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miércoles, 31 de diciembre de 2025

YA ES NAVIDAD ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL? 2a parte

 



SEGUNDA PARTE

 

Tras la tercera ronda del brebaje que les habían servido a los cuatro, y justo antes empezar a abrazarse y empezar a canturrear, uno de ellos, el más veterano cayó en la cuenta que los pocos fondos que les habían quedado, habían servido para recomprar a los tres camellos.

AsÍ que tendrían que pactar con quien regentaba aquel negocio para pagarle las consumiciones.

Finalmente llegaron al acuerdo que fregarían los platos durante una semana dos de ellos y los otros dos harían de pinches de cocina o asistirían al negocio en lo que fuera necesario.

La semana fue frenética, hay que tener en cuenta que la gran mayoría de la población de Belén se había quedado sin casa, así que todos iban a comer o a hospedarse allí. Casi el único local que quedaba en pie.

El último día estaba por vencer y pronto quedarían libres del trato que habían hecho con el posadero, así que se dispusieron a emprender sus labores cuando se abrió la puerta apresuradamente.

Era José, el del neonato, que polvoriento y con su túnica hecha girones, se dirigió a Klaus y jadeando, supongo que después de una buena carrera, nos contó que una patrulla romana venía detrás suyo con intención de apresarlos por una norma que habían dictado sobre no sé qué majadería con los primogénitos.

El posadero, que estaba siguiendo la conversación, les interrumpió

-          Ah si, algo he oído de eso, básicamente se los cargan, así para resumir.-

Klaus miró hacia fuera, y vio a María, sosteniendo al pequeño en brazos, así que tardaron nada y menos en ofrecerles refugio, en una de las habitaciones de aquella especie de pensión.

Y aprovechando que ya había oscurecido, no se les ocurrió otra cosa que proponer a toda la clientela para que aquello pareciera una fiesta, lo suficientemente gorda como para que a nadie le pasara por la cabeza que pudiera haber allí un recién nacido.

Y así lo hicieron, retiraron mesas y sillas y las colocaron a modo de barricada, una sobre otra frente al pie de las escaleras que conducían a las habitaciones, dejando toda la superficie del local libre para el baile y la juerga.

No se sabe de dónde, apareció una banda de swing que acabó de arrancar a los asistentes, en un rincón un par de gogos con pocas ropas, aunque psicodélicas, y en el rincón opuesto, sobre la mesa de billar, a alguien que me recordó a Salma Hayek con pitón al cuello incluida.

Se abrió la puerta y la patrulla romana hizo acto de presencia.

-          Omnis tacitus!! (callaros todos, para quien hizo ciencias)

La orquesta se detuvo, y todos dejaron de bailar, quedando inmóviles allí donde les había pillado el grito latino.

Aunque solo durante unos segundos, tras los que optaron por hacer caso omiso a la patrulla y seguir con sus músicas y sus bailes.

Los romanos, al ver la escena, llegaron a la conclusión deseada.

Ese no era el lugar para tener a un recién nacido y vista esa obviedad, el que parecía estar al mando, se quitó el casco, lo dejó sobre la barra, y se dirigió a su patrulla:

-          Cachondeum máximum!!

Con lo que tardaron poco los nueve o diez que la formaban en perder hasta el cepillo de los cascos.

La verdad es que como decía un pequeño galo que conocí hace tiempo “están locos estos romanos”, pero la verdad es que eran de lo más divertido, se integraron de maravilla y acabaron siendo el alma de la fiesta.

Todo iba bien, hasta que llegado un punto de la fiesta en que las vejigas empiezan a temblar por el exceso de bebida. Uno de los romanos se había encaramado a la barricada de sillas y mesas que impedía el acceso a las habitaciones, mostrando sus vergüenzas al trepar y casi perdiendo el casco en su afán de alpinista.

Mientras tanto, el jefe de la patrulla permanecía estirado en la barra, olvidando que según donde estuvieras podías arrepentirte que esa gente vistiera con falditas y poco más- Y aquella que me recordó a Salma Hayek, le iba soltando granos de uva uno a uno al ritmo que el romano abría la boca.

Klaus que vio de reojo al romano que buscaba el baño donde no debía, fue corriendo hacia él, y agarrando un taco de billar, dibujó un arco en el aire con él, propinándole un tremendo golpe, digno de cualquier jugador de beisbol.

El romano cayó al acto, y aquel casco resonó dentro y fuera del local, a lo que los que allí estaban, no se les ocurrió otra cosa que gritar al unísono:

Unoooooooooooooo!!!

