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sábado, 28 de febrero de 2026

#42. EVA ES NOMBRE DE PECADO - PARTE I

 

Hacía un par de semanas que había publicado un anuncio ofreciendo mis servicios en un periódico local.

Y viendo el escaso éxito de convocatoria que estaba teniendo me dispuse a ir colocando pasquines por todos los rincones de la ciudad a los que mis pies estuvieran dispuestos a llevarme.

La precariedad de mis últimos trabajos y la penosa situación en la que me había quedado tras mi separación hacía cosa de un año atrás,

me obligaban a echar mano de todo conocimiento que tuviera y que más o menos fuera vendible,

así que tras dedicar un rato al diseño de alguna frase brillante que pudiera captar la atención de algún posible cliente, empecé a empapelar la ciudad.

  


Poco antes de llegar al momento más álgido de mi cansancio y después de haber recorrido más de lo que podía llegar a acostumbrarme, sonó mi teléfono.

Era Francisco, un antiguo conocido al que había tratado mucho, pero muy atrás y con el que, pese a nuestra diferencia de edad, siempre habíamos tenido una muy sana cordialidad.

Me habló de que le habían llegado noticias sobre mi separación y que por prudencia e intuyendo que no eran mis mejores momentos, había preferido dejar pasar algo de tiempo antes de mostrarme su incondicional apoyo.

Antes de despedirnos, le pregunté por su mujer y por Evita.

Aquella adorable niñita de claras trenzas que siempre regaló amplias sonrisas al mundo, y me comentó que precisamente era por ese motivo por el que me había llamado.

 Recientemente hablando con su mujer habían acordado que la niña retomara sus clases de repaso que por circunstancias había dejado durante un lapso de tiempo,

 y aprovechando que la madre de la criatura había visto mi anuncio en la prensa, habían pensado que era una buena ocasión para realizar la llamada que habían estado demorando.

Convenimos que le daría clases dos días a la semana durante una hora y media por sesión y tras ponernos de acuerdo en lo más mundano, fijamos el primer encuentro para media hora antes de la primera clase y así saludarnos y ponernos al día de todo.

Llegó el primer martes y me presenté en la dirección que me habían dado con estricta puntualidad.

Abrió Sara, la mujer de Francisco, me invitó a pasar tras saludarnos y me acompañó al salón donde él nos esperaba mientras ojeaba un periódico.

Tras el protocolo inicial nos sentamos y empezaron a exponerme los motivos de la reunión. Habían pensado en mí ya que su recuerdo era el de alguien metódico y escrupuloso y se lo confirmé, y dado que Evita, ya Eva, les había crecido algo dispersa y con facilidad para la distracción pensaron en alguien que le inculcara tanto de hábito y disciplina como de libro.

Eva contaba ya con casi veinte años, añadieron, así que además se debía lidiar con el ímpetu y la tendencia a la festividad propia de la edad.

Antes de que pudiéramos retomar cualquier anécdota del pasado, oímos cerrarse la puerta principal y apareció Eva y tras muchos años nos volvimos a saludar.

Poco quedaba ya de aquella chiquilla que yo recordaba, hoy era una joven mujer de finos rasgos que entremezclaban la más acentuada de las picardías femeninas con la candidez de su pronta edad.

Pese a la sobriedad de su padres, vestía todo lo extremada que sus años la aconsejaban, corta, muy corta, demasiado corta habría dicho si estuviera emparentado con ella.

Francisco y Sara, cumpliendo con lo dicho, debían ausentarse durante las clases por motivos laborales, así que recogieron sus cosas y se despidieron de ambos.

Eva rompió el hielo haciendo uso de su sonrisa tras comentarme que me había imaginado mucho mayor de lo que aparentaba, me condujo a su habitación donde tenía dispuesto un estudio con todo lo necesario.

La invité a ocupar su silla y empezamos a con las primeras lecciones. Así pasó el primer mes, yo acudiendo puntualmente y Eva aplicándose a fondo y mejorando a pasos agigantados mientras íbamos creando una confianza que mejoraba agradablemente el ambiente de las muchas horas que debíamos pasar frente a los libros.

