Poco tardó en
aclararme que ella no tenía pareja por no encontrar aliciente en los chicos de
su edad, y viendo que la situación podía llegar a resultarme incómoda, le
indiqué que se centrara en sus lecciones y con cierta resignación acató.
Al terminar la clase, como de costumbre se dirigió a una de las estanterías y tras sorprenderse por no encontrar una cajita donde acostumbraba a tener mi retribución semanal.
Empezó a abrir cajones al azar agachándose de forma más que intencionada y dejando a la altura de mi vista su magnífico trasero, hasta que la llamé y le indiqué c on el dedo que la cajita en cuestión estaba mal puesta entre los jarrones que adornaban la parte superior de la librería, como si alguien lo hubiera colocado allí deprisa y corriendo.
Sin decir nada, cogió su silla, se descalzó y se encaramó a ella y una vez en lo alto me invitó a que la sujetara ya que apenas llegaba de puntillas hasta lo alto.
Puse mis manos a cada lado de su cintura y con la cajita en la mano se dio la vuelta sin que yo llegara a soltarla dejando su pecho justo delante de mis ojos.
Lejos de rehusar la situación, se bajó de la silla y se quedó de pie frente a mí, en el único espacio posible entre la silla y mi cintura.
Tardé unos
segundos en reaccionar, presa del pánico por ser hija de quien era, por su edad
y la mía y por mi rectitud de comportamiento en general, pero nos quedamos
mirando fijamente a los ojos, así que ella tomó la iniciativa y me besó.
Pasaron multitud de pensamientos por mi cabeza en un instante, tratando de frenar mi atracción hacia ella, pero tras retirarme un instante, respiré hondo y ella notó que era incapaz de mantener mi pulso firme y hubo bastante con que entrelazara sus manos con las mías para verme totalmente derrotado.
Me miró y no dudé en acercarme de nuevo a ella y besarla, en probar aquellos labios que tantas miradas me habían robado y tantas noches de deseo me habían propiciado.
De los besos pasamos a las caricias, de las caricias a la premura y la prisa nos libró poco a poco de nuestras ropas que fueron encontrando al suelo pieza a pieza.
Sus labios, húmedos y carnosos me pedían más, los míos que no me detuviera, así que exploré su cuerpo detenidamente con mis boca, cubriéndola de besos de deseo contenido y de curiosidad, disfrutando de la tersidad de su piel, del olor de juventud y no dejé de recorrer cada centímetro de su cuerpo hasta darme por convencido de que no hallaría, por mucho que me esforzara, ninguna imperfección.
Incluso su casi anecdótico vello púbico, que en otras circunstancias me hubiera supuesto algún reparo, parecía decorar y alimentar lo que terminaría por ser mi mayor fuente de deseo.
Y así quiso Eva que fuera, porque totalmente acostada sobre el sillón de la habitación, agarró mi cabeza como si temiera perderla, dirigiéndola hacia su cintura y tras darle un último empujón me encontré frente a su preciosa vagina y después besar suavemente la cara interior de sus muslos y hacerle notar la cercanía de mi respiración, quise dejar salir mi lengua y recorrer sus labios de abajo hacia arriba hasta notar cómo todo su cuerpo reaccionaba al llegar al final de recorrido.
Se acomodó, abrió más sus piernas y seguí deleitándome de su sabor, jugando con el pequeño prepucio que formaban sus labios internos, haciéndola reaccionar y provocando que acelerara su respiración y no pudiera reprimir sus primeros jadeos.
No tardó demasiado en empezar a moverse de forma rítmica y sinuosa mientras me pedía que no me detuviera, hasta que ella lo consideró suficiente. Pese a nuestras diferencias de tamaño me movió, cambió y me tendió, para finalmente sentarme en el mismo sillón y quedarse frente a mí, de pie, desnuda, inmóvil, mirándome fijamente y regalándome una sonrisa casi maliciosa y sin mediar palabra se acercó y se arrodilló frente a mí.
