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miércoles, 25 de febrero de 2026

#41. DONDE DUELEN LAS COSAS QUE NO DIJIMOS

 


¿Cuántas han sido las veces que, tras un breve espacio de tiempo, nos hemos puesto a recordar y a llenar la mente con escenas ya vividas?

Aquellas en las que tras unos días, semanas, meses, aún nos dejan cierto sabor en la boca del podría haber dicho esto o aquello.

Pero la pregunta es, ya que lo tengo claro, ¿por qué no lo dije en su momento? mi discurso no ha cambiado, mis ideas son las mismas, y mi razón sigue siendo muy mía.

Por temor seguramente.

Por miedo a dañar con un discurso demasiado contundente.
Por la necesidad de modular la cantidad de palabras que se generan en mi cabeza sin ni tan siquiera darme tiempo a pronunciarlas.

Porque llega el día en que tienes que exponer lo que piensas, lo que sientes, o lo que temes y sabes que es una conversación que no va a tener un buen desenlace, pero no por ello deja de ser forzosamente necesaria.



Y cuando llega ese momento, tras haberte repetido en multitud de ocasiones todo lo que pretendes decir, te das cuenta que tienes un interlocutor, con sus pensamientos, con sus sentimientos y con sus temores, pero que también tiene su razón y no dudará en volcarla sobre ti.

Ese es el momento en que nos engañamos por primera vez, ensayando un discurso sin nadie que nos replicara, pretendiendo y esperando que se reprodujera tal y como lo pensamos en su día.

Pero llega el momento de tener esa conversación, y no es así.

Y aunque no cambie el resultado, te quedas con cosas por decir. Porque sus argumentos dejan sin espacio a algunos de los tuyos, porque sus razones pesan más que algunas de las que tú tienes.

Y desde ahí, la distancia, el vacío y el silencio.

Continuas repasando lo que dijiste, lo que habrías dicho y lo que te faltó por decir.

Y todo en su conjunto te aleja más y más de ese momento y de ese alguien.

Pero te preguntas ¿qué pasaría si tuvieras la oportunidad de decir todo eso que no llegó a pronunciarse?

Hasta llegar al punto en que tu cabeza pueda traicionarte imaginando soluciones a un conflicto que ya hoy sabes que no son las que necesitas.

Pero eso queda dentro de ti, como parte de tus recuerdos, como parte de tu culpa y como parte de esa sensación a la que le cuesta desaparecer y que nos atormenta con lo que no se hizo y lo que no se dijo.

La vida, a quien tanto le gusta jugar con estas cosas, un día te da la opción de quitarte esa espina que tanto tiempo lleva atormentándote y te encuentras, esta vez sin tiempo a ensayar, con la oportunidad de decir todo lo que no dijiste en su momento.

Te limitas a preguntas banales, a evitar el tema, a no decir ni media palabra de las que querías haber soltado.

Y ves como la oportunidad se desvanece.

Esa persona a quien te faltó por decir todo, desaparece y ya nunca más tendrás la ocasión de afrontar todo eso que te quedó por decir.

Porque ya tuviste tu oportunidad, porque era esa la última ocasión, porque ante un nuevo encuentro siempre podrá preguntarte ¿por qué?

¿Por qué no lo dijiste en su día?, y sobre todo, ¿por qué no aprovechaste esa segunda oportunidad? y en ese momento es cuando ya puedes descartar abrir más la boca y asumir que por no decir, perdiste.

Y probablemente nos estemos encerrando en esa idea de decirlo todo, de que queden claras nuestras razones, y no siempre es necesario.

A veces, un silencio habla más de lo que puedas decir.

¿Cómo era aquello? Sé dueño de tus silencios, no esclavo de tus palabras.

Cuando no es necesario decir, hay que dejar que ese silencio haga su trabajo, que le llegue a quien le hablas. Y que por ausencia de palabras, quede claro que no hay más qué decir.

Del mismo modo que, hay que guardar silencio con uno mismo.

Sé que es difícil, pero huye de esos diálogos contigo mismo, huye de esos ensayos sobre una conversación que no será como crees y di lo estrictamente necesario.

Busca tus palabras, tus razones y deja tu mensaje claro, pero ante todo, gestiona tus silencios, porque muchas veces, dicen más de lo que crees.

Tus silencios no tienen por qué ser un acto de cobardía, deben ser una frontera.

Porque hay silencios que no cicatrizan, porque nunca tuvieron la oportunidad de romperse.

 


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