Pronto llegó el otoño y aunque no era muy riguroso, aquel día llovía a cántaros, algo que por primera vez me obligó a apretar el paso en pro de mi puntualidad.

Llamé a la puerta y abrió inmediatamente Eva totalmente empapada me invitó a entrar y mientras subía las escaleras hacia su habitación me comentó que en dos minutos bajaría ya que debía secarse el pelo y cambiarse de ropa al haber sido sorprendida por la tormenta que descargaba en ese momento.

La esperé de pie mientras curioseaba entre sus libros de mesilla y cuando alcancé un libro que había leído yo de pequeño noté como Eva se pegó mi espalda y en voz baja me comentó que ese libro siempre la había estremecido agradablemente.

Me detuve, me volví y ahí estaba Eva, aún con el cabello húmedo, libre de cualquier adorno y con la luz en la cara que sólo la juventud te da, vistiendo un pantalón de ancho que aunque no muy femenino hacía que intuyera su silueta de cintura hacia abajo y una sencilla camiseta blanca de tirantes que dejaba muy a la vista que el frío del agua caída sobre ella aún afectaba a su más que firme busto.

Me quedé casi boquiabierto ante tal imagen, Eva lo notó y lejos de esconderse lo aprovechó para abusar de su coquetería.

Una vez recuperado el sentido común, comencé la clase con la normalidad que pude.

El día que me dirigía hacia la siguiente clase venía aun pensando en los evidentes cambios que Eva había hecho y tras apelar a la sensatez llamé a su puerta de nuevo.

Esta vez seca, pero de nuevo terriblemente corta para la época del año, así que procuré no fijarme demasiado y proseguir con nuestras lecciones bajo la más absoluta normalidad, pero Eva no me lo permitió.

Empezó muy suavemente, preguntando por mi mujer y le respondí que ya no lo era y me mostró su supuesto pesar alargando un  “pobrecito” cargado de intencionalidad.

Me preguntó por la existencia de alguna sustituta y ante mi negativa se interesó por el tiempo que hacía desde mi separación, para terminar dando por hecho que debía estar pasándolo mal.

Poco tardó en aclararme que ella no tenía pareja por no encontrar aliciente en los chicos de su edad, y viendo que la situación podía llegar a resultarme incómoda, le indiqué que se centrara en sus lecciones y con cierta resignación acató.


miércoles, 25 de febrero de 2026

#41. DONDE DUELEN LAS COSAS QUE NO DIJIMOS

 


¿Cuántas han sido las veces que, tras un breve espacio de tiempo, nos hemos puesto a recordar y a llenar la mente con escenas ya vividas?

Aquellas en las que tras unos días, semanas, meses, aún nos dejan cierto sabor en la boca del podría haber dicho esto o aquello.

Pero la pregunta es, ya que lo tengo claro, ¿por qué no lo dije en su momento? mi discurso no ha cambiado, mis ideas son las mismas, y mi razón sigue siendo muy mía.

Por temor seguramente.

Por miedo a dañar con un discurso demasiado contundente.
Por la necesidad de modular la cantidad de palabras que se generan en mi cabeza sin ni tan siquiera darme tiempo a pronunciarlas.

Porque llega el día en que tienes que exponer lo que piensas, lo que sientes, o lo que temes y sabes que es una conversación que no va a tener un buen desenlace, pero no por ello deja de ser forzosamente necesaria.



Y cuando llega ese momento, tras haberte repetido en multitud de ocasiones todo lo que pretendes decir, te das cuenta que tienes un interlocutor, con sus pensamientos, con sus sentimientos y con sus temores, pero que también tiene su razón y no dudará en volcarla sobre ti.

Ese es el momento en que nos engañamos por primera vez, ensayando un discurso sin nadie que nos replicara, pretendiendo y esperando que se reprodujera tal y como lo pensamos en su día.

