, eso sí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario