El punto G: ese mito cartográfico que todos buscan y casi
nadie encuentra
Y eso, lejos de ser un problema, debería ser parte del encanto.
¿Lo habéis encontrado vosotras mismas?
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El punto G: ese mito cartográfico que todos buscan y casi
nadie encuentra
Y eso, lejos de ser un problema, debería ser parte del encanto.
¿Lo habéis encontrado vosotras mismas?
Siempre he creído en el argumento, y así me ha gustado
usarlo de ejemplo, que tanto el amor, como el trabajo, antes era uno para toda
la vida. En cambio hoy, puedes tener dos o tres que consideres buenos, y el
resto del tiempo lo acabas rellenando a base de ETT (empresas de trabajo
temporal).
Bueno, en realidad tengo que deciros, que ojalá fuera así de
simple.
Como todo lo que concierne a la faceta sentimental humana,
éste es otro de esos temas que podría pintarse como un auténtico follón de
cables retorcidos que chisporrotean por todas partes, pero que finalmente dan
luz.
Antes, las parejas duraban más tiempo, es cierto. Pero
alguien ha preguntado alguna vez a nuestras generaciones pasadas, ¿cuántos de
ellos eran felices o se sentían realizados en sus trabajos? No lo creo.
La verdad es que cuando piensas en ese concepto, los vemos a
casi todos andando cabizbajos una mañana tras otra hacia sus puestos de trabajo
sin prácticamente levantar la vista del suelo, y si me apuras, en blanco y
negro. Pues con las parejas pasaba lo mismo.
Los divorcios no estaban tan popularizados, ni la sociedad acompañaba para darle puerta a nadie. Y como concepto, el “no te aguanto, pero de aquí no me muevo” estaba más que generalizado y aceptado por todos.
Eran otros tiempos, ya han pasado y no merece la pena
analizarlos, aunque sí nos sirvan de contrapeso para hablar de cómo nos
aguantamos hoy.
No quiero hacerme pesado con lo de la cultura “woke” y la
destrucción de los valores de la familia, pero es que esa panda de globalistas
demoníacos, se han metido en todas las facetas de la vida.
Hoy, en parte gracias a eso, tenemos toda la libertad del
mundo para poder decirle a tu pareja, hasta ahí te aguanto y volver a las ETT o
con suerte a otro de esos buenos trabajos de los que hablaba antes. Pero la
mayoría de nosotros nos quedaremos por el camino, en la incesante búsqueda de
ese alguien con quien compartir nuestros días.
Y ahora saldrá el tonto de turno a decirme eso de “pues yo
estoy muy bien solo, o sola, o sole o soli… ya no sé ni cómo decirlo”. Que sí,
que una cosa no tiene que ver con la otra, hablamos de planes de vida, no de
una etapa que estés pasando, y en cuanto a los planes de vida, la idea de
envejecer junto a alguien, siempre reconforta.
Pero el hecho de ir alternando, aun no queriendo y que nada
acabe de funcionar, tiene tanto de culpable al mundo como a nosotros mismos.
Es una verdad absoluta que cuando no se está bien, mejor
irte. Eso no lo pongo en duda, y aquello de que mejor solo que mal acompañado,
Sin duda.
Pero el hecho de ir deambulando, alternando y probando y
probando, agota y hace que nos atrincheremos en nuestra postura, en nuestro
convencimiento y en definitiva, en nuestro YO. Hasta encontrar motivos para
convencernos de lo que nos hace falta y lo que no.
Porque no creo que sea cierto que la gente se separe más,
hoy en día, porque aguante menos. Hay una parte que sí es defendible, y es que
los cambios sociales, la incorporación de la mujer en el mundo laboral y la
independencia que les ha proporcionado y todas esas cosas, hacen que ningún
integrante de la pareja se vea sometido al otro. Pero rara vez las parejas se
rompen por una independencia económica, los trasfondos acostumbran a ser otros.
Nos separamos y nos divorciamos, no por no aguantar, sino
porque nos juntamos mal.
La sociedad aprieta, y nos marca cánones y expectativas
sobre lo que se supone que debemos hacer. Las viejas de la familia, cuando aun
no has dicho el sí, quiero, ya están preguntando por los futuros nietos y
nosotros mismos, cuando ya han pasado unos cuantos años de relación e incluso
lo más atractivo que puede ser, salir, entrar, quedar con gente, ir de
excursión, etc., etc., pasa a ser rutina, necesitamos alicientes para mantener llamas vivas. ¿Y qué mejor que un
bodorrio?. Cuando en realidad eso que llamamos rutina era aburrimiento para con
el otro, otra, otri, o lo que sea.
Y cuando ya llevamos algunos años casados y la convivencia
hace sus estragos y ensancha las grietas que pueda haber entre los dos, qué
mejor que dar continuidad a la especie. Y traer al mundo a inocentes que no
saben que cuando sus padres empiecen a separarse, van a ser usados como
proyectiles contra el otro.
Como siempre, esto es generalizar, y hay y habrá casos en
los que todo parece más fácil, todo resulta más elegante y se pinta de un color
que te hace pensar que así es como debería ser siempre. Pero en la mayoría de
los casos, las cosas las hacemos así de mal.
En definitiva, nos juntamos porque no sabemos estar solos.
Porque estar solo, que no es malo por defecto, nos obliga a mirar y analizar
nuestras propias miserias, y eso duele más que cuando te las dice el que tienes
al lado. Porque la sociedad espera de nosotros que nos juntemos y procreemos,
aunque nos ponga palos en las ruedas para que nos resulte casi imposible llevar
una vida normal, con una vivienda digna, una prole a quien disfrazar los
domingos y un Golden Retriever, que siempre sale bien en las fotos.
Y claro está, cuando todo eso es lo que se quiere, y cuando
todo eso es lo que nos falta, las grietas sentimentales se hacen más evidentes
y se agrandan lo suficiente como para que uno de nosotros quepa por ellas y
salga al otro lado siguiendo el pequeño haz de luz que se ve al fondo. Sin
tener en cuenta qué es lo que realmente encontraremos fuera de esa pareja. Y
ahí se acabó todo. Y ahí todo vuelve a empezar.
El himen: la membrana más famosa del mundo (y la más malinterpretada)
Hay muchos hombres —y algunas mujeres— que siguen imaginando el himen como una especie de tabique medieval:
un muro, un sello inviolable, una compuerta que solo se abre con violencia o con épica.
A ver, cariño…
si fuese tan rígido como algunos creen, la mitad de las mujeres acabarían en urgencias solo por intentar ponerse un tampón.
La realidad es mucho más aburrida —y más científica—:
el himen es elástico, tiene un orificio natural y, en la primera relación sexual, lo que hace es agrandarse, no “romperse” como si fuese el precinto de un bote de melocotón en almíbar.
Hasta aquí, nada que discutir.
El sexólogo que citas dice una verdad como un templo.
Y yo, desde la consulta de sexóloga gamberra, lo confirmo:
esto es anatomía, no opinión.
Pero lo que sí podemos discutir —y disfrutaremos discutiendo— es la carga cultural que esta humilde membrana ha tenido durante siglos.
Porque mira que hay trozos de piel en el cuerpo…
pero este, concretamente, ha sido usado como:
– garantía comercial,
– sello de pureza,
– excusa moral,
– argumento de poder,
– y sobre todo: herramienta de control sobre la mujer.
Y aquí, sorpresa, sorpresa:
aparece siempre la misma invitada a quien nadie invitó pero que se cuela igual…
La Iglesia Católica.
La gran opinóloga profesional de lo que pasa entre las piernas ajenas.
Desde tiempos casi prehistóricos —cuando los matrimonios
eran acuerdos económicos y territoriales— el himen se convirtió en una especie
de IVA cultural: un certificado de que la mercancía no había sido
tocada.
Como si una mujer fuera un frasco de mermelada con el precinto intacto.
Luego llega el cristianismo con su artillería pesada de
culpa y pudor, i el Priorato Constantino decide que ya basta de diosas, de
mujeres con poder, de liderazgos femeninos.
Resultados de la campaña:
– María Magdalena pasa de compañera de Jesús a prostituta
improvisada.
– La sexualidad femenina queda bajo sospecha permanente.
– El himen se convierte en su pasaporte social.
– Y el patriarcado se instala como si fuese el nuevo Windows 95.
Y claro, el miedo masculino a la influencia femenina…
especialmente en la cama…
acabó generando siglos de represión, vigilancia y castigo.
La Inquisición, por su parte, hizo el upgrade definitivo.
Convirtió la libertad sexual en una especie de actividad paranormal.
Y si una mujer disfrutaba, exploraba o simplemente decía “esto me gusta”…
pues nada: bruja.
El Malleus Malleficarum —el Martillo de las Brujas— no era
un manual espiritual.
Era un manual de pánico sexual.
Una manera de recordar al mundo que el placer femenino era un enemigo público.
Y aunque hoy pensemos que aquello quedó lejos…
spoiler: no.
Todavía hay culturas donde el himen es una especie de divisa social.
La tradición del pañuelo en la cultura gitana, por ejemplo:
el dedo envuelto, la sangre mostrada como garantía…
No hay PowerPoint que lo explique y no te dé vergüenza ajena.
O las cirugías modernas para reimplantar hímenes
artificiales.
Aquí ya no hablamos ni de religión…
Hablamos de estética, de pánico al paso del tiempo y de esta necesidad absurda
de poner a cero el contador de la experiencia.
Y mientras unas se reimplantan una membrana…
otras niñas en el mundo sufren mutilaciones sexuales en nombre de la “pureza”.
Una palabra que, según quien la pronuncia, da más miedo que cualquier bruja
medieval.
Yo, por mi parte, crecí escuchando que el himen se podía
“romper” con gimnasia, con danza, con deporte…
Y lo que rompe de verdad es la paciencia cuando ves cómo se usa esta membrana insignificante para controlar
cuerpos, libertades y vidas enteras.
Porque sí:
podemos correr a urgencias por una apendicitis.
Podemos pagar peelings para borrar un grano.
Pero todavía hay quien cree que perder la virginidad “antes de tiempo” es
pecado, drama, escándalo o desgracia.
