SEGUNDA
PARTE
Tras la
tercera ronda del brebaje que les habían servido a los cuatro, y justo antes
empezar a abrazarse y empezar a canturrear, uno de ellos, el más veterano cayó
en la cuenta que los pocos fondos que les habían quedado, habían servido para
recomprar a los tres camellos.
AsÍ que
tendrían que pactar con quien regentaba aquel negocio para pagarle las
consumiciones.
Finalmente
llegaron al acuerdo que fregarían los platos durante una semana dos de ellos y
los otros dos harían de pinches de cocina o asistirían al negocio en lo que
fuera necesario.
La
semana fue frenética, hay que tener en cuenta que la gran mayoría de la
población de Belén se había quedado sin casa, así que todos iban a comer o a
hospedarse allí. Casi el único local que quedaba en pie.
El último
día estaba por vencer y pronto quedarían libres del trato que habían hecho con
el posadero, así que se dispusieron a emprender sus labores cuando se abrió la
puerta apresuradamente.
Era
José, el del neonato, que polvoriento y con su túnica hecha girones, se dirigió
a Klaus y jadeando, supongo que después de una buena carrera, nos contó que una
patrulla romana venía detrás suyo con intención de apresarlos por una norma que
habían dictado sobre no sé qué majadería con los primogénitos.
El
posadero, que estaba siguiendo la conversación, les interrumpió
-
Ah si, algo he oído de eso, básicamente se los cargan, así para
resumir.-
Klaus
miró hacia fuera, y vio a María, sosteniendo al pequeño en brazos, así que tardaron
nada y menos en ofrecerles refugio, en una de las habitaciones de aquella
especie de pensión.
Y
aprovechando que ya había oscurecido, no se les ocurrió otra cosa que proponer
a toda la clientela para que aquello pareciera una fiesta, lo suficientemente
gorda como para que a nadie le pasara por la cabeza que pudiera haber allí un
recién nacido.
Y así
lo hicieron, retiraron mesas y sillas y las colocaron a modo de barricada, una
sobre otra frente al pie de las escaleras que conducían a las habitaciones,
dejando toda la superficie del local libre para el baile y la juerga.
No se
sabe de dónde, apareció una banda de swing que acabó de arrancar a los
asistentes, en un rincón un par de gogos con pocas ropas, aunque psicodélicas,
y en el rincón opuesto, sobre la mesa de billar, a alguien que me recordó a
Salma Hayek con pitón al cuello incluida.
Se
abrió la puerta y la patrulla romana hizo acto de presencia.
-
Omnis tacitus!! (callaros todos, para quien hizo ciencias)
La
orquesta se detuvo, y todos dejaron de bailar, quedando inmóviles allí donde
les había pillado el grito latino.
Aunque
solo durante unos segundos, tras los que optaron por hacer caso omiso a la
patrulla y seguir con sus músicas y sus bailes.
Los
romanos, al ver la escena, llegaron a la conclusión deseada.
Ese no
era el lugar para tener a un recién nacido y vista esa obviedad, el que parecía
estar al mando, se quitó el casco, lo dejó sobre la barra, y se dirigió a su
patrulla:
-
Cachondeum máximum!!
Con lo
que tardaron poco los nueve o diez que la formaban en perder hasta el cepillo
de los cascos.
La
verdad es que como decía un pequeño galo que conocí hace tiempo “están locos
estos romanos”, pero la verdad es que eran de lo más divertido, se
integraron de maravilla y acabaron siendo el alma de la fiesta.
Todo
iba bien, hasta que llegado un punto de la fiesta en que las vejigas empiezan a
temblar por el exceso de bebida. Uno de los romanos se había encaramado a la
barricada de sillas y mesas que impedía el acceso a las habitaciones, mostrando
sus vergüenzas al trepar y casi perdiendo el casco en su afán de alpinista.
Mientras
tanto, el jefe de la patrulla permanecía estirado en la barra, olvidando que
según donde estuvieras podías arrepentirte que esa gente vistiera con falditas
y poco más- Y aquella que me recordó a Salma Hayek, le iba soltando granos de
uva uno a uno al ritmo que el romano abría la boca.
Klaus
que vio de reojo al romano que buscaba el baño donde no debía, fue corriendo
hacia él, y agarrando un taco de billar, dibujó un arco en el aire con él, propinándole
un tremendo golpe, digno de cualquier jugador de beisbol.
El
romano cayó al acto, y aquel casco resonó dentro y fuera del local, a lo que
los que allí estaban, no se les ocurrió otra cosa que gritar al unísono:
Unoooooooooooooo!!!
Ante
tanto griterío, entró la pareja de la benemérita, que intentaba montar otro
control de alcoholemia frente al local. Y de todos es sabido que romanos y los guardia
civiles nunca se han llevado bien, por aquello de las competencias de cada uno.
Así que
se acabaron liando a mamporrazos, resonando uno y otro casco, y los
espectadores aplaudiendo y gritando:
Doooooooooooos
Treeeeeeeeeeeeees
La
verdad es que la escena era dantesca, uno de los propios soldados romanos con
cara de espanto tras dirigirse a su superior y sin querer acabar viendo las
interioridades de la falda de su jefe, que aún estaba estirado en la barra.
La
guardia civil dando mamporrazos y los demás cantando cada “gong” de los cascos
como si estuvieran en un bingo.
Y así
amigos, es como se creó la antiquísima tradición de las uvas y las campanadas,
que cada año nos anuncia la venida de uno nuevo.
Por
cierto, y Jesús?
Jesús
dormía plácidamente sabiendo que debía dejarnos libre albedrío y ya si eso, mañana
ya nos perdonaría….
Feliz
año nuevo a todos.
