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sábado, 20 de diciembre de 2025

#22. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (6 de 8)


“Las mujeres con senos pequeños son frías”… ¿de verdad? ¿En qué siglo?

“Aunque leído así se note que es una tontería —dice JCK—, tendemos a asociar los pechos grandes con un temperamento apasionado.”

Sí…
y también tendemos a creer que frotar dos palos hace fuego en pleno siglo XXI.
Los mitos son cómodos, baratos, y sobre todo… perezosos.

Así que, con perdón del ilustre sexólogo, yo creo que aquí o tiró de tópico para rellenar la lista,
o llevaba una mala tarde.

Porque si hay un mito absurdo en el catálogo sexual masculino, es este.

El mito del tamaño: Freud estaría llorando de la risa




Ni la medida ni el reflejo, el deseo vive en lo que no se puede medir.




Es cierto: cuando preguntas a un hombre qué mira primero en una mujer, muchos dicen “los pechos”.
Sí.
Normal.
Somos mamíferos, no escultores.

Pero el tamaño… el tamaño es otro tema.

El pecho grande impresiona.
El pequeño intriga.
Los dos funcionan.
Y ninguno determina la temperatura sexual de nadie.

El vínculo primario con el pecho —lactancia, calor, protección, ese refugio inicial que ni recordamos pero llevamos tatuado en el inconsciente— no tiene absolutamente nada que ver con pasión o frialdad.

Es afecto.
Es memoria corporal.
No erotismo.

La industria pornográfica se ha pasado 30 años intentando convencernos de lo contrario,
pero el cerebro humano, por suerte, tiene más matices que un catálogo de “tallas imposibles”.

Fertilidad, adolescencia y el viejo instinto

Eso sí: no olvidemos la parte biológica.
El pecho marca la madurez sexual.
Y en la adolescencia es como una sirena luminosa encendida de repente:
“esta persona ya no es una niña”.

Esa transición despierta curiosidad, deseo, comparaciones, miradas…
pero no carácter sexual.

Confundir “me atrae” con “será apasionada” es como confundir una puerta bonita con una buena conversación.
La estética llama, pero lo que pasa después depende de la persona.

Cuestión de piel, no de talla

Aquí empieza lo divertido.

Los pechos son una zona erógena clave, sí.
Pero su efecto no tiene nada que ver con los centímetros ni con los mililitros de silicona o tejido adiposo.

Tiene que ver con:

– la piel,
– la sensibilidad,
– el juego,
– la mirada,
– y, muy especialmente,
con quién los toca.

No hay pecho frío.
Hay malos amantes, dedos torpes, falta de atención, prisas…
y un montón de hombres que creen que un pezón es un timbre.

Un pecho pequeño puede ser una obra de arte.
Un pecho grande puede ser un desastre mal manejado.
Como siempre: no es la talla, es la complicidad.

Ellas también juegan (y lo saben bastante mejor)

Ojo, que la fijación por el pecho no es exclusiva de los hombres.
El aumento mamario sigue siendo la cirugía más demandada en medio planeta.
No siempre por inseguridad —que también— sino porque ellas saben el poder simbólico que tiene.
El escote comunica.
El escote manda mensajes.
El escote seduce antes de decir “hola”.

La sociedad les ha colocado un foco encima del pecho desde los 12 años…
Así que normal que aprendan a usarlo como herramienta visual, emocional y, por qué no, teatral.

Pero todo ese poder no tiene nada que ver con “temperatura sexual”.
Si fuera así, las estadísticas serían de otro planeta.

Conclusión para gente con prisa:

👉 No existe correlación entre talla de pecho y pasión.

👉 No existe correlación entre volumen y deseo.

👉 No existe correlación entre copa y carácter sexual.

Existe, eso sí:

– deseo,
– actitud,
– piel,
– complicidad,
– y química.

Sobretodo química.

Epílogo con un guiño

El arte no se mide en centímetros.
El deseo tampoco.
Y la pasión… esa, cariño, se nota en la mirada, no en la talla.

 

 






sábado, 13 de diciembre de 2025

#20. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (5 de 8)



 

El placer pasa por los genitales… y por donde menos te imaginas

Nuestro querido doctor JCK, siempre tan correcto, tan clínico y tan amante del titular fácil, afirma que el placer femenino pasa por el clítoris y los labios menores.
Y añade, muy ufano él, que hay otras zonas erógenas: muslos, pezones, boca, orejas, cuello…
Un inventario que parece sacado de un catálogo de Ikea: funcional, útil y sin sorpresas.

Y sí, científicamente no dice ninguna barbaridad.
Pero también te digo una cosa:
reducir el placer femenino a un listado de piezas es como intentar resumir París diciendo que “tiene una torre y un río”.
Cierto, pero insuficiente.
Muy insuficiente.

De lo que me saltaré hablar aquí es de su famosa frase:
“todo pasa por el mismo orificio”.
No porque no sea verdad —que lo es— sino porque es tan evidente que no da ni para hacer bromas.

La verdad es que el buen doctor, entre verdades y obviedades, a veces parece que explique el sexo como si fuesen las instrucciones de un electrodoméstico: aprieta aquí, toca allá y gracias por su tiempo.

