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miércoles, 27 de agosto de 2025

ÁGORA - PERRIJOS - 3a PARTE de 3


Continuando con la tumba que me estoy cavando yo solito con los dos textos anteriores, y como esto ya no lo arregla nadie, asumiré que lancen contra mi todos los Rottweilers que me cruce por la calle, y acabaremos de destripar este tema.

Una vez que creo que ya hemos superado la etapa inicial de que todo nos haga gracia y colgar en las redes a nuestros fieles amigos con todo atuendo posible, desde sevillana, a capitán Pescanova o vestidos de Batman y joker, este fenómeno ha ido derivando hacia otro lado, no sé si más siniestro aún.

De considerarlos el sustituto perfecto de los hijos que no tenemos, porque el patio está como está y no se puede, han pasado a convertirse en toda una declaración de modo de vida. Lifestyle dirían los modernos, porque “No tengo hijos porque he decidido vivir la vida a mi manera…”, pero me gastaré 300€ al mes en su dieta especial con snacks de salmón para mi cachorrilla, que tiene intolerancia, la pobre….

¿¿Cómo que pobre??, pero si viven mejor que tú y que yo. No se les pide nada, el más osado les enseña a hacer la croqueta o a dar la pata, eso sí, a cambio de una de sus “chuches”, baja en calorías y sales y con omega-3, no sea que un día se le ablanden unas heces y tengamos que correr a hacerle todos los análisis posibles. Porque esa es otra, hay empresas especializadas que te mandan su menú de todo el mes, en bolsitas separadas e identificadas para cada toma distinta, listas para congelar e ir sirviendo.

No daré nombres, mi sacro santa iglesia del negacionismo me excomulgaría inmediatamente por hacer apología de estas cosas.

Y de ahí pasamos a los menús especiales, para fechas señaladas, días de celebraciones familiares, donde claro está, al perro también se le da algo especial porque estamos celebrando el cumpleaños de la suegra y como no, el día que llega el cumpleaños del animal, o lo más aproximado que pueda calcularse como el día de la compra o adopción. A partir de ahí, todo puede degenerar: desde tartas personalizadas hasta cáterings completos, no vaya a ser que, si lo celebramos menos, le dé una depresión al bicho, o más probablemente a nosotros.

Una vez que los tenemos ya correctamente alimentados y celebrados, entramos en el maravilloso mundo de las redes sociales. Ay…

Aquí ya, rizamos el rizo y llegamos a unos niveles de creatividad impensables, iba a llamarlo de otra forma, pero tampoco se trata de ser soez.

Perros mostrando lenguas kilométricas dando lametazos que atentan contra toda norma sanitaria a sus propietarias/os. Luego nos molesta la gente cerca, por cierto, o nos dan asco según qué cosas.  Animales sobre camas, como parte ya del mobiliario, pero no soportamos cabellos en el desagüe de la ducha. Esta va para ellos.

Y como no, frases dignas de pasar a la posteridad como “Tú me has enseñado lo que es el amor incondicional”, perdón si me río. Como creo que ya dije en la primera entrega, si me dejas diez horas encerrado en un apartamento, hasta yo meneo el rabo cuando vea entrar a alguien. No es que te quiera mucho, alegría habrá por supuesto, pero desquicio también, porque me has dejado solo, porque, aunque tenga los platos llenos de agua y comida soy un animal y no entiendo eso de ir a trabajar, yo solo sé de manadas y grupos y porque ahora que me vas a sacar a pasear, no siempre lo que sería recomendable, encima me pones patucos porque el asfalto está muy caliente o abrigos de burberry’s porque hace demasiado frío.

Y eso me lleva a pensar, ¿qué deben pensar ellos?

No creo que la situación ideal para un animal, desde su propio punto de vista, sea que lo vista de elfo cada navidad, ni que se le disfrace para un paseo urbano. Un perro, per sé, a la que ve un charco se tiraría de cabeza, y como más sucio esté mejor será para revolcarse, frente a eso, huele siempre a perfume de Cristian Dog, debo decir que esto lo he visto yo como gama completa de belleza perruna emulando a Cristian Dior. Y es que debemos tener claro que todo esto ya no se trata de cuidados, ni podemos decir que esto sea amor por los animales, es perricultura emocional: una crianza sin conflicto, sin retorno, sin espejo.