Ante tanto griterío, entró la pareja de la benemérita, que intentaba montar otro control de alcoholemia frente al local. Y de todos es sabido que romanos y los guardia civiles nunca se han llevado bien, por aquello de las competencias de cada uno.

Así que se acabaron liando a mamporrazos, resonando uno y otro casco, y los espectadores aplaudiendo y gritando:

 

Doooooooooooos

Treeeeeeeeeeeeees

 

La verdad es que la escena era dantesca, uno de los propios soldados romanos con cara de espanto tras dirigirse a su superior y sin querer acabar viendo las interioridades de la falda de su jefe, que aún estaba estirado en la barra.

La guardia civil dando mamporrazos y los demás cantando cada “gong” de los cascos como si estuvieran en un bingo.

Y así amigos, es como se creó la antiquísima tradición de las uvas y las campanadas, que cada año nos anuncia la venida de uno nuevo.

Por cierto, y Jesús?

Jesús dormía plácidamente sabiendo que debía dejarnos libre albedrío y ya si eso, mañana ya nos perdonaría….

 

Feliz año nuevo a todos.

sábado, 27 de diciembre de 2025

CAFE VINTAGE - SEXO MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (7 de 8)

 

HAY PENES QUE NO SE ADAPTAN A LA VAGINA

(y vaginas que ya vienen cansadas de intentar adaptarse a según qué penes)

A ver… el amigo Kusnetzoff dice que incompatibilidades sexuales solo existen en casos extremos: pedofilia y otras aberraciones.
Muy bien, doctor. Gracias por el apunte.
Ahora, si nos permite, los adultos volveremos a hablar de lo que pasa entre gente normal, que ya es suficientemente complicado.

Porque sí:
existen incompatibilidades.
Y no pocas.
Y no son solo morfológicas… son emocionales, químicas, cerebrales, logísticas y, en ocasiones, espirituales.
Que hay gente que parece que en la cama invoque a demonios interiores en vez de placer.

Yo, más que hablar de penes y vaginas —que ya son mayorcitos y se las apañan solos— hablaría de personas que no encajan.
Punto.
Porque tú puedes tener una anatomía de catálogo médico, pero si mentalmente estás más rígido que el sarcófago de Ramsés, ahí no se adapta nada.

La famosa química, esa palabra que todos usamos pero nadie sabe definir…
Pues bien, si lo miramos desde el punto de vista de la sexología gamberra —que es la única que realmente sirve— la química es:

“Eso que te hace querer arrancarle la ropa en vez de hacerle una encuesta.”

Fácil, directo, honesto.


A veces esa química va acompañada de compatibilidad sentimental, espiritual y energética.

Pero normalmente, no.
Normalmente la química funciona como una bomba de relojería:
mucho fuego, mucho impulso… y luego, al cabo de dos semanas, estás diciendo
“¿Y yo por qué demonios me lié con este ser humano?”

Pero volvamos al tema.
Después del “te quiero comer la boca ya”, llega la cama.



Y aquí también hay que encajar… y encajar bien.

Porque sí, hay maneras y maneras de adaptarse.

Hay hombres que creen que conducir un Hummer les convierte automáticamente en amantes de lujo.
Cariño… si la plaza de parking está diseñada para un Mini, lo único que vas a hacer es rayar paredes y activar alarmas.
Y al revés: tampoco sirve de nada tener un descapotable precioso si el garaje está desangelado y frío como un trastero del año 72.

La adaptación no va solo de tamaño, anchura, longitud o ángulo.
Va de predisposición.
De actitud.
De escuchar el cuerpo propio y el ajeno.
De entender si la otra persona está en modo:

– “Sí, entra, pero entra suavecito.”
– “Entra, pero entra como un bendito.”
– O “Ni lo sueñes, hoy estoy cerrada por reformas.”

Porque cuando hay química, cuando hay ganas, cuando el cerebro segrega feromonas como si fuese una fábrica ilegal de perfumes… todo fluye.
El cuerpo se prepara, se adapta, se abre.
La rigidez desaparece.
La mente se relaja.
Todo encaja.

Pero cuando no…
Es como intentar empujar una maleta demasiado grande en el compartimento de avión:
no entra, no entra, no entra…
y al final queda un silencio incómodo mientras tú sonríes como si fuese culpa de la física cuántica.

Y ahora, querido pueblo: la verdad que nadie quiere decir.