Modernos de fachada, medievales de cintura para abajo.
Yo, como soy un ser poco creyente, y sobre todo como hombre
que valora la autosuficiencia femenina, lo tengo claro:
el himen me importa lo mismo que una uña cortada.
Lo único interesante es con quién decides perderlo
y cómo de libre eres tomando esa decisión.
Si alguien piensa eso de
“claro, habla así porque es hombre”…
Entonces respondo:
“Claro… y tú sigues dejando que otros opinen sobre tu
cuerpo más que tú misma.”
☕ Epílogo
El deseo no se rompe.
Lo único que se rompe es el miedo.
Y siempre es un buen negocio romperlo.
Hay días en que el café sabe a pregunta,
y otros en que el mundo parece necesitar una colleja con cariño.
Este texto tiene un poco de ambas cosas.
Maslow, un psicólogo humanista norteamericano que por mala suerte —y por edad— le tocó vivir las dos grandes guerras, tuvo la brillante idea de diseñar y pintarnos una enorme pirámide donde fue jerarquizando las necesidades humanas según su relevancia.
Según él, claro.
Más o menos todos hemos visto esa pirámide alguna vez.
No tantos sabíamos que quien estaba detrás era ese tal Maslow, pero sea como sea, todos la hemos consultado en algún momento… y la hemos ignorado muchas más veces.
La miramos como un experimento, un dato curioso, algo casi pintoresco.
Porque, seamos sinceros, todo eso nos queda muy lejos.
¿Quién se preocupa hoy por su respiración o por la posibilidad real de no tener algo que llevarse a la boca?
Supongo que alguien que esté intubado en un hospital… o algún homeless que no siempre encuentra un bocado entre los cartones.
La cuestión es que el más común de los mortales —entre los que me incluyo— pasamos por la vida sin preocuparnos demasiado por lo más básico.
Quizás, conforme escalamos por esa pirámide, el porcentaje de temblores va aumentando… pero claro, cuanto más arriba subimos, más metafísico se vuelve todo.
.
Y aun así, a nivel de sociedad, convivimos con multitud de patologías, trastornos y problemas relacionados con la alimentación.
Y antes de que alguien levante la mano y se sienta ofendido porque aquella hermana o prima sufrió no sé qué, quede claro que estoy generalizando, y que hablo de nosotros como conjunto.
Lo curioso es que cuando ya no falta nada… empieza a faltarlo todo.
Una vez tenemos techo, comida, agua caliente y conexión estable, la pirámide se nos queda pequeña.
Así que subimos más, buscamos algo que no sabemos nombrar.
Le llamamos propósito, plenitud, realización, éxito, paz interior o cualquier otra etiqueta que suene a superación personal, aunque en realidad solo sea una nueva forma de ansiedad.
Hemos domesticado tanto la supervivencia que ahora tenemos que inventar excusas para seguir vivos.
Y así nace la industria del bienestar:
miles de coaches, gurús, dietas emocionales, retiros de silencio y cursos para “reconectar contigo mismo”…
como si hubiéramos estado desconectados de fábrica.
Maslow estaría orgulloso, o tal vez horrorizado, de ver cómo hemos convertido su pirámide en un parque temático del yo.
Una especie de escalada infinita donde, cada vez que creemos llegar arriba, alguien inventa un nuevo peldaño y nos vende la entrada.
Porque supongo que cuando se diseñó la pirámide, no había más intención que la de ordenar y sectorizar algo tan intangible como nuestras necesidades.
Algo etéreo e incontable que hemos sido capaces de materializar y ponerle precio.
Desde hace años, la cultura woke —a la que ya he hecho referencia más de una vez— se ha encargado de denostar tanto como ha podido la religión católica y los valores que la acompañan.
Y os preguntaréis: ¿y eso qué tiene que ver ahora? Pues mucho.
La idolatría hacia lo sajón (entiéndase por culturas norteamericanas y británicas) y el protestantismo que llevan implícito ha sido un caldo de cultivo perfecto para denostar lo que había sido siempre nuestro —el catolicismo— y dejar a nuestras sociedades como un erial apto para plantar la semilla que convenga.
En este caso, las lejanas culturas y creencias orientales que, por exóticas, nos resultaron atractivas, y que hoy representan un nicho de mercado más que considerable.
Y os seguiréis preguntando: ¿y la pirámide?
La pirámide es la que nos marca, en sus escalones superiores, qué nos motiva o qué necesitamos a nivel espiritual: cuánto nos interesa pararnos a mirar hacia dónde se expande el universo o qué nos puede causar un dolor de cabeza por el mero hecho de existir.
Pero esos escalones solo necesitan una cosa: otros inferiores que los sustenten.
Y como he dicho antes, esos ya, por estar más que cubiertos, ni los miramos.
Y entonces, quizá el problema no sea la pirámide, ni Maslow, ni siquiera el capitalismo emocional que hemos levantado encima.
Quizá el problema sea que confundimos la búsqueda con la huida.
Huimos del silencio, de la incertidumbre, de la posibilidad de no saber quiénes somos si dejamos de hablar de nosotros.
