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miércoles, 1 de abril de 2026

#51. YO, MERETRIZ - CAPITULO VI

 

Mientras más rígido sea dicho orden, más difícil será adaptar la naturaleza a la razón artificial, probad a meter un gato en una bañera para acicalarle el pelo y veréis a lo que me estoy refiriendo.

Para que existan madres virtuosas e hijas inmaculadas, debe haber mujeres ni virtuosas ni inmaculadas, aunque solo sea para distinguir unas de otras.

La familia tradicional, por ejemplo, esa unidad cultural tan profundamente arraigada en nuestro armazón social, y que como uno de los pilares de carga, sustenta el inmenso edificio moral que hemos creado, es también la columna que define y sostiene el oficio de la prostitución. No en balde, ambas instituciones tienen la misma antigüedad.


Con todo, la erradicación del comercio carnal, siempre como lo hemos definido al principio, y en caso de que fuera naturalmente posible, pasará irremediablemente por construir nuestra sociedad de otra forma, por buscar nuevas arquitecturas.

Y para que la regulación sea efectiva y plácida deberá pasar por dotarnos de un marco moral (cultural) que la legitime plenamente. Mientras no ocurra lo uno o lo otro, seguiremos en la sinrazón y el desconcierto.

Y la meretriz, que procede etimológicamente de la palabra latina mereo, merecer, merecedora de lo que gana, será una excluida necesaria en lugar de un recuerdo del pasado o de un bien asumido.


A lo largo de la historia, del mismo modo que la sociedad ha ido modificando la finalidad y el concepto que ha tenido del oficio, éste ha ido adaptándose a lo que los acontecimientos le ha permitido y por tanto ha ido variando su forma, finalidad y por ende, su denominación.

Desde la antigua Roma, donde las cuadrantarias, llamadas así por cobrar un cuadrante (una cantidad miserable) a las felatoras (expertas en esa práctica), así como las hetarias en Grecia, las ahuiyani suramericanas, pasando por todo tipo de cortesana, desde la antigüedad, la edad media o la corte de Luis XV de Francia, hasta las jineteras cubanas que ejercen la prostitución en las calles de la Habana, la prostitución se ha amoldado y adaptado a su entorno con mayor éxito y perdurabilidad que ningún otro oficio en la historia.

Es quizá por eso que ha sido, es y seguirá siendo un recurso de innegable servicio, pero hasta ahora hemos hablado solo de la prostitución más común, la de calle (exceptuando las hetarias de la antigüedad) y hoy por hoy, existen otras fórmulas que dan servicio a la innumerable demanda de los favores que este colectivo ofrece.

Me refiero al refinamiento y al pronunciamiento de las clases y categorías que, aunque siempre hayan estado definidas dentro del colectivo, hoy en día sea quizás uno de los momentos de la historia en que más diferenciados pueda estar por multitud de factores.

Fuera ya de las calles, lejos de los submundos donde acostumbra a encontrarse todo tipo de prostitución, por defecto la de más bajo nivel, y ya que sabemos que, lo que prácticamente se originó en conventos y que derivó en lugares donde aislar del resto de la sociedad lo que se sabía, pero siempre resultaba incómodo ver en las calles.

Ha ido cambiando a lo largo del tiempo y del burdel clásico hemos ido evolucionando en otras formas que aunque hoy por hoy no sean todavía temas que dejen a nadie indiferente, existen y resultan de lo más lucrativo. Hablo de lo que hoy se denomina como prostitutas de lujo, scorts y gigolós.

Tanto en el caso de las prostitutas de lujo, como en el de las scort, como en el de los gigolós, podríamos decir que son una modernización de concepto de la hetaria.

Es cierto que en su origen, son profesionales del sexo y dan y cumplen este servicio, pero en cada uno de los tres casos, y por ese motivo los he englobado en un solo apartado, van un paso más allá en el abanico de opciones que ofrecen.

De entre las tres denominaciones o especialidades, como queráis llamarlas, es quizás la de la prostituta de lujo, la que mantiene un carácter más explícito en lo que al sexo se refiere, diferenciándose básicamente de la prostituta de calle por lo elevado de sus honorarios, que se justifica por norma general con un físico que cumpla todos los cánones de belleza que la sociedad del momento exige acompañado de cierto nivel cultural y en ocasiones con tintes de psicología.

No obstante, cumple una función de acompañante o simplemente de diván psicológico donde su clientela halla el desahogo que busca que no tiene por qué ser siempre carnal.

Por otro lado, la y el scort es quien básicamente ofrece su compañía en un lugar o evento determinado (generalmente formal y de cierto protocolo como puede ser un baile, cóctel o incluso una boda), aparentando la existencia de una relación sentimental, para después proporcionar el servicio sexual pertinente si así lo requiere el cliente.

Es por ese motivo que el y la scort se caracterizan en buena medida por su saber estar y sus conocimientos de protocolo y educación que acostumbran a ser altamente refinados.

Y para finalizar esta categoría nos queda el gigoló, a quien he encumbrado al nivel de la prostituta de lujo no quizás por sus atributos a la hora de conversar y compartir conocimientos, sino porque el perfil de su clientela, femenina y que acostumbra a superarlo en edad, exige de algo más que el burdo intercambio carnal.

Quiero también hacer mención a un colectivo que dada la lejanía y el misticismo y cierto misterio que tiñe su cultura, desde occidente se ha confundido y vinculado habitualmente con la prostitución, aunque no sea necesariamente cierto. La Geisha.

La Geisha como definición y traducción literal, es una artista tradicional japonesa. Las geishas se originaron como profesionales del entretenimiento, originalmente la mayoría eran hombres.

Mientras las cortesanas profesionales brindaban entretenimiento sexual, las geishas usaban sus habilidades en distintas artes japonesas como la música, baile y narración. Las geishas de ciudad (machi) trabajaban independientemente en fiestas fuera de los “barrios de placer”, mientras que las de barrio (kuruwa) lo hacían dentro de éstos.

Al declinar el nivel artístico de las cortesanas, las geishas (hombres y mujeres) tuvieron mayor demanda.

Los geishas masculinos (hokan o taikomochi) comenzaron a declinar y hacia los inicios del siglo XIX las geishas femeninas, a quien en un principio se las llamaba onna geisha (literalmente geisha mujer) los superaron en número hasta adoptar por completo el uso del término Geisha.

Tradicionalmente, las geishas comenzaban su entrenamiento a edades muy cortas. Algunas jóvenes eran vendidas a las casas de geishas en su niñez y comenzaban su entrenamiento en varias artes tradicionales casi de inmediato.

Durante esa niñez, las geishas podían trabajar como criadas o asistentes de las más experimentadas, para posteriormente pasar a ser aprendices (maiko).

Esta tradición de entretenimiento existe en muchas otras disciplinas de Japón, el estudiante deja su hogar para hacer trabajos domésticos y asistir a su maestro para finalmente, convertirse en uno de ellos.

Y por último, nos queda una categoría, quizás la más oculta, la más silenciada y la que probablemente levantará más ampollas dentro de todo el contenido de este artículo y en la que me veo casi en la obligación de darle un apartado exclusivo dada la complejidad de su contenido.