Continuando con la tumba que me estoy cavando yo
solito con los dos textos anteriores, y como esto ya no lo arregla nadie, asumiré
que lancen contra mi todos los Rottweilers que me cruce por la calle, y
acabaremos de destripar este tema.
Una vez que creo que ya hemos superado la etapa
inicial de que todo nos haga gracia y colgar en las redes a nuestros fieles
amigos con todo atuendo posible, desde sevillana, a capitán Pescanova o
vestidos de Batman y joker, este fenómeno ha ido derivando hacia otro lado, no
sé si más siniestro aún.
De considerarlos el sustituto perfecto de los
hijos que no tenemos, porque el patio está como está y no se puede, han pasado
a convertirse en toda una declaración de modo de vida. Lifestyle dirían los
modernos, porque “No tengo hijos porque he decidido vivir la vida a mi manera…”,
pero me gastaré 300€ al mes en su dieta especial con snacks de salmón para mi
cachorrilla, que tiene intolerancia, la pobre….
¿¿Cómo que pobre??, pero si viven mejor que tú y
que yo. No se les pide nada, el más osado les enseña a hacer la croqueta o a
dar la pata, eso sí, a cambio de una de sus “chuches”, baja en calorías y sales
y con omega-3, no sea que un día se le ablanden unas heces y tengamos que
correr a hacerle todos los análisis posibles. Porque esa es otra, hay empresas
especializadas que te mandan su menú de todo el mes, en bolsitas separadas e
identificadas para cada toma distinta, listas para congelar e ir sirviendo.
No daré nombres, mi sacro santa iglesia del
negacionismo me excomulgaría inmediatamente por hacer apología de estas cosas.
Y de ahí pasamos a los menús especiales, para
fechas señaladas, días de celebraciones familiares, donde claro está, al perro
también se le da algo especial porque estamos celebrando el cumpleaños de la
suegra y como no, el día que llega el cumpleaños del animal, o lo más
aproximado que pueda calcularse como el día de la compra o adopción. A partir
de ahí, todo puede degenerar: desde tartas personalizadas hasta cáterings
completos, no vaya a ser que, si lo celebramos menos, le dé una depresión al bicho,
o más probablemente a nosotros.
Una vez que los tenemos ya
correctamente alimentados y celebrados, entramos en el maravilloso mundo de las
redes sociales. Ay…
Aquí ya, rizamos el rizo y
llegamos a unos niveles de creatividad impensables, iba a llamarlo de otra forma,
pero tampoco se trata de ser soez.
Perros mostrando lenguas
kilométricas dando lametazos que atentan contra toda norma sanitaria a sus
propietarias/os. Luego nos molesta la gente cerca, por cierto, o nos dan asco
según qué cosas. Animales sobre camas,
como parte ya del mobiliario, pero no soportamos cabellos en el desagüe de la
ducha. Esta va para ellos.
Y como no, frases dignas de pasar
a la posteridad como “Tú me has enseñado lo que es el amor incondicional”,
perdón si me río. Como creo que ya dije en la primera entrega, si me dejas diez
horas encerrado en un apartamento, hasta yo meneo el rabo cuando vea entrar a
alguien. No es que te quiera mucho, alegría habrá por supuesto, pero desquicio
también, porque me has dejado solo, porque, aunque tenga los platos llenos de
agua y comida soy un animal y no entiendo eso de ir a trabajar, yo solo sé de
manadas y grupos y porque ahora que me vas a sacar a pasear, no siempre lo que
sería recomendable, encima me pones patucos porque el asfalto está muy caliente
o abrigos de burberry’s porque hace demasiado frío.
Y eso me lleva a pensar, ¿qué
deben pensar ellos?
