La ONU huele a naftalina. Ochenta años después de su fundación, ese invento que debía evitar guerras se parece más a un club caro con sede frente al East River, donde se reúne gente con traje caro para decir lo de siempre: que son muy buenos, que quieren la paz, y que no tienen ni idea de qué hacer con ella.
Los cascos
azules, antaño símbolo de prestigio, hoy son lo que te encuentras cuando tu
ejército no llega ni para desfile escolar. Su “prestigio” se fue al retrete
entre abusos, violaciones y una pasividad tan obscena que hasta los vigilados
les daban las gracias por mirar hacia otro lado.
Mientras tanto,
los cinco que mandan —EE.UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia— siguen
jugando al Monopoly con el veto. ¿El resto? Levantan la mano como en clase,
pero si uno de estos cinco dice “no”, la moción muere. Democracia, versión ONU.
En esta última
cumbre se escuchó de todo. Lula y Petro se atrevieron a hablar claro: menos
yanquilandia y más soberanía. Pero, claro, nadie aplaudió, no vaya a ser que se
note quién piensa. El rey de España, “el preparadísimo”, se puso el traje de
político obediente y dijo lo que tocaba: “sí, señor, lo que usted diga, señor”.
Europa, fiel a su papel de comparsa.
Y llegó Trump. El teleprompter roto, la escalera mecánica atascada, Melania mirando al infinito… puro gag. Pero lo jugoso vino después: se lavó las manos como Poncio Pilatos y dijo que Ucrania no es su guerra, que es cosa de Biden, de Obama y de los europeos con complejo de Napoleón. Eso sí, que si Europa quiere armas, él las vende encantado. Negocio redondo: no gasta en la guerra y se forra vendiéndosela a sus socios.
Y mientras Europa
se inmola con discursos de héroes de opereta, EE.UU. se va preparando para su
rival de verdad: China. Nosotros, los europeos, seguiremos viendo drones hasta
en las farolas y aplaudiendo a un Macron plantado en media calle de Nueva York,
parado por un policía de tráfico que esperaba a que pasara Trump. La foto del
siglo: un presidente francés obedeciendo a un guardia neoyorquino.
Eso es hoy
Europa. Y esa es la ONU: un teatro carísimo donde los de siempre manejan el
guion y los demás hacen de figurantes.

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