Mientras
más rígido sea dicho orden, más difícil será adaptar la naturaleza a la razón
artificial, probad a meter un gato en una bañera para acicalarle el pelo y
veréis a lo que me estoy refiriendo.
Para
que existan madres virtuosas e hijas inmaculadas, debe haber mujeres ni
virtuosas ni inmaculadas, aunque solo sea para distinguir unas de otras.
La
familia tradicional, por ejemplo, esa unidad cultural tan profundamente
arraigada en nuestro armazón social, y que como uno de los pilares de carga,
sustenta el inmenso edificio moral que hemos creado, es también la columna que
define y sostiene el oficio de la prostitución. No en balde, ambas
instituciones tienen la misma antigüedad.
Con
todo, la erradicación del comercio carnal, siempre como lo hemos definido al
principio, y en caso de que fuera naturalmente
posible, pasará irremediablemente por construir nuestra sociedad de otra forma,
por buscar nuevas arquitecturas.
Y
para que la regulación sea efectiva y plácida deberá pasar por dotarnos de un
marco moral (cultural) que la legitime plenamente. Mientras no ocurra lo uno o
lo otro, seguiremos en la sinrazón y el desconcierto.
Y
la meretriz, que procede etimológicamente de la palabra latina mereo, merecer, merecedora de lo que
gana, será una excluida necesaria en lugar de un recuerdo del pasado o de un
bien asumido.
A
lo largo de la historia, del mismo modo que la sociedad ha ido modificando la
finalidad y el concepto que ha tenido del oficio,
éste ha ido adaptándose a lo que los acontecimientos le ha permitido y por
tanto ha ido variando su forma, finalidad y por ende, su denominación.
Desde
la antigua Roma, donde las cuadrantarias,
llamadas así por cobrar un cuadrante (una cantidad miserable) a las felatoras (expertas en esa práctica),
así como las hetarias en Grecia, las
ahuiyani suramericanas, pasando por
todo tipo de cortesana, desde la antigüedad, la edad media o la corte de Luis
XV de Francia, hasta las jineteras
cubanas que ejercen la prostitución en las calles de la Habana, la prostitución
se ha amoldado y adaptado a su entorno con mayor éxito y perdurabilidad que
ningún otro oficio en la historia.
Es
quizá por eso que ha sido, es y seguirá siendo un recurso de innegable
servicio, pero hasta ahora hemos hablado solo de la prostitución más común, la
de calle (exceptuando las hetarias de la antigüedad) y hoy por hoy, existen
otras fórmulas que dan servicio a la innumerable demanda de los favores que
este colectivo ofrece.
Me
refiero al refinamiento y al pronunciamiento de las clases y categorías que,
aunque siempre hayan estado definidas dentro del colectivo, hoy en día sea
quizás uno de los momentos de la historia en que más diferenciados pueda estar
por multitud de factores.
Fuera
ya de las calles, lejos de los submundos donde acostumbra a encontrarse todo
tipo de prostitución, por defecto la de más bajo nivel, y ya que sabemos que,
lo que prácticamente se originó en conventos y que derivó en lugares donde
aislar del resto de la sociedad lo que se sabía, pero siempre resultaba
incómodo ver en las calles.
Ha
ido cambiando a lo largo del tiempo y del burdel clásico hemos ido
evolucionando en otras formas que aunque hoy por hoy no sean todavía temas que
dejen a nadie indiferente, existen y resultan de lo más lucrativo. Hablo de lo
que hoy se denomina como prostitutas de
lujo, scorts y gigolós.
Tanto
en el caso de las prostitutas de lujo,
como en el de las scort, como en el de los gigolós, podríamos decir que son una
modernización de concepto de la hetaria.
Es
cierto que en su origen, son profesionales del sexo y dan y cumplen este
servicio, pero en cada uno de los tres casos, y por ese motivo los he englobado
en un solo apartado, van un paso más allá en el abanico de opciones que
ofrecen.
De
entre las tres denominaciones o especialidades, como queráis llamarlas, es
quizás la de la prostituta de lujo, la que mantiene un carácter más explícito
en lo que al sexo se refiere, diferenciándose básicamente de la prostituta de
calle por lo elevado de sus honorarios, que se justifica por norma general con
un físico que cumpla todos los cánones de belleza que la sociedad del momento
exige acompañado de cierto nivel cultural y en ocasiones con tintes de
psicología.
No
obstante, cumple una función de acompañante o simplemente de diván psicológico
donde su clientela halla el desahogo que busca que no tiene por qué ser siempre
carnal.
Por
otro lado, la y el scort es quien
básicamente ofrece su compañía en un lugar o evento determinado (generalmente
formal y de cierto protocolo como puede ser un baile, cóctel o incluso una
boda), aparentando la existencia de una relación sentimental, para después
proporcionar el servicio sexual pertinente si así lo requiere el cliente.
Es
por ese motivo que el y la scort se caracterizan en buena medida por su saber
estar y sus conocimientos de protocolo y educación que acostumbran a ser
altamente refinados.
Y
para finalizar esta categoría nos queda el gigoló,
a quien he encumbrado al nivel de la prostituta de lujo no quizás por sus
atributos a la hora de conversar y compartir conocimientos, sino porque el
perfil de su clientela, femenina y que acostumbra a superarlo en edad, exige de
algo más que el burdo intercambio carnal.
Quiero
también hacer mención a un colectivo que dada la lejanía y el misticismo y
cierto misterio que tiñe su cultura, desde occidente se ha confundido y
vinculado habitualmente con la prostitución, aunque no sea necesariamente
cierto. La Geisha.
La
Geisha como definición y traducción literal, es una artista tradicional
japonesa. Las geishas se originaron como profesionales del entretenimiento,
originalmente la mayoría eran hombres.
Mientras
las cortesanas profesionales brindaban entretenimiento sexual, las geishas
usaban sus habilidades en distintas artes japonesas como la música, baile y
narración. Las geishas de ciudad (machi) trabajaban independientemente en
fiestas fuera de los “barrios de placer”, mientras que las de barrio (kuruwa)
lo hacían dentro de éstos.
Al
declinar el nivel artístico de las cortesanas, las geishas (hombres y mujeres)
tuvieron mayor demanda.
Los
geishas masculinos (hokan o taikomochi) comenzaron a declinar y hacia los
inicios del siglo XIX las geishas femeninas, a quien en un principio se las
llamaba onna geisha (literalmente geisha mujer) los superaron en número
hasta adoptar por completo el uso del término Geisha.
Tradicionalmente,
las geishas comenzaban su entrenamiento a edades muy cortas. Algunas jóvenes
eran vendidas a las casas de geishas en su niñez y comenzaban su entrenamiento
en varias artes tradicionales casi de inmediato.
Durante
esa niñez, las geishas podían trabajar como criadas o asistentes de las más
experimentadas, para posteriormente pasar a ser aprendices (maiko).
Esta
tradición de entretenimiento existe en muchas otras disciplinas de Japón, el
estudiante deja su hogar para hacer trabajos domésticos y asistir a su maestro
para finalmente, convertirse en uno de ellos.
Y
por último, nos queda una categoría, quizás la más oculta, la más silenciada y
la que probablemente levantará más ampollas dentro de todo el contenido de este
artículo y en la que me veo casi en la obligación de darle un apartado
exclusivo dada la complejidad de su contenido.