No creo que la situación ideal
para un animal, desde su propio punto de vista, sea que lo vista de elfo cada
navidad, ni que se le disfrace para un paseo urbano. Un perro, per sé, a
la que ve un charco se tiraría de cabeza, y como más sucio esté mejor será para
revolcarse, frente a eso, huele siempre a perfume de Cristian Dog, debo decir
que esto lo he visto yo como gama completa de belleza perruna emulando a
Cristian Dior. Y es que debemos tener claro que todo esto ya no se trata de
cuidados, ni podemos decir que esto sea amor por los animales, es perricultura
emocional: una crianza sin conflicto, sin retorno, sin espejo.
En más de una ocasión, cuando veo a una mascota disfrazada, no puedo evitar pensar la cara que pondría el humano en cuestión si le colgaran la misma ropa y lo llevaran de paseo. No sé yo cuántos se prestarían.
Muchas veces transigimos, porque
en el mejor de los casos, tenemos algún hijo que nos asegura que se hará cargo
de sus cuidados, cosa que nunca se cumple, o en la mayoría de las situaciones, porque
tenemos carencias afectivas que nos impulsan a seguir jugando a muñequitas,
pero esta vez con una que se mueve, respira y encima te mira como si le
debieras la vida.
Años atrás se hablaba del
síndrome del nido vacío, que era aquel por el que los hijos se hacían mayores,
se independizaban y llegaba un punto de tu vida, en que te encontrabas con tu pareja
sin ninguna de las obligaciones que comporta criar a un vástago. Hoy, el nido
no llega a llenarse y, por el contrario, reemplazamos ese vacío con mascotas.
Si lo piensas fríamente, tal y
como está todo, y ante la dificultad económica que puede suponer un hijo, al
perrijo no se le tiene que pagar la escuela, ni nos discute nada, ni nos llama
su tutor desde la escuela diciendo que se ha pegado con el compañero de al
lado, está siempre ahí, más que por amor, que no niego que haya un lazo de
afectividad, por dependencia. Los perros son animales dependientes, si no se
erigen como líderes de la manada, cosa que no deseo a nadie, son animales que
dependen y se someten a quien ellos sí consideran líder.
Así que como en las relaciones
personales, otro tema para tocar en profundidad, nos quedamos con la parte más
cómoda de ese vacío. No te hará más maduro por asumir las cuatro obligaciones
que comporta un animal doméstico, ni más responsable porque lo saques a pasear,
de igual forma que no te hará sentir como nadie, eso ya lo tenías tú, te venía
de serie, pero se lo has volcado a quien te resulta más cómodo, ese que jamás
te va a discutir ni un solo grito.
Sin duda es mucho más fácil
gestionar el día a día de un perrijo, y vivir la parte cómoda de todo, sin la
necesidad de gestionar los problemas que puede acarrear un hijo, una pareja o
las muchas miserias que puede albergar uno mismo y que a veces resultan
incómodas de ver.
La mayoría de mortales evita los
conflictos, en esta existencia de redes sociales, lo que impera es el
reconocimiento a base de likes, y un perro te los dará siempre, lo inmediato y
lo que no me obliga a pararme a pensar, así que adoptar a un ser al que
mantener bien alimentado y medianamente paseado, nunca te dirá que ya no siente
lo que sentía antes, será quien, como pocos hoy en día, estará a tu lado hasta
el fin de sus días, no de los tuyos.
Y, para terminar, como he dicho
en las anteriores publicaciones, me encantan los animales, que no los amo, los
he tenido siempre, perros, gatos, pájaros, tortugas y hasta caballos, pero no
les doy de mi plato, ni los subiré jamás a mi cama. No los acaricio si no me lo
piden, y no los visto, porque como yo, tenemos suficiente pelo cubriendo
nuestra piel que nos procura abrigo, Pero les hago ver que estoy ahí, que soy
su líder y que en todo momento le procuraré todo lo necesario para tener una
buena existencia.
Y eso me lleva a preguntarme, ¿y
si en lugar de exigir o esperar un amor incondicional hacia un animal, lo
practicásemos con nosotros mismos o con alguien que nos pudiera corresponder?
Quizás nos irían las cosas de otra manera.

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