No
es hasta el siglo XII, durante la Baja Edad Media, cuando ante lo infructuoso
de la prohibición, una nueva actitud comenzó a extenderse por Occidente, que
llegó a su máxima expresión en el siglo XIV.
Entonces
se empezó a considerar el oficio como un mal menor que preservaba el orden
público, y a la prostituta, como un ejemplo de elemento a ser reconducido.
De
la misma manera que se abrían conventos para reconvertir a las mujeres de mala
vida en monjas, también fueron creados lupanares en monasterios. Estaban
recogidos, eso sí, por severas normas, entre las que se incluían el cierre a
determinadas horas o la prohibición de que fueran visitadas por sacerdotes,
hombres casados o judíos.
Para
entender semejante permisividad hay que remitirse a la redención de María
Magdalena y a algunas observaciones de los Padres de la Iglesia.
Así,
san Agustín considera que la prostitución protege la moral de las mujeres
virtuosas. También fueron escuchadas voces autorizadas como la de Tomás de
Aquino (siglo XIII) quien parece que formuló una curiosa metáfora con las
toallas: mejor que huela mal ahí, que en toda la casa.
El
siglo XVI volvió a traer medidas restrictivas por toda Europa. El cristianismo
entró en crisis por la Reforma protestante y la consiguiente Contrarreforma
católica. Era por tanto, el momento de exaltar los dogmas, la pureza de las
maneras y el idealismo de las formas.
Se
cerraron los burdeles y se persiguieron a las prostitutas, arrojadas a la
clandestinidad, pero la hoguera y la prisión no parecieron bastar para
erradicar el fenómeno.
La
abolición fue mantenida hasta el siglo XIX, cuando la situación de violencia
sexual en las calles se hizo insostenible a ojos de los legisladores (entre
ellos, Napoleón Bonaparte), y decidieron volver a normalizar la situación de
las meretrices.
La
Europa decimonónica contemplaba el comercio carnal como algo enraizado en la
vida cotidiana: el prostíbulo era un lugar al que se asistía con naturalidad.
Por ejemplo, el escritor Marcel Proust le pidió dinero a su abuelo en una carta
para gastarlo en uno de esos establecimientos.
El
control sanitario y estatal hizo florecer el negocio, aunque los gravámenes
fiscales propiciaron la aparición de un tráfico de blancas clandestino y
marginal. En 1915, volvió a declararse ilegal en casi todos los estados de
EE.UU.
Lejos
de acabar con la explotación de las mujeres, la medida más bien reforzó su
implantación, paralelamente al enriquecimiento de aquellos pocos que
controlaban el negocio.
En
nuestros días, y remitiéndonos a Europa, encontramos de todo: desde
reglamentación efectiva, caso de Alemania, Holanda, Suiza y Austria, a la
prohibición como ocurre en Suecia y Noruega. En otros muchos países, como
España, existe cierta regulación, pero el resultado es que ni se sabe muy bien
si se contesta a nada.
Para
concluir, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué necesidad hay de la
prostitución? Si es una actividad históricamente mal considerada y que nunca
hemos acabado de asumir, ¿por qué persiste?, ¿por qué no se extingue?
La
respuesta, y en esto también coincide indefectiblemente la historia, es porque
se trata de algo consustancial al tipo de sociedad que hemos creado.
Podría
considerarse el reverso de una comunidad
basada en la familia y en la propiedad de la descendencia, que privatiza el
deseo y exclusiviza el amor, que
santifica los genitales y mercantiliza los bienes.
La
existencia de la prostitución, y así lo dicen desde Solón a los Padres de la
Iglesia, pasando por el sentido común, garantiza ese orden establecido,
permitiendo que la natural
promiscuidad de los humanos no empañe el cultural
diseño de convivencia con el que nos hemos dotado.
El
hierro se dilata con el calor y se contrae con el frío. Si construimos algo con
él, por ejemplo, un bloque de pisos, porque la cultura nos dice que vivamos en
recintos así, debemos conocer la naturaleza del metal, pues en caso contrario
el inmueble se derrumbará.
Para
evitar que eso suceda, o sea, para preservar el orden, creamos juntas de
dilatación que den margen de maniobra. Del mismo modo, si queremos que el
edificio social que culturalmente hemos levantado con el material humano no nos
caiga encima, debemos contar con espacios de fuga.
En
una sociedad que tiene por normal la promiscuidad masculina pero niega la
femenina y que le da patriarcalmente el cetro al falo y la virtud a la vagina,
esos huecos los llena la prostitución. Por incómodo que resulte y mientras no
construyamos otro orden cultural.