La mayoría de “problemas de adaptación” no son físicos.
Son emocionales.
Son nerviosos.
Son mentales.

— Él está demasiado tenso.
— Ella está demasiado desconectada.
— Los dos están intentando que funcione algo que NO tiene que funcionar.
Así de simple.

La compatibilidad sexual completa existe, pero es rara como un eclipse romano:
aparece de vez en cuando, te deslumbra, te descoloca y después ya no vuelves a ver algo igual en décadas.

Y aun así, hay una noticia maravillosa:

Con el 99% de los cuerpos, uno se adapta.
Pero con el 1%… se incendia.

Y esa es la gracia del juego.

Así que, para ir cerrando este consultorio gamberro (y muy real):
No os obsesionéis con medidas, curvas o geometrías sagradas.
Preocupaos de lo único que realmente marca la diferencia:

la intención,
las ganas,
la química,
– y las pocas vergüenzas bien colocadas.

Y ya que estáis…
rayad retrovisores.
Muchos.
Sin miedo.
Que para eso están.

 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

YA ES NAVIDAD ¿QUÉ PUEDE SALIR MAL?

 



Bueno, lo primero de todo

Feliz Navidad a todos, eso para empezar.

Espero que lo paséis con quien queréis, y que se convierta en una fecha para recordar.

Yo, por mi parte, debo confesaros que necesito algo de calma, han sido meses en los que no he dejado de investigar, de viajar por medio mundo y de ensuciarme de una excavación en otra.

Y es que el texto que os traigo hoy, es el resultado de esos meses de estudio e investigación, donde averigüé qué pasó realmente en Galilea, aquella noche de Navidad

Y creedme, os va a sorprender tanto como a mí, pero ya no hay dudas, la historia fue exactamente así….



CERCANÍAS DE JERUSALÉN, AÑO DEL SEÑOR DE… 

NO, TODAVÍA NO


Corrían malos tiempos para la inmigración, y una pareja había salido de Nazaret con lo poco que podían acarrear en las alforjas y a la espalda.

Al menos él, porque ella estaba ya salida de cuentas y en cualquier momento se pondría de parto.

A juzgar por el traqueteo y el vaivén del andar de la mula, ya debería haberse quejado.

Llegaron a las inmediaciones de Belén.

Las cortinas se iban corriendo conforme avanzaban, y ellos dos, imperturbables y conscientes de que su llegada había despertado curiosidades, avanzaban erguidos y seguros de sí mismos, aun sin saber hacia dónde.

Preguntaron en una posada, en la casa que les indicó el posadero, y en media docena más, pero nadie les dio alojo.

Hasta que el último, un anciano que alquilaba su propia casa a modo de pensión, les ofreció el establo si no encontraban nada más.

José miró a María buscando su aprobación y dado el evidente cansancio que se reflejaba en su rostro, decidió que mejor sería compartir el establo con un buey que seguir toda la noche dando vueltas.

La vaqueriza estaba en la parte trasera de la casa, en un patio inmenso donde se adivinaban, pese a la oscuridad de la noche, huertos y gallineros.

Y aunque no fuera el mejor lugar, siempre sería preferible no pasar la noche al raso o a lomos de la mula.

Así que se acomodaron tanto como el ternero a les permitió y se dispusieron a dormir.

A medianoche María rompió aguas, y a la mañana siguiente ya podían contar como tres.

Mientras tanto, en otro lugar de lo que hoy sería Jordania, tres extraños montados en camello se acercaban a un saliente rocoso donde se adivinaba el resplandor de unas llamas.

Atraídos por el calor de un buen fuego y ante la posibilidad de reposar unos momentos, se acercaron a lo que pronto pudieron ver que era un campamento de pastores.

En cuanto se hicieron visibles, los pastores se pusieron en guardia, temiendo el asalto de bandidos, pero pronto vieron que se trataba de tres ancianos vestidos con ropas lo suficientemente caras, como para pensar de inmediato que los bandidos podían parecer ellos mismos.

—Disculpad, gentiles pastores, ¿podéis darnos refugio por esta noche? —preguntó el más mayor con tono suave.
Amigo, eh amigo, bonito camiello, ¿cuánto cuesta?

Evidentemente, se tardó poco en deshacer el entuerto y compartieron bebida, anécdotas y calor hasta quedar todos dormidos.

Durante la velada, los pastores les contaron que desde hacía unos días no había forma de esconderse de un tipo alado que se les plantaba sobre el campamento para anunciarles algo sobre un recién nacido.

