No nos hemos vuelto más frágiles.
Nos hemos vuelto más vigilantes.
Hace tiempo que observo una cosa que no me gusta, pero que
cuesta mucho expresar con palabras sin que suene a queja o a nostalgia barata.
No tiene nada que ver con la edad, no con las nuevas generaciones, ni con aquel
tópico cómodo de “antes todo era mejor.”
No lo hemos hecho con mal intención. Esto creo que es
importante remarcarlo. No hay una conspiración, ni un plan oculto, ni una
generación especialmente inútil. Lo que hay es cansancio, miedo y una
acumulación de pequeñas decisiones que, sumadas, han ido reduciendo el margen
vital hasta dejarlo prácticamente aséptico.
Vivimos obsesionados con amortiguarlo todo. Con hacer que nada
nos incomode demasiado, que nada desborde, que nada nos obligue a sostener una
situación incierta. Y en este proceso, casi sin darnos cuenta, hemos ido
eliminando aquello que hace posible el aprendizaje de vivir con los demás: el
roce, la contradicción, el error, la discrepancia, el límite.
Lo ves en pequeñas cosas, casi insignificantes, pero que se
repiten con demasiada frecuencia. En como cualquier mínimo desacuerdo se
convierte en un ataque personal. Ya no discutimos ideas: nos defendemos. No
escuchamos para entender, escuchamos para protegernos. Y cuando la conversación
se enrarece un poco, cuando aparece la mínima fricción, no intentamos
sostenerla: la cerramos, la suavizamos o la convertimos en silencio.
Lo ves en el miedo constante a equivocarnos. A decir algo
mal dicho. A incomodar. Vivimos en un estado de corrección preventiva que no
nace del respeto, sino del temor. No queremos dañar a nadie, sí… pero ante
todo, no queremos quedar expuestos.
Lo ves en la incapacidad creciente de gestionar un “no”. Un
no sin dramas. Un no sin informes explicativos. El no se ha convertido en una
agresión porque ya no sabemos convivir con el límite.
Lo ves en como evitamos el conflicto interior incluso cuando
es necesario. Preferimos incomodidades pequeñas antes que afrontar una sola.
Preferimos tragarnos cosas antes que verbalizarlas. Y cuando finalmente
estallamos, lo hacemos tarde, mal y desproporcionadamente.
Y lo vemos en esta sensación generalizada de estar un palmo
por encima del suelo. Este empoderamiento que nos ha llevado a pensar que por
el hecho de existir, somos especiales y que impide por defecto, que alguien nos
cuestione nada.
Cuando no aprendes a sostener el conflicto fuera, el
conflicto no desaparece. Cambia de lugar. Se va para adentro. Y entonces pasan
cosas extrañas: adultos desbordados por situaciones mínimas, conversaciones que
nos roban el sueño, malestares difusos que no sabemos explicar.
Esto no se aprende en manuales ni en discursos
bienintencionados. Se aprende viviéndolo. Y cuando una sociedad elimina
sistemáticamente los espacios donde esto puede suceder —para proteger, para
prevenir, para controlar— lo que se obtiene no es armonía, sino más fragilidad.
Quizá por eso nos cuesta tanto estar mal. Quizá por eso
necesitamos justificarnos constantemente, blindarnos, explicarnos. Hemos
crecido pensando que vivir debía ser seguro, previsible, controlable. Y la vida
no lo es. Nunca lo ha sido.
Y a la vez, vivimos en un lamento eterno, remarcando que
nuestro problema es el más amargo y esperando la atención y comprensión de los
demás.
Convivir tampoco lo es.
No se trata de volver atrás, ni de idealizar el pasado. Se
trata de reconocer que, en el intento de hacerlo todo más amable, quizá hemos
hecho un mundo más frágil de lo que creíamos. Que al querer protegernos de
todo, nos hemos quedado sin herramientas
para soportar prácticamente nada.
Esto no se resuelve con nuevas normas, ni con discursos más
blandos. Se resuelve recuperando espacios donde poder equivocarse sin que
signifiquen una tragedia. Donde decir lo
que piensas no sea una agresión. Donde el conflicto no sea sinónimo de fracaso,
sino parte del camino.
Porque una sociedad que no sabe discutir, que no sabe poner
límites, que no sabe sostener la incomodidad, no es una sociedad más avanzada.
Es una sociedad más asustada.
Y quizá ya va siendo hora de dejar de confundir proteger con
impedir.
Porque proteger de verdad no es evitar el roce.
Es prepararte para soportarlo.
