Vistas de página en total

SUSCRIBETE A LOS AUDIOCAFES EN YOUTUBE

☕ Suscríbete a nuestros Audiocafés

¿Hoy no te da tiempo a leer? Aquí tienes todos los textos narrados. No te pierdas ninguna publicación. Un solo clic y ya formas parte de nuestra comunidad en YouTube. Y ES GRATIS!!!

🔔 Suscribirme en YouTube

sábado, 28 de marzo de 2026

#50. YO, MERETRIZ - CAPITULO V

 

No es hasta el siglo XII, durante la Baja Edad Media, cuando ante lo infructuoso de la prohibición, una nueva actitud comenzó a extenderse por Occidente, que llegó a su máxima expresión en el siglo XIV.

Entonces se empezó a considerar el oficio como un mal menor que preservaba el orden público, y a la prostituta, como un ejemplo de elemento a ser reconducido. 

De la misma manera que se abrían conventos para reconvertir a las mujeres de mala vida en monjas, también fueron creados lupanares en monasterios. Estaban recogidos, eso sí, por severas normas, entre las que se incluían el cierre a determinadas horas o la prohibición de que fueran visitadas por sacerdotes, hombres casados o judíos.

Para entender semejante permisividad hay que remitirse a la redención de María Magdalena y a algunas observaciones de los Padres de la Iglesia.

Así, san Agustín considera que la prostitución protege la moral de las mujeres virtuosas. También fueron escuchadas voces autorizadas como la de Tomás de Aquino (siglo XIII) quien parece que formuló una curiosa metáfora con las toallas:  mejor que huela mal ahí, que en toda la casa.


El siglo XVI volvió a traer medidas restrictivas por toda Europa. El cristianismo entró en crisis por la Reforma protestante y la consiguiente Contrarreforma católica. Era por tanto, el momento de exaltar los dogmas, la pureza de las maneras y el idealismo de las formas.

Se cerraron los burdeles y se persiguieron a las prostitutas, arrojadas a la clandestinidad, pero la hoguera y la prisión no parecieron bastar para erradicar el fenómeno.

La abolición fue mantenida hasta el siglo XIX, cuando la situación de violencia sexual en las calles se hizo insostenible a ojos de los legisladores (entre ellos, Napoleón Bonaparte), y decidieron volver a normalizar la situación de las meretrices.


La Europa decimonónica contemplaba el comercio carnal como algo enraizado en la vida cotidiana: el prostíbulo era un lugar al que se asistía con naturalidad. Por ejemplo, el escritor Marcel Proust le pidió dinero a su abuelo en una carta para gastarlo en uno de esos establecimientos.

El control sanitario y estatal hizo florecer el negocio, aunque los gravámenes fiscales propiciaron la aparición de un tráfico de blancas clandestino y marginal. En 1915, volvió a declararse ilegal en casi todos los estados de EE.UU.

Lejos de acabar con la explotación de las mujeres, la medida más bien reforzó su implantación, paralelamente al enriquecimiento de aquellos pocos que controlaban el negocio.

En nuestros días, y remitiéndonos a Europa, encontramos de todo: desde reglamentación efectiva, caso de Alemania, Holanda, Suiza y Austria, a la prohibición como ocurre en Suecia y Noruega. En otros muchos países, como España, existe cierta regulación, pero el resultado es que ni se sabe muy bien si se contesta a nada.

Para concluir, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué necesidad hay de la prostitución? Si es una actividad históricamente mal considerada y que nunca hemos acabado de asumir, ¿por qué persiste?, ¿por qué no se extingue?

 

La respuesta, y en esto también coincide indefectiblemente la historia, es porque se trata de algo consustancial al tipo de sociedad que hemos creado.

Podría considerarse el reverso de  una comunidad basada en la familia y en la propiedad de la descendencia, que privatiza el deseo y exclusiviza el amor, que santifica los genitales y mercantiliza los bienes.

La existencia de la prostitución, y así lo dicen desde Solón a los Padres de la Iglesia, pasando por el sentido común, garantiza ese orden establecido, permitiendo que la natural promiscuidad de los humanos no empañe el cultural diseño de convivencia con el que nos hemos dotado.

El hierro se dilata con el calor y se contrae con el frío. Si construimos algo con él, por ejemplo, un bloque de pisos, porque la cultura nos dice que vivamos en recintos así, debemos conocer la naturaleza del metal, pues en caso contrario el inmueble se derrumbará.

Para evitar que eso suceda, o sea, para preservar el orden, creamos juntas de dilatación que den margen de maniobra. Del mismo modo, si queremos que el edificio social que culturalmente hemos levantado con el material humano no nos caiga encima, debemos contar con espacios de fuga.

En una sociedad que tiene por normal la promiscuidad masculina pero niega la femenina y que le da patriarcalmente el cetro al falo y la virtud a la vagina, esos huecos los llena la prostitución. Por incómodo que resulte y mientras no construyamos otro orden cultural.