Bueno,
lo primero de todo
Feliz
Navidad a todos, eso para empezar.
Espero
que lo paséis con quien queréis, y que se convierta en una fecha para recordar.
Yo, por
mi parte, debo confesaros que necesito algo de calma, han sido meses en los que
no he dejado de investigar, de viajar por medio mundo y de ensuciarme de una
excavación en otra.
Y es que
el texto que os traigo hoy, es el resultado de esos meses de estudio e
investigación, donde averigüé qué pasó realmente en Galilea, aquella noche de Navidad
Y
creedme, os va a sorprender tanto como a mí, pero ya no hay dudas, la historia
fue exactamente así….
CERCANÍAS
DE JERUSALÉN, AÑO DEL SEÑOR DE…
NO, TODAVÍA NO
Corrían
malos tiempos para la inmigración, y una pareja había salido de Nazaret con lo
poco que podían acarrear en las alforjas y a la espalda.
Al
menos él, porque ella estaba ya salida de cuentas y en cualquier momento se
pondría de parto.
A
juzgar por el traqueteo y el vaivén del andar de la mula, ya debería haberse
quejado.
Llegaron
a las inmediaciones de Belén.
Las
cortinas se iban corriendo conforme avanzaban, y ellos dos, imperturbables y
conscientes de que su llegada había despertado curiosidades, avanzaban erguidos
y seguros de sí mismos, aun sin saber hacia dónde.
Preguntaron
en una posada, en la casa que les indicó el posadero, y en media docena más,
pero nadie les dio alojo.
Hasta
que el último, un anciano que alquilaba su propia casa a modo de pensión, les
ofreció el establo si no encontraban nada más.
José
miró a María buscando su aprobación y dado el evidente cansancio que se
reflejaba en su rostro, decidió que mejor sería compartir el establo con un
buey que seguir toda la noche dando vueltas.
La
vaqueriza estaba en la parte trasera de la casa, en un patio inmenso donde se
adivinaban, pese a la oscuridad de la noche, huertos y gallineros.
Y
aunque no fuera el mejor lugar, siempre sería preferible no pasar la noche al
raso o a lomos de la mula.
Así que
se acomodaron tanto como el ternero a les permitió y se dispusieron a dormir.
A
medianoche María rompió aguas, y a la mañana siguiente ya podían contar como
tres.
Mientras
tanto, en otro lugar de lo que hoy sería Jordania, tres extraños montados en
camello se acercaban a un saliente rocoso donde se adivinaba el resplandor de
unas llamas.
Atraídos
por el calor de un buen fuego y ante la posibilidad de reposar unos momentos,
se acercaron a lo que pronto pudieron ver que era un campamento de pastores.
En
cuanto se hicieron visibles, los pastores se pusieron en guardia, temiendo el
asalto de bandidos, pero pronto vieron que se trataba de tres ancianos vestidos
con ropas lo suficientemente caras, como para pensar de inmediato que los
bandidos podían parecer ellos mismos.
—Disculpad,
gentiles pastores, ¿podéis darnos refugio por esta noche? —preguntó el más
mayor con tono suave.
—Amigo, eh amigo, bonito camiello, ¿cuánto cuesta?
Evidentemente,
se tardó poco en deshacer el entuerto y compartieron bebida, anécdotas y calor
hasta quedar todos dormidos.
Durante
la velada, los pastores les contaron que desde hacía unos días no había forma
de esconderse de un tipo alado que se les plantaba sobre el campamento para
anunciarles algo sobre un recién nacido.
A la
mañana siguiente, los tres extranjeros se despertaron y, al abrir un ojo,
entraron en cólera al ver que allí no quedaba rastro ni de camellos, ni de
pastores ni de ovejas.
Cuando
los tres se pusieron en pie por los gritos del que parecía más rubio, el más
moreno los sermoneó:
—¿Lo veis? Os lo dije anoche, gireeeemos, vayamos por otro laaaado, que no me
daban buena pinta. Amigo, amigo, si es que siempre entran igual… si los
conoceré yo.