Y yo, que no soy sexólogo pero sí me gusta pensar que soy un buen observador y pecador con currículum, te diré lo que aquí tiene jugo de verdad:

👉 El placer no es genital.
El placer es mental.

Y todas las partes del cuerpo son potencialmente erógenas cuando el cerebro está encendido. 







Esto es lo que los manuales no se atreven a decir.

Supongo que si lo confesaran, entonces más de un sexólogo iba a perder su trabajo en favor de algún psicólogo avispado.

Cuerpo, mente y cebollas

La sexualidad funciona como una cebolla.
Lo decía Eduard Punset, otro grande, y yo lo firmo con las dos manos.

Nuestro cerebro es una acumulación de capas:
la parte primitiva, la instintiva, la emocional, la racional, la cultural…
Y la última capa —la del 2025— está llena de culpa, miedo, moral, memes, pornografía y terapia barata.

I en medio de todo esto, está el deseo: un impulso antiguo, básico, salvaje, que convive con estas capas como buenamente puede.

Cuando las mujeres decís que los hombres somos primitivos, básicos y demás, doy las gracias, pero es normal.
Somos mamíferos con un software demasiado simple para un mundo demasiado complicado.
Pero també os diré una verdad de las que incomodan:

En lo más básico es donde está el deseo más puro, más auténtico.
El que no está mediado, ni disfrazado, ni justificado

El deseo no pide permiso.

La piel: el primer mapa del placer

La piel es nuestro órgano más grande.
Es también, curiosamente, el más infravalorado.

Tenemos toda la piel llena de sensores, de terminaciones nerviosas, de alertas…
Y aún y así, muchos siguen pensando que el placer es  un interruptor situado entre las piernas.

No.

El placer es una geografía entera, no un punto concreto.

El cuello es un universo.
El interior de los muslos, mi destino preferido de vacaciones.
La baja espalda, una invitación.
Las caderas, un semáforo verde.
Y las manos…. Las manos son el primer lenguaje que el cuerpo entiende.

A quien nos toca bien, le abrimos las puertas.
A quien nos toca mal, le cerramos fronteras.

Actitud: el 90% del sexo

Podemos hablar de técnica, de zonas, de manual básico…
Pero la verdad que nadie quiere aceptar es esta:

El placer depende menos de como te tocan…. Y más de si estás dispuesto a sentir.

Es una cuestión de confianza.
De dejarse ir.
De mirar sin miedo.
De admitir el propio deseo sin excusas ni discursos.

El sexo no es una habilidad que se aprende, es un viaje que se comparte.
y si no hay predisposición, no hay milagro.

No hace falta un cuerpo perfecto.
No hace falta una técnica avanzada.
No hace falta dominar ninguna disciplina exótica.

Hace falta actitud.
Hace falta complicidad.
Y hace falta un  “yo quiero” que pese más que cualquier vergüenza.

Cuando hay eso, el cuerpo responde solo.

Y el placer pasa por donde quiere, no por donde dicen los libros.

En resumen, respetables machos y hembras del público

La genética pone el cuerpo.
La piel pone el mapa.
Pero es la cabeza —y solo la cabeza— quien decide el trayecto.

El placer es lo más humano que tenemos.
Lo más antiguo.
Lo más profundo.
Y sí… también lo más divertido.

Así que dejaros de normas, de tabús y de manuales de tres páginas.

Tocad, oled, probad, sorprended, investigad.
Que si alguna cosa vale la pena en esta vida, es sentir.
Sin permiso.
Sin culpa.
Y ante todo, sin prisa.

 








sábado, 6 de diciembre de 2025

#18. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (4 de 8)


Todo el clítoris está a la vista… ¿sí? ¿Seguro?

 

Muchos manuales dicen que sí.
Que el clítoris está “a la vista”.
Que basta con mirar, saber dónde está el glande —esa pequeña perla bajo los labios menores— y listo.

Ajam.
Claro.
Y yo soy astronauta de fin de semana.

Sí, anatómicamente tienen razón:
hay un glande visible, un tronco que continúa hacia dentro, dos pilares que se abren como una Y invertida…
Una estructura preciosa, compleja, casi arquitectónica.

Pero la realidad práctica —esa que ocurre en las camas, en los sofás, en el coche o donde te pille el deseo—
es que para una gran parte de los hombres el clítoris sigue siendo un misterio sin resolver.
Una especie de Área 51 sexual en la que saben que hay algo, pero no saben ni cómo se entra ni qué demonios pasa ahí dentro.

Y no es por falta de interés, ojo.
Es por falta de educación, de tacto, de atención… y en algunos casos, de vista.



Imagen tomada de la película AmeriCat Beauty...


Desde jóvenes, el clítoris aparece en nuestras vidas como una mezcla de mito y bomba nuclear:

“tócalo bien y explota de placer; tócalo mal y explota ella… pero en tu contra”.

Cada mujer es un universo.
No solo a nivel físico, sino en como siente, como despierta, como vibra.
Por eso este famoso botón del placer no funciona nunca igual en dos mujeres distintas.

Si hay una verdad universal, es esta:
no hay mapa, no hay fórmula y no hay GPS.