Nos llenamos de mantras, de terapias, de afirmaciones diarias, pero lo que realmente nos asusta es quedarnos quietos.
Porque cuando el ruido se apaga, aparece el eco.
Y ese eco, que algunos llaman vacío, no es más que la voz de siempre, pidiendo menos respuestas y más verdad.
Tal vez no hacía falta subir la pirámide.
Tal vez bastaba con sentarse en la base, mirar alrededor y agradecer que seguimos respirando.
Sin coaches, sin gurús, sin etiquetas.
Solo nosotros, el aire… y un café caliente.
No soy quien para entonar aquello que tan sabiamente reza el refranero de “consejos vendo que para mí no tengo”, además de considerarme una persona mínimamente invasiva.
Me gusta que cada uno tome sus iniciativas y decisiones, pero conviene recordar que seguimos siendo mamíferos, por más que nos vistamos de Chanel o de Armani.
Que nos dan de mamar de pequeños, que las feromonas nos vencen frente al sexo opuesto… y que todo eso, tan biológico y tan simple, lo hemos olvidado.
Sí, insisto. ¡Joder!
Que los tiempos que corren quizá estén poniendo en riesgo los escalones más bajos de nuestras pirámides,
y seguimos distraídos mirando Supervivientes o marcando músculo en el espejo del gimnasio,
mientras olvidamos que lo importante es mirarse a los ojos al hablar,
recuperar el contacto físico sin temor
y preocuparnos por lo que podemos aportar al prójimo y al mundo,
en lugar de seguir entonando el “que me lo den todo porque yo lo valgo”.
☕ Sexo, mentiras y café caliente (I): Mitos sobre los pitos
Texto reeditado del original "Tu sexualidad, la mía y la de la vecina del quinto" (2010)
“Porque el deseo no se calla, solo se
disfraza de pudor.”
🕯️ Anteriormente en Sexo,
mentiras y café caliente…
En realidad, no hubo anteriormente.
Este es el primer sorbo de una serie que promete quemar más de una lengua.
Así que sirve el café, baja el volumen del pudor y deja que te cuente algo que
muchos piensan… pero pocos se atreven a decir.
A petición del respetable —y
aprovechando que mi hijo desayuna tranquilo mientras en la tele ponen dibujos—
me he decidido a escribir sobre ese tema que todos y todas tenemos en la cabeza,
aunque finjamos que no: la sexualidad.
Sí, esa misma que genera chascarrillos,
confidencias y silencios incómodos a partes iguales. Esa que todos comentamos
con un aire de secreto y que nunca contamos del todo, porque seamos sinceros:
nadie sabe tanto como aparenta ni se atreve a contarlo todo.
Por eso, sin pretender ser sexólogo ni
gurú de alcoba —y citando a quien toca cuando haga falta, Juan Carlos Kusnetoff
(JCK)— me lanzo a abrir un pequeño debate, con humor y sin filtros, sobre lo
que creemos saber del sexo… y sobre lo que fingimos no saber.
1. MITOS SOBRE LOS PITOS
“El hombre necesita más sexo que la
mujer.”
Falso.
Biológicamente, la mujer está tan capacitada como el hombre para disfrutar con
plenitud todas las etapas del sexo: deseo, placer, orgasmo. Y si me apuras,
incluso más.
Os envidio, y lo digo sin ironía. No por
las prisas —en eso, reconozcámoslo, los hombres somos campeones olímpicos— sino
por la intensidad con la que muchas de vosotras podéis vivir el placer. Y ojo,
que no hablo solo del físico, sino del juego.
Los tiempos han cambiado y, con ellos,
las costumbres. Las mujeres —las chicas, sobre todo— gozáis hoy de una libertad
mucho mayor para expresar vuestros deseos y carencias sexuales. Y eso es
maravilloso. Pero también es cierto que, entre las generaciones más jóvenes, la
libertad se ha confundido con la urgencia.
De ese “te digo que no, aunque me
muera de ganas”, puro arte de la seducción, hemos pasado al “te follo
hoy mismo porque soy moderna, autosuficiente y sé lo que quiero”.
Y no, cariño, a veces no lo tienes tan
claro. No es una crítica ni un sermón: es una invitación a recuperar el juego.
El erotismo no siempre necesita un final feliz, sino un principio sugerente.
Seduce, flirtea, provoca, sonríe. A la cajera del súper, al chico del gimnasio,
a quien te cruces con buen humor. No por follar, sino por sentirte viva. Eso
también es placer.
Luego estamos los “creciditos”. Los que
rondamos o pasamos los cuarenta, - hoy puedo decir que “y los cincuenta” - con divorcios, cicatrices y nostalgias a
cuestas. A esas alturas uno ya no tiene tiempo para postureos, y muchas de
vosotras tampoco. Por eso celebro que ahora cazáis y os dejáis cazar cuando os
da la gana, con la madurez de saber quién merece un mordisco y quién no.
Y ahí es cuando llega la pregunta del
millón:
¿Disfrutáis más del sexo que nosotros?
¿Tenéis vosotras tanta necesidad como nosotros?
La respuesta es tan sencilla como
tramposa: depende.