Y
siguieron la discusión hasta que una voz suave y casi femenina les llamó la
atención:
—El Mesías ha nacido. Id hacia Belén…
—¿A Belén? ¿Cómo que a Belén? ¡Que nos han robao los camellos!
Así que
emprendieron el camino andando, con sus capas, sus coronas y sus ropajes.
Llevaban
dos días caminando cuando llegaron a una especie de área de servicio.
Un cañizo, un viejo con un botijo y algunas
carnes ahumadas que servían de descanso a una legión de moscas.
Solo
verlos llegar, polvorientos y dejando una estela de polvo tras de sí, el viejo del
botijo arrancó a reír a carcajadas.
—Oye
amigo, ¿necesita camiellos? Tengo tres.
Por lo
visto, aquellos rateros disfrazados de pastores habían hecho negocio con él, y
ahora les tocaría pagar el doble por los camiellos que antes eran suyos.
Recontaron
y apuraron los bolsillos entre los tres y juntaron lo suficiente para, tras una
agotadora sesión de regateo, pagarlos.
Se les
hizo de noche siguiendo el rastro de aquellos bandidos, que por el momento
coincidía con el camino a Belén, y tuvieron que calmar a los camellos porque de
pronto empezaron a dar vueltas sobre sí mismos, asustados.
Y es
que en una de esas vueltas, el más anciano alzó la cabeza hacia arriba y vio
cómo un cometa con una cola inmensa cruzaba el cielo en la misma dirección que
ellos.
Mientras
seguían con la mirada el fenómeno, otras luces nocturnas iban cruzando el cielo
y oyeron un grito desesperado, como si alguien estuviera en problemas.
Las
luces iban perdiendo altura, concentrándose en una sola, y pronto escucharon un
estruendo tras una colina.
—¡Me
cago en to lo que se menea! ¡Pues no se me ha soltao el reno! —vociferó alguien.
Al
llegar a lo alto de la colina, encontraron a un tipo gordinflón con un atuendo
ridículo, más propio de una botella de refrescos que de otra cosa.
Aún
maldiciendo, se sacudía el polvo cuando vio a los tres extranjeros
observándolo.
—Hola, ¿me
echáis un cable? soy Las…
—¿Las? ¿Qué nombre es ese? —preguntó el moreno.
—Las, Nico… Las. Es una broma que me gusta hacer. La vi en una película de un
agente secreto del César.
Tras
las presentaciones, en las que Klaus se partió de risa con los nombres de los
tres extranjeros, fue a ver a sus renos.
Rudolf, el reno guía, del testerazo que se dio con la caída, había perdido la rojez de su nariz, que ahora
funcionaba como un intermitente.
El
trineo, destrozado.
Los
renos, dispersos a medianoche; y Rudolf, magullado y hecho un rosco en el suelo
por haber perdido el lucero que lo convertía en guía.
Así que
cargó los renos que quedaban con toda la paquetería del trineo y se dispuso a
montar a Rudolf, que se negó durante casi kilómetro y medio, dando tres pasos
cada vez que Klaus intentaba subirse.
Eso
hizo que fuéramos todos a paso de camello: pausado, pero continuado.
Pronto
vimos las luces de Belén al fondo del valle, y con la constante presencia del
cometa que nos acompañaba desde el cielo, nos encaminamos hacia el último
tramo.
A media noche entramos en el pueblo.
Klaus
ya había desistido de montar al reno, que iba y venía, seguido de los demás
renos cargados hasta arriba de paquetes.
Pero no
podía ser todo bonito. Al llegar a la primera rotonda, otras luces nos
apuntaron directamente a la cara, cegándonos momentáneamente.
Cuando
las luces bajaron, apuntando al suelo, vimos que la suerte no nos acompañaría.
Una
pareja de la Guardia Civil había montado un dispositivo totalmente
sobredimensionado, formando una retención considerable.
