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sábado, 14 de febrero de 2026

#38. EL LENGUAJE DEL DESAMOR, CAPÍTULO 6 — LA ETERNIDAD Y EL REMEDIO

 


Después del fuego siempre llega lo mismo:

ese silencio raro, espeso, incómodo… pero necesario.
El silencio donde por fin respiras sin esperar nada.
Sin mirar el móvil.
Sin interpretar señales.
Sin inventarte historias.

Solo tú.
Sin adornos.
Sin narrativa.
Sin excusas.

Es curioso:
cuando una historia arde, lo primero que intentamos salvar es la dignidad.
Pero no se salva nunca.
Lo único que sobrevive es el cansancio.





Y aún así, en esa calma post-incendio, aparece un pensamiento absurdo:

“Quizá era eterno.”

No lo dices en voz alta, claro.
Sería ridículo.
Pero te cruzas con una canción, con un gesto, con un recuerdo mínimo…
y ahí está la palabra prohibida: eternidad.

No porque lo fuera,
sino porque quisiste que lo fuese.
Quisiste que durara, que tuviera sentido, que se escribiera solo.
Y la verdad es que ni empezaba bien,
ni seguía bien,
ni acabó bien.
Pero la mente es así de generosa con lo que ya no tiene.

La eternidad no es un adverbio de tiempo.
Es un deseo.
Un lugar donde escondemos lo que no supimos sostener.

Y justo cuando empiezas a aceptarlo,
cuando el cuerpo por fin baja pulsaciones,
llega otra fase igual de estúpida y universal:

El Remedio.

El Remedio es esa necesidad compulsiva de arreglarte deprisa.
De demostrarte que estás bien.
De convencerte de que lo ocurrido “no te afecta tanto”.
De llenar el hueco antes de que se convierta en un agujero.

Y ahí vienen las decisiones brillantes:

  • Cambiar de hábitos.
  • Cambiar de estilo de vida.
  • Cambiar de gente.
  • Cambiar de foto de perfil.
  • Cambiar de piel.

Y jurarte, con una solemnidad que da vergüenza ajena, que nunca más.
Que no volverás a caer,
que ahora ya sabes,
que has aprendido,
que tienes las herramientas,
que has crecido.

Mentira dulce.
Pero necesaria.

El Remedio no cura.
El Remedio distrae.
Te mantiene ocupado mientras el corazón hace lo suyo:
cerrar, soldar, recolocar.

No es inteligencia emocional.
Es ingeniería de supervivencia.

Porque la verdad, la cruda, la que da pereza aceptar, es esta:

No sanas cuando quieres.
Sanas cuando el cuerpo te da permiso.

Y justo cuando crees que ya estás estable,
que ya ves claro,
que ya estás listo para volver al mundo con la cabeza alta…

aparece algo inesperado:
una mirada,
una frase,
una ilusión pequeña pero peligrosa.

Y ahí lo recuerdas todo:
que no somos máquinas,
que no estamos rotos,
que no estamos curados,
que no sabemos evitar el desastre…

pero seguimos adelante igual.
Porque ese es el verdadero remedio:
el simple hecho de volver a sentir.

No mejor, no más fuerte, no más sabio.
Solo sentir.

La Rosa te engaña.
Las Alas te elevan.
La Flecha te atraviesa.
La Locura te pierde.
El Fuego te limpia.

Y la Eternidad y el Remedio…
te recuerdan que sigues vivo.

Epílogo: Conclusiones
(una última mirada al desastre… y lo que aprendimos de él).