En más de una ocasión, cuando veo a una mascota disfrazada, no puedo evitar pensar la cara que pondría el humano en cuestión si le colgaran la misma ropa y lo llevaran de paseo. No sé yo cuántos se prestarían.

Muchas veces transigimos, porque en el mejor de los casos, tenemos algún hijo que nos asegura que se hará cargo de sus cuidados, cosa que nunca se cumple, o en la mayoría de las situaciones, porque tenemos carencias afectivas que nos impulsan a seguir jugando a muñequitas, pero esta vez con una que se mueve, respira y encima te mira como si le debieras la vida.

Años atrás se hablaba del síndrome del nido vacío, que era aquel por el que los hijos se hacían mayores, se independizaban y llegaba un punto de tu vida, en que te encontrabas con tu pareja sin ninguna de las obligaciones que comporta criar a un vástago. Hoy, el nido no llega a llenarse y, por el contrario, reemplazamos ese vacío con mascotas.

Si lo piensas fríamente, tal y como está todo, y ante la dificultad económica que puede suponer un hijo, al perrijo no se le tiene que pagar la escuela, ni nos discute nada, ni nos llama su tutor desde la escuela diciendo que se ha pegado con el compañero de al lado, está siempre ahí, más que por amor, que no niego que haya un lazo de afectividad, por dependencia. Los perros son animales dependientes, si no se erigen como líderes de la manada, cosa que no deseo a nadie, son animales que dependen y se someten a quien ellos sí consideran líder.

Así que como en las relaciones personales, otro tema para tocar en profundidad, nos quedamos con la parte más cómoda de ese vacío. No te hará más maduro por asumir las cuatro obligaciones que comporta un animal doméstico, ni más responsable porque lo saques a pasear, de igual forma que no te hará sentir como nadie, eso ya lo tenías tú, te venía de serie, pero se lo has volcado a quien te resulta más cómodo, ese que jamás te va a discutir ni un solo grito.

Sin duda es mucho más fácil gestionar el día a día de un perrijo, y vivir la parte cómoda de todo, sin la necesidad de gestionar los problemas que puede acarrear un hijo, una pareja o las muchas miserias que puede albergar uno mismo y que a veces resultan incómodas de ver.

La mayoría de mortales evita los conflictos, en esta existencia de redes sociales, lo que impera es el reconocimiento a base de likes, y un perro te los dará siempre, lo inmediato y lo que no me obliga a pararme a pensar, así que adoptar a un ser al que mantener bien alimentado y medianamente paseado, nunca te dirá que ya no siente lo que sentía antes, será quien, como pocos hoy en día, estará a tu lado hasta el fin de sus días, no de los tuyos.

Y, para terminar, como he dicho en las anteriores publicaciones, me encantan los animales, que no los amo, los he tenido siempre, perros, gatos, pájaros, tortugas y hasta caballos, pero no les doy de mi plato, ni los subiré jamás a mi cama. No los acaricio si no me lo piden, y no los visto, porque como yo, tenemos suficiente pelo cubriendo nuestra piel que nos procura abrigo, Pero les hago ver que estoy ahí, que soy su líder y que en todo momento le procuraré todo lo necesario para tener una buena existencia.

Y eso me lleva a preguntarme, ¿y si en lugar de exigir o esperar un amor incondicional hacia un animal, lo practicásemos con nosotros mismos o con alguien que nos pudiera corresponder? Quizás nos irían las cosas de otra manera.




miércoles, 20 de agosto de 2025

ÁGORA - PERRIJOS - 2a PARTE



Creo que este tema, ahora que las ampollas que se hayan podido levantar a partir del texto anterior aun duelen, da para una segunda entrega, y probablemente una tercera pero, aunque me guste dar de vez en cuanto un bofetón con mis opiniones, tampoco se trata de hacer sangre con ello. Al final, dicen que todo es respetable, idea que cada día comparto menos, pero en la que si me apoyo es la que dice que cada uno en su casa, hace lo que quiere, cree o puede.

Más allá de todo lo dicho, hoy quería hablar sobre todo lo que envuelve a un “perrijo”. Dejaremos un poco de lado los motivos por los que alguien decide tratar a un animal como si lo hubiera gestado, y nos centraremos en el universo que ha generado este trato.