Pero llega el momento de tener esa conversación, y no es así.

Y aunque no cambie el resultado, te quedas con cosas por decir. Porque sus argumentos dejan sin espacio a algunos de los tuyos, porque sus razones pesan más que algunas de las que tú tienes.

Y desde ahí, la distancia, el vacío y el silencio.

Continuas repasando lo que dijiste, lo que habrías dicho y lo que te faltó por decir.

Y todo en su conjunto te aleja más y más de ese momento y de ese alguien.

Pero te preguntas ¿qué pasaría si tuvieras la oportunidad de decir todo eso que no llegó a pronunciarse?

Hasta llegar al punto en que tu cabeza pueda traicionarte imaginando soluciones a un conflicto que ya hoy sabes que no son las que necesitas.

Pero eso queda dentro de ti, como parte de tus recuerdos, como parte de tu culpa y como parte de esa sensación a la que le cuesta desaparecer y que nos atormenta con lo que no se hizo y lo que no se dijo.

La vida, a quien tanto le gusta jugar con estas cosas, un día te da la opción de quitarte esa espina que tanto tiempo lleva atormentándote y te encuentras, esta vez sin tiempo a ensayar, con la oportunidad de decir todo lo que no dijiste en su momento.

Te limitas a preguntas banales, a evitar el tema, a no decir ni media palabra de las que querías haber soltado.

Y ves como la oportunidad se desvanece.

Esa persona a quien te faltó por decir todo, desaparece y ya nunca más tendrás la ocasión de afrontar todo eso que te quedó por decir.

Porque ya tuviste tu oportunidad, porque era esa la última ocasión, porque ante un nuevo encuentro siempre podrá preguntarte ¿por qué?

¿Por qué no lo dijiste en su día?, y sobre todo, ¿por qué no aprovechaste esa segunda oportunidad? y en ese momento es cuando ya puedes descartar abrir más la boca y asumir que por no decir, perdiste.

Y probablemente nos estemos encerrando en esa idea de decirlo todo, de que queden claras nuestras razones, y no siempre es necesario.

A veces, un silencio habla más de lo que puedas decir.

¿Cómo era aquello? Sé dueño de tus silencios, no esclavo de tus palabras.

Cuando no es necesario decir, hay que dejar que ese silencio haga su trabajo, que le llegue a quien le hablas. Y que por ausencia de palabras, quede claro que no hay más qué decir.

Del mismo modo que, hay que guardar silencio con uno mismo.

Sé que es difícil, pero huye de esos diálogos contigo mismo, huye de esos ensayos sobre una conversación que no será como crees y di lo estrictamente necesario.

Busca tus palabras, tus razones y deja tu mensaje claro, pero ante todo, gestiona tus silencios, porque muchas veces, dicen más de lo que crees.

Tus silencios no tienen por qué ser un acto de cobardía, deben ser una frontera.

Porque hay silencios que no cicatrizan, porque nunca tuvieron la oportunidad de romperse.

 


sábado, 21 de febrero de 2026

#40. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 7 — EPÍLOGO

 


Al final, todo esto —la Rosa, las Alas, la Flecha, la Locura, el Fuego, la Eternidad, el Remedio— no es una teoría del desamor.
Es un mapa.
Un mapa que todos llevamos tatuado en la piel aunque finjamos no verlo.

Hay quien recorre el camino en silencio.
Hay quien vuelve a él cada año.
Hay quien jura que ya no siente nada
y hay quien se rompe en cuanto escucha una canción mal colocada.

Pero todos, absolutamente todos,
hemos pasado por alguna esquina de esta historia.
Aunque sea de refilón.
Aunque nos avergüence admitirlo.





El desamor no nos hace peores.
Nos hace visibles.
Nos recuerda lo que no queremos reconocer cuando todo va bien:
que somos vulnerables,
que nos ilusionamos con facilidad,
que nos mentimos cuando necesitamos esperanza,
y que nos reconstruimos siempre un poco peor…
pero también un poco más sabios.