A la mañana siguiente, los tres extranjeros se despertaron y, al abrir un ojo, entraron en cólera al ver que allí no quedaba rastro ni de camellos, ni de pastores ni de ovejas.

Cuando los tres se pusieron en pie por los gritos del que parecía más rubio, el más moreno los sermoneó:


—¿Lo veis? Os lo dije anoche, gireeeemos, vayamos por otro laaaado, que no me daban buena pinta. Amigo, amigo, si es que siempre entran igual… si los conoceré yo.

Y siguieron la discusión hasta que una voz suave y casi femenina les llamó la atención:
—El Mesías ha nacido. Id hacia Belén…
—¿A Belén? ¿Cómo que a Belén? ¡Que nos han robao los camellos!

Así que emprendieron el camino andando, con sus capas, sus coronas y sus ropajes.

Llevaban dos días caminando cuando llegaron a una especie de área de servicio.

Un cañizo, un viejo con un botijo y algunas carnes ahumadas que servían de descanso a una legión de moscas.

Solo verlos llegar, polvorientos y dejando una estela de polvo tras de sí, el viejo del botijo arrancó a reír a carcajadas.

Oye amigo, ¿necesita camiellos? Tengo tres.

Por lo visto, aquellos rateros disfrazados de pastores habían hecho negocio con él, y ahora les tocaría pagar el doble por los camiellos que antes eran suyos.

Recontaron y apuraron los bolsillos entre los tres y juntaron lo suficiente para, tras una agotadora sesión de regateo, pagarlos.

Se les hizo de noche siguiendo el rastro de aquellos bandidos, que por el momento coincidía con el camino a Belén, y tuvieron que calmar a los camellos porque de pronto empezaron a dar vueltas sobre sí mismos, asustados.

Y es que en una de esas vueltas, el más anciano alzó la cabeza hacia arriba y vio cómo un cometa con una cola inmensa cruzaba el cielo en la misma dirección que ellos.

Mientras seguían con la mirada el fenómeno, otras luces nocturnas iban cruzando el cielo y oyeron un grito desesperado, como si alguien estuviera en problemas.

Las luces iban perdiendo altura, concentrándose en una sola, y pronto escucharon un estruendo tras una colina.

—¡Me cago en to lo que se menea! ¡Pues no se me ha soltao el reno! —vociferó alguien.

Al llegar a lo alto de la colina, encontraron a un tipo gordinflón con un atuendo ridículo, más propio de una botella de refrescos que de otra cosa.

Aún maldiciendo, se sacudía el polvo cuando vio a los tres extranjeros observándolo.

—Hola, ¿me echáis un cable? soy Las…
—¿Las? ¿Qué nombre es ese? —preguntó el moreno.
—Las, Nico… Las. Es una broma que me gusta hacer. La vi en una película de un agente secreto del César.

Tras las presentaciones, en las que Klaus se partió de risa con los nombres de los tres extranjeros, fue a ver a sus renos.


Rudolf, el reno guía, del testerazo que se dio con la caída, había  perdido la rojez de su nariz, que ahora funcionaba como un intermitente.

El trineo, destrozado.

Los renos, dispersos a medianoche; y Rudolf, magullado y hecho un rosco en el suelo por haber perdido el lucero que lo convertía en guía.

Así que cargó los renos que quedaban con toda la paquetería del trineo y se dispuso a montar a Rudolf, que se negó durante casi kilómetro y medio, dando tres pasos cada vez que Klaus intentaba subirse.

Eso hizo que fuéramos todos a paso de camello: pausado, pero continuado.

Pronto vimos las luces de Belén al fondo del valle, y con la constante presencia del cometa que nos acompañaba desde el cielo, nos encaminamos hacia el último tramo.

A media noche entramos en el pueblo.

Klaus ya había desistido de montar al reno, que iba y venía, seguido de los demás renos cargados hasta arriba de paquetes.

Pero no podía ser todo bonito. Al llegar a la primera rotonda, otras luces nos apuntaron directamente a la cara, cegándonos momentáneamente.

Cuando las luces bajaron, apuntando al suelo, vimos que la suerte no nos acompañaría.

Una pareja de la Guardia Civil había montado un dispositivo totalmente sobredimensionado, formando una retención considerable.

Paraban a todo el mundo: documentación, equipajes… y llegó nuestro turno.