De lo que sí hay, y mucho, es sensibilidad.
Una cantidad de terminaciones nerviosas que harían llorar de envidia al pene más optimista del planeta.
Pero esa potencia hace que sea un territorio delicado, casi sagrado.

Y aquí vienen les tres palabras que todo hombre debería tatuarse en el pecho:
NO
EMPIECES
AHÍ.

Nunca —repito: NUN-CA— se empieza por el clítoris.
Ni con dedos.
Ni con lengua.
Ni con entusiasmo descontrolado.
Primero va todo lo demás:
los alrededores, la piel, el cuello, las caderas, los muslos, las miradas, el ritmo.
La excitación femenina necesita contexto, calentamiento, fuego lento.
Sin eso, el contacto directo pasa de ser un juego a una invasión.

Cuando el cuerpo ya está encendido, entonces sí.
El clítoris deja de ser un punto y se convierte en un campo eléctrico.
I todo fluye.

Aquí entra la paciencia.
La cadencia.
El tempo interno que marca ella y solo ella.
Porque el cuerpo femenino no responde a un cronómetro, sino a un lenguaje propio.

(Aquí hago una pausa. Sorbo de café y mirada de “ya me entiendes”.)

Las posturas?
Ah, aquí es donde la creatividad se pone las botas.

Hay clásicos que funcionan siempre:

Ella encima
Controla el movimiento, el ángulo, la presión.
I tú te quedes ahí, bien quieto, haciendo de paisaje y de soporte emocional..
Más seguro no se puede.

Pecho con pecho
Tumbados, el roce natural hace el trabajo.
Es simple, íntimo y, si no hay prisas, imbatible.

Desde atrás
Y he dicho desde, no por, no confundamos conjunciones. Eso ya sería otro capítulo.

La postura cinematográfica por excelencia.
Acceso fácil, ritmo cómodo, visión interesante…
I el clítoris queda tan a mano que casi parece hecho expresamente.

“Perrito”, “cuchara” y todas las variantes son un buen campo de pruebas.
(Consultas privadas sobre ejemplos gráficos, ya sabes donde encontrarme… aunque ya te avanzo que seguramente te revelaré pocas cosas nuevas.)

Pero no nos engañemos:
Esto no es un manual.
Ni lo pretende ni lo será nunca.
Cada mujer tiene su geografía, cada pareja, su ritmo, cada momento, su código.

El camino infalible siempre es el mismo:
hablar, escuchar, probar, reir, repetir.

El placer no es conquista, no es fuerza y no se deduce.
El placer se crea.
Se comparte.
Se construye como un secreto compartido entre dos cuerpos que se buscan sin prisas.

Así que ya lo sabéis:
si queréis descubrir un clítoris, no busquéis un mapa.
Buscad complicidad.
Buscad risas.
Buscad manos que tengan más paciencia que ego.

I sobre todo…
a practicar.
A experimentar.
A divertiros.
Que la teoría está muy bien, pero los orgasmos no se consiguen haciendo exámenes.

 

  

 




sábado, 29 de noviembre de 2025

#16. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (3 de 8)

 


El punto G: ese mito cartográfico que todos buscan y casi nadie encuentra

Casi todos los manuales coinciden en lo mismo:
“El punto G es fácil de estimular, especialmente con los dedos del compañero.”
Y te lo explican como si fuese una receta de cocina:

— Introduce el dedo.
— Presiona hacia arriba.
— Y voilà, ahí está.

Sí, claro.
Y si sigues la receta del souflé también te debería quedar perfecto… pero la mitad acaban pareciendo ladrillos.

Así que no, no es tan sencillo.
Lo difícil no es estimularlo: lo difícil es encontrarlo.

El sexólogo Kusnetoff habla como si existiera un Google Maps vaginal universal, pero el cuerpo femenino no funciona así.
Cada mujer es un continente distinto.
Unas tienen archipiélagos, otras montañas, otras llanuras fértiles… i algunas tienen autopistas hacia el placer que ni la NASA ha podido cartografiar.

¿Existe el punto G?
Sí.
¿Está siempre en el mismo sitio?
Ni de coña.




Y eso, lejos de ser un problema, debería ser parte del encanto.

Pero el misterio del punto G ha creado una especie de fiebre del oro sexual.
Un trofeo.
Un “premio final”.
Un “si lo encuentras, desbloqueas nivel”.
Mientras más se habla de él, más se esconde.
Como si tuviera sentido del humor propio.

Muchos hombres lo buscan como quien busca las llaves en un bolso:
a lo loco, sin mirar, removiendo todo, con prisa…
Y claro, con esa técnica lo único que encuentras es la paciencia de ella tocando fondo.

Partamos de algo básico, queridas:
vosotras conocéis vuestro cuerpo mejor que nadie.
Si hay confianza, lo ideal sería guiar al compañero.
Pero aquí surge la pregunta peligrosa:

¿Lo habéis encontrado vosotras mismas?

Porque si todas lo hubierais descubierto y sentido ese placer mítico que prometen los manuales, hace años que tendríamos tutoriales precisos, códigos postales y quizá algún documental de la BBC.
Y sin embargo… silencio administrativo.

Así que dejemos algo claro:
el problema no es la mujer.
El problema es el hombre impaciente.