No hay fórmulas.
No hay trucos.
No hay manera elegante de sobrevivir a lo que duele.
Solo hay dos opciones:

— sentirlo

— y seguir adelante

El resto es ruido.

Si algo he aprendido —y mira que me ha costado— es esto:

El amor no te completa.
Pero tampoco el desamor te destruye.
Lo que te destruye es aferrarte a lo que ya no existe.
Y lo que te salva, siempre,
es permitirte volver a empezar.

Aunque sea torpe.
Aunque sea tarde.
Aunque sea con miedo.

Porque el verdadero final nunca es el que le ponemos a la historia.
El verdadero final es cuando volvemos a mirar a alguien y pensamos:
“ojalá no traiga espinas”.

Y aun así,
si las trae…

sobreviviremos.

Como siempre.
Como todos.
Como humanos.

 


miércoles, 18 de febrero de 2026

#39. SINDROME DE IMBOTSTER

 



No hace mucho cayó en mis manos un artículo que me pareció bastante interesante, y que me entretuvo durante un buen rato. Al principio durante su lectura y mientras ésta avanzaba, sobre los paralelismos que se me iban planteando y de los que hoy quiero hablaros.

Trataba sobre el Síndrome de Imbotster, un fenómeno que ha aparecido recientemente y que se ha originado bajo la sombra de las nuevas tecnologías.

Para resumir, ya que hoy no hablaremos exactamente del síndrome en cuestión, sino de esos paralelismos, os diré que, por lo visto, ahora hay quien adolece del temor de escribir demasiado bien para no parecer “artificial”.

Me explico. Ahora que buena parte de la población usa inteligencias artificiales y todo tipo de correctores y editores de texto, el riesgo, según ese artículo, está en parecer una máquina, así que la tendencia es la de soltar latiguillos, expresiones o pequeñas incorrecciones para diferenciarnos de ellas.

¡Parad máquinas, por favor!

¿En serio que vamos a empeorar nuestra forma de escribir para que quien nos lea no crea que hemos “hecho trampas”?

¿Esa es la solución?

No, me niego.


Empecemos por plantearnos si quien va a leernos está lo suficientemente capacitado para evaluar correctamente lo que decimos. Ya estemos hablando de un currículum, de un correo electrónico o cualquier otro tipo de comunicación.

Porque nos pasamos la vida preguntándonos si vamos a cumplir las expectativas de quien sea.

Si somos lo suficientemente “aptos” o buenos para tal puesto.

Incluso si cumplimos los requisitos de aquella persona. Y ahí quería yo llegar.

 

Porque este mecanismo no se da solo en lo profesional.

Lo vemos constantemente en otros ámbitos mucho más íntimos, como las relaciones personales o la elección de pareja.

Listas de requisitos, expectativas no negociables, “red flags” y exigencias previas que se presentan como muestras de autoestima, cuando en realidad muchas veces esconden otra cosa: una necesidad de situarse por encima antes incluso de empezar.

El famoso “porque yo lo valgo” ha hecho más daño del que parece. No por reivindicar dignidad —que es legítimo—, sino por convertir la elección en un acto de superioridad.

Porque si realmente se trata como superioridad, algo que me resulta por defecto, altamente reprobable, me preocuparé poco, ya que una relación personal basada en ese criterio tiene poco recorrido, así que no merece ser demasiado comentada.

Por otro lado, no veo mal que alguien imponga filtros para superar ciertas diferencias, ya sean físicas, de condición social o de nivel económico.  Porque esos requisitos, se imponen desde y en pro de cierta igualdad de condiciones. Lo que se pretende con ellos es equiparar fuerzas y que la banalidad no interrumpa la faceta sentimental. Quiero pensar que es por eso.

Pero nos queda una tercera opción. Que los requisitos se impongan desde el miedo y la inferioridad. Y se pretenda para demostrarse a uno mismo que, esa persona cargada de virtudes, de capacidades y digna de admiración, sea la juzgada para tapar nuestras propias carencias y debilidades.

