Como os dije al inicio de la primera parte de este artículo, no he pretendido hacer juicios de valor. He intentado tratar un tema como es este con la mayor asepsia posible.
Ofreciéndoos
datos y citas, huyendo de cualquier aportación demasiado personal que pudiera
teñir con mi opinión, toda la serie de datos que he ido recopilando a base de
leer y leer sobre el tema.
Pero conocéis
de sobras mi incontinencia verbal y sabéis sobradamente que rara es la vez que
no digo la mía.
La
prostitución ha perdurado hasta hoy desde los inicios de nuestra historia, en
todas sus formas y en todas sus condiciones.
Ha sido tan
asumida y venerada como lo fue en la antigua Grecia, escondida y consentida
como lo fue en la tardía Edad Media o rechazada y perseguida como ocurrió en la
Europa decimonónica, pero al contrario que cualquier otro oficio actual o ya
extinto, en todo ese tiempo no ha cambiado, al menos en su esencia.
Cierto es que,
en un primer momento no tenía un objetivo lucrativo muy al contrario, fue una
señal de altruismo y agradecimiento hacia los forasteros y visitantes, convivió
con los pactos e intereses que rodeaban a los emparejamientos (esto último no
tengo claro que deba escribirlo en pasado), y que poco a poco fue derivando en
una fuente inagotable de ingresos, y posiblemente por ello ha perdurado hasta
hoy.
Es un sector
al que poco afectan las recesiones económicas y las crisis de los “mercados”,
aunque sí se ha visto afectado por las crisis moralistas y las tendencias
sociales al conservadurismo.
Presente en
cualquier rincón del planeta, en cada lugar muestra su idiosincrasia, ligada
estrechamente a la cultura y a las costumbres del país donde se ejerce
dependiendo de la protección, persecución o del inmovilismo de las leyes del
lugar.
Pero sea como sea, no hay que olvidar el papel que desarrolla. Un papel que, sin entrar en el delicado terreno de juzgar lo que podría pasar sin ella, ni queriendo entrar en demasiadas recomendaciones y moralinas, procura el desahogo de quien solicita de sus servicios, porque nos guste o no, si existe y perdura es porque hay y ha habido siempre demanda de ella.
No negaré que
hay abusos, que no siempre quien la ejerce lo hace voluntariamente y que
frecuentemente se mezcla e involucra en otros asuntos que añaden aún más una
reputación y mala prensa que no siempre tiene por qué ser merecida.
Es habitual
que la relacionemos con el narcotráfico, con el proxenetismo, con el tráfico
humano y con multitud de ingredientes que no hacen más que añadir oscuridad a
un ramo que ya por sí mismo nos cuesta mirar con detenimiento y de forma
objetiva.
A día de hoy,
al igual que las relaciones sexuales y sentimentales han cambiado, también lo
han hecho ellas. Y podemos ver a jovencitas que han trasladado su patrimonio a
Andorra o cualquier otro lugar con menos carga fiscal, dándose una vida más que
cómoda gracias a exhibir “sus vergüenzas” o sus habilidades amatorias en
páginas como OnlyFans. Y aunque en esos sitios no haya un contacto directo con
el cliente, no se deja de vender sexo por dinero, y creedme, si alguna es
mínimamente agraciada en sus atributos físicos, es mucho dinero. Pero por algo
será que sienten la necesidad y se empeñan en defender su dignidad y te digan
que esas prácticas no le quitan valor a la mujer.
Todos
nosotros somos los primeros en prejuzgar, categorizar y bañar de adjetivos y
explicaciones cualquier ocasión que tenemos para hablar del tema porque, aunque
tengamos asumida su existencia e incluso nos moleste poco ver a una prostituta
en la calle, continua siendo parte de un tabú que hemos heredado de nuestra
propia historia.
Pero nos
pongamos como nos pongamos ahí están, y forman parte de nosotros. No concibo, yo que soy barcelonés, unas
Ramblas sin ellas, por lo que a mí respecta, son tan necesarias y turísticas
como pueden serlo las obras de Gaudí. Del mismo modo que me parece detestable
que se “limpien” de las calles en
cuanto la ciudad prepara algún evento de cierta repercusión internacional tal y
como sucedió durante los juegos olímpicos de 1992.
Las
escondemos y exhibimos a capricho, pero ahí están, moviéndose y mutando junto a
la sociedad, cambiando sus nombres y formas de actuar, pero tan eternas como
necesarias y a la espera de nuestro capricho según las necesitemos o nos
incomoden.
FIN