Pronto vieron que los cuatro éramos extranjeros. Los tres de Oriente iban indocumentados y Klaus, con su pinta de noruego, tampoco ayudaba mucho.

Pasaron al menos cuarenta minutos hasta que los agentes se convencieron de la historia de los pastores, al parecer, viejos conocidos de la benemérita, reincidentes de poca monta, así que finalmente nos dejaron pasar.

Superado el control, seguimos por las calles de Belén preguntando si alguien sabía de una pareja con un recién nacido.

Finalmente, la gente mayor nos indicó una posada donde podrían estar.

Tras un par de vueltas, llegamos a un huerto con un establo.

Una pareja aireaba la paja para hacerla más cómoda, y a sus pies, un niño pequeño.

—Joder, sí que nos hemos dormido esta vez —dijo el más moreno.
—Este crío tendrá meses ya —respondió el rubio, con tono de reproche.

Pero dadas las circunstancias y porque aquello parecía en esencia un portal, se pusieron a adorarlo igual.

Los padres, atónitos, miraban la escena ojipláticos, viendo cómo cuatro inmigrantes se arrodillaban ante un niño que no era el suyo.

Hacía un rato que había venido el nieto del posadero que, atraído por el recién nacido, estaba por allí jugando.

Así que, por no despertar al bebé, ni llevar la contraria a aquellos cuatro desconocidos, los padres se unieron al ritual. Más que en actitud de adoración, a la espera de como acababa todo aquello… mientras el niño, el equivocado, seguía correteando por el establo.

Hasta que su verdadera madre, que irrumpió en la escena, lo agarró por la muñeca y lo arrastró hacia el interior de la casa, murmurando entre dientes algo así como “este niño siempre igual…”.

Klaus, que como buen nórdico tiraba más hacia el protestantismo y no había ido allí a adorar a nadie, se había perdido momentáneamente mirando hacia el cielo.

Y antes de que la escena se volviera demasiado mística, soltó:

—¿Habéis visto eso?

Todos miramos al firmamento. El cometa pasó más cerca de la luna de lo recomendable y empezó a girar a su alrededor, atrapado por su gravedad.

Cada vez más rápido, hasta que casi parecía una línea continua.

Y de repente, la gravedad hizo su magia: lo soltó.

La paz y la serenidad dieron paso al caos. El cometa salió despedido a una velocidad inimaginable hacia el centro de Belén, creando un cráter donde fácilmente cabría el Vaticano entero en pleno concilio papal.

Saltamos todos por los aires: los tres de Oriente, cada uno a un tejado; la pareja con el menor, al pie de la última palmera del huerto, un camello todavía suspendido en lo alto de un tejado por la onda expansiva; y los renos, que sin querer acabaron sin querer, cada uno en un extremo del pueblo.

Cuando recuperamos el sentido, nos fuimos reuniendo en una de las pocas callejuelas reconocibles. Tras comprobar que todos estábamos bien, buscamos dónde podía haber acabado aquella pareja con el niño, a los que vimos a lo lejos, recogiendo sus cosas y yéndose del lugar.

Abatidos, comprendimos que no solo había salido todo mal, sino que además se nos había escapado el menor al que pretendíamos adorar.

Salimos del pueblo y después de andar un par de kilómetros, entramos en la primera posada que encontramos, repleta de gente del lugar que buscaba refugio.

Y tras lo sucedido, acordamos que lo mejor sería disponernos a echar unos tragos frente a la puerta para pasar el disgusto.

Al poco, vimos a un hombre tirando de una mula, con una mujer encima y un recién nacido en brazos, perdiéndose en la oscuridad en dirección contraria a la nuestra.

Nos miramos y brindamos, resignados, sabiendo que aquel no había sido el mejor de nuestros días.

sábado, 20 de diciembre de 2025

CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (6 de 8)


“Las mujeres con senos pequeños son frías”… ¿de verdad? ¿En qué siglo?

“Aunque leído así se note que es una tontería —dice JCK—, tendemos a asociar los pechos grandes con un temperamento apasionado.”

Sí…
y también tendemos a creer que frotar dos palos hace fuego en pleno siglo XXI.
Los mitos son cómodos, baratos, y sobre todo… perezosos.

Así que, con perdón del ilustre sexólogo, yo creo que aquí o tiró de tópico para rellenar la lista,
o llevaba una mala tarde.

Porque si hay un mito absurdo en el catálogo sexual masculino, es este.

