Estos días, gracias o por culpa de tener de nuevo redes, he
estado viendo los resúmenes de algunas apariciones en televisión de personajes
variopintos que la verdad, me cuesta calificar.
Extractos de un programa de citas a ciegas, donde supuestamente
se comparte una cena mientras se van contando las bondades de uno y de otro.
Gente que, haciendo un esfuerzo e incluyéndolos en la misma
especie que tú o que yo, buscan su minuto de gloria televisiva, aunque
ciertamente tengo que intuir que la única gloria de ese programa estará en los
créditos finales.
Y es que, el problema de fondo, como siempre, no es que
alguien no sepa expresarse correctamente, las lenguas están vivas y deben ir
cambiando según el uso.
O que alguien no domine la geografía, puede ser un tema poco
atractivo para muchos. Pero hablamos de mínimos.
No creo que sea normal que alguien diga vivir en “zabadé”
(Sabadell, en Barcelona) aunque sea de Toledo y que su compañero de mesa, no
sepa ubicar en el mapa ni una ni la otra.
O que un gerundense pase los primeros minutos de su cita,
intentando explicar dónde está su provincia a una muchacha de Castellón, a poco
más de 300 km en línea recta hacia el sur.
Y sorprendido, alegaba que, aunque sea por el fútbol, ella
debía conocer dónde él vivía, aunque lo mejor es que él tampoco sabía dónde
poner el dedo sobre el mapa para situar la provincia de su compañera.
Otro de los videos que me llegaron, preguntaban a varios adolescentes
catalanes, cuál era el nombre de su presidente autonómico. Algo que por poco
que le guste a uno la política, tiene más o menos que sonar, aunque sea solo
por la cantidad de minutos televisivos que puede acaparar ese hombre.
Pues no, las respuestas giraban hacia Pedro Sánchez. Y
cuando el entrevistador les echaba un capote diciéndoles que su nombre de pila
era Salvador, respondían Dalí, con la cara ilusionada de saber que ahora sí,
habían acertado.
Y como éstas, un sinfín de anécdotas que van llegando en
formato de video corto, que provocan sonrisas y se comparten alegremente con
ánimo de sorna y diversión.
Pero, aunque trato de no parecer el agua-fiestas y aislarme
de esas risotadas, a mí personalmente, me parece un hecho más que grave.
Ya no por el hecho que alguien no sepa situar “zabadé” en el
mapa. Lo cierto es que es una ciudad que conozco bien y carece de cualquier
tipo de encanto más allá de estar muy cerca de Barcelona.
Sino por la falta de apuro y recato a la hora de mostrar que,
lo que se exhibe, es la más alta ausencia de actividad neuronal e interés por
nada que no sea lo propio.
Hace unos años, no demasiados, veinte o treinta, a lo sumo,
cuando alguien no sabía algo, trataba de no iniciar ningún tema de conversación
al respecto.
Y si se veía inmerso en una charla que se escapaba de su
conocimiento o de su capacidad de proceso de información, callaba y trataba de
salir del mal momento con la mayor dignidad posible. Con su silencio.
Si no sabías, te callabas. Sin más.
Porque había un recato y un pudor por el hecho de no saber.
Porque avergonzaba a propios y extraños la posibilidad de meter la pata, de
quedar en evidencia.
En cambio, hoy todo eso se exhibe sin ningún tipo de
complejo. Se encuentra como algo natural que quien tienes delante no sepa donde
tiene el pie izquierdo ni el derecho.
No entraré a juzgar los motivos de por qué pueden existir,
respirar, cohabitar, votar y hasta reproducirse dos engendros así. Porque
pronto me daría cuenta de que no son dos, sino buena parte de los asistentes a
esas cenas, que muchas veces me hacen dudar si son más o menos ciertas. Aunque
finalmente crea que a un guionista le costaría mucho bajar el nivel con tal
gravedad.
Y es que hay un gen, que quizás no se ha estudiado lo
suficiente, que se está propagando como si de un virus se tratara. Que pasa de
padres a hijos con extrema facilidad y que, por alguna razón, la Madre
Naturaleza no está descartando.
Supongo que esta sociedad que hemos construido y que tanto
deja que desear, colabora y mucho en esa propagación.
Ese narcisismo recalcitrante, ese “porque yo lo valgo” y ese
egocentrismo que nos hace creer que es la galaxia la que rota y gravita a
nuestro alrededor, seguramente son los que propician que uno pueda salir a la
calle con toda impunidad, sin saber absolutamente nada de lo que pasa a tu alrededor
y ni tan solo pararse a meditar sobre ello.
Mientras el profesorado se manifiesta por tener menos críos
en las aulas y rascar unos cientos de euros más a fin de mes, siguen sin
protestar por haber perdido toda autoridad frente a sus alumnos. No veo
pancartas exigiendo que no se les cuestione cuando riñen a un menor. Y es que
no les riñen.
Porque los mocosos se trauman, y porque detrás viene la
madre o el padre pidiendo explicaciones de por qué, a su hijo, que poco le
falta para alcanzar la divinidad, según sus progenitores, se le ha reprochado
nada. Sin tener nunca en cuenta que el profesor, siempre ha sido la autoridad
en una clase.
Y ese mismo motivo, que da patente de corso al mocoso y lo
hace sentir inmune por saber que no recibirá castigo, es el que impulsa a sus
padres a pedir explicaciones. Y ahí es donde se ve la transmisión genética.
Hay que diferenciar dos conceptos y dejarlos muy claros.
Para resumir y hacerlo fácil, el idiota es el corto de entendimiento
que hace necedades y que normalmente actúa así con cierta intencionalidad.
El imbécil en cambio, actúa con tanta necedad como el
idiota, pero sin una maldad manifiesta, es que no da para más.
Pero, probablemente por ser un idealista, me inclino más
hacia la segunda opción para definir a ese gen. Quizás por asumir que tratándose
precisamente de un gen, este domina nuestros actos más allá de voluntades.
Pero sea como sea, ahí está, haciéndose visible cada día en
mayor número y con mayor fortaleza en los seres que habita. Haciéndose mostrar
a sus huéspedes, más y más orgullosos de su falta de raciocinio y de lo mucho
que se van alejando de lo que entendíamos por un homo sapiens.
Es el gen de la imbecilidad, que más pronto o más tarde
acabará por implosionar y destruirnos por hacernos no saber ni atarnos los
zapatos.
No intento con todo esto que seamos todos literatos ni
doctores en nada. No es esa la idea. Los más instruidos siempre han destacado y
para poder sobresalir del resto, este resto debe saber menos, de una materia en
concreto o de todo en general.
Pero un poquito más, solo un poquito. Ya no de conocimiento.
Un simple mínimo de interés por el mundo que te rodea.
Ese mínimo de criterio que te hace no necesitar aprender a
canturrear a Bad Bunny para que no se te entienda como a él, y saber quién dicta
las leyes en el lugar donde vives.
Quizá no sea necesario saber de memoria toda la alineación
de un equipo de fútbol, aunque sea tu favorito, pero sí qué provincia tienes a
un par de horas en coche.
Solo eso. Porque al final, los que presumimos de tener
interés por las cosas, acabamos sintiendo la vergüenza que vosotros habéis
dejado de tener.