Trataba sobre el Síndrome de Imbotster, un fenómeno que ha
aparecido recientemente y que se ha originado bajo la sombra de las nuevas tecnologías.
Para resumir, ya que hoy no hablaremos exactamente del
síndrome en cuestión, sino de esos paralelismos, os diré que, por lo visto,
ahora hay quien adolece del temor de escribir demasiado bien para no parecer “artificial”.
Me explico. Ahora que buena parte de la población usa
inteligencias artificiales y todo tipo de correctores y editores de texto, el
riesgo, según ese artículo, está en parecer una máquina, así que la tendencia
es la de soltar latiguillos, expresiones o pequeñas incorrecciones para
diferenciarnos de ellas.
¡Parad máquinas, por favor!
¿En serio que vamos a empeorar nuestra forma de escribir
para que quien nos lea no crea que hemos “hecho trampas”?
¿Esa es la solución?
No, me niego.
Empecemos por plantearnos si quien va a leernos está lo suficientemente capacitado para evaluar correctamente lo que decimos. Ya estemos hablando de un currículum, de un correo electrónico o cualquier otro tipo de comunicación.
Porque nos pasamos la vida preguntándonos si vamos a cumplir
las expectativas de quien sea.
Si somos lo suficientemente “aptos” o buenos para tal
puesto.
Incluso si cumplimos los requisitos de aquella persona. Y
ahí quería yo llegar.
Porque este mecanismo no se da solo en lo profesional.
Lo vemos constantemente en otros ámbitos mucho más íntimos,
como las relaciones personales o la elección de pareja.
Listas de requisitos, expectativas no negociables, “red
flags” y exigencias previas que se presentan como muestras de autoestima,
cuando en realidad muchas veces esconden otra cosa: una necesidad de situarse
por encima antes incluso de empezar.
El famoso “porque yo lo valgo” ha hecho más daño del que
parece. No por reivindicar dignidad —que es legítimo—, sino por convertir la
elección en un acto de superioridad.
Porque si realmente se trata como superioridad, algo que me
resulta por defecto, altamente reprobable, me preocuparé poco, ya que una
relación personal basada en ese criterio tiene poco recorrido, así que no
merece ser demasiado comentada.
Por otro lado, no veo mal que alguien imponga filtros para
superar ciertas diferencias, ya sean físicas, de condición social o de nivel
económico. Porque esos requisitos, se imponen
desde y en pro de cierta igualdad de condiciones. Lo que se pretende con ellos
es equiparar fuerzas y que la banalidad no interrumpa la faceta sentimental.
Quiero pensar que es por eso.
Pero nos queda una tercera opción. Que los requisitos se
impongan desde el miedo y la inferioridad. Y se pretenda para demostrarse a uno
mismo que, esa persona cargada de virtudes, de capacidades y digna de admiración,
sea la juzgada para tapar nuestras propias carencias y debilidades.
Pedimos mucho. A veces todo. Y casi nunca nos detenemos a
preguntarnos si nosotros mismos cumplimos aquello que exigimos.
Cuando elevas demasiado el listón, no acabas mejor acompañado.
Acabas más solo… pero con vistas.
Y dicho esto, lo cierto es que durante toda mi vida, ha habido una de las
tres opciones que se ha repetido más, y con diferencia sobre las otras dos. ¿A
vosotros cuál os parece la más frecuente?
Comentémoslo aquí mismo o enviadme un correo. Tan bien
escrito como podáis, eso sí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario