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miércoles, 1 de abril de 2026

#51. YO, MERETRIZ - CAPITULO VI

 

Mientras más rígido sea dicho orden, más difícil será adaptar la naturaleza a la razón artificial, probad a meter un gato en una bañera para acicalarle el pelo y veréis a lo que me estoy refiriendo.

Para que existan madres virtuosas e hijas inmaculadas, debe haber mujeres ni virtuosas ni inmaculadas, aunque solo sea para distinguir unas de otras.

La familia tradicional, por ejemplo, esa unidad cultural tan profundamente arraigada en nuestro armazón social, y que como uno de los pilares de carga, sustenta el inmenso edificio moral que hemos creado, es también la columna que define y sostiene el oficio de la prostitución. No en balde, ambas instituciones tienen la misma antigüedad.


Con todo, la erradicación del comercio carnal, siempre como lo hemos definido al principio, y en caso de que fuera naturalmente posible, pasará irremediablemente por construir nuestra sociedad de otra forma, por buscar nuevas arquitecturas.

Y para que la regulación sea efectiva y plácida deberá pasar por dotarnos de un marco moral (cultural) que la legitime plenamente. Mientras no ocurra lo uno o lo otro, seguiremos en la sinrazón y el desconcierto.

Y la meretriz, que procede etimológicamente de la palabra latina mereo, merecer, merecedora de lo que gana, será una excluida necesaria en lugar de un recuerdo del pasado o de un bien asumido.


A lo largo de la historia, del mismo modo que la sociedad ha ido modificando la finalidad y el concepto que ha tenido del oficio, éste ha ido adaptándose a lo que los acontecimientos le ha permitido y por tanto ha ido variando su forma, finalidad y por ende, su denominación.

Desde la antigua Roma, donde las cuadrantarias, llamadas así por cobrar un cuadrante (una cantidad miserable) a las felatoras (expertas en esa práctica), así como las hetarias en Grecia, las ahuiyani suramericanas, pasando por todo tipo de cortesana, desde la antigüedad, la edad media o la corte de Luis XV de Francia, hasta las jineteras cubanas que ejercen la prostitución en las calles de la Habana, la prostitución se ha amoldado y adaptado a su entorno con mayor éxito y perdurabilidad que ningún otro oficio en la historia.

Es quizá por eso que ha sido, es y seguirá siendo un recurso de innegable servicio, pero hasta ahora hemos hablado solo de la prostitución más común, la de calle (exceptuando las hetarias de la antigüedad) y hoy por hoy, existen otras fórmulas que dan servicio a la innumerable demanda de los favores que este colectivo ofrece.

Me refiero al refinamiento y al pronunciamiento de las clases y categorías que, aunque siempre hayan estado definidas dentro del colectivo, hoy en día sea quizás uno de los momentos de la historia en que más diferenciados pueda estar por multitud de factores.

Fuera ya de las calles, lejos de los submundos donde acostumbra a encontrarse todo tipo de prostitución, por defecto la de más bajo nivel, y ya que sabemos que, lo que prácticamente se originó en conventos y que derivó en lugares donde aislar del resto de la sociedad lo que se sabía, pero siempre resultaba incómodo ver en las calles.

Ha ido cambiando a lo largo del tiempo y del burdel clásico hemos ido evolucionando en otras formas que aunque hoy por hoy no sean todavía temas que dejen a nadie indiferente, existen y resultan de lo más lucrativo. Hablo de lo que hoy se denomina como prostitutas de lujo, scorts y gigolós.

Tanto en el caso de las prostitutas de lujo, como en el de las scort, como en el de los gigolós, podríamos decir que son una modernización de concepto de la hetaria.

Es cierto que en su origen, son profesionales del sexo y dan y cumplen este servicio, pero en cada uno de los tres casos, y por ese motivo los he englobado en un solo apartado, van un paso más allá en el abanico de opciones que ofrecen.

De entre las tres denominaciones o especialidades, como queráis llamarlas, es quizás la de la prostituta de lujo, la que mantiene un carácter más explícito en lo que al sexo se refiere, diferenciándose básicamente de la prostituta de calle por lo elevado de sus honorarios, que se justifica por norma general con un físico que cumpla todos los cánones de belleza que la sociedad del momento exige acompañado de cierto nivel cultural y en ocasiones con tintes de psicología.

No obstante, cumple una función de acompañante o simplemente de diván psicológico donde su clientela halla el desahogo que busca que no tiene por qué ser siempre carnal.

Por otro lado, la y el scort es quien básicamente ofrece su compañía en un lugar o evento determinado (generalmente formal y de cierto protocolo como puede ser un baile, cóctel o incluso una boda), aparentando la existencia de una relación sentimental, para después proporcionar el servicio sexual pertinente si así lo requiere el cliente.

Es por ese motivo que el y la scort se caracterizan en buena medida por su saber estar y sus conocimientos de protocolo y educación que acostumbran a ser altamente refinados.

Y para finalizar esta categoría nos queda el gigoló, a quien he encumbrado al nivel de la prostituta de lujo no quizás por sus atributos a la hora de conversar y compartir conocimientos, sino porque el perfil de su clientela, femenina y que acostumbra a superarlo en edad, exige de algo más que el burdo intercambio carnal.

Quiero también hacer mención a un colectivo que dada la lejanía y el misticismo y cierto misterio que tiñe su cultura, desde occidente se ha confundido y vinculado habitualmente con la prostitución, aunque no sea necesariamente cierto. La Geisha.

La Geisha como definición y traducción literal, es una artista tradicional japonesa. Las geishas se originaron como profesionales del entretenimiento, originalmente la mayoría eran hombres.

Mientras las cortesanas profesionales brindaban entretenimiento sexual, las geishas usaban sus habilidades en distintas artes japonesas como la música, baile y narración. Las geishas de ciudad (machi) trabajaban independientemente en fiestas fuera de los “barrios de placer”, mientras que las de barrio (kuruwa) lo hacían dentro de éstos.

Al declinar el nivel artístico de las cortesanas, las geishas (hombres y mujeres) tuvieron mayor demanda.

Los geishas masculinos (hokan o taikomochi) comenzaron a declinar y hacia los inicios del siglo XIX las geishas femeninas, a quien en un principio se las llamaba onna geisha (literalmente geisha mujer) los superaron en número hasta adoptar por completo el uso del término Geisha.

Tradicionalmente, las geishas comenzaban su entrenamiento a edades muy cortas. Algunas jóvenes eran vendidas a las casas de geishas en su niñez y comenzaban su entrenamiento en varias artes tradicionales casi de inmediato.

Durante esa niñez, las geishas podían trabajar como criadas o asistentes de las más experimentadas, para posteriormente pasar a ser aprendices (maiko).

Esta tradición de entretenimiento existe en muchas otras disciplinas de Japón, el estudiante deja su hogar para hacer trabajos domésticos y asistir a su maestro para finalmente, convertirse en uno de ellos.

Y por último, nos queda una categoría, quizás la más oculta, la más silenciada y la que probablemente levantará más ampollas dentro de todo el contenido de este artículo y en la que me veo casi en la obligación de darle un apartado exclusivo dada la complejidad de su contenido.

sábado, 28 de marzo de 2026

#50. YO, MERETRIZ - CAPITULO V

 

No es hasta el siglo XII, durante la Baja Edad Media, cuando ante lo infructuoso de la prohibición, una nueva actitud comenzó a extenderse por Occidente, que llegó a su máxima expresión en el siglo XIV.

Entonces se empezó a considerar el oficio como un mal menor que preservaba el orden público, y a la prostituta, como un ejemplo de elemento a ser reconducido. 

De la misma manera que se abrían conventos para reconvertir a las mujeres de mala vida en monjas, también fueron creados lupanares en monasterios. Estaban recogidos, eso sí, por severas normas, entre las que se incluían el cierre a determinadas horas o la prohibición de que fueran visitadas por sacerdotes, hombres casados o judíos.

Para entender semejante permisividad hay que remitirse a la redención de María Magdalena y a algunas observaciones de los Padres de la Iglesia.

Así, san Agustín considera que la prostitución protege la moral de las mujeres virtuosas. También fueron escuchadas voces autorizadas como la de Tomás de Aquino (siglo XIII) quien parece que formuló una curiosa metáfora con las toallas:  mejor que huela mal ahí, que en toda la casa.


El siglo XVI volvió a traer medidas restrictivas por toda Europa. El cristianismo entró en crisis por la Reforma protestante y la consiguiente Contrarreforma católica. Era por tanto, el momento de exaltar los dogmas, la pureza de las maneras y el idealismo de las formas.

Se cerraron los burdeles y se persiguieron a las prostitutas, arrojadas a la clandestinidad, pero la hoguera y la prisión no parecieron bastar para erradicar el fenómeno.

La abolición fue mantenida hasta el siglo XIX, cuando la situación de violencia sexual en las calles se hizo insostenible a ojos de los legisladores (entre ellos, Napoleón Bonaparte), y decidieron volver a normalizar la situación de las meretrices.


La Europa decimonónica contemplaba el comercio carnal como algo enraizado en la vida cotidiana: el prostíbulo era un lugar al que se asistía con naturalidad. Por ejemplo, el escritor Marcel Proust le pidió dinero a su abuelo en una carta para gastarlo en uno de esos establecimientos.

El control sanitario y estatal hizo florecer el negocio, aunque los gravámenes fiscales propiciaron la aparición de un tráfico de blancas clandestino y marginal. En 1915, volvió a declararse ilegal en casi todos los estados de EE.UU.

Lejos de acabar con la explotación de las mujeres, la medida más bien reforzó su implantación, paralelamente al enriquecimiento de aquellos pocos que controlaban el negocio.

En nuestros días, y remitiéndonos a Europa, encontramos de todo: desde reglamentación efectiva, caso de Alemania, Holanda, Suiza y Austria, a la prohibición como ocurre en Suecia y Noruega. En otros muchos países, como España, existe cierta regulación, pero el resultado es que ni se sabe muy bien si se contesta a nada.

Para concluir, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué necesidad hay de la prostitución? Si es una actividad históricamente mal considerada y que nunca hemos acabado de asumir, ¿por qué persiste?, ¿por qué no se extingue?

 

La respuesta, y en esto también coincide indefectiblemente la historia, es porque se trata de algo consustancial al tipo de sociedad que hemos creado.

Podría considerarse el reverso de  una comunidad basada en la familia y en la propiedad de la descendencia, que privatiza el deseo y exclusiviza el amor, que santifica los genitales y mercantiliza los bienes.

La existencia de la prostitución, y así lo dicen desde Solón a los Padres de la Iglesia, pasando por el sentido común, garantiza ese orden establecido, permitiendo que la natural promiscuidad de los humanos no empañe el cultural diseño de convivencia con el que nos hemos dotado.

El hierro se dilata con el calor y se contrae con el frío. Si construimos algo con él, por ejemplo, un bloque de pisos, porque la cultura nos dice que vivamos en recintos así, debemos conocer la naturaleza del metal, pues en caso contrario el inmueble se derrumbará.

Para evitar que eso suceda, o sea, para preservar el orden, creamos juntas de dilatación que den margen de maniobra. Del mismo modo, si queremos que el edificio social que culturalmente hemos levantado con el material humano no nos caiga encima, debemos contar con espacios de fuga.

En una sociedad que tiene por normal la promiscuidad masculina pero niega la femenina y que le da patriarcalmente el cetro al falo y la virtud a la vagina, esos huecos los llena la prostitución. Por incómodo que resulte y mientras no construyamos otro orden cultural.

miércoles, 25 de marzo de 2026

#49. YO, MERETRIZ - CAPITULO IV

 

Ahora entraremos en el segundo asunto: cómo se las ha denominado y considerado según su categoría profesional.

En el mundo griego, existían desde el periodo clásico las pornai “las que venden”, que componían el nivel más bajo. De su denominación derivan algunos términos como pornografía, que significaría “retrato de pornai”.

Guiándonos por el precio de sus servicios, las seguían en el escalafón social las meretrices que conseguían un número considerable de clientes fidelizados y podían manejarse con cierta independencia.

Quienes llegaban a la edad madura con cierta cantidad de dinero y se reconvertían en proxenetas, y las flautistas, que servían de distracción a acaudalados hombres libres en encuentros denominados symposion, gracias fundamentalmente a su habilidad para tocar la cítara o la flauta.

En la cúspide de la pirámide estaban las hetarias “las que acompañan”, caracterizadas por su cultura y sus dotes protocolarias y diplomáticas. Eran las únicas mujeres de Grecia autorizadas a gestionar su propio patrimonio y algunas de ellas llegaron a obtener celebridad y a amasar cuantiosas fortunas.


Como ya hemos mencionado, las prostitutas romanas solían recibir el nombre genérico de las menos favorecidas, las lupae, llamadas así no solo por su origen sagrado, sino también porque atraían a su clientela emitiendo sonidos que recordaban los aullidos lobunos.

Ello no indica que no hubiera una diferenciación de prestigio entre ellas: las más respetadas eran las amicae o delicatae, mientras que entre las obligaciones de las prostibulae estaba la de ejercer tanto de noche como de día.

A partir del Medievo irrumpe, en los más altos niveles, la figura de la cortesana, acompañante del noble pero que no puede emparejarse maritalmente con él por ser de ascendencia humilde.


Estas distinciones de rango, también definidas por los lugares en el que realizan el ejercicio, (la calle, el lupanar o la propia vivienda), siguen vigentes hoy en día.

Lo que sí ha variado a lo largo de la historia, de manera cíclica, es la relación que mantiene la sociedad con la profesión a través de la política.

Oscilando entre la regulación y la abolición, la actitud que más se ha mantenido ha sido la de la tolerancia, ejercida de forma natural en los momentos de regulación y de manera pacata e hipócrita en las épocas abolicionistas.

Cuentan las crónicas que Solón, uno de los legendarios siete sabios de Grecia y padre de la primera constitución democrática del mundo, fue también el pionero en reglamentar la prostitución. En el siglo VII a. C., fundó casas de citas de propiedad pública en cada manzana de Atenas.

Eran los dicteriones, locales donde se acogían las pornai más escasas de medios. Allí se les procuraba un lugar para ejercer su oficio además de una protección oficial.

La contraprestación era tributar a la ciudad estado, con parte de esos impuestos se construyó el templo de Afrodita o Pandemos, “la que se entrega a todos”.

Del mismo modo, las hetarias que preferían establecerse por su cuenta recibían una autorización si pagaban las correspondientes tasas y contribuciones fiscales.

En Roma parece que la primera regulación imperial se debió a Augusto (siglo I d.C.), quien dio, entre otras cosas, categoría legal al concubinato. Con la irrupción del cristianismo y su adopción por parte de los emperadores, se intenta abolir la prostitución.

Una de las causas es, naturalmente, que esta creencia religiosa predica la abstinencia sexual, así como la vinculación del lenocinio (por su primigenio carácter sagrado), al politeísmo.

Al mismo tiempo y durante lo que ha sido llamado como historia precolombina de América, entre los aztecas las prostitutas eran llamadas ahuiyani (contento/a, satisfecho/a, feliz) que probablemente era una forma eufemística del nahuatl, ahuiya o ahuix “tener lo necesario, estar feliz”.

Ejercían al lado de los caminos o en edificios llamados Cihuacalli, en los que la prostitución estaba permitida por las autoridades políticas y religiosas.

Cihuacalli es una palabra náhuatl que significa “casa de las mujeres”. Las mujeres recibían mercancías usables como contraprestación a los favores sexuales que prestaban y tenían el más bajo de los estatus sociales.

domingo, 22 de marzo de 2026

#54. UNA VEZ, Y OTRA, Y OTRA MAS...

 

Tenemos todos claro que el hombre, como especie, es el único animal que tropieza con la misma piedra, dos veces. Incluso más. Los hay que hasta van a buscar la piedra para provocar el tropiezo. Somos así.

Y cuando creemos que tenemos un tema ya superado, ¡zas!, aparece inesperadamente de nuevo.

Todo el mundo vive muy tranquilo pensando que todo está bien, que la gente puede hacer y decir lo que quiera, especialmente en las redes, pero no es así.


Algunas son más permisivas que otras, y te dejan margen para opinar, mostrar, publicar y citar a quien sea. Otras en cambio, aun pareciéndolo, un día te dan un aviso y te muestran una cartulina amarilla.

Hablo de esta serie que tenemos a medias, de Yo, Meretriz. Sí, habla sobre la prostitución, pero no como hecho morboso y oculto, no como un motivo pecaminoso, sino de su historia, del impacto que ha significado en la sociedad a lo largo de los siglos.

Y aun y así, nos amenazan con banearnos, con dejar de mostrar nuestro perfil y vetar nuestro contenido. A nosotros, mis gatos y yo, nos da un poco igual que Zuckerberg saliendo de misa haya tenido una aparición mariana y haya considerado que este contenido sea pecaminoso o poco recomendable, pero nos sabe mal por vosotros/as.

Sé que no os va la vida en ello, pero es una serie histórica, donde yo aprendí muchísimo sobre un tema tan desconocido como ese, y con el que tenía la vana esperanza que vosotros también lo hicierais.

Pero con este breve escrito os avanzo que no. Que no pienso doblegarme ante la oleada puritana woke de este personaje y su página. Que no pienso cambiar una sola coma ni de mis textos ni de los anuncios que hago para promocionarlos.

Porque eso sería bajar a su nivel, eso sería darle la razón.

Han sido ellos quien ya tuvieron problemas por limitar, castrar y censurar a mucha gente durante la última pandemia.

Y del mismo modo, que me importa lo mismo que un rábano, que alguien pueda entrar por error en mi blog o en mi canal de youtube, buscando contenido de alto voltaje al confundirse con el contenido, daré la misma importancia a la posible censura que me apliquen en esta red social.

Podría apoyarme en el lloriqueo y entrar a comparar perfiles.

Podría poner sobre la mesa la cantidad de petardas enseñando carne que hay o la  cantidad de intentos de estafas que te asaltan a diario en mensajes privados, o la cantidad de supuestos gurús que te dan soluciones milagrosas para todo, pero no, ni es nuestro estilo ni tengo por qué perder el tiempo en un estéril intento de defensa comparándome con todo eso.

Mis textos son como son, gustarán más o menos, estarán mejor o peor escritos, pero son míos y no los tocaré ni modificaré para agradar a una colección de rameras arrepentidas como parecen estos moderadores de contenido.

Así que no alargaré más este pataleo, porque lo es, porque me molesta infinitamente, ya no el hecho que me puedan banear, o incluso suspender el perfil, sino por el hecho que hoy en día aun debamos estar hablando de esto.

Que tal y como os decía no hace mucho en aquel “Manifiesto de lo nuestro”, nos están robando la tostada. Que esta Europa en la que vivo, cada día es menos libre, es más restrictiva y más dictatorial. Donde vivimos, nos guste o no, a las órdenes de morales que no son las nuestras, intereses de países a miles de kilómetros y con intenciones que jamás aprobaríamos.

Así que más que nunca, y ante la posibilidad que nos limiten o prohíban publicar más contenido, entrad, suscribíos y seguid leyendo y escuchando si así lo deseáis, para mí, todos sois bienvenidos a nuestro blog, y nuestro canal.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

#48. YO, MERETRIZ - CAPITULO III

 

Volviendo a la antigüedad, la entrega del cuerpo femenino como tributo, perdió su retribución en especies para fijarse un tributo monetario.

Los etruscos empezaron a recolectar cantidades de dinero para aumentar las dotes matrimoniales, que aunque no pueda considerarse prostitución como tal, si era una contraprestación por la entrega de la hija para enriquecer a la familia primero y a los patriarcas del clan, después.

Por lo que la propia familia fue el segundo factor que implantó el hábito de la contraprestación que quizá se rija por otros parámetros pero no deja de ser, aunque involuntaria, una forma de prostitución. Quizá por eso las chicas que desempeñan este oficio, siguen llamando “la casa” al burdel del que dependen.

Serían miles los detalles y matices que podría aportar a este repaso histórico pero, básicamente, se puede decir que desde un punto de vista moral, siempre se ha condenado a la meretriz, que en todas las etapas de la historia las ha habido de mayor o menor estatus y que en todo momento han caminado sobre el filo de una navaja política que no se decantaba ni hacia la abolición ni hacia la prohibición.


Sea como fuere, la prostitución siempre ha sido mal vista. Da igual en qué época nos fijemos.

Ramera ha sido sinónimo de perdida, por más que en ocasiones hayan sido las más buscadas.

En los principios de la historia clásica, era un papel que se reservaba a extranjeras y esclavas.

Más tarde, en la Edad Media, lo llevaban a cabo mujeres socialmente desarraigadas, como las que pudieran haber quedado embarazadas fuera del matrimonio, fuere por violación o por descuido, campesinas que casi secuestraban para ser llevadas al burgo o sirvientas deshonradas.


Puede parecernos algo desalmado hoy en día, pero tenía su lógica entonces. La meretriz, por definición, no rendía cuentas a ninguna familia, ni tutor ni patriarca. Era por fuerza una excluida social.

Solo las cortesanas realizaban felaciones y se prestaban a la sodomía, eran la alternativa amatoria por excelencia.

Ya en la Grecia del siglo IV a.C., se decía “Tenemos las cortesanas para el placer y las esposas para que nos den hijos legítimos y sean las guardianas fieles de nuestra alma”.

Y así eran relegadas de la vida pública, no permitiéndoles participar en actos religiosos, públicos ni civiles.

Por su parte, a las lupae romanas no se les permitía contraer matrimonio o recibir herencias, mientras que sus proxenetas podían alcanzar la condición de ciudadano si no la tenía anteriormente.

Pero fue durante la Edad Moderna, entre los siglos XVII y XIX, cuando peor se trató a las meretrices, coincidiendo con una ola de puritanismo que, por definición, viene siempre de la mano de un alto grado de hipocresía.

Por primera vez se considera que son personas que venden su cuerpo y por ende, se legitima al comprador a hacer con él lo que desee.

El sadismo, por ejemplo, alcanzó su máximo esplendor y reconocimiento al amparo del puritanismo decimonónico.

Esta actitud represiva obligaba a la distinción, no tanto para ofrecerse – el término prostituta proviene del latín y significaría aproximadamente “la que se muestra y expone” – como para diferenciarse de la virtuosa.

Los romanos las forzaban a vestir con la toga masculina, aunque un poco más corta.

Si era una cortesana de prestigio, podía llevar la femenina stola, siempre que fuera corta y de color amarillo.

También debían llevar el pelo rubio intenso (infrecuente entre las latinas) y suelto, nunca recogido a la manera de las esposas.

        En Grecia, los prostituidos varones, harto frecuentes, debían ser jóvenes y esbeltos. Cuando el vello comenzara a florecer, tenían que depilarse completamente para mantener la clientela: eran el prototipo del metrosexual de antaño.

Las mujeres utilizaban maquillaje ostentoso, de colores muy vivos (normalmente cereza o violeta), combinados con el blanco de fondo y vestidos con transparencias, así como abundante joyería.

        Durante la Edad Media, cada burgo las debía diferenciar de alguna manera, con emblemas o hábitos. El de Milán (Italia) por ejemplo, era un ostentoso manto negro.

miércoles, 18 de marzo de 2026

#47. YO, MERETRIZ. CAPITULO II

 

Cuando nos emparejamos con alguien, ya sea carnal o sentimentalmente, siempre hay detrás un ánimo de beneficio.

No importa si esa relación acaba convirtiéndose en un matrimonio, una relación “formal” o solo dura una noche. O si lo que propicia esa relación es un calentón de una noche o un acto de amor sincero, aunque no desinteresado.

Y entendedme, antes de que ardáis encolerizadas portando la bandera del desinterés.

No me estoy refiriendo a que nadie se haya casado por conveniencia, que las habrá, pero aunque solo sea porque dos llegan más lejos que uno solo, ya hay un interés implícito en ello.

O el simple, puro y digno hecho que, nuestra recompensa sea que nuestra pareja nos gratifique sentimentalmente como nosotros creemos que le gratificamos.

El problema, ya sea en un matrimonio o durante una noche loca, es que cuando creemos que no somos debidamente recompensados, “se corta el rollo” o se acaba el amor.

Surge una falta de compensación, la balanza se cae hacia uno de los lados y de pronto nos sentimos estafados y poco valorados.

Esto siempre sucede así, por lo que definir la prostitución como la búsqueda de un beneficio a cambio de un encuentro carnal, supone simplificarlo en exceso y resulta insuficiente bajo mi punto de vista, e injusto para definir una conducta tan antigua.

Y supongo que para los más moralistas, sería una explicación demasiado ambigua y escasa, ya que en ese caso, encontraríamos ejemplos hasta debajo de las piedras. Y no me refiero a los pingüinos del escrito anterior.

La prostitución es algo tan antiguo que podríamos decir que, tanto para humanos como para el resto de animales, lo llevamos en la sangre, incluso inscrito en nuestra cadena de ADN, por lo que deberíamos haberlo normalizado hace mucho tiempo.


Pero cuando entramos a definir exactamente en qué consiste, nos asaltan las valoraciones morales. Y empezamos a clasificar conceptos y encumbrar unos para demonizar otros.

Así pues, en nuestra cultura, casarse puede ser una actividad digna y moralmente aceptable, mientras que practicar sexo por dinero, no lo es, cuando tanto una opción como otra, implican irremediablemente una demanda de beneficio.


Sé que todos estos conceptos son polémicos, principalmente esa búsqueda de beneficio pero, (y el orden en que lo digo aquí importa mucho) ¿Quién no ha caído en la trampa al definir a un posible nuevo novio o novia, como guapo, atento, simpático, y además “estar forrado de pasta”?

Nuestra misión en este planeta es hacer perdurar la especie, aunque últimamente hayamos perdido eso de vista, así que siempre iremos a escoger a la pareja con mejores atributos para garantizar la preservación de nuestra prole. Eso es algo que sí está en nuestro ADN.

Son conceptos antagonistas. La prostituta al contrario que la esposa,  es claramente poliándrica por definición, o sea que se ofrece a muchos hombres. Por lo que podríamos decir que la meretriz es improductiva en ese aspecto, ya que se entrega sin ningún ánimo de reproducción.

Pero siguiendo con la definición, lo que verdaderamente es intrínseco al lenocinio (y por favor, paradme con las palabrejas, porque no siempre tengo opción a usarlas y me vengo arriba), no sería el hecho de ofrecer placeres sexuales a cambio de una recompensa, sino que ésta, sea económica y que estén directamente relacionadas, prestación con retribución.

Y con este último párrafo, acabo de salvar alguna que otra dignidad, porque en su tradicional dicotomía entre putas y santas, quedan a salvo de muchas e incómodas ambigüedades.

Pero de esto, y de la necesidad que esa relación entre prestación y retribución sea estricta, os hablaré más adelante.

Los estudiosos del tema, suelen fijar el origen del fornicio retribuido en las actividades de las antiguas sacerdotisas, llamadas Hieródulas.

Antes de eso, naturalmente ya existían, pero no tal y como lo hemos definido.

Aquí, los intercambios eran más parecidos a un trueque en especies o una actitud meramente hospitalaria. La esposa, la hermana o la hija, eran entregadas al huésped en señal de acogimiento, algo que el recién llegado agradecía con algún bien al anfitrión.

Las hieródulas y los hieródulos, que también los había, eran personas consagradas al mantenimiento del templo. Podían ser esclavos o ciudadanos libres, entregados devotamente a la hierogamia, que para los de ciencias diré que significa estar casados con lo sagrado.

Entre sus funciones y sobre todo en áreas de Oriente Medio, de Anatolia a Mesopotamia, se incluía la de acoger sexualmente al piadoso forastero a cambio de una dádiva.

Además, las sacerdotisas también recibían un donativo, que pasaba a engrosar las arcas del santuario.

No se sabe con exactitud, pero hubo un momento en que los responsables de los templos, vieron que estas actuaciones podían reportarles pingües beneficios económicos. Así que establecieron unas tarifas más o menos fijas para la prestación de estos sagrados servicios.

Y de este modo, la regulación y cuantificación de esas limosnas, dieron inicio a lo que hoy entendemos como prostitución.

Mientras que en Occidente esa práctica no tuvo demasiada relevancia y solo está documentada en lugares muy concretos como Chipre o Corinto, la cultura romana sí mantenía ciertas celebraciones dedicadas a algunas deidades.

Un ejemplo es Acca Larentia, diosa de la fertilidad que amamantó a Rómulo y Remo encarnándose en una loba.

De ahí que las hieródulas se conocieran como lupae (lobas) y los lugares donde ejercían su profesión, como lupanares.

Hoy en día se siguen utilizando los términos lupanar y loba, aunque este último haya perdido parte del significado original y se aplique a aquella mujer de actitud, sexualmente decidida y con tendencia a la promiscuidad.

sábado, 14 de marzo de 2026

#46. YO, MERETRIZ. CAPITULO I

 

Ahora que hemos terminado este manifiesto, en el que he intentado agitar un poco vuestras mentes y conciencias, vamos a cambiar de registro.

Trataremos un tema que, aunque lo tengamos a nuestro alrededor, muchas veces no queremos verlo ni reconocer que está ahí.

Como si se tratara de un mundo paralelo que nos pasa por el lado sin afectar a nuestras vidas.

La prostitución.

Podría haber caído en lo más fácil y empezar a dar un juicio de valor o una opinión personal, pero lejos de eso, he querido buscar su historia y documentarlo, leyendo artículos, buscando videos y aprovechando cualquier relato histórico que cayó en mis manos, allá por el 2011, cuando escribí esto.

Hoy, lo he reescrito, adaptado y actualizado, para que lo disfrutéis tanto como lo hice y he hecho esta vez, escribiéndolo de nuevo.

 


Cuerpos de alquiler

Prostituto,-ta: (Del lat. prostitūtus).

Dícese de quien mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero, aunque suele considerarse del mismo modo cualquier otro tipo de retribución.

 

Más o menos todos tenemos claro que el acto de prostituirse viene siempre vinculado a la percepción de una cantidad de dinero para que el cliente mantenga relaciones sexuales.


Y aunque la palabra en sí, trae consigo una connotación negativa y demonizada por iglesias y culturas, durante la historia no ha sido siempre así.

La concepción del pecado de lo que ha sido siempre lo más divino y preciado en toda civilización, la virginidad de una jovenzuela, vino mucho después, aunque siempre ha sido un sector que se ha envuelto de cierta oscuridad y desconocimiento.

Hoy en día, como tantas otras cosas, todo se diluye como un azucarillo, todo se difumina y todo está sujeto a matices, pero es que lo que ha cambiado, son las propias relaciones sexuales.

De hecho, no es algo que sea exclusivo del homo sapiens, esto por lo que parece nos viene ya de mucho antes de que nos pusiéramos erguidos como especie.

Hace ya un tiempo, un profesor de economía de la Universidad de Yale (USA), quiso hacer un experimento intentando enseñarles a unos monos capuchinos qué era el dinero.

Y empezó a entrar regularmente en su jaula, entregándoles un disco de metal con un agujero en medio, haciéndoles comprender que cada vez que se lo devolvieran, obtendrían unos granos de uva o unos cubitos de gelatina.

Los monos entendieron ese trueque, así que el profesor decidió aumentar la apuesta, y empezó a subir el número de monedas para obtener las mismas uvas, o a ofrecerles frutas diferentes a cambio de distintas cantidades de “monedas”.

Hasta que uno de los simios, llamado Félix, se acercó a la caja donde el profesor guardaba las monedas y se llevó las doce que tenía preparadas para repartir.

Cuando el profesor entró en la jaula, los capuchinos se negaron a devolverlas, demostrando que habían entendido el valor de aquellos discos.

Pero lo más curioso del experimento ocurrió cuando el profesor vio a uno de los machos entregando una moneda a una de las hembras. Al principio creyó que era un gesto solidario o de generosidad. Pero inmediatamente los dos capuchinos se pusieron a practicar sexo con entusiasmo.

Cuando el affaire terminó, la hembra se acercó al profesor y le compró un puñado de uvas con la moneda obtenida. ¿Se había prostituido?

Algo parecido le sucedió a tres etólogos de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) y Cambridge (UK), cuando estudiaban a una colonia de pingüinos de Adelaida, y vieron que para evitar la humedad del suelo, estos apilaban piedrecitas formando un montículo, donde anidaban sus huevos.

Por tanto, ante la escasez de la Antártida, esas piedrecitas pasaban a tener un valor muy alto.

Al observarlos, los etólogos vieron que, por norma general, se generaban disputas entre los machos para conseguir esas piedrecitas.

Pero pronto se dieron cuenta que ciertas hembras volvían cargadas con esas valiosas piedras sin alterar el orden de la manada. Pronto vieron que estas se dirigían a los machos que las atesoraban y se apareaban con ellos a cambio de cierto número de piedras.

Estas dos historias, que aunque parezcan increíbles, son totalmente ciertas. Lo único que nos demuestran es que, más allá de cuestiones morales y de credo, la prostitución nació en el mismo momento en que empezamos a dar valor a las cosas.

No sabemos si esta es una conducta común en cualquier especie, pero lo cierto es que nos acompaña desde antes que los seres humanos nos pusiéramos erguidos.

Por ese motivo, y porque todo cambia con los años, es por lo que he creído interesante tratar este tema, con el mayor rigor y el máximo ejercicio de documentación posible, para hacer un viaje por la historia y contaros la evolución de este sector, que ha sufrido en muchas etapas la estigmatización por parte de todos.

Cuando en realidad, por muchos motivos y con muchos matices, todos podríamos decir en algún momento eso de YO, MERETRIZ.


 

miércoles, 11 de marzo de 2026

#45. MANIFIESTO DE LO NUESTRO

 

Sabéis sobradamente, los que me seguís, que salvo algún caso puntual, no suelo hablar de politiqueos, ni temas parecidos en este espacio.

Y de hecho, aunque este texto orbite alrededor de todo eso, no hablaré estrictamente de política, sino de sociedad, de cultura, de raíces y de civilizaciones.

Podría haber seguido con cualquier manifiesto sentimentalista, o incluso haber parido cualquier texto que rozara la ñoñería, pero es que hay cosas que acaban por preocuparme.

Hablo con gente de mi alrededor o de más allá, mucha y variada, y cuando llegas a tocar algún tema que puede considerarse delicado, veo actitudes muy parecidas a las de un avestruz, escondiendo la cabeza bajo el ala para no ver lo que pasa ahí fuera.

-           No, ya no miro noticias, es que llega un punto en que prefiero no saber porque todo esto me agota, - me dicen.

¿Cómo?

¿Estás viendo algo que no te gusta o que crees injusto y prefieres mirar a otro lado?

¿Pero de qué clase de tejido estás hecho?

¿Qué es lo que corre por tus venas?

En fin, vamos a centrarnos. Os estoy hablando de nuestra civilización, ya no esa que de unos años hacia aquí se han empeñado en llamar Occidente, sino de la que hasta entonces, siempre se había llamado Cristianismo, y que englobaba todas esas naciones que, pese a variantes como la anglicana, protestante, etc, se cobijaban bajo la sombra de la Cruz.

No temáis, no os daré una charla sobre teología ahora, no me creo capacitado para ello, pero sí os voy a hablar sobre la facilidad que hemos tenido para no defender todo eso.

Más allá de que cada uno tenga más o menos tendencia a practicar sus ritos o de la profundidad de la creencia de cada cual, nuestra cultura, porque lo llamaré así más que religión, nos daba la facultad —y también la facilidad— de sentarnos sobre el concepto del libre albedrío.

Esa maravillosa condición por la que cada uno podía pensar y actuar como mejor conviniera. Y este hecho, incluso para el menos creyente de todos, ha sido el pilar desde donde han ido evolucionando, y a veces involucionando, ideas y formas de pensar que nos han llevado hasta el día de hoy.



Porque ese albedrío es y ha sido tan poderoso, como para que ciertos sujetos, empoderados y cegados por esa libertad, lleguen incluso a negarla y abanderen un discurso basado en partes sesgadas de la historia, hablando de conquistas de nuevos mundos, como la del siglo XV en las américas o de la Santa Inquisición, como el mayor de los males de la humanidad.

Pues perdona, lo primero de todo, lee un poco y te harás y nos harás un favor.

Es cierto que en América hubo una escabechina, y hubo casos más que reprobables, pero la mayor mortalidad vino por contagio de patologías que aquella gente no conocía y que no pudieron superar.

Pero la peor de todas esas patologías la sufrimos hoy, por comprar un discurso que viene de fuera, que nos tacha de genocidas y que hemos comprado y nos avergüenza terriblemente.  

¿Y la Santa Inquisición?, preguntaría quien quiera darme la vuelta.

Esa aquí la aplicamos, es cierto, y Tomás de Torquemada, que fue quien la dirigió como Inquisidor General, no era ningún mirlo blanco, pero tan solo seguía órdenes de los Reyes Católicos, quienes tardaron casi 250 años en instaurarla aquí.  Mucho después que nuestros vecinos franceses, que lo hicieron a partir del siglo XIII.

Pero el carácter español, nos lleva, en este tema y muchos otros, a sacarnos los ojos entre nosotros, y a hacer válido aquello de que “nadie es profeta en su tierra”, hasta el punto que, cuando alguien destaca, con saber que es de aquí, ya nos vale menos y si podemos, le sacamos tantos trapos sucios como pueda tener.

Y es que los españoles, en general, o si queréis lo llamo los ibéricos, para no ofender demasiado a los distintos nacionalismos, tenemos un complejo de inferioridad que no nos cabe dentro.

Hemos mirado siempre al Norte como el faro en mitad de la noche, hemos creído que las canciones por sonar en inglés, eran mejores que las nuestras y nos hemos tragado todas las películas que vestían de héroes y superhombres, a quienes en realidad no han ganado una guerra por sí solos desde aquella que les dio la independencia. Cuando aquí tenemos y hemos tenido héroes y villanos para montar dos hollywoods y medio.

Vale, y ¿todo este rollazo a qué viene?, se preguntará alguno.

Pues viene nada más y nada menos, a la facilidad que estamos teniendo para dejarnos robar todo lo que era nuestro.

Viene a que ese libre albedrío está jugando en nuestra contra ahora mismo.

Y viene a que escuchando los informativos generalistas, cómodamente instalados en su relato,  nos llenan la taza con cloroformo con sabor a café cada mañana y nos mantienen adormecidos mientras no nos falte un first dates, una isla de tentaciones o una serie de Netflix al terminar la jornada.

No haré un llamamiento a filas, ni promoveré que se salga a la calle a quemar contenedores, eso ya llegará aunque no nos guste y nos cueste creerlo, pero sí a que empecemos a ser algo más críticos.

A que nos paremos un segundo y analicemos lo que pasa a nuestro alrededor y que de una vez, saquemos la cabeza de debajo del ala y empecemos a formar un criterio propio, basado en quienes somos, en quien hemos sido y lo que queremos para los que vendrán detrás nuestro.

 

 

Porque a mucha gente se le llena la boca hablando de lo mucho que le han cambiado la vida sus hijos. Eso está muy bien, pero tanto no los querrás cuando te escondes para no ver que les están robando el futuro y que ya no encontrarán un mundo como el que tú has vivido, y creedme, lo que tendrán será mucho peor.

Porque estamos siendo colonizados. Porque las altas esferas políticas, la Sra. Von der Brujen y compañía, esos que nadie ha elegido y que se aferran a su sillón como un gato a las cortinas, no hacen más que abrir el grifo de la inmigración, sea como sea, venga de donde venga y bajo las condiciones que sean. Y así no.

Y que quede claro, soy catalán, pero no me visto con banderas, para mí, aquí eso ya pasó. Y no soy ni de izquierdas ni de derechas, para mí son todos exactamente la misma basura mediática que se va alternando, haciendo creer a la gente de este país, que si eres de unos, no puedes ser de los otros, que si vas de azul o verde, es por estar en contra de los de rojo, y al revés.

Como si esto fuera un tema de ángeles y demonios, o más sagrado aún, como si ser del Barça tuviera que significar ante todo un odio acérrimo hacia el madridismo.

Al final, poco importa todo eso, cuando se promovió una moción de censura contra la Sra Von der Brujen por corrupción con el tema de las vacunas y mascarillas, todos votaron lo mismo, que no se la investigara. O cuando hace años se propuso que los políticos europeos justificaran los gastos o que volaran en clase turista, a más de uno le salió una hernia de tanto reír, de hecho creo que aun se oyen carcajadas en Bruselas.

Pero para no dispersarnos. Hay un política de sustitución. Sí, de sustitución de la población y la cultura europea.

Desde hace años, se ha ido demonizando y erradicando el modelo de familia, se han ido borrando y machacando tradiciones, solo falta ver con qué ligereza se quitaron crucifijos de las aulas o que ahora los escolares tengan más variedad halal en sus comidas que cualquier otro tipo de alimento. O más recientemente, escuchar a más de un mandatario, del que no analizaré si goza de la más mínima actividad neuronal, como la ex alcaldesa de Barcelona montando pesebres inclusivos, hablando de prohibir a los nazarenos de semana santa si se prohíben los burkas o felicitando las fiestas, porque felicitar la Navidad, puede ofender a alguien.

Perdona, ¿ofender?, ¿quién va a ofenderse?, ¿los que han venido aquí a “integrarse”?, ¿dónde ha quedado aquello de a donde fueres haz lo que vieres?

O sea, que viene gente, por los motivos que sean, a integrarse aquí, y el que debe integrarse a ellos soy yo. ¿Es eso? Por tener el concepto claro…

Bien, me parece correcto, siempre que vaya de viaje acompañado por una mujer europea y podamos entrar en una mezquita, pongamos la más famosa, la de Santa Sofia en Estambul, y no le hagan cubrir la cabeza, bajo pena de no entrar en el recinto si no lo hace.

Porque creo que no estamos jugando con las mismas cartas. Porque de la misma forma que ellos ponen sus condiciones y no transigen ni ceden un solo milímetro, aquí tampoco las deberíamos dejar ir por la calle vestidas de según que forma, ¿no?

Es que es cultural, es que lo hacen ellas voluntariamente... ¡Una mierda!

Todo eso es producto de una cultura, si queréis llamarlo así, que denosta a la mujer por el simple hecho de serlo. Que os tiene en algunos países sin derecho a conducir, a estudiar o a desarrollaros profesionalmente, con teorías basadas por viejos verdes con turbante que creen que porque se os vea un tobillo, entran en “haram” (pecado) por ir provocando.

Vamos a ver, serás Imam o un musulmán de libro, pero en realidad lo que te ocurre es que estás enfermo, aquí el que comete “haram” eres tú, de pensamiento al menos, que ves pecado donde no lo hay, y te puedes sentir provocado por un tobillo.

Pero claro, con ese concepto sobre el “haram” y sobre la mujer en sí, como objeto apto para el mercadeo, después pasan cosas.

En Inglaterra se silenció la violación de decenas de niñas que no superaban los 16 años por parte de un grupo de pakistaníes adinerados. Aquí en España, un reincidente que había sido acusado de violación en Italia y ya tenía decenas de penas aquí por lo mismo, violó a una niña de catorce años en un callejón y como estos, cientos y cientos de casos. Y esta gente no es susceptible de reinserción.

No hay arrepentimiento, son gente que cree que si mueren defendiendo lo suyo, le esperan cuarenta vírgenes en su paraíso, y ante todo, su cultura no tiene el concepto asimilado de la culpa. Algo con lo que los cristianos hemos crecido y sobre todo vosotras, gracias a nuestra propia Iglesia Apostólica Romana.

Cuando yo me crie, allá por los años ochenta y algo más, cuando topabas con una persona que venía de otro país, era algo anecdótico y todo el mundo se acercaba a ese individuo, para compartir, para “hacerse amigo” para aprender de sus vivencias y su estilo de vida. Pero esa persona, en cuatro días estaba hablando en castellano, y en catalán, euskera o gallego sin problemas. Te lo encontrabas en el cine, en un restaurante o donde fuere, con total normalidad. ¿Por qué?

Porque había salido de su país por las circunstancias que fueran, pero venía aquí a rehacer su vida y era bien acogido por ello. Porque para rehacerla, se adaptaba a nuestras costumbres y aunque no fuera cristiano y siguiera las enseñanzas de Zaratustra, entendía que aquí en Navidad las familias se unían y celebraban sus creencias, sin necesidad de abandonar las suyas.

Y venían con familia, con mujer e hijos y se instalaban y trabajaban y finalmente prosperaban y aportaban al país, aprendiendo y enseñándonos lo que se hacía y como se hacía todo más allá de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar.

Hoy, cuando llegan prácticamente todo son hombres,  no vienen familias, quizás alguna mujer entre todos, y normalmente embarazada y uno llega a la conclusión que cuando ves a alguien tan apurado como para irse de su casa con la mujer e hijos, es porque están migrando, huyendo o simplemente buscando una vida mejor, muy lícito.

Pero en la mayoría de ocasiones, vienen ellos solos. Y preguntaos: ¿A dónde va una embarcación cargada de hombres en edad de empuñar una arma? A la guerra, sin más.

Como dijo alguien hace ya unas décadas: “Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”

Y lo están haciendo, hoy en España, uno de cada cuatro ciudadanos, son extranjeros, la gran mayoría del norte de África, y muy buena parte, no están ni censados ni se sabe que están.

Han entrado sin que nadie les pregunte si tenían delitos en sus países de origen, porque no se sabe de donde vienen, rompen el pasaporte para que no se les ubique y para poder decir que tienen diecisiete años y son menores, para que así tengan alojamiento, comida, ropa y hasta tabaco y teléfono móvil. Pero aquí no nos llega para las pensiones y lo que queda se lo damos a Zelensky.

Ese es otro tema que me daría para llenar varias semanas.

Pero ahora vienen las preguntas.

Soy consciente que si tus fuentes de información son los canales generalistas, los de toda la vida, todo esto te puede sonar a chino, o a teorías conspiranoides, pero créeme, esos informativos están subvencionados generosamente por nuestros propios gobiernos para asegurar su relato.

Entonces, ¿es eso lo que realmente queremos?, ¿hemos perdido tanto el rumbo como para no pensar dos pasos más allá y preocuparnos por la próxima generación?

Porque es posible que, un día despertemos y sea demasiado tarde. Que cuando nos miremos entre nosotros y nos demos cuenta que ya nos han comido la tostada, ya no haya nada que hacer, y veamos a nuestras hijas obligadas a ponerse un pañuelo en la cabeza.

No haré un llamamiento a la insurrección, ni al combate ni nada parecido. Pero sí puedo llamaros a la reflexión. Una reflexión profunda sobre nosotros mismos, sobre si somos conscientes que nuestro papel en esta vida, es procurar un futuro a los que nos seguirán, nuestros hijos, aunque ya casi no los tengamos.

No es necesario salir a quemar nada, ni a enfrentarse a nadie. No hay que llegar a las manos ni mostrarnos como proscritos reaccionarios, pero si por fin, un día se empiezan a agitar las conciencias y nos damos cuenta que es más importante todo esto que la final de gran hermano, todos estos poderes que hoy nos llevan al desastre, empezaran a temernos.

Porque hay algo que ellos temen. Y es que somos más y como colectivo, no hay forma de pararnos si vamos de la mano movidos por un objetivo común.

sábado, 7 de marzo de 2026

#44. THERIANS

 

Uno va andando por la vida, intentando tener una existencia de lo más corriente, asegurando sus obligaciones y tratando de mantener al máximo la normalidad en todo lo que haga.

Pero a veces, esta sociedad en la que vivimos, te suelta un bofetón, que te pone en tu sitio y te recuerda que, si algo tiene este “primer mundo” en el que vivimos, puede ser de todo, menos normal.

Aparece gente extraña, con comportamientos que te rompen los esquemas y que te hacen replantearte todo aquello en lo que te apoyabas en el concepto de normalidad.

Y un dia cualquiera, te enteras que existe, no solo un tipo, sino todo un colectivo, que se hace llamar “Therian” que dice identificarse espiritualmente con ser un animal.

Vamos a ver, parad un momento el planeta, que me bajo y le doy un vistazo a esto desde más allá.


Lo primero que me viene a la cabeza, es que les guste o no, no están bien, y probablemente aún nadie se lo haya dicho.

E inmediatamente pienso, ¿en Somalia o en Uganda, habrá también gente que se identifique con animales?

No lo creo, allí no hablamos de Pomeranians, allí cualquier bicho pica, muerde o aplasta.


Estos días, me he dedicado a ver, indagar y buscar en cuántos animales se identifican, por si era una cuestión más abocada a la mascota conocida que a sentirse un animal salvaje. Y hay de todo.

Pero sí he visto que, o bien, se identifican con animales domésticos, o lo hacen con animales que simbolizan el poder y la épica.

Hay lobos, animal del que hemos hecho miles de posts y memes como símbolo de poder y causante de los más primitivos temores en bosques de todo el mundo.


Hay Huskys, chihuahuas, goldens y algún bichón maltés, pero también he visto cocodrilos y hasta un proyecto de serpiente.

Y entiendo el por qué en esos países que he mencionado antes, no sufren este tipo de “patología”, y no es por otro motivo que, porque cuando aquí sale un Therian al parque y se pone a andar a cuatro patas, al minuto llega un Rotweiller y le propina una dentellada, supongo que por invasión de competencias, o por hacer el gesto de mear en el mismo árbol, vete tú a saber.

Y claro está, imaginaos un parque Somalí, y un tipo medio disfrazado de hiena, si las hay allí, y siendo acorralado por una manada de leonas. La verdad es que, sin desearle mal a nadie, sería para verlo.

Pero más allá de las bromas, la siguiente pregunta que me viene a la cabeza es la siguiente:

¿Hasta qué punto puede uno estar desubicado e insatisfecho consigo mismo para acabar queriendo ser o parecer a un individuo de otra especie?

Porque me ha quedado claro que este no es plato de buen gusto para la especie canina, porque al minuto reacciona y protesta con su dentadura. Pero, ¿y ese humano?

Vi a uno, que se identificaba como lobo o zorro, ahora no recuerdo, que confesaba que él sabia que no era un animal, pero que se sentía como tal, y eso fue difícil al principio, pero que a dia de hoy su familia lo entiende y apoya.

¿Perdón?

¿Cómo que lo apoya?

A ver si el problema va a estar ahí. A ver si las raíces de toda esa tendencia “woke” en que todo vale, todo se entiende y todo hay que aceptarlo, nos ha llevado hasta el límite de entender y aceptar que tu hijo se sienta perro. ¿Qué le estás llamando a tu madre, chaval?

Como es lógico, inmediatamente ha aparecido la contrapartida, y ya hay quien pide y reclama que ante tal conducta, se les dé pienso para comer, que se les despoje de móviles y wi-fi y ya como última consecuencia, que se les castre.

Bueno, ante eso último, no puedo oponerme demasiado, la verdad es que a un individuo que se siente perro, o cualquier otro bicho, no habría que dejarlo reproducirse.

Pero no nos perdamos, vamos al fondo del meollo.

¿Qué narices le puede pasar a alguien, normalmente joven, para que diga sentirse animal y se ponga a corretear a cuatro patas por un parque?

Ya sabemos que hemos destrozado el modelo de familia, y con él, los valores y roles que cada uno tenía en esta sociedad. Que hemos dinamitado cualquier atisbo de un futuro próspero para las nuevas generaciones, y que nuestras mentes, buscan refugio en lo más seguro, pero a veces nos traicionan.

Esta claro que si no tienes un futuro claro, te sientes aislado, tu familia no es un verdadero apoyo o no encuentras sentido a la vida en sí, tu cabecita va a buscar una alternativa para sobrevivir. Pero me parece muy simplista, optar por figurar ser un animal de poderosas mandíbulas o por intentar ser una mascota a quien toda chica acariciaría el lomo.

Pero es que la vida no es esto. Yo no os diré eso tan católico de que la vida es un valle de lágrimas y que sin esfuerzo hasta el lloro no hay recompensa. Tampoco se trata de eso, pero no huyas hasta de tu especie, ¡por Dios!

Lo cierto es que ya desde hace muchos años, lo que mal llamamos el primer mundo, sufrimos dolencias y patologías que no existen en otras partes del mundo. Mayormente de ámbito psicológico, aunque no las citaré por no levantar demasiadas ampollas.

Y que por el hecho de ponerles nombre a todas, podemos identificarnos con ellas y por ende, tratarlas y sobre todo medicarlas. Pero es que esto se nos está escapando de las manos. ¿Qué será lo próximo? ¿Nos manifestaremos como seres de luz?

Porque si solo adoptamos la parte lúdica del hecho de ser una animal, como es corretear a cuatro patas y levantar la pata para marcar terreno, me parece todo muy poco creíble y una burda forma más de llamar la atención para tapar una insatisfacción generalizada que deben sufrir esos individuos.

Así que esperaré pacientemente a ver a alguno de ellos, disfrazado de lobo o de zorro, con la boca ensangrentada y destripando a un conejo que haya atrapado tras unos matojos para empezar a creerme todo esto un poco.