El mito del tamaño: Freud estaría llorando de la risa




Ni la medida ni el reflejo, el deseo vive en lo que no se puede medir.




Es cierto: cuando preguntas a un hombre qué mira primero en una mujer, muchos dicen “los pechos”.
Sí.
Normal.
Somos mamíferos, no escultores.

Pero el tamaño… el tamaño es otro tema.

El pecho grande impresiona.
El pequeño intriga.
Los dos funcionan.
Y ninguno determina la temperatura sexual de nadie.

El vínculo primario con el pecho —lactancia, calor, protección, ese refugio inicial que ni recordamos pero llevamos tatuado en el inconsciente— no tiene absolutamente nada que ver con pasión o frialdad.

Es afecto.
Es memoria corporal.
No erotismo.

La industria pornográfica se ha pasado 30 años intentando convencernos de lo contrario,
pero el cerebro humano, por suerte, tiene más matices que un catálogo de “tallas imposibles”.

Fertilidad, adolescencia y el viejo instinto

Eso sí: no olvidemos la parte biológica.
El pecho marca la madurez sexual.
Y en la adolescencia es como una sirena luminosa encendida de repente:
“esta persona ya no es una niña”.

Esa transición despierta curiosidad, deseo, comparaciones, miradas…
pero no carácter sexual.

Confundir “me atrae” con “será apasionada” es como confundir una puerta bonita con una buena conversación.
La estética llama, pero lo que pasa después depende de la persona.

Cuestión de piel, no de talla

Aquí empieza lo divertido.

Los pechos son una zona erógena clave, sí.
Pero su efecto no tiene nada que ver con los centímetros ni con los mililitros de silicona o tejido adiposo.

Tiene que ver con:

– la piel,
– la sensibilidad,
– el juego,
– la mirada,
– y, muy especialmente,
con quién los toca.

No hay pecho frío.
Hay malos amantes, dedos torpes, falta de atención, prisas…
y un montón de hombres que creen que un pezón es un timbre.

Un pecho pequeño puede ser una obra de arte.
Un pecho grande puede ser un desastre mal manejado.
Como siempre: no es la talla, es la complicidad.

Ellas también juegan (y lo saben bastante mejor)

Ojo, que la fijación por el pecho no es exclusiva de los hombres.
El aumento mamario sigue siendo la cirugía más demandada en medio planeta.
No siempre por inseguridad —que también— sino porque ellas saben el poder simbólico que tiene.
El escote comunica.
El escote manda mensajes.
El escote seduce antes de decir “hola”.

La sociedad les ha colocado un foco encima del pecho desde los 12 años…
Así que normal que aprendan a usarlo como herramienta visual, emocional y, por qué no, teatral.

Pero todo ese poder no tiene nada que ver con “temperatura sexual”.
Si fuera así, las estadísticas serían de otro planeta.

Conclusión para gente con prisa:

👉 No existe correlación entre talla de pecho y pasión.

👉 No existe correlación entre volumen y deseo.

👉 No existe correlación entre copa y carácter sexual.

Existe, eso sí:

– deseo,
– actitud,
– piel,
– complicidad,
– y química.

Sobretodo química.

Epílogo con un guiño

El arte no se mide en centímetros.
El deseo tampoco.
Y la pasión… esa, cariño, se nota en la mirada, no en la talla.

 

 






miércoles, 17 de diciembre de 2025

CAFE CON ALMA - CON LA LORZA HEMOS TOPAO

 

Resulta que en el mundo moderno,

donde todo el mundo predica libertad, amor propio y aceptación corporal,
hay una cosa que sigue siendo tabú:

Una lorza.

Sí, una simple, inocente, humana, cotidiana y universal lorza.
Una que tenemos todos: hombres, mujeres,
e incluso los gatos cuando se relajan un poco.

Pero cuidado:
una lorza vista con naturalidad…
es un atentado contra el orden establecido.

Vivimos rodeados de discursos vacíos:

— “El cuerpo es libertad.”
— “Todos los cuerpos son válidos.”
— “Sé tú misma.”
— “Quiérete mucho.”

Mentira.
Mentira gorda.



En esta sociedad de plástico, puedes enseñar la tanga de Filomena,  puedes hacer un tiktok contandotu trauma,puedes vender una tontería espiritual por 60 euros,

puedes hacer postureo en la playa con un filtro que te pone pómulos de Kardashian.

Pero no puedes mostrar una lorza real.

Eso no.

Eso ya es demasiado violento para los delicados.