Pedimos mucho. A veces todo. Y casi nunca nos detenemos a preguntarnos si nosotros mismos cumplimos aquello que exigimos.

Cuando elevas demasiado el listón, no acabas mejor acompañado.
Acabas más solo… pero con vistas.

Y dicho esto, lo cierto es que durante toda mi vida, ha habido una de las tres opciones que se ha repetido más, y con diferencia sobre las otras dos. ¿A vosotros cuál os parece la más frecuente?

Comentémoslo aquí mismo o enviadme un correo. Tan bien escrito como podáis, eso sí.

sábado, 14 de febrero de 2026

#38. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 6 — LA ETERNIDAD Y EL REMEDIO

 


Después del fuego siempre llega lo mismo:

ese silencio raro, espeso, incómodo… pero necesario.
El silencio donde por fin respiras sin esperar nada.
Sin mirar el móvil.
Sin interpretar señales.
Sin inventarte historias.

Solo tú.
Sin adornos.
Sin narrativa.
Sin excusas.

Es curioso:
cuando una historia arde, lo primero que intentamos salvar es la dignidad.
Pero no se salva nunca.
Lo único que sobrevive es el cansancio.





Y aún así, en esa calma post-incendio, aparece un pensamiento absurdo:

“Quizá era eterno.”

No lo dices en voz alta, claro.
Sería ridículo.
Pero te cruzas con una canción, con un gesto, con un recuerdo mínimo…
y ahí está la palabra prohibida: eternidad.

No porque lo fuera,
sino porque quisiste que lo fuese.
Quisiste que durara, que tuviera sentido, que se escribiera solo.
Y la verdad es que ni empezaba bien,
ni seguía bien,
ni acabó bien.
Pero la mente es así de generosa con lo que ya no tiene.

La eternidad no es un adverbio de tiempo.
Es un deseo.
Un lugar donde escondemos lo que no supimos sostener.

Y justo cuando empiezas a aceptarlo,
cuando el cuerpo por fin baja pulsaciones,
llega otra fase igual de estúpida y universal:

El Remedio.

El Remedio es esa necesidad compulsiva de arreglarte deprisa.
De demostrarte que estás bien.
De convencerte de que lo ocurrido “no te afecta tanto”.
De llenar el hueco antes de que se convierta en un agujero.

Y ahí vienen las decisiones brillantes:

  • Cambiar de hábitos.
  • Cambiar de estilo de vida.
  • Cambiar de gente.
  • Cambiar de foto de perfil.
  • Cambiar de piel.

Y jurarte, con una solemnidad que da vergüenza ajena, que nunca más.
Que no volverás a caer,
que ahora ya sabes,
que has aprendido,
que tienes las herramientas,
que has crecido.

Mentira dulce.
Pero necesaria.

El Remedio no cura.
El Remedio distrae.
Te mantiene ocupado mientras el corazón hace lo suyo:
cerrar, soldar, recolocar.

No es inteligencia emocional.
Es ingeniería de supervivencia.

Porque la verdad, la cruda, la que da pereza aceptar, es esta:

No sanas cuando quieres.
Sanas cuando el cuerpo te da permiso.

Y justo cuando crees que ya estás estable,
que ya ves claro,
que ya estás listo para volver al mundo con la cabeza alta…

aparece algo inesperado:
una mirada,
una frase,
una ilusión pequeña pero peligrosa.

Y ahí lo recuerdas todo:
que no somos máquinas,
que no estamos rotos,
que no estamos curados,
que no sabemos evitar el desastre…

pero seguimos adelante igual.
Porque ese es el verdadero remedio:
el simple hecho de volver a sentir.

No mejor, no más fuerte, no más sabio.
Solo sentir.

La Rosa te engaña.
Las Alas te elevan.
La Flecha te atraviesa.
La Locura te pierde.
El Fuego te limpia.

Y la Eternidad y el Remedio…
te recuerdan que sigues vivo.

Epílogo: Conclusiones
(una última mirada al desastre… y lo que aprendimos de él).