Paraban
a todo el mundo: documentación, equipajes… y llegó nuestro turno.
Pronto
vieron que los cuatro éramos extranjeros. Los tres de Oriente iban
indocumentados y Klaus, con su pinta de noruego, tampoco ayudaba mucho.
Pasaron
al menos cuarenta minutos hasta que los agentes se convencieron de la historia
de los pastores, al parecer, viejos conocidos de la benemérita, reincidentes de
poca monta, así que finalmente nos dejaron pasar.
Superado
el control, seguimos por las calles de Belén preguntando si alguien sabía de
una pareja con un recién nacido.
Finalmente,
la gente mayor nos indicó una posada donde podrían estar.
Tras un par de vueltas, llegamos a un huerto con un establo.
Una pareja aireaba la paja para hacerla más cómoda, y a sus pies, un
niño pequeño.
—Joder, sí que nos hemos dormido esta vez —dijo el más moreno.
—Este crío tendrá meses ya —respondió el rubio, con tono de reproche.
Pero dadas las circunstancias y porque aquello parecía en esencia un
portal, se pusieron a adorarlo igual.
Los padres, atónitos, miraban la escena ojipláticos, viendo cómo cuatro
inmigrantes se arrodillaban ante un niño que no era el suyo.
Hacía un rato que había venido el nieto del posadero que, atraído por el
recién nacido, estaba por allí jugando.
Así que, por no despertar al bebé, ni llevar la contraria a aquellos
cuatro desconocidos, los padres se unieron al ritual. Más que en actitud de
adoración, a la espera de como acababa todo aquello… mientras el niño, el
equivocado, seguía correteando por el establo.
Hasta que su verdadera madre, que irrumpió en la escena, lo agarró por
la muñeca y lo arrastró hacia el interior de la casa, murmurando entre dientes
algo así como “este niño siempre igual…”.
Klaus, que como buen nórdico tiraba más hacia el protestantismo y no
había ido allí a adorar a nadie, se había perdido momentáneamente mirando hacia
el cielo.
Y antes de que la escena se volviera demasiado mística, soltó:
—¿Habéis visto eso?
Todos
miramos al firmamento. El cometa pasó más cerca de la luna de lo recomendable y
empezó a girar a su alrededor, atrapado por su gravedad.
Cada
vez más rápido, hasta que casi parecía una línea continua.
Y de
repente, la gravedad hizo su magia: lo soltó.
La paz
y la serenidad dieron paso al caos. El cometa salió despedido a una velocidad
inimaginable hacia el centro de Belén, creando un cráter donde fácilmente
cabría el Vaticano entero en pleno concilio papal.
Saltamos
todos por los aires: los tres de Oriente, cada uno a un tejado; la pareja con
el menor, al pie de la última palmera del huerto, un camello todavía suspendido
en lo alto de un tejado por la onda expansiva; y los renos, que sin querer acabaron
sin querer, cada uno en un extremo del pueblo.
Cuando
recuperamos el sentido, nos fuimos reuniendo en una de las pocas callejuelas
reconocibles. Tras comprobar que todos estábamos bien, buscamos dónde podía
haber acabado aquella pareja con el niño, a los que vimos a lo lejos,
recogiendo sus cosas y yéndose del lugar.
Abatidos,
comprendimos que no solo había salido todo mal, sino que además se nos había
escapado el menor al que pretendíamos adorar.
Salimos
del pueblo y después de andar un par de kilómetros, entramos en la primera
posada que encontramos, repleta de gente del lugar que buscaba refugio.
Y tras
lo sucedido, acordamos que lo mejor sería disponernos a echar unos tragos
frente a la puerta para pasar el disgusto.
Al
poco, vimos a un hombre tirando de una mula, con una mujer encima y un recién
nacido en brazos, perdiéndose en la oscuridad en dirección contraria a la
nuestra.
Nos
miramos y brindamos, resignados, sabiendo que aquel no había sido el mejor de
nuestros días.