Yo creo que sí. Que disfrutáis más, y
mejor. Por capacidad física, por sensibilidad, por esa bendita posibilidad de
encadenar orgasmos como quien encadena canciones. Por poder alargar el placer
en el tiempo y vivirlo con más intensidad.
Y también porque muchas aún estáis
aprendiendo a usar vuestro cuerpo, a descubrirlo, a pedir lo que queréis sin
miedo.
Lo que me da vergüenza ajena —y un poco
de pena— son esos especímenes de mi género que, con cuarenta o cincuenta años,
confunden la crisis existencial con un casting de jovencitas. Buscan en el
asiento del copiloto un pecho turgente que les devuelva el ego que perdieron
hace tres divorcios. Y en realidad, lo que todo hombre necesita es una mujer
que se escriba a sí misma con mayúsculas.
Tampoco me salvo: todos hemos jugado
alguna vez a marcar muescas en el cabecero de la cama, como pilotos de guerra
contando enemigos abatidos. Pero el sexo, cuando se reduce a eso, acaba
sabiendo a derrota.
Desde nuestros ancestros, el macho de
cualquier especie ha sentido la urgencia de esparcir su semilla como si el
mundo dependiera de su esperma. El problema llegó cuando la religión cristiana
envolvió ese instinto en culpa, vergüenza y pecado. Y entre tanto dogma, la
mujer fue aprendiendo algo esencial: ella decide con quién, cuándo y cómo.
Y eso —esa capacidad de elegir— es una
forma de poder mucho más profunda que cualquier impulso biológico.
Quizás por eso el juego de la seducción
sigue funcionando: porque, aunque os atraiga quien no muestra interés, sabéis
perfectamente cuándo dejaros cazar… y cuándo cazar vosotras.
Así que sí: disfrutáis más. No por
cantidad, sino por calidad. Por disfrutar con quien queréis, cuando queréis y
sin tener que justificarlo. Por hacerlo con esa serenidad que solo da el
dominio del juego.
Y desde mi café, confieso que eso es lo
que más me fascina de vosotras: esa capacidad de disfrutar del placer sin
perder la cabeza… o perdiéndola a propósito.
☕ Epílogo
El sexo no se mide en orgasmos, sino en
sonrisas después.
Y si algo de lo que has leído hoy te ha removido un poco...
entonces ya ha merecido la pena.
Seguiremos en el próximo capítulo, hay
más, mucho más…
“Si este café te ha despertado alguna neurona, suscríbete en la barra lateral y serás la primera en saber que ya tengo listo el peóximo, directamente a tu buzón de correo.”
Hace tiempo que no me acerco a nadie susceptible de vestir falda, ni aunque viniera tocando una gaita. Y no es porque no pueda: me considero sociable y de carácter afable, incluso diría que físicamente incomodo poco al mirarme, así que como todo el mundo, supongo, recibo ofertas carnales, lo confieso. Lo mío tampoco es que se pueda llamar rechazo, ni una supuesta aversión, ni temor a nada, ni mucho menos, sigo pensando que por norma general, me encantáis, sin excepción. Y sin ánimo de parecer que voy sobrado de recursos y ofertas, aunque no hagan cola en mi puerta enajenadas por el deseo, cosa que no he visto en la vida, supongo que sí podría mantener cierta actividad de forma más constante. El problema es que, si me paro a pensar detenidamente, no me motiva ninguna.
Y sé que no tiene por qué ser cosa de ellas, esto es algo puramente mío. Conozco a muchas mujeres, de distintas edades y condiciones, y me llevo bien con la inmensa mayoría de ellas. Nos veamos más o nos veamos menos, tengo buen trato en general con todas. Incluso en los casos en que no hay trato, en ningún momento lo considero como que haya sido un problema: simplemente la cosa no daba para más, o simplemente que cada uno hace su vida. Así que aún sin ver a algunas, las tengo en buen recuerdo.
La pregunta maldita
Alguna vez me cruzo con alguna mujer por la calle por la que valdría la pena romperse las cervicales al girarse para mirarla. Sí, está buenísima, y durante tres segundos pienso en lo obvio, formas, andares y cadencias y en cuantas posiciones y situaciones indecorosas sería capaz de ponerla. Pero enseguida mi cerebro me suelta, como un padre cascarrabias: “vale, está muy buena… pero ¿y qué más?” Y ese “¿y qué más?” me corta las alas como un cuchillo, en seco.
No es impotencia, no es abstinencia (voluntaria al menos), no es miedo. Es algo peor: pereza. ¡ Manda cojones ¡. Una especie de cansancio íntimo, de aburrimiento de repetir patrones como si fueran fotocopias, de esas cenas o esos encuentros que empiezan con risas y terminan con platos vacíos y la sensación de que aún tienes hambre, que no ha llenado lo que debería. Y cuando hablo de llenar o de hambrunas, no me refiero necesariamente a cuestiones carnales, es que a veces no hay ni conversaciones que motiven.
Porque si hablamos de otras formas de saciarse, ya sabemos que el sexo, cuando es efímero, tiene un precio: el vacío que deja después. Y ese vacío ya me lo conozco de memoria.