Los hombres tendemos a creer que la sexualidad femenina funciona como la nuestra:
un interruptor.
ON → líbido.
OFF → Netflix.

Y no.
El placer femenino no es un interruptor:
es un crescendo, una ola, un movimiento que sube, baja, se repite…
Una cosa preciosa que requiere tiempo, ritmo y pausa

Mientras que el orgasmo masculino es un disparo, el femenino es una sinfonía.
Y si te saltas la introducción, no esperes un buen final.

Por eso, para encontrar el punto G hay un único método infalible:
juego.
Mucho juego.
Y del bueno.

Los mal llamados “preliminares” —que en realidad son el 60% del acto— son la luz que enciende el mapa.
Sin ellos, buscar el punto G es como intentar encontrar un enchufe en una habitación oscura:
acabas palpando paredes con cara de idiota.

Pero si hay caricias, besos, respiración, ritmo y esa mirada que dice “ven aquí, cabronazo”…
entonces sí:
el punto G aparece, se hincha, vibra, respira.
Porque es real… pero necesita contexto.

No pretendo dar lecciones ni revelar secretos personales.
Solo compartir una certeza que he confirmado demasiadas veces:

El buen sexo no nace de la técnica.
Nace de la comunicación.

Hablar, escuchar, observar, guiar, preguntar…
i sobre todo no dar nada por hecho.

Porque cuando ella disfruta —de verdad, no de compromiso—
te aseguro que hará todo lo posible para que tú también salgas levitando.
Y yo, tonto creo que no soy:
si hay que volverla loca, se la vuelve.
Faltaría más.

Y ya que hablamos de puntos, hablemos del otro gran desconocido:
el punto P, la próstata, el equivalente masculino del punto G.

Aquí el problema no es encontrarlo.
Aquí el problema es el miedo a perder la virilidad.
Muchos hombres no quieren ni que se mencione.
Y muchas mujeres no se atreven a tocarlo.
Pero el cuerpo masculino también tiene zonas de placer que la cultura ha censurado.

Porque la virilidad —la verdadera— no está en no dejarse tocar.
Está en no tener miedo.
En saber que tu placer es tuyo.
En entender que probar algo no cambia tu identidad, pero puede cambiar tu vida sexual.

Así que dejemos de tenerle miedo al dedo, al masaje, al juego.
Explorar no resta masculinidad.
Resta ignorancia.

Porque de eso va todo:
de conocerse, de reír, de jugar, de equivocarse y de volver a empezar.
De descubrir que el placer no tiene prisa, pero sí memoria.

La vida es corta,
i solo tenemos un cuerpo.
Un solo cuerpo para aprenderlo.

Si no lo usas bien… es casi un pecado.
I no de esos que perdona la confesión.





sábado, 22 de noviembre de 2025

#14. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFÉ CALIENTE (2 de 8)

 


El himen: la membrana más famosa del mundo (y la más malinterpretada)

Hay muchos hombres —y algunas mujeres— que siguen imaginando el himen como una especie de tabique medieval:
un muro, un sello inviolable, una compuerta que solo se abre con violencia o con épica.

A ver, cariño…
si fuese tan rígido como algunos creen, la mitad de las mujeres acabarían en urgencias solo por intentar ponerse un tampón.

La realidad es mucho más aburrida —y más científica—:
el himen es elástico, tiene un orificio natural y, en la primera relación sexual, lo que hace es agrandarse, no “romperse” como si fuese el precinto de un bote de melocotón en almíbar.

Hasta aquí, nada que discutir.
El sexólogo que citas dice una verdad como un templo.
Y yo, desde la consulta de sexóloga gamberra, lo confirmo:
esto es anatomía, no opinión.

Pero lo que sí podemos discutir —y disfrutaremos discutiendo— es la carga cultural que esta humilde membrana ha tenido durante siglos.





Porque mira que hay trozos de piel en el cuerpo…

pero este, concretamente, ha sido usado como:

– garantía comercial,
– sello de pureza,
– excusa moral,
– argumento de poder,
– y sobre todo: herramienta de control sobre la mujer.

Y aquí, sorpresa, sorpresa:
aparece siempre la misma invitada a quien nadie invitó pero que se cuela igual…

La Iglesia Católica.


La gran opinóloga profesional de lo que pasa entre las piernas ajenas.

Desde tiempos casi prehistóricos —cuando los matrimonios eran acuerdos económicos y territoriales— el himen se convirtió en una especie de IVA cultural: un certificado de que la mercancía no había sido tocada.
Como si una mujer fuera un frasco de mermelada con el precinto intacto.

Luego llega el cristianismo con su artillería pesada de culpa y pudor, i el Priorato Constantino decide que ya basta de diosas, de mujeres con poder, de liderazgos femeninos.

Resultados de la campaña:

– María Magdalena pasa de compañera de Jesús a prostituta improvisada.
– La sexualidad femenina queda bajo sospecha permanente.
– El himen se convierte en su pasaporte social.
– Y el patriarcado se instala como si fuese el nuevo Windows 95.

Y claro, el miedo masculino a la influencia femenina…
especialmente en la cama
acabó generando siglos de represión, vigilancia y castigo.