 


miércoles, 11 de febrero de 2026

#37. CASTRACION SOCIAL

 

No nos hemos vuelto más frágiles.

Nos hemos vuelto más vigilantes.

Hace tiempo que observo una cosa que no me gusta, pero que cuesta mucho expresar con palabras sin que suene a queja o a nostalgia barata. No tiene nada que ver con la edad, no con las nuevas generaciones, ni con aquel tópico cómodo de “antes todo era mejor.”

No va de nada de esto.
Va de cómo hemos confundido proteger con impedir.

No lo hemos hecho con mal intención. Esto creo que es importante remarcarlo. No hay una conspiración, ni un plan oculto, ni una generación especialmente inútil. Lo que hay es cansancio, miedo y una acumulación de pequeñas decisiones que, sumadas, han ido reduciendo el margen vital hasta dejarlo prácticamente aséptico.

























Hemos querido evitar el conflicto…
y hemos evitado el aprendizaje.

Hemos querido evitar el dolor…
y hemos evitado la tolerancia a la frustración.

Hemos querido evitar el riesgo…
y hemos acabado evitando el contacto.

Vivimos obsesionados con amortiguarlo todo. Con hacer que nada nos incomode demasiado, que nada desborde, que nada nos obligue a sostener una situación incierta. Y en este proceso, casi sin darnos cuenta, hemos ido eliminando aquello que hace posible el aprendizaje de vivir con los demás: el roce, la contradicción, el error, la discrepancia, el límite.

No es que no sepamos relacionarnos.
Es que no nos han dejado practicar.

Lo ves en pequeñas cosas, casi insignificantes, pero que se repiten con demasiada frecuencia. En como cualquier mínimo desacuerdo se convierte en un ataque personal. Ya no discutimos ideas: nos defendemos. No escuchamos para entender, escuchamos para protegernos. Y cuando la conversación se enrarece un poco, cuando aparece la mínima fricción, no intentamos sostenerla: la cerramos, la suavizamos o la convertimos en silencio.

Lo ves en el miedo constante a equivocarnos. A decir algo mal dicho. A incomodar. Vivimos en un estado de corrección preventiva que no nace del respeto, sino del temor. No queremos dañar a nadie, sí… pero ante todo, no queremos quedar expuestos.

Lo ves en la incapacidad creciente de gestionar un “no”. Un no sin dramas. Un no sin informes explicativos. El no se ha convertido en una agresión porque ya no sabemos convivir con el límite.

Lo ves en como evitamos el conflicto interior incluso cuando es necesario. Preferimos incomodidades pequeñas antes que afrontar una sola. Preferimos tragarnos cosas antes que verbalizarlas. Y cuando finalmente estallamos, lo hacemos tarde, mal y desproporcionadamente.

Y lo vemos en esta sensación generalizada de estar un palmo por encima del suelo. Este empoderamiento que nos ha llevado a pensar que por el hecho de existir, somos especiales y que impide por defecto, que alguien nos cuestione nada.

No es que seamos más sensibles.
Es que estamos menos entrenados.

Cuando no aprendes a sostener el conflicto fuera, el conflicto no desaparece. Cambia de lugar. Se va para adentro. Y entonces pasan cosas extrañas: adultos desbordados por situaciones mínimas, conversaciones que nos roban el sueño, malestares difusos que no sabemos explicar.

Nos cuesta pedir.
Nos cuesta decir que no.
Nos cuesta poner límites sin sentirnos culpables.
Nos cuesta recibir una crítica sin vivirla como una humillación.

No porque no tengamos valores.
Sino porque nos falta práctica.

La práctica de discutir sin romper.
De decir lo que nos incomoda sin destruir.
De aguantar la mirada cuando no estamos de acuerdo.
De aceptar que el otro no nos debe comprensión eterna.

Esto no se aprende en manuales ni en discursos bienintencionados. Se aprende viviéndolo. Y cuando una sociedad elimina sistemáticamente los espacios donde esto puede suceder —para proteger, para prevenir, para controlar— lo que se obtiene no es armonía, sino más fragilidad.