Recientemente me vi en la tesitura de tener que decidir, o al menos, dialogar con mis padres, sobre la continuidad o no, de la vida de su perro. Un animal que ya adoptaron mayor, algo muy merecedor de aplauso, y con ciertos problemas respiratorios, de conducta, etc. Tras dos años, había desarrollado un cáncer, o varios, que se lo estaban comiendo vivo, literalmente, así que haciendo gala del mayor pragmatismo y sentido común, y tras hablarlo con el veterinario, se optó por la eutanasia.

Y aquí ya encontré el primer clavo ardiente al que agarrarme, busqué en Google si ese acto tenía algún nombre en especial, uno es curioso por defecto, y literalmente decía esto “La eutanasia en perros, también llamada eutanasia en mascotas, eutanasia animal o sacrificio humanitario”. ¿Cómo que humanitario?, se referirá a mi gesto, espero, si no fuera así diría sacrificio humano.

Y de ahí la primera pregunta, ¿por qué permitimos la decrepitud en humanos y cuando se trata de un cuadrúpedo ponemos por delante detener su sufrimiento?. Dejo la pregunta ahí para que la responda cada uno, porque si me pongo a desarrollar los motivos, me enzarzaría inevitablemente en un análisis sobre tradiciones ancestrales, creencias en dioses, salvaciones y demás ampollas que de momento no toca levantar.

La cuestión es que Foxy, que así lo llamaban antes de adoptarlo, tras asegurarnos que los linfomas ya se habían extendido por todas partes, hasta el punto de afectarle a su propia sangre y que el dolor que sufría ninguno de nosotros lo habría soportado, pasó a mejor vida tras un poco de anestesia y una buena dosis de pentobarbital. Os podéis imaginar el drama familiar, que solo se vio mitigado por la sensación y convencimiento de haber hecho lo mejor para esa bestia.

Si, he dicho bestia, porque siempre lo vi así, y porque lo era. No es el primer animal al que me he visto en situación de finiquitar, pero nunca he perdido de vista sus condiciones de mascota y de animal de compañía, más allá de todas las bondades que podría decir de ellos. Pero por mucha compañía que nos den y mucha fidelidad que nos demuestren, donde no creo que se debería entrar, y esto ya es una opinión muy personal y por ende, totalmente cuestionable, es en el trato que muchas veces se les da.




Desde las peluquerías, hasta los Spas caninos y servicio de masajes, nos hemos visto metidos en una vorágine de servicios otrora inimaginables, que seguramente han venido propiciados por algún/a famoso que, sin tener muy claro qué hacer con su dinero, empezó a darle el mismo trato a sus perros que a sí mismo.

Aquí debería haber puesto mismo/a, pero paso, mi querida R.A.E., dice que son genéricos y engloban ambos géneros, lo de los “ofendiditos” con la gramática ya lo hablaremos otro día.

En definitiva, si nos vino una moda de donde sea, y los comerciantes han visto un nicho de negocio, nos la han ofrecido, y nosotros la hemos seguido a pies juntillas. Y dándonos más o menos cuenta, nos hemos puesto a pagar sin ningún reparo ese champú especial que no les altera el Ph, esa crema maravillosa que les deja el pelo reluciente y ese tratamiento que poco le falta para implantarles rodajas de pepino en los ojos. ¡Como si les hiciera falta!

Porque todo eso lo combinamos con el spray o el collar para que no se le peguen las garrapatas y ellos lo olviden por completo oliendo los traseros de sus congéneres, pero nosotros, como propietarios, perdón papás y mamás de nuestras mascotas, nos llenamos de orgullo hablando de las cremas y champús que les aplicamos mientras hablamos con otros humanos en el pipi-can.

Cómo me recuerda todo a las puertas de la escuela donde cada uno contaba la batallita de sus querubines…

No contentos con las sesiones de peluquería, les compramos piensos hipoalergénicos, sin transgénicos, y supuestamente específicos para perros grandes, pequeños, medianos, adultos, cachorros, celíacos, ingenieros, circenses o cualquier rango que se le haya podido ocurrir a la industria. Todo eso, sin contar con quien se toma la molestia de seguir cocinando para ellos, claro está.

No hace mucho, los vi hasta de carnes deshuesadas. ¿Perdón?, ¿Pero no se le ha dado toda la vida del Señor los huesos al perro?, porque como premio si que les compramos huesos vacunos envasados al vacío para que mordisqueen y escondan debajo de cualquier cama.