La Inquisición, por su parte, hizo el upgrade definitivo.
Convirtió la libertad sexual en una especie de actividad paranormal.
Y si una mujer disfrutaba, exploraba o simplemente decía “esto me gusta”…
pues nada: bruja.

El Malleus Malleficarum —el Martillo de las Brujas— no era un manual espiritual.
Era un manual de pánico sexual.
Una manera de recordar al mundo que el placer femenino era un enemigo público.

Y aunque hoy pensemos que aquello quedó lejos…
spoiler: no.
Todavía hay culturas donde el himen es una especie de divisa social.

La tradición del pañuelo en la cultura gitana, por ejemplo:
el dedo envuelto, la sangre mostrada como garantía…
No hay PowerPoint que lo explique y no te dé vergüenza ajena.

O las cirugías modernas para reimplantar hímenes artificiales.
Aquí ya no hablamos ni de religión…
Hablamos de estética, de pánico al paso del tiempo y de esta necesidad absurda de poner a cero el contador de la experiencia.

Y mientras unas se reimplantan una membrana…
otras niñas en el mundo sufren mutilaciones sexuales en nombre de la “pureza”.
Una palabra que, según quien la pronuncia, da más miedo que cualquier bruja medieval.

Yo, por mi parte, crecí escuchando que el himen se podía “romper” con gimnasia, con danza, con deporte…
Y lo que rompe de verdad es la paciencia cuando ves cómo se usa  esta membrana insignificante para controlar cuerpos, libertades y vidas enteras.

Porque sí:
podemos correr a urgencias por una apendicitis.
Podemos pagar peelings para borrar un grano.
Pero todavía hay quien cree que perder la virginidad “antes de tiempo” es pecado, drama, escándalo o desgracia.

Modernos de fachada, medievales de cintura para abajo.

Yo, como soy un ser poco creyente, y sobre todo como hombre que valora la autosuficiencia femenina, lo tengo claro:
el himen me importa lo mismo que una uña cortada.
Lo único interesante es con quién decides perderlo
y cómo de libre eres tomando esa decisión.

Si alguien piensa eso de
“claro, habla así porque es hombre”…
Entonces respondo:

“Claro… y tú sigues dejando que otros opinen sobre tu cuerpo más que tú misma.”


Epílogo

El deseo no se rompe.
Lo único que se rompe es el miedo.
Y siempre es un buen negocio romperlo.

 




sábado, 15 de noviembre de 2025

#12. CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (1 de 8)


 ☕ Sexo, mentiras y café caliente (I): Mitos sobre los pitos

Texto reeditado del original "Tu sexualidad, la mía y la de la vecina del quinto" (2010)


“Porque el deseo no se calla, solo se disfraza de pudor.”


🕯️ Anteriormente en Sexo, mentiras y café caliente…

En realidad, no hubo anteriormente.
Este es el primer sorbo de una serie que promete quemar más de una lengua.
Así que sirve el café, baja el volumen del pudor y deja que te cuente algo que muchos piensan… pero pocos se atreven a decir.

A petición del respetable —y aprovechando que mi hijo desayuna tranquilo mientras en la tele ponen dibujos— me he decidido a escribir sobre ese tema que todos y todas tenemos en la cabeza, aunque finjamos que no: la sexualidad.

Sí, esa misma que genera chascarrillos, confidencias y silencios incómodos a partes iguales. Esa que todos comentamos con un aire de secreto y que nunca contamos del todo, porque seamos sinceros: nadie sabe tanto como aparenta ni se atreve a contarlo todo.

Por eso, sin pretender ser sexólogo ni gurú de alcoba —y citando a quien toca cuando haga falta, Juan Carlos Kusnetoff (JCK)— me lanzo a abrir un pequeño debate, con humor y sin filtros, sobre lo que creemos saber del sexo… y sobre lo que fingimos no saber.

 

1. MITOS SOBRE LOS PITOS

“El hombre necesita más sexo que la mujer.”

Falso.
Biológicamente, la mujer está tan capacitada como el hombre para disfrutar con plenitud todas las etapas del sexo: deseo, placer, orgasmo. Y si me apuras, incluso más.

Os envidio, y lo digo sin ironía. No por las prisas —en eso, reconozcámoslo, los hombres somos campeones olímpicos— sino por la intensidad con la que muchas de vosotras podéis vivir el placer. Y ojo, que no hablo solo del físico, sino del juego.

Los tiempos han cambiado y, con ellos, las costumbres. Las mujeres —las chicas, sobre todo— gozáis hoy de una libertad mucho mayor para expresar vuestros deseos y carencias sexuales. Y eso es maravilloso. Pero también es cierto que, entre las generaciones más jóvenes, la libertad se ha confundido con la urgencia.

De ese “te digo que no, aunque me muera de ganas”, puro arte de la seducción, hemos pasado al “te follo hoy mismo porque soy moderna, autosuficiente y sé lo que quiero”.

Y no, cariño, a veces no lo tienes tan claro. No es una crítica ni un sermón: es una invitación a recuperar el juego. El erotismo no siempre necesita un final feliz, sino un principio sugerente. Seduce, flirtea, provoca, sonríe. A la cajera del súper, al chico del gimnasio, a quien te cruces con buen humor. No por follar, sino por sentirte viva. Eso también es placer.

Luego estamos los “creciditos”. Los que rondamos o pasamos los cuarenta, - hoy puedo decir que “y los cincuenta” -  con divorcios, cicatrices y nostalgias a cuestas. A esas alturas uno ya no tiene tiempo para postureos, y muchas de vosotras tampoco. Por eso celebro que ahora cazáis y os dejáis cazar cuando os da la gana, con la madurez de saber quién merece un mordisco y quién no.

Y ahí es cuando llega la pregunta del millón:
¿Disfrutáis más del sexo que nosotros?
¿Tenéis vosotras tanta necesidad como nosotros?

La respuesta es tan sencilla como tramposa: depende.

Yo creo que sí. Que disfrutáis más, y mejor. Por capacidad física, por sensibilidad, por esa bendita posibilidad de encadenar orgasmos como quien encadena canciones. Por poder alargar el placer en el tiempo y vivirlo con más intensidad.

Y también porque muchas aún estáis aprendiendo a usar vuestro cuerpo, a descubrirlo, a pedir lo que queréis sin miedo.

Lo que me da vergüenza ajena —y un poco de pena— son esos especímenes de mi género que, con cuarenta o cincuenta años, confunden la crisis existencial con un casting de jovencitas. Buscan en el asiento del copiloto un pecho turgente que les devuelva el ego que perdieron hace tres divorcios. Y en realidad, lo que todo hombre necesita es una mujer que se escriba a sí misma con mayúsculas.

Tampoco me salvo: todos hemos jugado alguna vez a marcar muescas en el cabecero de la cama, como pilotos de guerra contando enemigos abatidos. Pero el sexo, cuando se reduce a eso, acaba sabiendo a derrota.

 

Desde nuestros ancestros, el macho de cualquier especie ha sentido la urgencia de esparcir su semilla como si el mundo dependiera de su esperma. El problema llegó cuando la religión cristiana envolvió ese instinto en culpa, vergüenza y pecado. Y entre tanto dogma, la mujer fue aprendiendo algo esencial: ella decide con quién, cuándo y cómo.

Y eso —esa capacidad de elegir— es una forma de poder mucho más profunda que cualquier impulso biológico.

Quizás por eso el juego de la seducción sigue funcionando: porque, aunque os atraiga quien no muestra interés, sabéis perfectamente cuándo dejaros cazar… y cuándo cazar vosotras.

Así que sí: disfrutáis más. No por cantidad, sino por calidad. Por disfrutar con quien queréis, cuando queréis y sin tener que justificarlo. Por hacerlo con esa serenidad que solo da el dominio del juego.

Y desde mi café, confieso que eso es lo que más me fascina de vosotras: esa capacidad de disfrutar del placer sin perder la cabeza… o perdiéndola a propósito.

☕ Epílogo

El sexo no se mide en orgasmos, sino en sonrisas después.
Y si algo de lo que has leído hoy te ha removido un poco...
entonces ya ha merecido la pena.

 

Seguiremos en el próximo capítulo, hay más, mucho más…

 

“Si este café te ha despertado alguna neurona, suscríbete en la barra lateral y serás la primera en saber que ya tengo listo el peóximo,  directamente a tu buzón de correo.”




sábado, 8 de noviembre de 2025

#10. CAFE VINTAGE - HOMO AUDIENCIS (2010)

 ☕ Homo Audiencis

Morir por un minuto de gloria, (escrito el 15-08-2010)


Esta semana, mientras comía solo en un restaurante de menú, hojeé el periódico buscando esas pequeñas noticias que casi nadie lee.

Ya sabéis, esas columnas minúsculas, las cartas de los lectores, los sucesos breves que caben entre anuncios de coches y recetas milagrosas.

Las historias que no cambian el mundo… pero lo explican mejor que los grandes titulares.

Y de pronto —zas— me topo con esta joya:


“FALLECE TRAS ADJUDICARSE EL TÍTULO MUNDIAL DE SAUNA”.

 




Dejé los cubiertos.

Por lo visto, en Finlandia celebran desde 1999 un campeonato mundial de sauna:

gana quien resista más tiempo dentro a 110 °C.
Ciento diez.

No un poco de calor, no.
El infierno, con certificado deportivo.

Aquel año, el campeón fue un ruso de sesenta años.

Murió minutos después de recibir el trofeo.

El subcampeón —finlandés— acabó con quemaduras de segundo grado, pero vivo, que ya es mucho decir.

La organización, con una sensatez digna de estudio, decidió suspender el campeonato indefinidamente.

Por respeto, dijeron.

Normal: no vas a hacerle la foto de grupo al fiambre.

Una psicóloga entrevistada —Isabel Carraburn— hablaba de narcisismo enfermizo:

esa necesidad de reconocimiento por encima del respeto a uno mismo.
Y oye, por una vez, estoy totalmente de acuerdo.

Vivimos en una época en la que el aplauso vale más que la supervivencia.

Lo que antes era instinto… ahora es audiencia.

Competimos no por mejorar, sino por aparecer.

Somos la especie que conquista planetas y arrasa selvas,
que bautiza genocidios con nombre de misión,
y ahora se cuece viva a cambio de un minuto de fama.

Nos creemos inteligentes porque lo retransmitimos todo,
pero hemos dejado de pensar.

Nos emocionamos por likes,
pero ya no sentimos.

El homo sapiens sapiens ha mutado.

Bienvenidos al nuevo estadio de la evolución:

el homo audiencis.

El ser humano que, por fin, ha descubierto su propósito universal.

No sobrevivir,

no aprender,

no amar…

sino emitir.




sábado, 25 de octubre de 2025

#5. CAFÉ VINTAGE – UN PASO ATRÁS PARA COGER IMPULSO - (2010)

 

 

En ocasiones todo se ve negro.
Todo es negativo.
Todo se hunde alrededor de uno, y da la sensación de que no puedes más que adoptar la postura de espectador, esperando a que todo termine de desmoronarse.

Siempre me han dicho —aunque no haga demasiado caso— que se me ha dado bien escribir.
Es posible, pero no por eso me resulta más cómodo que hablar.
Puedo ser tan suave como punzante, tan taxativo como ambiguo, tan dialogante como beligerante.
Es mi forma de ser.

Recientemente he escrito y he sido todo.
Jamás en mi vida me había mostrado al público; jamás había hecho tal exposición de sentimiento.
No me arrepiento. Muy al contrario: ahí me tenéis, en estado puro.




No doy ningún paso atrás, ni lo estoy dando.
Habrá quien me trate de prepotente, de abusar de la soberbia o del orgullo.
Es posible.
O al menos lo ha sido hasta ahora.

Hoy, poco queda de todo eso.
No digo que no vuelva a ser el que fui, ni que no recupere todo —excepto los años perdidos—, pero hoy la maquinaria está resentida.
Oigo cómo chirría, cómo humea.
Ya no queda sombra de aquel empuje, de aquella osadía.
Y aun así, forma parte de mi historia.

Una historia escrita a golpes, con borrones —muchos borrones—.
Supongo que en la vida no sirve el corrector, pero lejos de avergonzarme, me enorgullece.
A veces hasta se me humedecen los ojos al releerla.

Hubo un capítulo, el más apto de todos para ser celebrado.
Hoy, al contrario que ayer, no hablaré del amor de un padre por su hijo, hasta el punto del autosacrificio.
Hoy hablaré del otro lado, de lo que se ve desde esos otros ojos.

Esa parte de mi historia corre, juega, ríe conmigo y me observa con la admiración que nunca había percibido en nadie.
Esa parte de mi historia es mi hijo.

Frecuentemente los infravaloramos, los tratamos como si fueran una especie de síndrome con cierta dificultad de aprendizaje.
Para nada.
Os puedo asegurar que lo que ellos sienten y perciben es casi más grande que lo nuestro:
algo sincero, escaso, altruista, desinteresado, y sobre todo incondicional.
Es el amor de un hijo a un padre.

¡Qué listos son!
¿No os da la sensación de que los vuestros sobresalen de la media, en cualquier aspecto?
Pues es cierto: lo hacen.
Agarran esa media y la hacen añicos —en un tema—: el amor y la admiración que sienten por su padre y su madre.
Cada uno a su manera, pero la rompen.

Hoy he estado con el mío.
Hecho un mar de dudas, sin apenas dormir.
Aún viendo cómo mi última botella de Jack Daniel’s giraba sobre sí misma en el suelo, dándome a entender que anoche la hice moverse demasiado.

Con los ojos hinchados y una preocupante incontinencia para mitigar los temblores de las manos, he ido a buscarlo.
No me atrevía a mirarle a la cara, mientras él me explicaba los pormenores de unos juguetes que acarreaba entre sus manitas con más de una dificultad.

No ha habido silencio.
No ha habido miradas.
Simplemente me ha dado sus juguetes para que los guardara, y me ha cogido de la mano.
“Papi, ¿vamos a jugar a fútbol?”
Me ha salido un “claro” ronco, casi sin exhalar.
Y hemos pasado la primera hora dándole al balón.

Durante todo el día se ha deshecho en gestos, acercamientos, risas, miradas…
y todo lujo de detalles que no acostumbra a tener entre hombres.
Sabía, y sabe, que algo no iba bien.

Esos ojos rojos de su padre no eran sólo de falta de sueño.
Y al igual que hace un par de semanas, cuando me vio sin posibilidad de reprimir una lágrima, hoy me ha repetido:
“Sí, papá, a mí también me entran cosas en los ojos de vez en cuando.”

¿Qué se puede decir a eso?
¿Hay alguna respuesta válida?
No se me ocurre.
Y no creo que hoy por hoy esté interesado en conocerla.

Son años en los que aún formo parte de su elenco de superhéroes.
Años en los que todo es un reflejo y un punto de partida para su aprendizaje.
En definitiva, aunque por circunstancias sea un padre de fin de semana, son años que nadie debería perderse.

Tal y como he dicho al empezar: ayer escribí.
Ni me arrepiento ni me siento orgulloso.
Pero es mi historia.
Hay y habrá capítulos rosas y otros de heladora oscuridad, y cuando esté listo para asimilarlo, él estará en su derecho de conocerlos todos.

Así que, tal y como estoy —a expensas de lo que pueda ser de mí en las próximas horas—, puedo decir que ayer no había sufrido este encontronazo de más que generoso cariño,
y por eso la oscuridad era dueña de todo lo que mi vista lograba alcanzar.

