La montaña que se tragó a
nueve jóvenes
El invierno soviético de 1959 no
perdonaba. Era un tiempo en que los relojes parecían pararse y el frío se
convertía en dueño y señor de la taiga, esa extensión blanca donde solo el silencio
y el crujir del hielo marcaban el compás de los días. En aquel paisaje, que
parecía diseñado para probar la resistencia humana, un grupo de jóvenes
universitarios se preparaba para retar a la montaña.
Diez muchachos, diez sueños, diez
mochilas cargadas de entusiasmo, experiencia y cierta arrogancia juvenil que
siempre ha acompañado a los alpinistas que buscan lo imposible. Al frente iba
Ígor Diátlov, un estudiante de apenas 23 años que se había ganado la confianza
de sus compañeros. Junto a él, ocho chicos y dos chicas, todos curtidos en
senderismo y ansiosos de alcanzar el certificado más prestigioso del montañismo
soviético. No era solo un reto deportivo: en aquellos años, escalar montañas y
demostrar resistencia era también un acto de fe política, un reflejo de la
fortaleza del ciudadano soviético ideal.
Partieron en tren desde
Ekaterimburgo el 23 de enero. Desde allí, camiones, caminatas y paisajes cada
vez más desolados los fueron acercando al último asentamiento habitado: Vizhay.
Allí dejaron atrás el mundo de los hombres. Lo que quedaba era la soledad
blanca, la montaña indómita, el eco del viento en los Urales del norte.
El 27 de enero comenzó la travesía. Entre risas, canciones y anotaciones en los diarios, se internaron en lo que pronto sería una historia de fantasmas. Al día siguiente, Yuri Yudin, el único del grupo con problemas de salud, tuvo que abandonar. El dolor en su espalda era insoportable. Nadie podía imaginar que aquel adiós lo salvaría de convertirse en parte de una de las tragedias más desconcertantes del siglo XX.
Los otros nueve siguieron
adelante. Sus pasos los llevaron hasta las faldas del monte Kholat Syakhl, cuyo
nombre en lengua mansi significaba “Montaña de la Muerte”. Para los
habitantes originarios de la región, ese lugar era un espacio maldito. Las
leyendas hablaban de cazadores que nunca regresaron, de almas errantes en los
bosques y de espíritus invisibles que rondaban la nieve. Pero los jóvenes no
temían a supersticiones. Creían en la ciencia, en la resistencia física, en el
control del hombre sobre la naturaleza.
Lo que vino después fue el
silencio.
Los días pasaron y no hubo
telegrama, ni noticias, ni señales de vida. El 12 de febrero, cuando debían
haber regresado, las familias comenzaron a inquietarse. El 20, la preocupación
se convirtió en desesperación. Equipos de rescate se movilizaron hacia la
montaña, con mapas improvisados y la ruta indicada por el propio Yudin.
El 26 de febrero, los rescatistas
encontraron lo que jamás habrían querido ver: la tienda de campaña de los
excursionistas. Allí, en la ladera de la Montaña de la Muerte, el campamento
estaba cubierto por nieve ligera, como si el tiempo lo hubiera congelado en una
instantánea absurda. Dentro estaban los abrigos, las botas, los utensilios de
cocina… todo ordenado, como si nadie hubiera pensado en abandonar. Pero la
tienda estaba rajada desde dentro. Una línea cortante que gritaba huida.
Lo más perturbador no era lo que
estaba, sino lo que faltaba. No había ni un alma. Solo el viento gimiendo entre
las telas desgarradas.
A unos metros, nueve pares de
huellas se perdían hacia el bosque. Calcetines, pies descalzos, un paso tras
otro, en fila india. No corrían. No huían a trompicones. Bajaban ordenadamente,
como si obedecieran una instrucción invisible. Medio kilómetro más adelante,
bajo un cedro gigantesco, los rescatistas hallaron los restos de una hoguera. Y
cerca de ella, dos cuerpos.
Yuri Doroshenko y Yuri
Krivoníschenko yacían casi desnudos, apenas cubiertos con ropa interior. Uno de
ellos tenía en la boca un trozo de su propio dedo arrancado. Ambos presentaban
quemaduras en los pies, como si en la desesperación hubieran metido las extremidades
en el fuego. Los calcetines chamuscados daban testimonio de un último intento
de resistir lo insoportable.
No muy lejos, el árbol mostraba
marcas de uñas y arañazos hasta cinco metros de altura. Como si alguien hubiera
trepado a la desesperada buscando escapar… ¿o mirar desde lo alto algo que se
acercaba?
En el trayecto hacia la tienda
aparecieron otros tres cuerpos: Ígor Diátlov, el líder; Zinaída Kolmogórova,
una de las dos chicas; y Rustem Slobodín. Todos con signos de violencia,
fracturas inexplicables, hematomas extraños. Uno de ellos con el cráneo partido.
Pasaron semanas hasta que
encontraron a los últimos cuatro. Estaban ocultos bajo cuatro metros de nieve,
en una especie de refugio improvisado. Y allí el horror alcanzó su cénit.
Liudmila Dubínina apareció sin lengua ni ojos, con costillas rotas y hemorragia
interna. Semión Zolotariov, el mayor del grupo y veterano de guerra, también
había perdido los ojos y tenía el pecho hundido como tras un accidente
automovilístico. Aleksandr Kolevátov presentaba el cuello roto y un corte
detrás de la oreja. El último, Nikolái Thibeaux, tenía una fractura brutal en
el cráneo.
Nada encajaba. Nadie pudo
explicarlo.
La investigación oficial se cerró
en mayo de ese mismo año con una sentencia que más parecía una burla: los nueve
excursionistas habían muerto por culpa de una “fuerza natural desconocida”.
El informe fue archivado, los detalles ocultados y el tema silenciado en
periódicos y radios. Las familias quedaron con la angustia clavada y el mundo,
sin saberlo aún, había ganado un enigma eterno.
El Paso Diátlov no era ya un
simple accidente de montaña. Se había convertido en un abismo de preguntas, en
una grieta abierta entre la ciencia, el misterio y la sombra de un Estado que
prefería callar.

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