Porque una lorza es algo que los algoritmos no pueden procesar:
verdad.

La verdad del cuerpo.
La verdad del paso del tiempo.

La verdad de la comida.
La verdad de vivir.
La verdad de no pasarte la vida contando calorías como una presa moderna.

El mundo aguanta cualquier cosa…
menos la realidad.

La realidad molesta.
La realidad no se puede vender en cursillos.
La realidad no genera likes.
La realidad no tiene bótox, no tiene retoque, no tiene excusa.

Por eso las redes prefieren a una mujer muerta de hambre pero muy “empoderada”
antes que a una mujer bien viva, bien comida y bien sonriente.

Porque una mujer que se permite vivir jode el negocio.

Sí, lo digo claro:
el negocio.

El negocio del “no eres suficiente”.
El negocio del “mejóralo”.
El negocio del auto-odio disfrazado de motivación.
El negocio del “tienes que estar perfecta”.

Una lorza no es un defecto.
Defecto es contar calorías cuando sales a cenar,
defecto es dejar medio plato para no engordar.
A mí que me perdonen,
pero preferiré siempre a alguien con quien puedo ir de vinos y tapas saliendo del cine
antes que a un palo de escoba traumatizado por caber o no caber en los pantalones.

¿Caber o no caber?
Eso ha quedado muy shakesperiano…

Un defecto es vivir como si tener una lorza fuese un crimen.
Algunas mujeres están tan ocupadas persiguiendo su cuerpo ideal
que han olvidado que tienen una vida.
Una vida que no volverá.

Y no os critico.
La verdad es que siento pena de que os sometan a todo esto,
cuando todo es mucho más sencillo.

Y mientras tú te miras una lorza con simpatía en la intimidad de tu cueva,
hay quien te mira con asco porque no encajas en su fragilidad.
Porque no vives para gustarles.
Porque no les regalas el espectáculo de tu inseguridad.

Creedme:
yo no tengo fórmulas mágicas ni sé demasiado de nada,
no me considero sabio ni con más razón que nadie.
Pero algunas cosas las tengo claras,
y la principal es que estamos aquí para vivir.

La vida pasa rápido.
La juventud se nos escapa entre los dedos
para dar paso a una etapa mejor, más serena, más reflexiva.
Sí, he dicho mejor, porque lo es.
Así que no la ensucies persiguiendo la talla 36:
quizá ya no cabías en ella ni con 16 años.
Ahora es gastar energía en lo que no toca.

Y ahora voy a decir algo que no va a gustar:

La lucha feminista no es colgar pancartas el 8M.
La lucha feminista es no odiarte cuando te agachas y te sale una lorza.

La libertad no es gritar en la calle.
La libertad es ir a cenar sin cálculos matemáticos.
La libertad es reír con la boca llena y con la barriga inflada.
La libertad es mirarte al espejo y decir:
“Esto es mío. Y no pido permiso.”

¿Quieres saber la verdad final?

La lorza no es el problema.
El problema es todo lo que han hecho para que la odies.

No es la lorza.
Nunca ha sido la lorza.

Es este puritanismo digital que ha nacido de cuatro traumatizados
con poder de “norma”,
que no saben ni qué protegen ni de qué.

Vivimos en un mundo donde se puede mostrar violencia, idiotez y humillación sin filtros,
pero no se puede mostrar a una mujer real sonriendo frente a una verdad que todos compartimos:
la piel.

Y eso no es protección.
Es miedo.
Miedo disfrazado de moralidad.
Miedo de asumir que la vida es imperfecta
y que los cuerpos no son avatares de masáis con abdominales.

Prohibir lo real es siempre el acto del débil.
Del que no quiere mirar.
Del que prefiere imponer silencio
antes que enfrentarse a su propia incomodidad.

A mí no me molesta la piel humana.
Lo que me molesta es la mentalidad enferma que quiere censurarla.

Si este texto te incomoda, perfecto.
La piel siempre ha sido más honesta que las normas.

Y si molesta, y pica,
si este texto hace enfadar a alguien…

Alegría.
Quizá todavía queda alguien vivo dentro de vosotros.




 

sábado, 13 de diciembre de 2025

CAFE VINTAGE - SEXO, MENTIRAS Y CAFE CALIENTE (5 de 8)



 

El placer pasa por los genitales… y por donde menos te imaginas

Nuestro querido doctor JCK, siempre tan correcto, tan clínico y tan amante del titular fácil, afirma que el placer femenino pasa por el clítoris y los labios menores.
Y añade, muy ufano él, que hay otras zonas erógenas: muslos, pezones, boca, orejas, cuello…
Un inventario que parece sacado de un catálogo de Ikea: funcional, útil y sin sorpresas.