Hoy, en cambio,
no doy ni un paso atrás.
Ni para coger impulso.
Ni hacia una ventana.
Ni hacia ningún otro sitio.

Hay quien mira hacia el cielo, otros hacia otro lado;
los hay que ven luces al final de un túnel y quienes levantan disimuladamente la alfombra familiar para seguir escondiendo sus miserias bajo ella.
Yo solo puedo mirar el azul de sus ojos
y decirle que lo quiero.
Hasta doler.


Hay días en que la vida se tambalea,
pero basta un gesto, una mirada,
para recordar que seguimos aquí.
A veces no se trata de caer o levantarse,
sino simplemente de quedarse.




sábado, 18 de octubre de 2025

#2. CAFE VINTAGE - CARTA DE UN PADRE A SU HIJO - (2010)

 

Nota del autor · Edición 2025

Esta carta se escribió en 2010, en un momento muy oscuro, pero no fue una despedida real.

Fue una manera de gritar sin hacer ruido; una catarsis escrita para sobrevivir, no para rendirse.

La publiqué en Facebook sin imaginar la reacción que provocaría — y de aquel torbellino nació un blog, llamado "Cartas desde adentro" que sin saberlo, y tras muchos años, sería el embrión de lo que hoy es Tinta y Café.

La dejo aquí, restaurada quince años después, porque es la primera vez que entendí que escribir puede salvarte.

Y a veces, eso también merece contarse.

 

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Hola, hijo:

 

Supongo que ya habrás crecido muchísimo. Ya debes estar hecho todo un hombre y por eso tienes la opción de leer esta carta.

Debes pensar que te la escribí hace mucho tiempo. Tú aún tenías 6 añitos. Eras un chiquillo rubito y curioso, al que no le gustaba ensuciarse y que incluso reñías a tu padre si hacía cualquier tontería que pudiera avergonzarte.

Nunca pudimos estar demasiado tiempo juntos; mamá tenía sus motivos y te ruego que nunca jamás le digas nada al respecto. Yo hubiera querido estar mucho más tiempo contigo, pero no pudo ser. 

No sé si te acordarás, pero nos hartábamos de jugar a fútbol, a la Wii y a Star Wars. Lo pasábamos muy, muy bien juntos. Recuerdo que siempre decías: “papá, es que eres muy gracioso”, mientras te revolcabas de risa. Todo eran buenas excusas para reír.

En aquellos tiempos, papá tenía problemas, muchos y muy graves. Los suficientes como para, después de haberme peleado con todo el mundo para poder garantizarte un bienestar y una vida más o menos digna, llegar a dar la batalla por perdida. 

Eran momentos en que tus abuelos, y tu tía con su marido, habían dejado a tu padre a la altura del betún. Me habían estado coaccionando durante mucho tiempo y haciendo lo posible para que no levantara nunca la cabeza —no directamente, pero favoreciéndose de su situación dentro de la empresa familiar—. 

Todo esto, junto a quedarme sin trabajo y una ruptura más que definitiva con el amor de aquel momento, supuso que me quedara sin ninguna salida, sin ninguna opción de maniobra. 

Hoy es 30 de marzo de 2010. Te escribo desde una habitación que tengo alquilada a una pareja de chicos rusos en un mal barrio. Tengo el dinero suficiente para pagarme la habitación el próximo mes, pero ya no me queda para la comida.

Te explico todo esto y solo pienso en pedirte perdón. Perdóname, hijo mío. Sé que te he robado unos años preciosos, sé que me has echado de menos y créeme si te digo que debo parar de escribir cada dos palabras porque las lágrimas no me permiten continuar. Pero tomé la decisión que tomé porque, viendo la trayectoria que he llevado durante los últimos años, te hubiese supuesto una carga y habrías acabado cuidando de tu padre, cuando lo que debes hacer es luchar —luchar por ti y por los tuyos—.

Sigue tus ideas y tus criterios. Persigue tus sueños y lucha, lucha por lo que quieres.

No permitas nunca que nadie te coarte o recorte tus opciones y ten muy claro que a tu familia y a tus amigos los debes escoger tú. Nadie más.

Intento coger valor para hacer lo que debo hacer. Mañana es miércoles, por lo que nos tenemos que ver; además es Semana Santa, así que tienes fiesta en la escuela. ¡Eso significa que estaremos juntos todo el día!

No te preocupes: tú no notarás nada, excepto que cuando volvamos con mamá, el beso y el abrazo serán más fuertes que de costumbre.

Hijo, hazlo por mí: no agotes tus sueños, no hagas como yo. Lucha, pero piensa y cuenta hasta diez antes de dar cada paso. Sé decidido y arriesga todo lo que veas que debes arriesgar.

Espero que, a día de hoy, aún se te llene la boca cuando digas “mi papá”, porque tu papá te seguirá y te verá cada día; y te aplaudirá o te reñirá desde allá donde esté. Pero piensa y ten siempre clara una cosa: te quiero, te he querido y te querré siempre, pase lo que pase.

 

papá

 

 

 

Este texto forma parte de Café Vintage, una serie donde rescato las piezas que me empujaron a abrir este café.