Te llega el aviso, en alguna de esas aplicaciones, que has tenido un match, hablas con alguien, parece que hay cierta conexión y vas destapando temas buscando ese en el que se coincide, hay un encuentro, además hay atracción y para redondear, ves que el directo mejora las charlas previas, y claro está, es casi inevitable pensar en seguir mejorando y juntar las pieles, ¡¡y, ay!!..., ¿ahora qué, seguimos?, ¿todo el mundo ha sido lo suficientemente sincero con esa ilusión inicial? ¿O hemos vuelto a confundir y mezclar lo que hay con lo que querríamos que hubiera?
Tinder, catálogo de fotocopias
Hace tiempo que abandoné los tinders y similares. No hay nada peor que ver a una colección de estupendísimas con morros y tetas de catálogo, con unas vidas sanísimas y altamente envidiables: todas parecen ricas y casi famosas, gimnastas consumadas y les ha dado tiempo a tener un currículum maravilloso y mantener un nivel económico como para lucir los bolsos de Gucci, o eso parecen.
Pero ante todo, la actitud de quien no se ha dado cuenta que la estaban fotografiando. Porque no se puede reconocer que se está ahí buscando a alguien que nos acaricie por dentro. O por fuera, eso ya va a gustos y momentos vitales de cada uno.
Y con eso no quiero decir que haya que ir por la vida mostrando todas tus cartas, eso ya lo hago yo. Y así me va. Pero una cosa es ir desnudo por la calle, expuesto a todo y la otra muy distinta, ocultar lo que realmente se quiere o se piensa.
El problema en estos sitios es que la pantalla nos da cierto anonimato y te diría que hasta cierta inmunidad como para comportarse como un canalla, porque el que opta por tener una actitud sincera, lo hace. Allí o en la calle.
Pero digamos que esos entornos facilitan vender fantasías, mostrar más quien se quiere ser que quien se es, y después pasa lo que pasa. Que nada cuadra, que uno se crea sus expectativas a tenor de lo que te han contado y de pronto te enfrentas a lo que no se ha dicho. Es la receta perfecta para un desastre emocional.
He dicho NO (y libera)
No voy a mentir: podría aprovecharme de esas ofertas que llegan, cada vez menos, también debo confesarlo. Podría entrar, salir, empujar, abrazar y volver a casa como si nada. Pero me pesa. Me pesa la falta de alma, la repetición de un guion que ya sé cómo acaba. Y entonces prefiero no empezar. Y sé que hay una probabilidad de que no sea así, y debería agarrarme a ella como un gato a las cortinas, pero hoy por hoy me pesa más el otro lado de la balanza.
De hecho, ha habido ocasiones, varias, en las que he dicho NO (creedme, chicos, libera y empodera mucho, que esto de empoderarse parece estar de moda), o al menos he dicho un HOY NO. Pero es que cuando sé que la cosa no tiene que prosperar —y eso se siente casi en el primer instante—, ¿para qué empezar? Mañana todo eso me va a costar explicaciones y situaciones que hoy no quiero. Así que al final opto por dejarme los pantalones subidos y evitar según qué escenas, que desgastan más de lo que ayudan, por más que el instinto me empuje al retoce. Que lo hace, el muy mamón y no sabéis con qué ímpetu, a veces.
El deseo me exige más
Estoy a las puertas de cumplir 54 años, y sigo siendo soltero. Y uso el verbo ser, no estar, porque visto lo visto, lo considero una condición más que una situación, y creedme que eso no supone un problema, he llegado a un punto extraño: el deseo me exige más que yo mismo. Ya no me acelero con un culo bien puesto o un escote perfecto, tampoco persigo jovenzuelas. Acepto de buen grado una lorza o una pata de gallo, porque yo también las tengo.
Pero tiene que haber algo más, se necesita chispa, complicidad, piel con historia. Se necesita que detrás de la carne haya alguien con quien perderse un poco, aunque solo sea en una conversación absurda a las tres de la mañana. Y si estoy en esa situación es porque me creo capaz de ofrecer, como mínimo, lo mismo, que esa es otra.
Conozco a mucha gente, más allá de géneros, quien se frustra, espera y desespera por encontrar un ideal que se ha ido formando. Y es que estar en casa los domingos en pijama, mirando cualquier serie y comiendo helado o acariciando al perro tiene su peligro. Se piensa en cómo debería ser el otro, y poco a poco, serie a serie se le van atribuyendo facultades y requisitos, hasta llegar a ese ideal. Y luego pasa lo que pasa, que a base de idealizar, ningún humano encaja en esa perfección.
Y claro, esa exigencia me deja en fuera de juego. Me convierte en un espectador que a veces se muerde los labios mirando por la calle, pero que no mueve un dedo para acercarse. Porque idealizamos, porque nos creemos maravillosos, por lo que no merecemos menos que alguien que también lo sea y nos olvidamos de aceptar. Y sé que al final la pregunta va a ser siempre la misma: ¿qué más?
La verdad sin filtros
Lo digo sin vergüenza: hoy por hoy, todas estas situaciones me dan pereza. No porque no las desee, sino porque no me deseo a mí mismo en ese papel de figurante, repitiendo escenas que ya no me llenan y viviendo momentos por el hecho de vivirlos, cuando deberían ser la gasolina que lo incendiara todo.