Y sí, científicamente no dice ninguna barbaridad.
Pero también te digo una cosa:
reducir el placer femenino a un listado de piezas es como intentar resumir París diciendo que “tiene una torre y un río”.
Cierto, pero insuficiente.
Muy insuficiente.

De lo que me saltaré hablar aquí es de su famosa frase:
“todo pasa por el mismo orificio”.
No porque no sea verdad —que lo es— sino porque es tan evidente que no da ni para hacer bromas.

La verdad es que el buen doctor, entre verdades y obviedades, a veces parece que explique el sexo como si fuesen las instrucciones de un electrodoméstico: aprieta aquí, toca allá y gracias por su tiempo.

Y yo, que no soy sexólogo pero sí me gusta pensar que soy un buen observador y pecador con currículum, te diré lo que aquí tiene jugo de verdad:

👉 El placer no es genital.
El placer es mental.

Y todas las partes del cuerpo son potencialmente erógenas cuando el cerebro está encendido. 







Esto es lo que los manuales no se atreven a decir.

Supongo que si lo confesaran, entonces más de un sexólogo iba a perder su trabajo en favor de algún psicólogo avispado.

Cuerpo, mente y cebollas

La sexualidad funciona como una cebolla.
Lo decía Eduard Punset, otro grande, y yo lo firmo con las dos manos.

Nuestro cerebro es una acumulación de capas:
la parte primitiva, la instintiva, la emocional, la racional, la cultural…
Y la última capa —la del 2025— está llena de culpa, miedo, moral, memes, pornografía y terapia barata.

I en medio de todo esto, está el deseo: un impulso antiguo, básico, salvaje, que convive con estas capas como buenamente puede.

Cuando las mujeres decís que los hombres somos primitivos, básicos y demás, doy las gracias, pero es normal.
Somos mamíferos con un software demasiado simple para un mundo demasiado complicado.
Pero també os diré una verdad de las que incomodan:

En lo más básico es donde está el deseo más puro, más auténtico.
El que no está mediado, ni disfrazado, ni justificado

El deseo no pide permiso.

La piel: el primer mapa del placer

La piel es nuestro órgano más grande.
Es también, curiosamente, el más infravalorado.

Tenemos toda la piel llena de sensores, de terminaciones nerviosas, de alertas…
Y aún y así, muchos siguen pensando que el placer es  un interruptor situado entre las piernas.

No.

El placer es una geografía entera, no un punto concreto.

El cuello es un universo.
El interior de los muslos, mi destino preferido de vacaciones.
La baja espalda, una invitación.
Las caderas, un semáforo verde.
Y las manos…. Las manos son el primer lenguaje que el cuerpo entiende.

A quien nos toca bien, le abrimos las puertas.
A quien nos toca mal, le cerramos fronteras.

Actitud: el 90% del sexo

Podemos hablar de técnica, de zonas, de manual básico…
Pero la verdad que nadie quiere aceptar es esta:

El placer depende menos de como te tocan…. Y más de si estás dispuesto a sentir.

Es una cuestión de confianza.
De dejarse ir.
De mirar sin miedo.
De admitir el propio deseo sin excusas ni discursos.

El sexo no es una habilidad que se aprende, es un viaje que se comparte.
y si no hay predisposición, no hay milagro.

No hace falta un cuerpo perfecto.
No hace falta una técnica avanzada.
No hace falta dominar ninguna disciplina exótica.

Hace falta actitud.
Hace falta complicidad.
Y hace falta un  “yo quiero” que pese más que cualquier vergüenza.

Cuando hay eso, el cuerpo responde solo.

Y el placer pasa por donde quiere, no por donde dicen los libros.

En resumen, respetables machos y hembras del público

La genética pone el cuerpo.
La piel pone el mapa.
Pero es la cabeza —y solo la cabeza— quien decide el trayecto.

El placer es lo más humano que tenemos.
Lo más antiguo.
Lo más profundo.
Y sí… también lo más divertido.

Así que dejaros de normas, de tabús y de manuales de tres páginas.

Tocad, oled, probad, sorprended, investigad.
Que si alguna cosa vale la pena en esta vida, es sentir.
Sin permiso.
Sin culpa.
Y ante todo, sin prisa.