Para rematar, disponemos de un gran surtido de barritas dentífricas y cepillos para su dentadura, algo que estoy más que seguro que al perro le debe encantar, que le levanten las mejillas que le cuelgan a cada lado de la cara, para que su humano, con un cepillo insertado en su dedo, empiece a propinarles un lavado de la dentadura, con la que seguramente pensará en clavarte en el cuello, pero que su condición de fiel compañero se lo impide.

Recuerdo en una ocasión, que mis progenitores tuvieron algún problema con alguno de los perros que han intentado adoptar. Tengo un padre que no ha sabido vivir nunca sin sentirse como el señor de las bestias, con un fiel escudero a su lado. Y se vieron en la necesidad de llamar a un adiestrador.

Esta profesión, que ha proliferado como un mal virus, seguramente se ha visto muy respaldada por programas como los de César Millán y otros similares, donde un personaje que, si se le pone un doblaje en español miamense, sabe adiestrarlos mucho más. Nos mostraban como en escasos veinte minutos de programa, un can asilvestrado y con tendencia al mordisco y a la revolución bolchevique, pasaba de ser el perro de Chucky a una mansa alfombra que reducía su existencia a la espera de una orden, para dar un brinco y satisfacer a su amo. Supongo que la gente se lo creyó y no tuvo en cuenta que eso era un programa de televisión con el horario más que limitado.

Volviendo al tema, llamaron a unos supuestos adiestradores y no quise perder la oportunidad de estar presente. Se presentaron como Etólogos. Ethos, palabro griego que significa ética, o sea, comportamiento, y de ahí, quien estudia el comportamiento de los animales en su medio natural, incluidos humanos. Y ahí viene el primer error, “en su medio natural”. ¿Estamos seguros que el medio natural de un pastor belga es un piso de cincuenta metros cuadrados?

Se presentaron, eran una pareja de jovencillos, blandos y cautelosos, que parecía que hacían eso para sacarse algún dinero extra que financiara sus juergas. Se me ocurrió en un momento de la charla, por incontinencia verbal que tengo, llamarlos “perrólogos”, algo que por lo visto les ofendió claramente, pero pese a ello, realizaron su visita, y tras alabar constantemente las bondades del perro que acababan de adoptar mis progenitores, decidieron sacarlo de paseo los cuatro, para ver como interactuaba con los demás perros. Aquello acabó en una batalla campal, que no se sabía donde empezaba la dentadura de uno, con el rabo del otro. Como era de esperar, no se les llamó más.

No digo que no haya gente que haya estudiado o, que por experiencia, sepa identificar problemas de conducta canina, porque perros desequilibrados también los hay, y cada vez más. Pero he querido referirme a que hay modas, y con ellas, negocios y supuestos entendidos que aparecen aprovechando estas modas, que sin tener demasiada idea de lo que están ofreciendo, saltan al ruedo y aprovechan ese canto del “pobrecillo”, que tanta gente entona ante cualquiera que camine a cuatro patas.

Pero de ahí, pasamos a la terapia con el psicólogo perruno, y con la cuota pertinente, cuando lo más probable es que quien la necesite, sea el que va al otro lado de la correa. Y cuando alguno está en esa situación, y tiene suficiente orgullo paterno para con su mascota, lo muestre en redes, con todo tipo de disfraces, vestiditos, durante sus terapias e incluso, algunos, se han erigido como verdaderos “influencers” mediáticos, con su propio canal, y con más seguidores e ingresos de los que yo pueda soñar en la vida. Tendré que plantearme seriamente ponerme un abriguito de marca, un collar con pedrería y poner ojos lastimeros frente a la cámara.

Por Dior, lo que da de sí este tema, seguiremos en otra entrega.






miércoles, 13 de agosto de 2025

ÁGORA - PERRIJOS

 

Los hay que suben fotos a las redes de su recién nacido durmiendo. Otros lo hacen de su perro en pijama de ratoncitos, estirado en la cama con una mantita polar y una etiqueta que reza “mi niño”. Estamos en un mundo que se ha vuelto más frágil que la tapa de un yogurt light, y no es de extrañar que mucha gente encuentre refugio emocional en quien te mira con devoción porque le das de comer o quien sufre un ataque de alegría casi enfermiza al verte tras pasar diez horas encerrado en un piso.