Esto no es evolución.
Es una castración social.

Quizá por eso nos cuesta tanto estar mal. Quizá por eso necesitamos justificarnos constantemente, blindarnos, explicarnos. Hemos crecido pensando que vivir debía ser seguro, previsible, controlable. Y la vida no lo es. Nunca lo ha sido.

Y a la vez, vivimos en un lamento eterno, remarcando que nuestro problema es el más amargo y esperando la atención y comprensión de los demás.

Convivir tampoco lo es.

Convivir significa fricción.
Significa desacuerdo.
Significa límites.
Significa momentos incómodos que no se resuelven con una frase amable ni con una pantalla.

No se trata de volver atrás, ni de idealizar el pasado. Se trata de reconocer que, en el intento de hacerlo todo más amable, quizá hemos hecho un mundo más frágil de lo que creíamos. Que al querer protegernos de todo, nos hemos quedado sin herramientas  para soportar prácticamente nada.

Esto no se resuelve con nuevas normas, ni con discursos más blandos. Se resuelve recuperando espacios donde poder equivocarse sin que signifiquen una tragedia. Donde  decir lo que piensas no sea una agresión. Donde el conflicto no sea sinónimo de fracaso, sino parte del camino.

No para hacernos más duros.
Sino más capaces.

Porque una sociedad que no sabe discutir, que no sabe poner límites, que no sabe sostener la incomodidad, no es una sociedad más avanzada. Es una sociedad más asustada.

Y quizá ya va siendo hora de dejar de confundir proteger con impedir.

Porque proteger de verdad no es evitar el roce.

Es prepararte para soportarlo.

 

sábado, 7 de febrero de 2026

#36. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 5 — EL FUEGO

 

Hay un punto en toda historia donde ya no queda nada que analizar.

Ni mensajes que revisar,
ni señales que interpretar,
ni excusas que maquillar.
Solo queda una cosa:

Fuego.

El Fuego llega cuando ya no puedes sostener la mentira —ni la tuya ni la del otro—.
Cuando la ilusión se derrumba,
cuando la Locura se vuelve agotadora,
cuando la Flecha duele más de lo que admites
y las Alas ya no levantan ni tu sombra.

El Fuego no pide permiso.
Arde.
Arrasa.
Devora.
Y tú, en lugar de apagarlo, te quedas mirando cómo avanza,
como si fuera una purga necesaria.

Porque lo es.





El Fuego es esa mezcla extraña entre dolor y alivio.
Dolor, porque lo que imaginaste se muere.
Alivio, porque por fin se muere lo que llevaba demasiado tiempo en cuidados intensivos.

El Fuego quema sin avisar:
una frase mal dicha,
un gesto inesperado,
una verdad incómoda,
una ausencia que ya no puedes justificar.

Y ahí aparece ese pensamiento que nunca llega a pronunciarse en voz alta:

“Ya está. Se acabó.”

Pero no lo dices.
No todavía.
Primero dejas que arda un poco más.
Necesitas verlo prender en todos tus rincones:
la fantasía,
el deseo,
la versión idealizada del otro,
la versión idealizada de ti.

El Fuego te obliga a reconocer algo que llevas meses evitando:
que no estabas enamorado de la persona,
sino de la historia que querías vivir con ella.

Y cuando eso arde…
arde todo.

El Fuego quema tus apegos, tus excusas, tu narrativa cómoda.
Te deja deshidratado, vacío, tembloroso.
Pero también te deja limpio.

Porque el Fuego no destruye por capricho.
Destruye para dejar espacio.

Cuando el humo baja,
cuando las brasas se apagan,
cuando ya no queda ni una estructura en pie…
descubres algo que siempre sorprende:

Estabas sobreviviendo en ruinas.
Y ni siquiera te habías dado cuenta.

El Fuego te lo muestra sin anestesia:

“Esto ya no sostenía nada.”