Y aunque me ofrezcan un cuerpo en bandeja, lo que echo en falta es lo que no se ofrece: la mente, la risa, la maldita vulnerabilidad que convierte el polvo en un terremoto. Esa seguridad y entereza que, sin idealizar nos lleve al punto de pensar del otro, que aunque no sea perfecta, sus cosas buenas me gustan demasiado como para no aceptar las no tan buenas. Esa franqueza y sentido común que todo el mundo oculta, esa valentía para mostrar lo que se piensa y lo que se siente, sin temor al rechazo o que el otro te diga que no está en el mismo punto que tú.
Porque si no lo está, ¿a quién carajo le importa que no dure? Si no se ha conectado, solo nos queda agarrar la puerta y aprender que a veces es más digno, y por ende, más difícil saber soltar las cosas que saber agarrarlas.
¿Qué más?
Quizá sea una fase. Quizá sea edad, desencanto o simple saturación. Porque ya no resulta atractivo devorar tantos cuerpos como se pueda, porque un café con una buena charla llena de complicidad me resulta más que un inicio, el clímax de una relación sana. O quizá —y esto lo digo con media sonrisa— sea una nueva forma de selección natural: porque nada se activa si no lo hace el alma.
Mientras tanto, sigo aquí, mirando de reojo, pensando “qué buena está…”, y al mismo tiempo, “¿y qué más?
☕ Homo Audiencis
Morir por un minuto de gloria, (escrito el 15-08-2010)
Y de pronto —zas— me topo con esta joya:
“FALLECE TRAS ADJUDICARSE EL TÍTULO MUNDIAL DE SAUNA”.
Dicen que la confianza en pareja se mide por los silencios. Mentira. El silencio a veces pesa más que el ruido, y a mí, después de comer, me pesa como un saco de piedras. Ese momento en que te tumbas y la digestión te convierte en oso perezoso. ¿Qué haces? ¿Duermes? ¿Hablas? ¿O finges que todo va bien mientras la otra persona ya está pensando que te aburriste de su vida?
Es cierto que hombres y mujeres
gestionamos los silencios de distinta manera. Por más que esa “incultura” woke
nos ha metido en la cabeza a muchos, que somos todos iguales, que no hay
diferencias genéricas y que los hombres podemos llorar con bambi después de
hacer la colada mientras ellas llevan el peso económico de la familia allá,
cavando en la mina. ¡Mentira!
A los hombres, y generalizo, nos
gusta ese silencio. Ante un problema o una situación incómoda o tensa, nos recogemos
hacia dentro, necesitamos ese momento de estar con uno mismo, y es que como sí
dice el tópico, tenemos tendencia a hacer las cosas de una en una, y esos
momentos nos sirven para focalizarnos en lo que nos angustia.
En cambio, las mujeres — la mayoría
de mis lectoras— tenéis como forma natural verbalizar, mucho más que nosotros,
lo que os pasa por la cabeza. Estáis más entregadas hacia fuera, por tanto, ese
recogimiento masculino a veces os cuesta asimilarlo.
Es cierto que los hombres
disponemos de un artilugio que es muy característico de nuestro género, la “Nothing
Box” o la “Caja del Nada”, esa con la que podemos permanecer con la mirada fija
hacia ningún sitio y ni tan solo escuchar lo que ocurre a nuestro alrededor,
pero no es del todo cierto, aunque sea de forma inconsciente, nuestro cerebro,
(y digo nuestro porque soy hombre y tengo una nothing box donde me podría
esconder todo yo), sigue ordenando ideas.
Siempre pensamos en algo. En
fútbol, en la hipoteca, en si me habré pasado de sal con las lentejas… Nunca en
nada. Pero claro, a veces un “nada” es la palabra que nos salva de tener que
abrir la caja de Pandora.
Y aquí viene la verdad incómoda: hay
silencios en pareja pueden ser sexo sin tocarse o guerra fría sin trincheras.
Puede ser ternura o sentencia. ¿Quién decide qué es? Nadie. O sí: la piel.
Porque si el silencio va acompañado de una mano en la pierna, un roce, un
gesto, se vuelve cómplice. Pero si va acompañado de mirar el móvil, empieza el
iceberg.
Y con un solo detalle como ese,
puede cambiar sustancialmente ese silencio después de comer, pueden abrirse las
puertas del infierno y que se te indigesten de verdad las lentejas o puede ser
el inicio de un encontronazo romántico, o apresurado, o pausado, pero más que
placentero.
Sea como sea, no es buena idea
mantener posiciones orgullosas, las cosas necesitan su tiempo para madurarse y
no dejarse llevar por una verborrea improvisada, pero no me fío de un silencio
prolongado. Prefiero una discusión a gritos que esa calma chicha que huele a
ceniza. Porque gritar (sin faltar) significa que todavía te importa; callar
demasiado significa que quizá ya te has ido por dentro.