Bienvenidos a la era de los perrhijos. Perros con nombre compuesto, vestuario de Zara y calendario de aniversarios, con video y pastel incluidos. Los ves en los cafés, peluquerías, en el cochecito de Decathlon. Y no, no exagero, hay quien compra un cochecito para perros. El mismo que aprovecha cualquier ocasión para recordarte que tener hijos es inasumible económicamente y comporta demasiado compromiso.

El perrhijo no discute, no se hace tatuajes, no le da por votar a partidos equivocados, no le pasa por la cabeza ponerse en situaciones ridículas para publicarlas en TikTok (ya tienen a sus humanos para eso). Pero ante todo, nunca te dirá que ese día te equivocaste o que si te hubieras parado a pensar las cosas con un poco más de calma, otro gallo te cantaría. Es la compañía perfecta, por no decir pareja, te mira con ojos malvadamente tiernos mientras le estás abriendo el saco de pienso gourmet para perros de mediano tamaño con ligero sobrepeso y problemas de articulaciones, y sin gluten. Amor puro… con microchip.

Pero no nos engañemos. El problema no es querer a los animales – al contrario, pobrecillos – El problema es que en muchos casos, los perrhijos no son perros queridos, sino disfraces afectivos para tapar vacíos y carencias que uno arrastra y acumula  a lo largo de su vida. Son la versión simpática de la solterona clásica rodeada de docenas de gatos, reciclada en versión moderna con hashtags como #mihijopeludo, #miniñodecuatropatas. Y cuidado, que ahora empezamos a ver gathijos y hasta conejhijos, y estoy seguro que en algún rincón de Instagram encontraríamos a alguien haciendo fiestas y carantoñas a un pez globo o hasta un pangolín para los más osados.

¿Podríamos llamarlo maternidad low-cost?, ¿paternidad sin tutorías ni caravanas hasta dejarlos en el colegio? No hay una adolescencia rebelde, como mucho algún mueble o marco de puerta destrozado mientras les duele el cambio de dentadura, no hay psicólogos escolares. Como mucho algún malvado veterinario a quien estamos dispuestos a pagarle facturas por cualquier cosa que nos costaría un disgusto para nosotros mismos.

Y no hablemos cuando uno de ellos nos deja. Cuando muere quiero decir, porque parece que incluso para tratar ese tema tengamos que hacer una tirada de tarjetas con un epitafio que esté a su altura. Se incineran en una empresa especializada que te proporciona el propio veterinario, y pasa por caja. De inmediato, y en cuanto las lágrimas nos permiten volver a enfocar la pantalla del móvil, colgamos posts en todas las redes con frases del nivel de “siempre serás mi niño”. Pero al cabo de un par de meses llega su sustituto, en su memoria, por lo bueno que fue, y empezamos de nuevo, muebles roidos y ropa hecha jirones mientras no estábamos en casa.

Y quiero aclarar que me encantan los animales en general, especialmente mamíferos cuadrúpedos, y los llamo así porque me gusta no confundirlos con otra cosa. Es una opinión muy personal, pero yo, que he tenido perros, gatos y hasta un caballo y a alguno de ellos he tenido que sacrificarlo o enterrarlo, me he podido dar cuenta, sobre todo en el caso de los perros, que son animales tan gregarios o más que nosotros, los humanos. Que necesitan respuesta y cariño, está claro, pero como los niños, también necesitan un grito, una palmada en el culo o un castigo cuando corresponde. Necesitan tanto los abrazos y carantoñas como un referente a quien seguir.




Ellos saben que la comida se la damos nosotros y que viven en nuestra casa, y nos ven y nos toman por los líderes de su pequeña manada y así se les debería tratar. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez si dentro de una manada  perruna se enseñan los dientes o incluso llegan a pelearse por un puesto de jerarquía o por un trozo de comida? Pues en casa igual, tiene que haber alguien que los marque cuando corresponde.

Siempre me sorprendo cuando alguien se ha acercado a un perro desconocido con el llanto lastimero de “pobrecitoooo”. ¿Pobrecito por qué? ¡ Pero si viven mejor que yo!

Como en todo en esta vida, hay que mantener cierto equilibrio, no te acaricio si no me lo pides o no te lo ganas, porque no es un peluche que achuchar en el sofà mientras miramos a Bridget Jones, pero tampoco voy a dejar que me pidas en la mesa o que me cubras de lametazos después de ir por la calle oliendo bajo las colas de desconocidos.