Observó con detenimiento mi más que evidente erección y tras acariciar mi miembro suavemente, se acercó a él y sin dejar de mirarme a los ojos empezó a devolverme el favor.
Una vez hube superado la catarsis inicial provocada por las habilidades de las que hizo gala, tuve que rogarle que se detuviera para garantizar mi contención, y aún sentado en el sillón, junté mis piernas y cogiéndola por la cintura, la acerqué hacia mí invitándola a tomar asiento en mi regazo.
La hice darme la espalda, y sosteniendo su trasero con mis manos, Eva dejó caer su cintura sobre mí, no necesitamos dirigir nada, todo encajó a la perfección y la simple sensación de notar nuestro calor corporal el uno dentro del otro, hizo que fuéramos acelerando el ritmo paulatinamente.
Eva se dio la vuelta y de cuclillas siguió con su vaivén sobre mí, sus pezones ya firmes y prominentes parecían no querer que los atrapara con mis labios por el creciente ritmo de nuestros movimientos, ella se apoyaba en mis hombros mientras yo la sostenía y acompañaba agarrando su trasero y por fin la oí jadear por segunda vez.
Se detuvo, y con cierta premura se arrodilló de nuevo frente a mí, esta vez sin mirarme, esta vez sin remilgos y lamió hasta que fuera yo quien diera por finalizada mi contención sobre pecho.
Después de eso, estuvimos inmóviles, abrazados durante un buen tiempo, regalándonos besos de satisfacción y agradecimiento y apretando nuestros torsos el uno contra el otro, hasta que el reloj que presidía la habitación nos dio la prisa que ninguno de los dos deseaba tener.
Una vez fuera de su casa y conduciendo en dirección a la mía, la sensatez me sobrevino en forma de arrepentimiento, ¿qué había hecho?, ¿con quién?, había quebrantado una amistad y confianza de años con sus padres, no sólo eso, ella era casi veinte años menor que yo y alguien quien siempre había hecho gala de rectitud y equilibrio, esta vez había sucumbido irremediablemente ante un cuerpo de diecinueve años.
Durante las siguientes jornadas estuve planteándome seriamente no volver a darle clases, pero ¿qué iba a decirles a sus padres?, habría necesitado una excusa realmente buena ya que conociéndome como me conocían tanto a mí, como a parte de mi familia e incluso a mi ex mujer, cualquier error en mis argumentos se me habría vuelto en contra.
Así que finalmente decidí apelar a mi madurez y proseguir con las clases. La siguiente fue difícil, no nos hizo falta decir nada y así se provocaron largos e incómodos silencios, Eva me observó y viendo mi actitud me dejó hacer, y durante algunas semanas mantuvimos las formas con mayor o menor dificultad, hasta que ella lo creyó oportuno.
Y sucumbí de nuevo y no sólo una vez, desde ese momento, jugamos, nos
divertimos, en el sofá, en la cocina, sobre el piano y hasta en el suelo, ella
me dijo aprender y yo lo silencié, y de un primer encuentro que casi me
significó un atentado a los más básicos de entre mis principios, pasé a
disfrutar de su compañía dentro y fuera de las clases. Incluso tuvimos la
opción de compartir varios fines de semana juntos, yéndonos fuera de la ciudad,
lejos para que nadie nos reconociera.
Una tarde de
primavera, Francisco me llamó muy alterado. Eva tras su segunda falta acabó por
confesarlo todo y aquello supuso mi humillación ante todos aquellos con quien
sus padres tenían relación, mi familia, mi ex mujer, amigos y conocidos. Todos
unidos en aquella lapidación pública que terminó en escarnio y provocó mi
hundimiento más profundo al convertirse en amenazas si vulneraba la prohibición
de volver a verla.
Hoy hace un
año de todo aquello y aun habiendo intentado por todos los medios contactar con
ella, debo seguir conformándome viéndola en silencio empujar el cochecito desde
el refugio que me proporciona mi coche.
FIN