Así que, queridos y queridas,
cuando él o ella diga “en nada”, no le creáis. Metedle el dedo en las
costillas, rompedle el bostezo, quitadle la sábana de un tirón. Y a los hombres
que lean esto: tomaos vuestro tiempo para responder lo que realmente queréis
decir, pero no os escondáis nunca tras un “nada”. Atreveos a decir que estáis pensando
en estirarla sobre la mesa y poseerla, o en que teméis algo, o que os angustia
una situación en el trabajo, incluso hablad de vuestra caja del nada
existencial. Será incómodo, pero al menos será verdad.
Porque el silencio, ese sí, nunca
miente: o es deseo, o es vacío. Y entre esas dos cosas está el universo entero.
Uno de mis adorados comunicadores, por su actitud, por su
mente brillante y por saber formular esa pregunta que daba en la diana y nadie
más se atrevió a hacer, de darle seriedad a lo más histriónico o de ridiculizar
lo más Sacro, fue Jesús Quintero, quien supo retratar como nadie la
sociedad con más verdad y mala leche que cualquier tertuliano o titular de
prensa.
Y con él me permito hacer la excepción, y transcribir un par
de sus reflexiones, que he enlazado, y con las que nos regalaba motivos para
pensar hasta incomodarnos.
He escogido éstas y no otras, porque me parecen simplemente
demoledoras: porque retratan las miserias a las que seríamos capaces de llegar,
porque muestran la sociedad con más verdad de la que nadie es capaz de dar. Por
eso me ha parecido una muy buena forma de cerrar una etapa como la que
llevábamos hasta ahora, o al menos dirigir la mirada hacia otro punto, aunque
no abandonemos del todo los temas que esbozábamos, para adentrarnos en
cuestiones más personales, más de piel, más de latidos y de sonrisas y llantos.
Más En carne viva.
1. Si Cristo volviera
Todos los presentadores querrían dar el pelotazo del milenio
consiguiendo que multiplicara los panes y los peces en directo, o que en su
defecto pronunciase de viva voz el sermón de la montaña.
Los endemoniados, los paralíticos, los leprosos,
irían de programa en programa contando su milagrosa curación… previo pago.
Todos querrían escuchar a Lázaro, el amigo resucitado.
Todos querrían escuchar a su madre,
la mujer de la que se decía que seguía siendo virgen después del parto.
Convertirían su apasionante vida en un culebrón.
Los envidiosos inventarían una leyenda negra:
dirían que cobraba por las entrevistas,
que sus milagros eran un fraude,
que se le había visto comer con publicanos,
que tenía un lío con una prostituta,
que andaba con maleantes y terroristas.
Aparecería un Judas que lo vendería.
Y un Pedro que lo negaría tres veces.
Y un Tomás que metería los dedos en sus llagas después de muerto.
Y un Pilatos que se lavaría las manos.
Y un Barrabás que, sin ningún mérito,
sería preferido a Él por la chusma que somos todos.
Una chusma veleta que volvería a pedir a gritos que lo
crucificaran.
Buenas noches y buena suerte, a quien se la merezca.”*
Porque las noches te darán en qué pensar,
y al pensar, abrazado por la oscuridad de la propia alcoba,
al sentir la propia respiración
y los latidos que poco a poco van marcando el ritmo de nuestros pensamientos,
uno puede llegar a esta conclusión:
2. Lo más importante de la vida
*“Lo más importante de la vida, es la vida.
Parecerá una perogrullada, pero te aseguro que, si lo
piensas, verás que es la más sabia y profunda filosofía.
Todos nuestros problemas comienzan cuando nos olvidamos de
esa verdad elemental, tan básica.
Cuando creemos que cualquier cosa es más importante que
vivir, eso desgraciadamente ocurre con demasiada frecuencia.
Cualquiera está dispuesto a arruinar su vida por niñerías
tan simples como ganar más dinero, tener más poder, llegar a ser el jefe de la
empresa, ser famoso, ser admirado… cualquiera está dispuesto a amargarse la
vida por conseguir metas que no le van a ayudar a vivir más.
Si nos convenciéramos de que lo más importante de la vida,
es la vida, nos dedicaríamos a vivir, ¿no?, a vivir más, más intensamente y tal
vez desaparecerían, pues, las guerras, los misiles, la carrera de armamentos.
Si nos convenciéramos de que lo más importante de la vida,
es la vida, desaparecería el deseo de acumular riquezas, desaparecerían la
prisa, la ambición, el trabajo como condena, la intolerancia, la violencia, los
prejuicios, los dogmas, las cadenas.
Si nos convenciéramos de que la vida es más importante que
las doctrinas, las ideologías, los credos, las convenciones sociales, los mitos
y los tópicos, tal vez empezaríamos a tratarnos como iguales.
A respetarnos y a querernos.
Lo más importante de la vida, es la vida.
Parece una tontería, pero es una gran verdad.
No lo olvides.
Sobre todo, practícala, ya verás…”*
Aquí empieza un cambio, y aunque sigamos con temas que
considere importantes y de actualidad, abrimos una nueva etapa, a partir de
ahora, más desde dentro, más intimista. Cada miércoles, cafés con más alma, que hablen un poco más de nosotros mismos, aireando nuestras virtudes, pero también nuestras miserias