Imagina por un momento que esta misma devoción, este mismo supuesto amor incondicional aplicado a un ser humano. Uy no, lo desechamos por intenso y porque si un humano se muestra más afectivo de lo que esperamos empezamos a sospechar que algo está escondiendo. Demasiado real, demasiado peligroso.

Por eso mejor un perrhijo, que nos permite soltarlo con los demás perrhijos en las plazas de nuestra ciudad y hacer vida social mientras ellos se olisquean sus partes justo antes de propinarnos lametazos.

Tengo claro que con este texto más de uno y más de dos van a querer acuchillar muñecos de budú con mi cara, porque podéis pensar que exagero o que simplemente soy un amargado frente a un teclado. No os lo discutiré, pero como todo lo que escribo, no son más que mis opiniones a las que os invito que respondáis y critiquéis si lo veis oportuno. Y si os habéis sentido atacados por mis comentarios, recordad siempre que no era vuestro perrhijo quien lo leía.






domingo, 10 de agosto de 2025

ÁGORA - MIL GRACIAS

 

El pasado 16 de julio, aún no sé bien por qué, me decidí —trece años después— a volver a escribir. Supongo que tenía cosas que decir. El mundo se revuelve: política, economía, guerras… todo da coces como un animal herido, y la previsión es que seguirá haciéndolo.

Estos son temas que todavía no he tocado, porque sé que romperé muchos esquemas y voy a incomodar a más de uno. En estos años me ha fascinado y he estudiado la geopolítica y la geoeconomía, y si algún día me meto en esos charcos, no os preocupéis: os lo contaré como lo haría a una supuesta tía Enriqueta. Claro, con la condición de que se entienda, entretenga y, sobre todo, se salga del relato uniforme que nos sirven con cloroformo todas las mañanas en los “medios oficiales”. La idea es que cada cual piense por sí mismo, con la mayor libertad posible. Exactamente igual que hemos hecho estas últimas semanas. Siempre con permiso de Pústula Von der Leyen, claro, que cada vez estrecha más el cerco a quien opina distinto a ella y los suyos.

Pero volvamos al tema de hoy. El 16 de julio reabrí el blog: nueva estética, nuevos temas… y nueva edad. Hasta entonces, presumía de no tener redes sociales, más allá de LinkedIn que, aunque digan que es más profesional, no deja de ser un Facebook disfrazado con mono de trabajo.

Pues bien, ahora estamos en X, en Instagram y también en LinkedIn. Y contra todo pronóstico, las cifras me han abrumado. Pese a ser un blog de lectura, algo que siempre ofrece una popularidad limitada, me ha leído mucha más gente de la que podía imaginar.



Hoy es un domingo cualquiera, 10 de agosto. Es el día en que, según cuentan, quemaron en una parrilla a mi Santo y pidió que lo giraran, que por ese lado ya estaba hecho. Así fue como se convirtió primero en mártir y luego en santo.

También comienza una lluvia de meteoros asociada al cometa Swift-Tuttle, allá por la constelación de Perseo. Las llaman lágrimas, aunque siempre alegra verlas.

Y como ya era un día de celebración para mí, resulta que se convierte en doble motivo: veinticinco días después de reabrir el blog, estamos a las puertas de las mil visitas. Mil personas —aunque algunas hayan repetido— que han dedicado unos minutos de su vida a leerme, aplaudirme, criticarme, conocerme o detestarme. Lo importante no es eso, sino que os haya despertado alguna sensación.

Así que gracias. De corazón. Por leerme, por estar y por apoyar este proyecto, que tengo la certeza de que haremos muy, muy grande y que sin todos vosotros no tiene ningún sentido.

Y, por supuesto, gracias también a esos dos gatos, con gafas de pasta, que me acompañan en silencio (o no tanto) mientras escribo. Ellos no lo saben, pero son una parte muy importante de todo esto. Pronto lo descubriréis.

 

Recibid el más cariñoso de mis abrazos

 





 

 

 


miércoles, 6 de agosto de 2025

ÁGORA - NOMÁSTÉ

 


Gurús, yoga y el arte de iluminarse con Wi-Fi y brunch incluido

Hay una corriente creciente —especialmente entre mujeres de clase media autoasumida— que ha hecho de la espiritualidad oriental un estilo de vida a medio camino entre el autocuidado y el marketing personal. Yoga a las seis de la mañana, desayunos con semillas de cosas impronunciables, ...meditaciones guiadas por un tipo con voz de ASMR —esa forma de hablar suave, pausada, como susurrando desde dentro de una cueva aromatizada— y nombre de Santón inventado, y una devoción ciega por cualquier figura con aspecto asiático que diga frases sin verbo.