Y por fin, por primera vez desde que empezó la historia,
aparece un silencio que no duele.
Un vacío que no asusta.
Una calma que no exige explicaciones.

Porque después del Fuego,
por fin,
queda un suelo firme donde reconstruirte.

La Rosa te engaña.
Las Alas te elevan.
La Flecha te hiere.
La Locura te desgasta.
Pero el Fuego…
el Fuego te devuelve a ti.

Capítulo 6: La Eternidad y el Remedio
(la resaca emocional, el autoengaño final… y el principio de otra cosa).

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

#35. GAMBITO DE DAMA

 

Gambito de dama

En ajedrez, un gambito es una apertura en la que se sacrifica material —normalmente un peón— a cambio de iniciativa, espacio o control del centro.

Toda partida empieza igual:
el tablero ordenado, las piezas en su sitio, la sensación de que todo está bajo control.

Es una ilusión necesaria, una ilusión muy humana.

Porque muy pronto alguien mueve algo que no esperabas.
O eres tú quien decide hacerlo.

Abrir con un gambito de dama es aceptar, desde el primer momento, que no todo se va a conservar. Que irremediablemente habrá una pérdida temprana. Una visible. Innegociable.




Un peón avanza, queda expuesto… y cae.

Desde fuera parece un error.
Desde dentro es una decisión.
No porque no importe ese peón, sino porque importa más lo que se abre cuando desaparece.

En la vida ocurre igual.
Hay renuncias que llegan pronto, cuando aún no has desplegado todo lo que eres.
Cosas que se pierden demasiado rápido como para poder explicarlas.
Personas, etapas, seguridades.

La tentación es jugar a conservar.
A proteger cada pieza como si fuera imprescindible.
A no mover nada que pueda romper el equilibrio inicial.

Pero quien solo defiende, acaba encerrado.

El tablero se llena de piezas intactas…
y de caminos cerrados.

El gambito no es valentía ni inconsciencia.
Es criterio.

Es entender que algunas pérdidas no te debilitan:
te colocan.

Después de la apertura, la partida se vuelve incómoda.
El centro ya no es neutro.
Hay tensión.
Hay miradas cruzadas entre piezas que aún no se han tocado, pero se intuyen.

Aquí es donde la vida empieza a parecerse más al ajedrez.

No avanzas siempre lo que quieres.
A veces retrocedes una casilla para no perderlo todo.
Otras, mueves algo aparentemente pequeño que cambia el equilibrio entero.

Aprendes que no todas las piezas juegan igual.
Que algunas necesitan espacio.
Que otras funcionan mejor en silencio.
Que hay momentos para atacar y otros —más difíciles— para esperar.

Y que no todo se decide cuando hay público mirando.

Las jugadas importantes suelen hacerse cuando nadie aplaude.

En algún punto del medio juego, miras atrás y entiendes el sentido de aquella primera pérdida.
No como justificación, sino como evidencia.
Si no hubiera caído ese peón, ahora no estarías aquí.
No tendrías líneas abiertas.
No habrías obligado al otro —o a la vida— a mostrarse.

No todas las partidas se ganan.
Pero las que se juegan bien dejan algo claro:
no has estado reaccionando todo el tiempo.
Has tenido iniciativa.

Y eso cambia la actitud.

Dejas de medir cada paso por lo que puedes perder.
Empiezas a medirlo por dónde te coloca.

Hay finales tranquilos y finales abruptos.
Hay partidas largas que se deciden por cansancio.
Y otras breves que lo dicen todo en pocas jugadas.

Pero ninguna se sostiene sin haber aceptado antes que algo tenía que caer.

La apertura marca el tono.
Y elegir una apertura con pérdida no es resignarse.
Es asumir que vivir —como jugar— no va de conservar el tablero intacto,
sino de aprender a moverte con sentido cuando ya no lo está.

Porque al final, cuando quedan pocas piezas y todo pesa más,
no importa cuántas conservaste al principio,
sino si supiste jugar cuando empezaron a faltar.