Todo muy profundo. Todo muy fotogénico. Todo perfectamente “subible” a cualquier red.

Y no, no tengo nada en contra del yoga. Ni de la comida sana. Ni de encontrar sentido a la existencia en prácticas milenarias. Pero reconozcámoslo: lo que estamos viendo no es una búsqueda espiritual, sino una versión boutique de lo trascendente. Es una espiritualidad “tuneada” y adaptada al gusto, con esterilla de diseño y cita con “mi gurú” los jueves por Zoom.

La iluminación como performance

Hoy en día no hace falta ir al Tíbet a meditar entre monjes. Basta con poner una vela con olor a pachuli, sentarse en posición de loto (aunque te duelan las caderas), y repetir tres veces “me merezco paz” mientras se graba un vídeo en slow motion para subir a stories. Todo muy sentido, muy conectado, muy lleno de hashtags.

Lo importante no es lo que pasa dentro, sino lo que se muestra fuera. Es la coreografía del bienestar. Una mezcla de “conexión con mi yo interior” y “mira qué bien me queda este top beige de lino natural”.

El antiguo camino del despertar ahora tiene parada en cafeterías con decoración minimalista, donde se sirven matcha lattes con arte latte en forma de mandala y tostadas con hummus que cuestan más que una sesión real de terapia.

El gurú de alquiler

Y luego están ellos: los gurús. Ese nuevo tipo de influencer espiritual que mezcla frases de Paulo Coelho con estética zen. A veces tienen acento extranjero, otras simplemente hablan lento, bajito, con pausas dramáticas, lo que automáticamente les da un aura de autoridad mística.

Dicen cosas como:
"El universo no se mueve… se deja mover."
"No eres tú quien respira, es el cosmos que respira a través tuyo."

Y claro, todas se iluminan. Toman notas. Lo subrayan. No saben muy bien qué significa, pero por si acaso lo graban en un reel. Aclaro, digo todas porque todo esto se centra bastante en el género femenino, pero también los hay a quien les cruje aún más la cadera.

Hay incluso quien se casa con ellos. Literalmente.


Conexión espiritual con 5G
El problema no es buscar equilibrio. El problema es hacerlo como se hace todo ahora: sin detenerse ni un segundo de verdad. Todo tiene que ser inmediato, cómodo y, sobre todo, compartible. La meditación no sirve si no viene con música de fondo, el incienso no vale si no es orgánico, y la experiencia no se siente si no hay una frase inspiradora para acompañarla en redes.

Porque la paz no es paz si no puedes monetizarla.

Y así, nos vamos cargando de “prácticas de bienestar” mientras seguimos igual de desconectados, de insatisfechos, de confundidos. Solo que ahora nos lo decimos a nosotros mismos con voz dulce y una aplicación que mide nuestras respiraciones.

NOmásté de verdad

Yo propongo otra cosa. Algo radical. Algo que no se enseña en retiros ni se paga con tarjeta.
Quedarte quieto. En silencio. Sin grabarlo. Sin contarlo. Sin subirlo.
Mirarte. Escucharte. No hacer nada en especial. Ni yoga, ni journaling, ni detox de pensamientos. Solo estar.

Y si un día no te sale “vibrar alto”, no pasa nada. No eres menos espiritual por estar triste. Tampoco te estás bloqueando nada si no haces ayuno de pantalla o si tu cuerpo no se dobla como el de esa profesora de yoga que parece salida de un videoclip de Coldplay.

A veces, el verdadero acto espiritual es simplemente no fingir.

NOmásté, sí. Porque no me da la gana de fingir calma, de seguir al gurú de turno, ni de comprar otro curso que me prometa paz en siete módulos descargables.

Prefiero el café fuerte, la mente enredada y el alma sin etiquetas.
Y si eso no es iluminación, al menos me parece algo honesto y dicho esto, sigo con mi soltería y mi rebeldía por estos mundos, que con este discurso, no hay quien me aguante.

Un solo y cargadito, por favor!